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jueves, 29 de septiembre de 2016

MONSEÑOR DE SÉGUR - EL INFIERNO, SI LO HAY, QUÉ ES, MODO DE EVITARLO.

SI ES VERDAD QUE DIOS SEA INJUSTO
CASTIGANDO CON PENAS ETERNAS
LAS FALTAS DE UN MOMENTO

Es ésta una antigua objeción arrancada por el miedo a las conciencias incompletas. Ya en el siglo cuarto el ilustre arzobispo de Constantinopla, San Juan Crisóstomo, la tuvo en consideración en estos términos: "Algunos dicen: he empleado no más que algunos instantes en matar a un hombre, en cometer un adulterio, y ¿por un pecado de un momento tendré que sufrir penas eternas? Sí, ciertamente; lo que Dios juzga en vuestro pecado no es el tiempo que habéis empleado en cometerlo, sino la voluntad que os lo hizo cometer”. Lo que más arriba hemos dicho bastaría para desvanecer la menor sombra de dificultad. Siendo imposibles en el infierno la conversión y la mudanza por falta de tiempo, de gracia y de libertad, subsiste eternamente y por entero la causa del castigo, y debe en rigurosa justicia producir eternamente su efecto. Nada hay que objetar a esto: es de pura justicia. ¿Encontráis injusto que castigue Dios con una pena eterna crímenes de un instante? Ved, pues, lo que pasa todos los días en la sociedad humana. Todos los días castiga con la muerte a parricidas, asesinos, incendiarios, etc., que han perpetrado su crimen en algunos minutos. ¿Es injusta por eso? ¿Quién se atreverá a decirlo? Pues bien, ¿qué es la pena de muerte en la sociedad humana? ¿No es pena perpetua, irreparable, sin mitigación posible? Esta pena de muerte priva para siempre de la sociedad de los hombres, cómo el infierno priva para siempre de la sociedad de Dios. ¿Por qué habría de ser de otra manera tocante a los crímenes de lesa majestad divina, es decir, tocante a los pecados mortales? Mas el tiempo no entra para nada en el peso moral del pecado.


Como decía San Juan Crisóstomo, no es la duración del acto culpable la que se castiga en el infierno con una pena eterna, sino la perversidad de la voluntad, que hace obrar al pecador y que la muerte ha venido a inmovilizar. Permaneciendo siempre esa perversidad, el castigo que la acompaña eternamente, lejos de ser injusto, es lo que tiene de más justo y es también necesario. La infinita santidad de Dios, ¿no se debe a sí misma el rechazar eternamente a un ser que está en un eterno estado de pecado? Pues tal es el condenado en el infierno. Además, cualquiera que reflexione seriamente, notará en todo pecado mortal un doble carácter: el primero, que es esencialmente finito, o sea, el acto libre de la voluntad que viola la ley de Dios y que peca; el segundo, que es infinito, es el ultraje hecho a la santidad, a la majestad infinita de Dios.

En este punto el pecado encierra una malicia en cierto modo infinita, quamdam infinitatem, dice Santo Tomás. La pena eterna responde, pues, exactamente a ese carácter finito e infinito del pecado. Es también finita e infinita: finita en intensidad; infinita y eterna en duración. Finita en cuanto a la duración del acto y a la malicia de la voluntad del que peca, el pecado es castigado con una pena más o menos considerable, pero siempre finita en intensidad: infinito con respecto a la santidad de Aquél a quien se ofende, es castigado con una pena infinita en duración, esto es, eterna.

Por otra parte, nada más lógico, nada más justo que las penas eternas que castigan en el infierno al pecado y al pecador. Lo que no sería justo sería que todos los condenados tuviesen que sufrir la misma pena. En efecto, es evidente que no son todos igualmente culpables. Todos se hallan en estado de pecado mortal; iguales en esto, merecen todos igualmente una pena eterna; pero no siendo todos en igual grado culpables, la intensidad de la pena eterna es exactamente proporcionada al número y a la gravedad de las faltas de cada uno. Luego, también en este punto hay justicia perfecta, justicia infinita. Finalmente, hay que hacer otra observación muy importante: si tuviesen fin las penas del pecador impenitente condenado al infierno, sería él y no el Señor quien pronunciase la última palabra en su sacrílega lucha contra Dios. Podría decir a Dios: "Yo tomo mi tiempo, tomad Vos el vuestro. Pero, sea el vuestro corto, sea largo, acabaré siempre por aventajaros; seré dueño de la situación, y un día, bien sea que lo queráis o no, iré a participar de vuestra gloria y de vuestra eterna bienaventuranza en los cielos”.


¿Es esto posible, pregunto? Bajo este punto de vista, pues, e independientemente de las razones concluyentes que acabamos de exponer, la justicia, la santidad divina, exigen de toda necesidad que los castigos de los condenados sean eternos. “Mas ¿y la bondad dé Dios?” se preguntará tal vez. Nada tiene que ver aquí la bondad de Dios: el infierno es el reinado de su justicia, infinita como su bondad. La bondad de Dios se ejerce en la tierra, donde lo perdona todo siempre e inmediatamente, mediante el arrepentimiento. En la eternidad no se ejerce la bondad, sino coronando las delicias del cielo su obra efectuada en la tierra por el perdón. ¿Quisierais, acaso, que en la eternidad ejerciese Dios su bondad para con aquéllos que han abusado indignamente de ella en la tierra, que no la han invocado al morir, y que ahora no quieren ni pueden querer? Esto sería completamente absurdo: por parte de Dios, sobre todo, la bondad no puede ejercerse a expensas de la justicia. Castigando, pues, con penas eternas faltas pasajeras, Dios, lejos de ser injusto, es justo y muy justo.