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sábado, 3 de septiembre de 2016

Ite Missa Est

3 DE SEPTIEMBRE
SAN PIO X,
PAPA Y CONFESOR

III Clase – ornamentos blancos
Epístola – I Thes; II, 2-8
Evangelio – San Juan; XXI, 15-17





PELIGROS  GRAVES.—La ancianidad de León XIII, cuyo pontificado fué tan largo y glorioso, se vió entristecida por la aparición de peligros graves que amenazaron a la Iglesia. Una herejía sutil atacaba derechamente al corazón mismo de la Revelación, y, con la apariencia engañosa de un esplendente progreso, destruía las tradiciones y alteraba el dogma. Con todo eso, de ningún otro Papa de los tiempos modernos había proyectado más luz sobre los hombres. El número y la calidad de sus Encíclicas le colocan entre los grandes Doctores, que acertaron a comprender su época, y a resolver las candentes cuestiones actuales. Se le escuchó, se le aplaudió; pero en muchísimas esferas no se le entendió, y hasta, lo que era más grave, se llegó a alterar el pensamiento del Papa. Las ciencias eclesiásticas que León XIII procuró renovar por medio del tomismo, derivaban Por caminos opuestos; la acción social católica, que él había definido con claridad, se veía su plantada por la elaboración de una falsa democracia liberal; el laicismo, invadiendo todos los dominios, amenazaba con oscurecer enteramente en los espíritus los principios que regulan las sociedades y sus relaciones con la Iglesia

INSTAURARE OMNIA IN CHRISTO. — León XllI no tuvo tiempo para desenmascarar y abatir al "modernismo", esa hidra de la que cada cabeza era una antigua herejía resucitada. No tuvo tampoco tiempo para emprender el reajuste de las instituciones eclesiásticas que le permitiesen ejercer con mayor amplitud, armonía y eficacia las funciones esenciales de magisterio y de gobierno que emanan de la autoridad suprema de la Silla Apostólica. Pero Dios le concedió el sucesor que realizaría sus deseos. San Pío X era uno de sus discípulos más fieles, penetrado de las doctrinas de sus magníficas encíclicas, y que tenía igualmente la clara visión de los daños que amenazaban a la Iglesia. En fin, la mucha experiencia que había adquirido en el gobierno de las almas, como cura párroco, como obispo y como Patriarca, junto con sus excepcionales dotes naturales y con una santidad eminente, le habían preparado para llevar al cabo una obra de renovación universal en la Iglesia. Desde el primer día de su pontificado dió a conocer la extensión de su programa, al tomar por lema las palabras con las que San Pablo define el programa de Dios mismo al sal mundo: Instaurare omnia in Christo; que esencialmente se realizó al fin de la ida del Redentor, pero cuyo cumplimiento perfecto debe verificarse en todos los tiempos, con el concurso de los hombres mismos. San Pío X hacía de este modo saber que las circunstancias no pedían al Papa una vigilancia especial sobre tales o cuales puntos de la vida de la Iglesia, sino que todas las cosas, "omnia", exigían una revisión con mano vigorosa, a fin de que ninguna escapase a Cristo ni a la Redención.

LA VIDA LITÚRGICA. — Es sumamente notable que, para proceder en esta renovación universal, su primer acto tuviese por fin algo que muchos entonces juzgaron insignificante. Por un Motu Proprio fechado pocos meses después de su elección, realizaba la primera etapa de una reforma completa de la liturgia, mediante las prescripciones sobre el canto sagrado. Con esto su santidad se nos revela en uno de sus aspectos más atrayentes, más profundos y más auténticos. Pío X, este gran hombre de acción, fué en primer término un hombre de oración. Y la oración que primeramente recomienda, es la oración pública y solemne de la Iglesia: la oración que reúne en una alabanza común, en una oración común, en un sacrificio común, todas las almas bautizadas. Esto es ya un anticipo de la oración de la eternidad; la oración del cielo inaugurada en la tierra y acomodada a las condiciones de este tiempo de prueba. El papa Santo quiso que los fieles comenzasen por hallar el sentido de esta sublime oración litúrgica, envuelta en la oración que Jesucristo dirige a su Padre, inspirada por el Espíritu Santo, presente en su Iglesia, y oración que debe ser la fuente la inspiración normal de las oraciones privadas, personales, a  las que además deben los fieles entregarse cada día. La oración será siempre la principal palanca de la acción de Pío X. Pero esta renovación del canto gregoriano no es más que el principio de toda una serie de reformas y empresas de orden litúrgico, que orientarán por sendas nuevas y tradicionales a la vez, la vida espiritual de los bautizados. Reforma del Breviario, que armoniza y proporciona la distribución de los Salmos, y que da al domingo el puesto preeminente que el culto de los Santos le había hecho perder durante la Edad Media; desarrollo del culto eucarístico, invitación apremiante a la comunión frecuente y diaria, y esto desde el uso de razón; en fin, instauración del ideal del sacerdote tal cual conviene a nuestro tiempo. Todo el ardor de la caridad del Papa Santo , ignis ardens, se deja ver en sus enseñanzas y en sus prescripciones. De este modo se dilata poco a poco en la Iglesia una maravillosa renovación de vida espiritual, junto con una unión más total de las almas entre sí y con Jesucristo.

ORGANIZADOR Y LEGISLADOR. — No sin razón el papa Santo había comenzado por recordar al pueblo fiel la importancia capital, no tan sólo de la oración, cosa que nunca se había perdido de vista, sino muy particularmente de la oración litúrgica: es, sobre todo, porque ésta es la oración de la Iglesia. Así pues, queriendo restaurarlo todo en Cristo, por la Iglesia y en la Iglesia convenía invitar a los hombres a volver a hallar a Cristo. La Iglesia es a la vez el camino para llegar a Cristo; y es también el mismo Cristo, extendido y comunicado a todas las almas, pues la Iglesia es su cuerpo místico. Este cuerpo visible es el que Pío X quiso hacer cada día más atrayente y más acogedor para las almas. No quiso en manera alguna que la Iglesia pareciese una sociedad religiosa anticuada, una supervivencia medieval, el bello testimonio de un pasado concluido, sin relación con el presente y sin influencia sobre él: era indispensable un esfuerzo sano de reajuste a la sociedad moderna. León XIII tuvo ya plena conciencia de ello; pero debió consagrarse a lo más urgente: la Proclamación de las doctrinas, bastante desconocidas, y le faltó tiempo para emprender i reorganización de los servicios del gobierno y ^ la administración eclesiástica. Pío X no retro cedió ante tal reforma de la Curia y de las oficinas de las Congregaciones Romanas. Se trataba de un mundo de funcionarios apegados a costumbres seculares que era menester reavivar No faltaron vivas resistencias. Pero el Papa Santo sabía mostrar, cuando hacía falta, no menos fortaleza y tenacidad que dulzura y paciencia En pocos años se llevó a cabo toda la reforma algunas Congregaciones quedaron suprimidas otras se fusionaron, y a todas se las señalaron atribuciones bien precisas. Solo esta revolución pacífica hubiera bastado para hacer glorioso su pontificado. Mas Pío X a esto añadió todavía la refundición completa del Derecho Canónico. Con todo eso, el Código no se había terminado a su muerte, y fué su sucesor, Benedicto XV, quien le promulgó declarando al mismo tiempo que esta obra importantísima colocaba a Pío X en las filas de los mayores canonistas de la historia.

EL DEFENSOR DE LA FE.—Pero esta obra de restauración no habría dado mucho fruto si el fundamento mismo de la unidad de la Iglesia, la fe, hubiese quedado directamente amenazado por las infiltraciones de la herejía. El espíritu de orden y de justicia que se manifestaba en las reformas institucionales ya realizadas, debía llevar al Papa Santo a proseguir las enseñanzas León XIII, y a hacer brillar en toda su pula doctrina cristiana. Tuvo por lo mismo lanzarse a la lucha contra la insidiosa herejía fue pretendía destruir el fundamento de la fe Puede decirse que los once años de su pontificado fueron una magistral y vigorosa afirmación de la fe católica contra ella. Recuerda los grandes dogmas que los modernistas alteraban hasta el punto de aniquilarlos: Dios, a la vez trascendente y presente a todas las criaturas; el orden  sobrenatural y sus relaciones con la razón y la ciencia; Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; la esencia de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, sociedad sobrenatural, fundada sobre Pedro; la distinción entre la Iglesia docente y la Iglesia discente; el valor absoluto de las definiciones dogmáticas; la profunda eficacia de los Sacramentos, que sobrepasa con mucho al puro simbolismo; las reglas de la interpretación de la Biblia; el sentido de la Historia; las relaciones entre la Iglesia y el Estado; las condiciones de la salvación. De esta manera, con una claridad maravillosa, restablecía todos los elementos de nuestra vocación a un fin sobrenatural, al que sólo se puede llegar mediante la gracia gratuita de nuestro Redentor. Su máximo anhelo de restaurar todas las cosas en Cristo, se manifiesta sobre todo en esta solicitud por devolver todo su brillo a la pureza de la fe de la Iglesia. Su delicadeza de conciencia era extrema en este punto, y, para desenmascarar y condenar las menores tendencias heterodoxas, demostró una firmeza y una justicia inflexibles.

EL SANTO. — Pío XII, al describir en la homilía de la canonización la rica personalidad de San Pío X, dijo de él que era un figura gigante y apacible. Este es, efectivamente, el distintivo de su santidad, la cual supo juntar, mejor que en la mayoría de los demás Santos, una grandeza sobrehumana en la obra que realizó, con una humildad, una bondad, una sencillez que atraía hacia sí las almas. Supo en primer término cumplir en sí mismo el programa con que había brindado a los hombres: y Cristo reinó como Señor en su corazón, en su inteligencia, en su voluntad. La breve noticia que Pío XII ha insertado en el Martirologio para la fiesta de nuestro Santo, indica en pocas palabras la plenitud de dones y de virtudes sobrenaturales que engalanaba su alma y daba fecundidad a sus obras. Uno no sabe qué admirar más, si su caridad ardiente, su espíritu de piedad, su sentido de orden y de justicia, su profunda humildad, su desprendimiento o la integridad de su fe y la firmeza de sus directivas. Realizó el ideal del cristiano, del sacerdote y del Pontífice. Y en todas las cosas demostró un sentido penetrante de las necesidades, de las aspiraciones, de las energías de su tiempo. Es a la vez el juez y eí doctor de nuestra sociedad moderna, y es así mismo el modelo de la santidad que conviene a hombres de hoy. Ojalá nuestras sociedades cristianizadas se vuelvan hacia él, escuchen mensaje y soliciten sus oraciones. Sometidas de nuevo al suave yugo del Rey Pacífico, hallarán al fin, la solución que ningún otro poder de éste mundo podrá jamás procurarlas.

VlDA.  José Sarto nació en Rieze, en la diócesis de Treviso, el 2 de junio de 1835, de padres pobres, pero de una honradez y virtud notables. Bautizado el día siguiente, fué confirmado el 1 de septiembre de 1845 y recibió por primera vez la Eucaristía el 6 de abril de 1847. Ingresó en el Seminario de Padua en 1850 y fué ordenado de sacerdote el 17 de septiembre de 1858. Nombrado párroco de Salzano y luego Canciller del Obispado y director espiritual del Seminario de Treviso, llegó a ser Obispo de Mantua en 1884, y Cardenal y Patriarca de Venecia en 1893. El 4 de agosto de 1903 fué elevado al Sumo Pontificado, que aceptó a pesar suyo y como una cruz, y tomó el nombre de Pío X. Los desastres de la guerra que no logró conjurar, le hicieron morir de dolor el 20 de agosto de 1914. El pueblo católico entero le consideró inmediatamente como Santo y después de múltiples gracias y numerosos milagros obtenidos por su intercesión, Pío XII le beatificó el 3 de junio de 1951 y, en fin, le canonizó el 29 de mayo de 1954.

ORACIÓN DE SU SANTIDAD PIO XII . — ¡Oh glorioso Pontífice, siervo fiel del Señor, humilde y leal discípulo del Divino Maestro en el dolor y en la alegría, en los cuidados y en las inquietudes, Pastor experimentado de la grey de Cristo! vuelve tu vista hacia nosotros. Difíciles son los tiempos en que vivimos, rudos los esfuerzos que de nosotros reclaman. La Esposa de Cristo confiada un día a tus cuidados, se encuentra de nuevo entre graves tormentas. Sus hijos se ven amenazados de innumerables peligros en el alma y en el cuerpo. El espíritu del mundo, como león rugiente, ronda en su derredor buscando a quien devorar. Muchos llegan a ser víctimas suyas; tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen; apartan su mirada de la luz de la verdad eterna; oyen la voz de insidiosas sirenas, de mensajes engañosos. Tú, que fuiste en la tierra un gran inspirador y guía del pueblo de Dios,  sé nuestra ayuda y nuestro intercesor y el del todos los que se proclaman discípulos de Jesucristo. ¡Oh Santo Pío X, gloria del sacerdocio  y honra del pueblo cristiano! tú, en quien la bondad pareció hermanarse con la grandeza, la austeridad con la mansedumbre, la piedad sencilla con  la doctrina profunda; tú, Pontífice de la Eucaristía y del Catecismo, de la fe íntegra y de la firmeza impávida, vuelve tus miradas hacia la Iglesia que tanto amaste y a la que diste el mayor de los tesoros que la Bondad divina había, con mano pródiga, depositado en tu alma. Obtenía la integridad y la constancia en medio de las dificultades y de las persecuciones de nuestros días; alivia a esta pobre humanidad, en cuyos dolores tuviste tanta parte, que acabaron por detener los latidos de tu magnánimo corazón. Haz que la paz triunfe en este mundo agitado; la paz que debe ser armonía entre las naciones, concordia fraterna y colaboración sincera entre las clases sociales, amor y caridad entre los hombres, a fin de que, de este modo, las angustias que agotaron su vida apostólica, se transformen, merced a tu intercesión, en una realidad de dicha, para gloria de nuestro Señor Jesucristo, quien con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Así sea.