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viernes, 17 de junio de 2016

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18 DE JUNIO

SAN EFREN, DIACONO Y DOCTOR
DE LA IGLESIA


GLORIA DE ORIENTE. — "Los Padres orientales consideraron siempre a S. Efrén como mensajero de Dios, maestro de la verdad y doctor de la Iglesia Católica." Estos eran los títulos con que Benedicto XV presentaba a S. Efrén y le declaraba Doctor de la Iglesia universal por la Encíclica Principi Apostolorum del 5 de Octubre de 1920. Tanto en Oriente como en Occidente, se acogió la encíclica con entusiasmo. Sin duda, la vida de aquel a quien S. Gregorio de Nisa alababa "por estar en labios de todos los cristianos e iluminarei universo entero con el brillo de sus virtudes y de su doctrina", se conoce muy poco en Occidente. Permanece envuelto en el silencio que él tanto amó, y que le hizo escoger desde muy joven la existencia retirada y laboriosa de los monjes para servir a solo Dios. Pero sus obras hablan en su lugar y revelan sus virtudes.

EL EXÉGETA. — San Efrén, en efecto, escribió mucho. Desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros una parte considerable de sus obras, y particularmente de sus famosos comentarios sobre la Biblia, que interpretó completamente, no se conocen más que los del Génesis, del Exodo, de los Evangelios y de las Epístolas de S. Pablo. Esto basta para hacernos conocer hasta dónde la pureza de su corazón le abría el sentido de las Escrituras. Por eso Benedicto XV le propone como modelo a los que tienen como misión el enseñar las ciencias sagradas, para que, a ejemplo suyo, no desfiguren el sentido de las Sagradas Escrituras según el capricho de sus ideas personales, y que, en sus comentarios, no se aparten ni un solo ápice del sentido tradicional de la Iglesia "columna y fundamento de la verdad", la única intérprete y guardiana de la Revelación.

EL TEÓLOGO. — Apoyándose de este modo en la Escritura y la Tradición, S. Efrén enseñó una teología elevadísima y sumamente pura. Expuso con claridad la doctrina del pecado original, de la gracia, de las virtudes y de los vicios. Recuerda a menudo el dogma de la presencia de Dios y la cuenta que hemos de dar de todas nuestras acciones al sumo Juez. Hasta parecía que estaba como completamente obsesionado por el pensamiento del juicio. Con todo eso, su testamento refleja una confianza emocionante: "Oh Jesús, juzga Tú mismo a Efrén y no permitas que le juzgue otro. Porque aquél a quien Dios juzga, conseguirá misericordia en su tribunal. Yo no te pido, Hijo de Dios, bueno y misericordioso, que pongas en la misma línea a los buenos y a los malos, pero Te pido tu misericordia para mí, mis iguales y mis semejantes. Si Tú no tienes misericordia, nadie verá el reino de los cielos." Entre los teólogos de su tiempo, nadie expuso con tanta precisión el misterio de la Iglesia, Esposa mística de Cristo, Madre y maestra de los fieles. Comprendió de modo notable el papel de la Liturgia. Recordó también las prerrogativas y los deberes de la jerarquía, la excelencia del sacerdocio y, sobre todo, la primacía de Pedro y sus sucesores en la sede de Roma.
EL POETA. — Para hacer penetrar mejor sus enseñanzas en el alma y en el corazón de los fieles, S. Efrén escribió mucho en verso. Adelantándose a S. Ambrosio, pensó que el ritmo podía ayudar mucho a retener en la memoria una doctrina. Juzgó además que la Liturgia sería más atractiva y uniría mejor las almas si se multiplicasen los cantos en común. Por esta razón compuso varias homilías en verso e himnos, que causan y causarán siempre la admiración de los que las estudian, por la belleza de su forma literaria, por la firmeza y la profundidad de sus enseñanzas, y por la claridad de la exposición doctrinal. Instruye por medio de la belleza, levanta los espíritus y mueve los corazones. "Nadie como él, se ha dicho con razón, tuvo el don de hacer derramar lágrimas'". Su éxito fué espléndido; su himnos se cantaban en vida de él por todas partes. S. Efrén es el poeta más insigne de Siria. Se le ha llamado la Lira del Espíritu Santo.

 
EL CANTOR DE LA VIRGEN. — Pero, añade Benedicto XV, "nunca sonó mejor esta lira que cuando cantaba las glorias de María, ya loando su virginidad y su divina maternidad, ya celebrando su misericordiosa protección sobre los hombres". S. Efrén es uno de los primeros Padres de la Iglesia que desarrolló los dogmas marianos. Se esforzó, sobre todo, en hacer resaltar dos de sus privilegios: su perpetua virginidad y su eminente santidad, que no duda en comparar a la del mismo Cristo. De este modo dejó en la tradición primitiva un magnífico testimonio de la Inmaculada Concepción: "Tú, Señor, escribía, y tu Madre, sois los únicos completamente hermosos y puros en todo; porque en Ti, Señor, no hay mancha, ni en tu Madre impureza."

EL SANTO. — A pesar de la considerable influencia de que gozaba, y que le hacía acreedor a los mayores honores, S. Efrén no quiso, por humildad, ordenarse de sacerdote. Muy a su pesar le sacaron de su ermita para obligarle a que recibiese al menos la orden del diaconado. Pero entonces se sometió dócilmente a las obligaciones de su nueva vocación, "mostrándose en todo émulo perfectísimo de S. Esteban: enseñando a todos la Sagrada Escritura, predicando la divina palabra, instruyendo en los Salmos a las vírgenes sagradas, siendo siempre la providencia del pobre, y practicando primeramente él con toda perfección lo que enseñaba a los demás". De natural ardiente y fogoso consiguió, con la ayuda de Dios, dominarse completamente y llegar a hacerse suave y afable. Mostraba su dulzura aún con los herejes, aunque no por eso dejaba de declarar guerra implacable a sus doctrinas. Su caridad se mostró palmariamente en las invasiones del imperio romano por los Persas. En Nísibe, cuando se hallaba asediada y hambrienta, organizó colectas para los necesitados, sostuvo la moral de todos, de modo que se pudiera decir que la Providencia le puso a la cabeza de su patria chica. Por eso, Benedicto XV; "al fin de una guerra, decía, en que muchas naciones orientales han conseguido su libertad y quieren organizar su vida política, piensa hacer una obra oportuna proponiendo a su imitación y también a su culto, un modelo tan completo de santidad, de ciencia y del patriotismo".

VIDA — S. Efrén nació hacia el año 306 en Nisibe, cerca de la frontera que separaba el imperio persa del romano. Siendo anacoreta, el Obispo Santiago de Nisibe, que le tenía en gran estima, le puso al frente de una escuela, y, sin duda, en ésta época fué cuando San Efrén se ordenó de diácono. Se atribuyó a sus oraciones la derrota de los persas en 338; su intervención fué grande también en la resistencia victoriosa de Nisibe en los asedios de 346 y 350. Pero en 363 fué tomada Nísibe, y Efrén se acogió con los demás cristianos a Eldesa. Allí tomó de nuevo la vida de anacoreta; tenía muchos discípulos, y se cree que él fué quien, en colaboración con otros doctores, fundó la célebre escuela de Edesa, cuya influencia fué muy considerable. En Edesa compuso S. Efrén la mayor parte de sus obras. Murió en 373.


PLEGARIA. — Bendecimos a Dios, que "exalta a los humildes, por haberte coronado, bienaventurado Efrén, con purísima gloria, y por haberte propuesto a nuestro siglo como doctor de la sabiduría divina y modelo de las más excelsas virtudes. Con S. Juan Crisóstomo te decimos: "Despertador de almas dormidas, consuelo de afligidos, maestro, guía y apoyo de la juventud, espejo de monjes, modelo de penitentes, martillo y dardo terrible para los herejes, tesoro de virtudes, templo y morada del Espíritu Santo", ruega por nosotros.

. . . POR EL PAPA. — Ruega por el Papa, "sucesor de Pedro, y como él, puerta de los pecadores, lengua de los discípulos, voz de los misioneros y ojo de los apóstoles".
...POR LAS IGLESIAS DE ORIENTE. — Ruega para que las iglesias orientales, tan justamente orgullosas de ti, pero separadas, para su desgracia, desde hace tanto tiempo, de la silla de Pedro, vuelvan a la unidad, a la cual fuiste tan adicto y que fué el deseo más vivo de Cristo, y que continúa siendo el de su Vicario. "Caigan, con el auxilio divino y tu protección, las barreras que detienen a una porción tan hermosa del rebaño cristiano, separada de la Piedra mística sobre la cual Cristo edificó su Iglesia." Amanezca cuanto antes el día entre todos feliz, en que penetren en la unanimidad de los corazones las palabras de la verdad evangélica "que ha transmitido un solo pastor por el consejo de los sabios".
. . . POR LOS MONJES. — Ruega por los monjes cuya gloria eres. "Dedicados a la perfección evangélica, no cesen nunca de fijar sus miradas en ti para seguir tu ejemplo. El monje, en efecto, será tanto más útil a la Iglesia, cuanto mejor realice, ante Dios y ante los hombres, lo que significa su hábito, siendo, según la definición de S. Nilo el Joven, el Angel cuya misión es anunciar la misericordia y la paz y ofrecer el sacrificio de alabanza."


. . . POR TODOS. — Danos ese gusto de la verdad, esa diligencia en escuchar de boca de los Santos el pensamiento de Dios, que te hizo acudir a S. Basilio, oráculo de la Iglesia, para que, como tú, "bebamos de la copa de la doctrina". ¿No eres tú, según el testimonio de S. Gregorio de Nisa, "la viña del Señor, cargada, como de dulces racimos, de frutos de doctrina, que constituyen las delicias de los hijos de la Iglesia y los sacian con el amor de Dios? ¿No eres tú el bueno y sabio ecónomo de la gracia, que distribuye a sus compañeros, según sus necesidades, la enseñanza de la virtud, y que administra perfectamente la casa de su señor?" Ojalá no olvidemos estas últimas palabras de tu testamento, en el cual nos amonestabas "que permaneciésemos firmes en la fe, que nos guardásemos de los que obran la iniquidad, de los mercaderes de vanas palabras y de los seductores". En fin, haciendo nuestras las palabras que tú mismo dirigiste a S. Basilio poco antes de la muerte, te decimos también nosotros: "Enséñanos por qué obras buenas podemos granjearnos la bondad del Señor; cómo debemos evitar los asaltos del pecado; cómo cerrar las puertas a las pasiones; cómo adquirir la virtud apostólica; cómo doblegar al Juez insobornable. A ti, Padre santo, te toca iluminarnos, tener cuidado de nosotros, dirigirnos por el recto camino, ablandar nuestro corazón de piedra. Tú tienes que curar nuestra alma enferma, y llevarla hasta el fin sobre las olas de la vida y del descanso."