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lunes, 6 de junio de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

EL MIEDO DE LA REVOLUCIÓN

La Revolución tiene miedo. Padece el vértigo del derrumbe. Siente que bajo sus pies se entretejen y se entrecruzan todas las fuerzas históricas en plena conjura, con todos los mensajes de nuestros muertos y halla poseída de la locura del terror. Todas las revoluciones han tenido razón de temer. Todas las revoluciones han tenido miedo. No han tenido jamás razón contra la historia y por esto siempre han tenido razón para enloquecer de espanto. Porque toda la cuestión planteada, todo el debate empeñado entre las revoluciones y sus enemigos se resume en un encuentro enconado, tenaz, a muerte, entre el poder de la historia y la impotencia de los soñadores de utopías y de novedades. Y la pregunta que se hacen y se han hecho todas las revoluciones es esta: ¿ha muerto la historia, muerte la historia? La respuesta la ha escrito la misma historia, que, aparte de sobrevivir todos los días, sobre el dorso rugoso de unos cuantos pergaminos, ha matado y mata todos los días todas las revoluciones. La historia, fuerza enterrada y dispersa a lo largo del camino de razas, de patrias y de conquistadores; polvo que descansa en el borde de todas las tumbas y que ha visitado todos los desiertos, es un poder perpetuamente vivo, presente en la carne trémula de todos los viajeros y hecha armadura, en el fondo complicado y tumultuoso de hombres y pueblos con una montaña edificada subterráneamente con las piedras caídas al paso de los tiempos. Y en el encuentro estrepitoso, resonante entre las revoluciones y la historia, por algún tiempo, por mucho tiempo en algunas ocasiones, parecen tener la razón las revoluciones; pero tarde o temprano, en todo caso siempre acaba por tener la razón última y definitiva la historia.


Lady Macbeth al día siguiente del asesinato del legítimo rey de Escocia, se enfermó de insomnio. Y todas las noches se levantaba de su lecho la reina estrujada y atormentada por su propia historia. El espectro de la propia historia, ya se trate de individuos o de pueblos, invisible y callado comparte todos los días las fatigas de la jornada y nos acompaña en todas las peregrinaciones. Asiste al consejo y a las deliberaciones de todos los vivos. Y cuando alguien se atreve a medir sus fuerzas con él y le declara la guerra, nadie resiste ni más tenazmente ni más victoriosamente que él. Renán veía con el ojo lleno de espanto el espectro del pasado, cuando en el mensaje que escribió para despedirse del Dios de su juventud se anticipó a jurar que reprobaba de antemano, Renán, las abjuraciones que pudiera hacer el Renán envejecido. Y es que en la historia hay siempre algo, en algunas ocasiones mucho del trabajo de Dios y del trabajo de la razón.

Pero al tratarse de pueblos que han sido amasados, moldeados, edificados, de arriba abajo, por el Cristianismo, entonces en las fuerzas subterráneas de la historia aparece, cuando las puntas de todas las espadas y de todas las bayonetas se vuelven hacia abajo, el nervio vivo de las conciencias y de las reservas tradicionales, el puño de Dios, recio y fuerte, como un nudo de montañas retorcidas y agarradas a las raíces de piedra de todas las cordilleras. Y ante esa invencible y centuplicada conjura de la historia y de Dios, todas las revoluciones acaban y han acabado por ser derrotadas. Todas las revoluciones nacen con la espada fuera de la vaina. Podrán tener a su lado algunas razones, pero nunca por ser una sublevación total contra el pasado, no tienen ni podrán tener razón contra la historia. Mucho menos la pueden tener ni llegarán a tenerla contra Dios. Y armadas de la violencia, porque de antemano saben que no tienen otro recurso, se dan a acuchillar cuerpos y a levantar guillotinas. Pero todos sus planes fracasan. La sangre, la espada, la intriga; todo desemboca en el desastre.

Francia, la Francia de los descamisados, de los revolucionarios, melló todas sus guillotinas; cansó todos los brazos de los verdugos y agotó sus proyectiles en matar a sus verdugos; pero de entre las manos ensangrentadas de los asesinos se vio salir un emperador que la misma revolución había amamantado a sus pechos y que, deseando la resurrección del genio romano que vislumbró la eternidad en la tierra, desdobló la mano de Carlomagno,[1] le tomó el cetro, echó los trazos del Sacro Imperio y vivamente aleccionado por la inestabilidad y flaqueza de la revolución, quiso sentir sobre la frente y sobre su diadema el dedo de Roma ungido con el óleo de la piedra indestructible. Fue un vengador de la historia de Francia, se reconcilió con las fuerzas históricas y mató a la revolución. Al día siguiente, ciego de orgullo, ebrio de vino de las alturas, tornó a ser revolucionario el nuevo emperador de los franceses y se cebó en el Papa y retó de nuevo a la historia. Y una conjura en que riñeron desesperadamente las espadas de muchos ejércitos y las fuerzas históricas de muchos pueblos llevó al coloso a la arista de una roca escueta y allí le dejó sin espada y sin poder. Y nada menos Hipólito Taine asegura que todas las marchas y contramarchas que la fiebre de Bonaparte hizo padecer a Roma con la persecución, se anudaron apretadamente para dejar bien preparada la apoteosis del Papa que culminó en la declaración de la infalibilidad pontificia. Y esto hacen a más no poder las revoluciones: poder las fuerzas históricas, empujarlas hacia abajo para que busquen ansiosamente corrientes de savia, cimientos más hondos y un día se anuden todas las vías subterráneas de todas las vidas y acaben por quedar solas y triunfantes por encima de las conjuraciones.

Mientras no se encuentre un medio suficientemente eficaz para matar a la historia, mientras la historia de cada hombre y de cada patria y de cada pueblo sea un poder sepultado, perpetuamente vivo, que nos hace padecer insomnios y marchar atados a su dirección, las revoluciones padecerán derrotas definitivas e inevitables. Y una de las cosas que han hecho caer en el despeñadero de todos los desastres a la democracia moderna, a sido y es su aversión al pasado, su rencor enconado hacia los muertos. Y claro está que un sistema de gobierno que empieza por matar la democracia respecto de los muertos, bien pronto acaba por matar la democracia respecto de los vivos; pero también tarde o temprano será decapitado, y enterrado por la democracia de los muertos. Y si la democracia de los muertos es todos los días la única verdadera democracia que acaba con las locuras y los sueños de los innovadores que se sublevan contra el pasado, se debe a que es la democracia de la historia y a que es una fuerza viva que muchos han creído haber sepultado y que nadie ha podido ni podrá nunca extinguir.

Las revoluciones tienen y han tenido miedo porque se hallan solamente delante del poder de la historia y porque todas las máquinas de guerra de que disponen tienen un alcance arrasador contra los vivos, pero no alcanzan a tocar los huesos de los muertos.

Nosotros asistimos no desde ayer, no desde unos cuantos días; sino desde hace cerca de un siglo al duelo mortal entre las revoluciones y nuestra historia; y hemos seguido y seguimos siendo testigos de la persistencia invencible de nuestras razones históricas, raíces vivas que todos sentimos temblar y sacudirse en el nudo vital de nuestro ser espiritual y nacional ante el golpe arrasador del hacha de los sublevados. Hoy se centuplica el furor, se entrecruzan las hachas sobre la carne viva y sobre la sustancia real de nuestra historia, pero a cada golpe, a cada hachazo, a cada herida, a cada torcedura del potro, más que los vivos, siguen respondiendo nuestros muertos. Y nosotros mismos, no obstante la dispersión de caracteres, de flaquezas individuales y colectivas, no podremos hacerle traición al grito en que formula su respuesta categórica la razón de nuestra historia. Más aun, a los vivos se nos ha vencido y se nos ha desarmado; desde hace muchos años, ni tenemos bayoneta, ni espada, nos hallamos con los brazos caídos y pisamos sobre escudos abollados y sobre empuñaduras rotas. Entre tanto ellos, como los Césares de la vieja Roma, lo tienen todo: ejército, capitanes, espadas, las alturas del poder, los circos, los leones, todo. Y sin embargo, tiemblan, sin embargo temen, sin embargo sobre nuestras manos de esclavos vencidos, sobre nuestros brazos amarrados a la piedra de los vencidos ven alzarse, ven pasar un espectro. No somos nosotros, no son los hijos de nuestros hijos, son nuestros muertos, es la razón de nuestra historia. Y afilan de nuevo sus cuchillos y cortan carne y sueltan sus fieras.

Pero como en las páginas de Macbeth,[2] a medida que se multiplican los asesinatos, se multiplican los espectros se multiplica el terror. En la célebre tragedia de Shakespeare[3] quedan solos el usurpador y su espada; en el escenario de las revoluciones están solas su espada y ellas. Y mientras no les pertenezca una sola fibra de las que forman la trama viva uy recia tejida por los muertos y esto no lo conseguirán con la espada en la mano, están amenazadas, sitiadas, estrechadas por el desfiladero de los muertos. Y estarán perpetuamente amenazadas por la razón viva de la historia que ha escapado, que escapará siempre al potro, a la guillotina, a la cárcel y a las puntas de todas las bayonetas. De aquí que para que las revoluciones lleguen a sentirse tranquilas, necesitan sorprender el momento o el día en que los pueblos empiecen a escribir su historia o pactar y reconciliarse con ella. De otra suerte, se hallarán ante esta disyuntiva implacable: o matar la historia, o estar condenados a tener miedo y a ver con el puño roto, el irresistible retoñar de las fuerzas históricas. Entre tanto no les queda más recurso que enfermarse de zozobra y temblar mientras nuestra historia herida por el potro por la espada, se retuerce y grita como un enterrado vivo.

Francia ha empezado, en medio del frescor y la lozanía de sus convalecencias, a enterrar a la revolución; el matador y el sepulturero, como en todos los pueblos donde se ha sentado un día Cristo a decir el sermón de la montaña, han sido Carlomagno y Juana de Arco[4]. Nuestros nietos asistirán al entierro de la revolución en nuestra Patria. Los sepultureros serán: Hernán Cortés y Bartolomé de las Casas. Su epitafio será el que se ha escrito para todas las revoluciones: “Mató, despojó, apaleo, amordazó, encarceló, por miedo. Con todo y precisamente por eso, el miedo la mató”.

Marzo, 1926.






[1] CARLOMAGNO (742-814). Heredero del reino francés, ciño la corona del Sacro Imperio Romano Germánico (800). Prototipo del rey cristiano y del renacimiento cultural europeo.
[2] MACBETH (1040-1053). Rey de Escocia, en quien se inspira una de las mejores tragedias de Shakespeare.
[3] SHAKESPEARE, William (1564-1616). Dramaturgo, poeta y actor ingles, en sus obras describe todos los sentimientos y pasiones humanas.
[4] JUANA de Arco, santa (1412-1431). Heroína francesa, canonizada en 1920. Al frente de un ejército liberó Orleáns de los ingleses. Traicionada por los suyos, murió en la hoguera.