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miércoles, 11 de mayo de 2016

La Santa Rusia

La
Evangelización
De
RUSIA

Así, decidió enviar una embajada al emperador alemán Othón, llamado el Grande. Los autores dan la fecha del 959, cuatro años después de su bautismo que suele ponerse en el 955, y dos después de su viaje a Constantinopla. La embajada tenía como principal misión, pedir el envío de un obispo y de algunos misioneros occidentales que se encargaran de la evangelización de su pueblo. Hay autores que quieren ver en esta embajada una medida específicamente política: su bautismo en Kiev o Constantinopla -en todo caso por medio de bizantinos-, la ponía en relaciones con el imperio de Oriente; ahora, su demanda de misioneros de Alemania, la relacionaría con los latinos. Lo mismo había hecho años antes el rey Boris de Bulgaria.

Como consecuencia de la embajada, fue nombrado y consagrado un obispo para la naciente cristiandad de Kiev, el monje Libucio, de la abadía de San Albano de Maguncia. No pudo llegar a su destino, porque vino a morir poco después. Fue entonces cuando el monje Adalberto, el futuro arzobispo de Magdeburgo, era designado para cumplir esta misión. Era el año 961. Llegó efectivamente a Kiev, recibido con todos los honores por la princesa regente, que veía realizados así sus mejores sueños. Pero no había calculado bien las consecuencias de la inmediata sucesión y subida al trono de su hijo Sviatoslav, que era afecto al paganismo, y muy pronto se manifestaría adverso a la misión de los latinos.

El partido pagano reaccionó, por su parte, también en contra de ellos, y al año siguiente hubieron de regresar a Alemania. El obispo Adalberto recibió malos tratos, y algunos de sus compañeros sucumbirían bajo las penalidades del camino. Lo -que demuestra que el' partido pagano tenía aún mucha fuerza en Kiev, cuando el fervor de la princesa Oiga andaba buscando por todos los medios organizar definitivamente la iglesia cristiana en su principado. Algunos autores rusos" como el citado Prosvirnine, niegan que- la embajada rusa al rey Othón fuera idea de la princesa, afirmando que, muy al contrario, la iniciativa había partido del propio Othón. Sea lo que fuere, lo cierto es que el obispo Adalberto vemos que fue expulsado de Kiev al año de su llegada.

Por su parte, la princesa Oiga siguió cristiana ferviente el resto de su vida, dedicada a obras de beneficencia y de apostolado. No pudo conseguir la conversión de su hijo, y con esa espina moría en el año 969, a la edad de 82 años. Enterrada primero en la iglesia de San Elías, fue- trasladado su cadáver en el 1007 a la nueva iglesia de los deciatinos, construida por su nieto Vladimir, y colocado en un sepulcro de piedra. Desde entonces, comenzaría a ser venerada como santa por toda la Iglesia rusa. En cuanto a Sviatoslav, sería derrotado en una expedición desgraciada a los Balcanes, por los búlgaros. Pagano murió, y pagano sería su sucesor, su hijo Jaropol I, aunque se mostró tolerante con los cristianos. También él moría cinco años después, en el 978, víctima de las intrigas de sus otros hermanos, a causa de la división del gobierno. Iba a ser al fin el príncipe Vladimir, hijo natural de Sviatoslav y de madre varega, el que recogiera toda la herencia paterna. Había vivido casi siempre alejado de la corte, por susceptibilidad de su abuela Oiga; desde el 969 estaba encargado por su padre del gobierno septentrional de Novgorod. Semi-escandinavo de origen por su madre, se había casado en, ese mismo ambiente.

Durante dos años sostuvo empresas para apoderarse de todo el Estado que había constituido su padre, no importándole aniquilar a sus propios hermanos. Pero, a pesar de las intrigas sostenidas, Vladimir fue un gran soberano, un verdadero predecesor de aquellos "recolectores de la tierra rusa", que, una vez terminada la dominación de los mongoles, constituyeron la grandeza del Estado moscovita. No importa destacar aquí, las numerosas reformas del interior y las guerras que afrontó, pero sí recordar detalles de su acción religiosa, decisiva para la Rusia kieviana. De hecho, él había regresado a Kiev como un verdadero pagano, y las tropas varegas que habían abierto el acceso, también parecían haber pesado mucho en su decisión de restablecer el paganismo en la capital. No hada siquiera diez años que había muerto Santa Oiga, y si bien 'ella no había destruido "todas las casas de oración de los paganos", como pretenden los cronistas rusos, su acción sí había comprometido, por lo menos, el prestigio del paganismo. Los varegos pidieron, y lo obtuvieron, que se restaurasen los templos y que se volvieran a levantar las, estatuas de los dioses. Y si las crónicas rusas son dignas de crédito, contra los cristianos se llevaron a cabo ciertas represalias. Por ejemplo, no habiendo consentido un varego cristiano entregar a su hijo, al que los paganos querían inmolar en sacrificio, fue degollado con su hijo. El hecho no tiene nada de inverosímil, aunque puede ponerse en duda la autenticidad de los detalles.


Pero Vladimir era demasiado inteligente para perseverar en esta actitud. Permanecer pagano significaba rebajarse al nivel de los petcheneqes, salvajes bandas de la estepa, contra los que guerreaba; significaba aislarse de los polacos, de los que Boleslao el Valiente hacía en aquel momento un reino cristiano; significaba separarse de los búlgaros, a quienes el zar Samuel aseguraba la hegemonía sobre la península balcánica; y significaba, sobre todo, cortar toda relación cordial con la "Ciudad protegida por Dios" (Constantinopla), cuyo prestigio se imponía más que nunca en aquel final del siglo X, Vladimir tenía en sus miras casarse con una princesa "porfirogénita" (nombre que se les daba a los hijos de los emperadores de Constantinopla, reinantes al nacer sus hijos, porque al nacer éstos se les recibía en un paño de púrpura), e introducirse de esta manera en la familia de los 'basileis' para  gozar de los honores y provechos de esta parentela imperial. Pero esto no lo podía obtener más que haciéndose cristiano. Ahora bien, en torno a él ya se venía practicando ampliamente el cristianismo, y precisamente por un cierto número de varegos a los que él mismo pertenecía. Así es que asistió a las escuelas catequísticas para escuchar las predicaciones de los misioneros, fuesen griegos o latinos, o incluso eslavos, que no faltaban en sus Estados.