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sábado, 21 de mayo de 2016

"Ite Missa Est"

SABADO DE PENTECOSTES
EL ESPIRITU SANTO Y LA SANTIDAD

I Clase – Paramentos Rojos

1ª Lectura – Joel II, 28-32
2ª Lectura – Levítico XXIII, 9-21
3ª Lectura – Deuteronomio XXVI, 1-11
4ª Lectura – Levítico XXVI, 3-12
5ª Lectura – Daniel III, 47-51

Epístola – Romanos V, 1-5

Evangelio – San Lucas IV, 38-44


Hemos contemplado admirados la adhesión inefable y la constancia, divina con que el Espíritu Santo ejerce su misión en las almas; nos quedan por añadir todavía algunos rasgos para completar la idea de las maravillas de poder y de amor que ejecuta este, divino huésped en el hombre que no cierra las puertas de su corazón a su influencia. Pero antes de ir más lejos, experimentamos la necesidad de tranquilizar a aquellos que, al oír los prodigios de bondad que realiza en nuestro favor y el misterio de su presencia continua en medio de nosotros, temiesen que el que ha descendido para consolarnos de la ausencia de nuestro Redentor, suplante nuestro amor a expensas de aquel que, "siendo de la sustancia de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres La falta de instrucción cristiana en muchos de los fieles de la actualidad es causa de que el dogma del Espíritu Santo sea conocido de una manera vaga, y ún podríamos decir que se desconozca su acción especial en la Iglesia y en las almas. Por otra parte, estos fieles conocen y honran con laudable devoción los Misterios de la Encarnación y Redención de Nuestro Señor Jesucristo, pero se diría que aguardan la eternidad para aprender en qué son deudores al Espíritu Santo. Así, pues, les diremos que la misión del Espíritu Santo está tan lejos de hacernos olvidar lo que debemos a nuestro Salvador, que su presencia entre nosotros y con nosotros es el don supremo de la ternura del que se dignó ser clavado en la cruz. El recuerdo que conservamos de estos misterios, ¿quién lo produce y conserva en nuestros corazones sino el Espíritu Santo? Y el fin de sus solicitudes en nuestra alma, ¿no es formar en nosotros a Cristo, el hombre nuevo para poder ser incorporados con él eternamente como miembros suyos? El amor que tenemos a Jesús es inseparable del que debemos al Espíritu Santo, así como el culto ferviente de este Espíritu nos une estrechamente al Hijo de Dios del que procede y quien nos lo donó. Nos conmueve y enternece el pensamiento de los dolores de Jesús, y es natural; pero sería indigno permanecer insensibles a las resistencias, a los desprecios y a las traiciones continuas de que es objeto el Espíritu Santo en las almas, Somos todos hijos del Padre Celestial: pero ¡ojalá comprendiéramos desde este mundo que somos deudores de ello a la abnegación de las dos divinas personas que han hecho que lo fuésemos a costa de su gloria!


FORMA EN NOSOTROS A CRISTO. — Después de esta digresión, que nos ha parecido oportuna, continuemos describiendo las operaciones del Espíritu Santo en el alma del hombre. Como acabamos de decir, su fin es formar en nosotros a Jesucristo por medio de la imitación de sus sentimientos y de sus actos. ¿Quién conoce mejor que este divino Espíritu las disposiciones de Jesús, cuya humanidad santísima produjo en las entrañas de María, de Jesús, de quien se posesionó y con quien habitó plenamente, a quien asistió y dirigió en todo por medio de una gracia proporcionada a la dignidad de esta naturaleza humana unida personalmente a la divinidad? Su deseo es reproducir una copia fiel de él, en cuanto que la debilidad y exigüidad de nuestra humilde personalidad, herida por el pecado original, se lo permitiere.


PURIFICA LA NATURALEZA. — Sin embargo, de eso el Espíritu Santo obtiene en esta obra digna de Dios nobles y felices resultados. Le hemos visto disputando con el pecado y con Satanás la herencia rescatada por el Hijo de Dios; considerémosle trabajando con éxito en la "consumación de los santos", según expresión del Apóstol'. Se posesiona de ellos en un estado de degradación general, les aplica en seguida los medios ordinarios de santificación; pero resuelto a hacerles alcanzar el límite posible a sus fuerzas del bien y de la virtud, desarrolla su obra con ardor divino, La naturaleza está en su presencia: naturaleza caída, infestada con el virus de la muerte; pero naturaleza que conserva todavía cierta semejanza con su Criador, del que conserva señales en su ruina. El Espíritu viene, pues, a destruir la naturaleza impura y enferma y al mismo tiempo a elevar, purificando, a la que el veneno no contaminó mortalmente. Es necesario, en obra tan delicada y trabajosa, emplear hierro y fuego como hábil médico, y ¡cosa admirable!, saca el socorro del enfermo mismo para aplicarle el remedio que sólo puede curarle. Así como no salva al pecador sin él, así no santifica al santo sin ser ayudado con su cooperación. Pero anima y sostiene su valor por medio de mil cuidados de su gracia y la naturaleza corrompida va insensiblemente perdiendo terreno en esta alma, lo que permanecía intacto va transformándose en Cristo y la gracia logra reinar en el hombre entero.


DESARROLLA LAS VIRTUDES..—Las virtudes no están ya inertes o débilmente desarrolladas en este cristiano; se las ve adquirir nuevo vigor de día en día. El Espíritu no consiente que una sola, quede rezagada; muestra constantemente a su discípulo a Jesús, tipo ideal, que posee la virtud plena y perfecta. Algunas veces hace sentir al alma su impotencia para que ésta se humille; la deja expuesta a las repugnancias y a la tentación; pero entonces es cuando la asiste con más esmero. Es necesario que luche, como es necesario que sufra; sin embargo de eso, el Espíritu la ama con ternura y tiene consideración con sus fuerzas aún cuando la prueba. ¡Qué cosa tan magnífica ver que un ser limitado y caído reproduzca el sumo de la santidad! Con frecuencia desfallece el ánimo en tal obra y puede darse unos traspiés; pero el pecado o la imperfección no pueden resistir al amor que el Espíritu divino alimenta con particular cuidado en este corazón, que consumirá pronto estas escorias y cuya llama no apagándose nunca.


COMUNICA LA VIDA DIVINA. — La vida humana desaparece; mas Cristo vive en este hombre nuevo o como este hombre vive en Cristo'. La oración llega a ser su elemento, porque en ella siente el lazo que le estrecha con Jesús y que este lazo se estrecha cada vez más. El Espíritu muestra al alma nuevas sendas para que encuentre a su bien soberano en la oración. Para ello, prepara los grados como en una escala que comienza en la tierra y cuya cima se oculta en lo alto de los cielos. ¿Quién podrá contar los favores divinos hacia aquel que, habiéndose librado de la estima y del amor de si mismo no aspira a otra cosa, en la unidad y sencillez de su vida, que contemplar y gozar de Dios, que engolfarse en él eternamente? Toda la Santísima Trinidad toma parte en la obra del Espíritu Santo. El Padre deja sentir en esta alma los abrazos de su ternura paternal; el Hijo no puede contener el ímpetu de su amor hacia ella, y el Espíritu Santo la inunda cada vez más de luces y consuelos.


ES EL INTRODUCTOR EN LA FAMILIA DEL CIELO. La corte celestial que contempla todo lo que se relaciona con el hombre, que exulta de alegría por un solo pecador que hace penitenciaba visto este hermoso espectáculo, le sigue con indecible amor y alaba al Espíritu que sabe obrar tales prodigios en una naturaleza corruptible. María, en su alegría maternal, hace acto de presencia algunas veces en el nuevo hijo que la ha nacido; los ángeles se muestran a las miradas de este hermano, digno ahora de su sociedad, y los santos que estuvieron sujetos al cuerpo, traban estrecha amistad con aquel a quien esperan que llegará dentro de poco a la mansión de la gloria. ¿Qué de extraño tiene que este hijo del Espíritu divino no haga más que extender la mano para suspender con frecuencia las leyes de la naturaleza y consolar a sus hermanos del mundo en sus sufrimientos o necesidades? ¿Acaso no les ama con amor que procede de la fuente infinita del amor, con amor que no está sujeto al egoísmo y a las tristes recaídas a las que está sujeto aquel en quien Dios no reina?


COMPLETA LA SANTIDAD. — Pero no perdamos de vista el punto culminante de esta vida maravillosa, más frecuente de lo que piensan los hombres mundanos y disipados. Aquí aparece el valor de los méritos de Jesús y el amor hacia la criatura a la vez que la energía divina del Espíritu Santo. Esta alma está llamada a las nupcias y estas nupcias no se reservarán para la eternidad. En esta vida, bajo el horizonte estrecho del mundo pasajero deben realizarse. Jesús desea unirse a la Esposa que conquistó con su sangre y su Esposa no es solamente su amada Iglesia, sino también esta alma que hace algunos años no existía, esta alma que permanece oculta a los ojos de los hombres, pero cuya "hermosura codició él" Es autor de esta belleza que, al mismo tiempo, es obra del Espíritu Santo; no reposará hasta que no se haya unido con ella. Entonces se realizará en un alma lo que hemos visto obrar en la misma Iglesia. El la prepara, la asienta en la unidad, la consolida en la verdad, consuma en la santidad; entonces el "Espíritu y la Esposa dicen: Ven" Se necesitaría todo un volumen para describir la acción del Espíritu divino en los santos y nosotros no hemos podido trazar más que un corto y tosco esbozo. Sin embargo de eso, este ensayo tan incompleto, además de ser necesario para terminar de describir, aunque sea brevemente el carácter completo de la misión del Espíritu Santo sobre la tierra conforme a las enseñanzas de las Escrituras y a la doctrina de la Teología dogmática y mística, podrá servir para dirigir al lector en el estudio e inteligencia de la vida de los Santos. En el curso de este "año Litúrgico", en el que los nombres y las obras de los amigos de Dios son evocados y celebrados tan frecuentemente por la misma Iglesia, no se podía dejar de proclamar la gloria de este Espíritu santificador.


EL ESPIRITU SANTO EN MARIA. — No daremos fin a este último día del tiempo pascual, a la vez que punto final de la octava de Pentecostés, si no ofreciésemos a la reina de los ángeles el homenaje debido y si no glorificásemos al Espíritu Santo por todas las grandes obras que realizó en ella. Adornada por él, después de la humanidad de nuestro. Redentor, de todos los dones que podían acercarla, cuanto era posible a una criatura, a la naturaleza divina a la que la Encarnación la había unido, el alma, la persona toda de María fue favorecida en el orden de la gracia más que todas las creaturas juntas. No podía ser de otro modo, y se concebirá por poco que se pretenda sondear por medio del pensamiento el abismo de grandezas y de santidad que representa la Madre de Dios. María forma ella sola un mundo aparte en el orden de la gracia. Hubo un tiempo en que ella sola fue la Iglesia de Jesús. Primeramente fue enviado el Espíritu para ella sola, y la llenó de gracia en el mismo instante de su inmaculada concepción. Esta gracia se desarrolló en ella por la acción continua del Espíritu hasta hacerla digna, en cuanto era posible, a una criatura, de concebir y dar a luz al mismo Hijo de Dios que se hizo también suyo. En estos días de Pentecostés hemos visto al Espíritu Santo enriquecerla con nuevos dones, prepararla para una nueva misión; al ver tantas maravillas, nuestro corazón no puede contener el ardor de su admiración ni el de su reconocimiento hacia el Paráclito que se dignó portarse con tanta magnificencia con la Madre de los hombres. Pero tampoco podemos menos de celebrar, con verdadero entusiasmo, la fidelidad absoluta Dé la amada del Espíritu a todas las gracias que derramó sobré ella. Ni una sola se ha perdido, ni una sola ha sido devuelta sin producir su obra, como sucede algunas veces en las almas más santas. Desde un principio fue "como la aurora naciente" y el astro de su santidad no cesó de elevarse hacia un mediodía, que en ella no tendría ocaso. Aún no había venido el arcángel a anunciarla que concebiría al Hijo del Altísimo, y, como nos enseñan los Santos Padres, había ya concebido en su alma al Verbo eterno. El la poseía como su Esposa antes de haberla llamado a ser su Madre. Si pudo Jesús decir, hablando de un alma que había tenido necesidad de la regeneración: "quien me buscare me encontrará en corazón de Gertrudis", ¡cuál sería la identificación de los sentimientos de María con los del Hijo de Dios y qué estrecha su unión con El! Crueles pruebas la aguardaban en este mundo, pero fue más fuerte que la tribulación, y cuando llegó el momento en que debía sacrificarse en un mismo holocausto con su Hijo, se encontró dispuesta. Después de la Ascensión de Jesús, el Consolador descendió sobre ella; descubrió a sus ojos una nueva senda; para recorrerla era necesario que María aceptase el largo destierro lejos de la patria donde reinaba ya su Hijo; no dudó, se mostró siempre la esclava del Señor, y no deseó otra cosa que cumplir en todo su voluntad. El triunfo, pues, del Espíritu Santo en María fue completo; por magníficos que hayan sido sus adelantos, siempre ha respondido a ellos. El título sublime de Madre de Dios a que fue destinada exigían para ella gracias incomparables: las recibió y las hizo fructificar. En la obra de la "consumación de los santos y para la edificación del cuerpo de Cristo" 1 el Espíritu divino preparó para María, en premio de su fidelidad, y a causa de su dignidad incomparable, el lugar que la convenía. Sabemos que su Hijo es la cabeza del cuerpo de innumerables elegidos, que se agrupan armoniosamente en torno suyo. En este grupo de predestinados, nuestra augusta reina, según la Teología Mariana, representa el cuello que está íntimamente unida a la cabeza y por el que la cabeza comunica al resto del cuerpo el movimiento y la vida. No es ella el principal agente, pero por ella influye ese agente en cada uno de los miembros. Su unión, como es natural, es inmediata a la cabeza, pues ninguna creatura más que ella ha tenido ni tendrá más íntima relación con el Verbo Encarnado; pero todas las gracias y favores que descienden sobre nosotros, todo lo que nos vivifica e ilumina, procede de su Hijo mediante ella. De aquí proviene la acción general de María en la Iglesia y su acción particular en cada fiel. Ella nos une a todos a su Hijo, el cual nos une a la divinidad. El Padre nos envió a su Hijo, éste escogió Madre entre nosotros y el Espíritu Santo, haciendo fecunda la virginidad de esta Madre, consumó la reunión del hombre y de todas las creaturas con Dios. Esta reunión es el fin que Dios se propuso al crear los seres, y ahora que el Hijo ha sido glorificado y ha descendido el Espíritu-, conocemos el pensamiento divino. Más favorecidos que las generaciones anteriores al día de Pentecostés, poseemos, no en promesa, sino en realidad, un Hermano que está coronado con la diadema de la divinidad, un Consolador que permanece con nosotros hasta la consumación de los siglos para alumbrar el camino y mantenernos en él, una Madre, intercesora omnipotente, una Iglesia, también madre, por la que participamos de todos estos bienes.


La Estación, en ¡Roma, es en la basílica de San Pedro. En este santuario aparecían por última vez hoy los neófitos de Pentecostés revestidos con sus túnicas blancas y se presentaban al Pontífice como los últimos corderos de la Pascua, que termina en este día. Ahora es célebre este día por la solemnidad de las órdenes. El ayuno y la oración qué la Iglesia ha impuesto a sus hijos durante tres días tiene por objeto volver al cielo propicio, y debemos esperar que el Espíritu Santo, que ungirá a los nuevos sacerdotes y a los nuevos ministros con el sello inmortal del Sacramento, obrará con toda la plenitud de su bondad y de su poder; pues no solamente inicia en este día a los que van a recibir tan sublime carácter, sino también obra la salvación de tantas almas como serán confiadas a sus cuidados.