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jueves, 7 de abril de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS



Monumento a Cristo Rey

Los Precursores



La era de los Mártires Mexicanos, no comienza con el llamado "Conflicto religioso de 1926", o sea con la resistencia Cristera, que algunos malévolamente han llamado "revolución". En una revolución contra un Gobierno, el agresor es el revolucionario, y el que se defiende es el Gobierno. En el levantamiento cristero sucedió todo lo contrario. Los católicos se lanzaron al campo de batalla para defenderse y defender su fe y su religión de la agresión de esa conspiración contra el orden cristiano, llamada ahora comunismo, y de la  que algunos gobernantes mexicanos se hicieron dócil instrumento obedientes a las consignas de ella emanadas.


La revolución carrancista se presentó en su principio como un movimiento puramente político: se trataba de derrocar al Gral. Huerta, para vengar la muerte del Presidente Madero, y de defender el principio de "sufragio efectivo y no reelección". La Iglesia no tuvo nada que ver en ello. Pero repentinamente cambió el cuadro, y las tropas carrancistas. Comenzaron a atacar furiosamente las cosas y personas sagradas. ¡Había llegado la consigna, para aprovechar la revuelta contra el catolicismo mexicano! Es nada menos que el tristemente célebre Pancho Villa, quien, en uno de sus manifiestos, acusaba a Carranza con las siguientes palabras: "De haber destruido la libertad de conciencia persiguiendo a la Iglesia; de haber permitido prácticas, expulsó a los sacerdotes, cerró las iglesias y prohibió toda clase de culto, en todas y cada una de las plazas que ocupó durante la campaña. Dígalo si no la ciudad de Zacatecas, donde su fanatismo antirreligioso llegó a un punto que contrasta graciosamente con su presente mansedumbre cristiana... Muy a propósito resulta recordar al Gral. Villa la cordial felicitación que envió al General Antonio Villarreal Gobernador de Nuevo León cuando éste publicó un decreto en que restringía el ejercicio del culto y prohibía la confesión. He aquí el texto del Mensaje: —Chihuahua, julio 29. — Gral. Antonio Villarreal. — Lo felicito sincera y entusiastamente por el decreto que acaba de publicar imponiendo restricciones al Clero, en el Estado que tan dignamente gobierna. Yo también me estoy apresurando a seguir su prudente ejemplo, porque lo mismo que usted, yo pienso que el mayor enemigo de nuestro progreso y libertad, es el corrompido Clero, que desde tanto tiempo hace ha dominado nuestra patria. —Villa”. Los hechos que estos señores, se echan en cara tan descaradamente unos a otros, no son sino la práctica aconsejada, desde más de un siglo antes, polla conspiración contra el orden cristiano.
 
Venustiano Carranza


Triunfante el Carrancismo, se procedió a concretar y sistematizar las consignas recibidas, nada menos que en la Constitución de la República de 1917. En efecto, en dicha Constitución: "La ley no reconoce personalidad alguna en las agrupaciones religiosas denominadas Iglesias (Art. 130); establece la enseñanza absolutamente laica en las escuelas y, más aún, socialista (Art.3); las publicaciones periódicas de carácter confesional, ya sea por su título, o por sus tendencias ordinarias, no podrán comentar asuntos políticos nacionales, ni informar sobre actos de las autoridades del país (Art. 130) ; el matrimonio es un verdadero contrato civil de la exclusiva competencia del Estado (Art. 130); el culto público debe confinarse precisamente al domicilio o al interior de los templos, y aun allí bajo la vigilancia del Estado (Arts. 24 y 130) ; se niega el derecho de la Iglesia para poseer bienes temporales (Art. 27) ; se prohibe a los sacerdotes heredar, aun de particulares (Art. 130) ; se da facultad a las legislaturas de los Estados para determinar el número máximo de sacerdotes (Art. 130) ; se les reconoce como simples “profesionistas” y no como sacerdotes, y sin embargo se les niega el ejercicio de sus derechos políticos y cívicos (Arts. 53, 59, 82 y 130) ; se prohibe el establecimiento de Ordenes v Congregaciones religiosas de hombres y mujeres, y se prohíben los votos religiosos (Art. 5) ; se prohibe que las escuelas tengan sala, oratorio o capilla destinada a servicios de culto ni decoraciones, pinturas, estampas, esculturas y objetos de atención o naturaleza religiosa (Art. 5) para ser director de una escuela primaria, particular, libre o incorporada, se necesita no ser ministro de algún culto, o miembro de alguna orden religiosa (Art. 3), etc., etc.". El Episcopado Mexicano, en cumplimiento de su deber, protestó pacífica, pero enérgicamente por esta Constitución impía, el 24 de febrero de 1917. A esta protesta se unieron la del Episcopado Francés el 9 de diciembre de 1918; la del Episcopado Español el 19 de marzo de 1919; la del Episcopado Latino Americano del 17 de mayo al 20 de noviembre; la del Episcopado de los Estados Unidos, finalmente, el 12 de diciembre de 1926. Ante tal cúmulo de protestas del mundo católico, no se reformó la Constitución, sino que se adoptó la táctica de siempre, de la conspiración anticristiana; amainar un poco las velas, no exigir ruidosamente el cumplimiento de la ley para hacer cobrar alientos al pueblo católico y alguna confianza, a reserva de darle un golpe terrible cuando menos lo esperara. Así sucedió el mes de febrero de 1921, cuando una mano criminal puso una bomba en la puerta del Arzobispado de México, y poco después otra bomba en el Arzobispado de Guadalajara.










El 14 de noviembre de 1921 un atentado incalificable, que dejaba traslucir una consigna venida del exterior, porque no era posible, ni imaginable que hubiera sido idea de mexicanos, llenó de exasperación a los católicos. Me refiero a la bomba que se hizo estallar al pie de la imagen de Santa María de Guadalupe en su Basílica. El 8 de mayo de ese mismo 1921, una banda de socialistas hizo ondear en las torres de la Catedral de Morelia la bandera rojinegra, que es la del comunismo, y no como dijo un diario mexicano recientemente, que es la roja con la hoz y el martillo, pues ésta es la de la nación Ruso-soviética. Y no contentos con esta muestra evidente, de dónde procedía todo el movimiento antirreligioso, apuñalearon, en el interior del Sagrario de la misma Catedral una imagen de la Virgen de Guadalupe. Este atentado provocó una manifestación muda de reprobación de los católicos mexicanos el 12 de mayo siguiente, y los soldados al servicio de la conspiración anticristiana, la disolvieron a tiros, dando muerte a varios católicos inermes, de los que hablaré en seguida y que son considerados como los primeros mártires mexicanos, de este nuevo martirologio, y precursores de todos los demás.  El 11 de enero de 1923, a petición de la "Liga anticlerical mexicana" fundada por Belén Lizarrága, extranjera y rabiosa comunista, se expulsó del país al Delegado Apostólico, Mons. Filippi, con el pretexto de haber bendecido la primera piedra del Monumento a Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete.




El mes de octubre de 1924 se celebraba en la Capital de la República el Primer Congreso Eucarístico Nacional, para el cual se habían obtenido todas las licencias necesarias de las autoridades civiles. Ya al fin de aquella magníficas ceremonias, en que tomó parte toda la República, sin que nadie lo esperara, el 9 de octubre, apareció un decreto del Presidente Obregón consignando al Congreso (esto es, a todos los católicos que tomaron parte en él), que los Gobernadores prohibieran el culto y aun impusieran penas por la celebración de actos enteramente permitidos por la ley; de haber ultrajado profundamente los sentimientos religiosos del pueblo con actos condenados por la civilización y el derecho de gentes". Carranza le contestó no negando los hechos, sino echándole a Villa en cara, ser él también culpable de tales desmanes: "El caso es, dice, que el Gral. Villa que ahora busca una reconciliación con el Clero, mostrándose tan respetuoso hacia la religión y sus por violaciones a las leyes de Reforma. Decreto de imposible ejecución, porque como escribió el juez de Monterrey, excusándose de cumplirlo: "no puedo procesar a ochenta mil familias de la ciudad, que han tomado parte de algún modo en el Congreso". Pero la C. R. O. M., asociación socialista (comunista) sin autorización de las autoridades (aunque con su complicidad) por sí y ante sí impidió la celebración del último acto del Congreso: la representación del Auto Sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz El Divino Narciso, en un teatro de la ciudad de México. Verdaderamente los católicos ya no podían resistir al cúmulo de exacciones y persecuciones a su religión por la conspiración contra el orden cristiano. Pues, todavía se intentó una resistencia pacífica, por la formación de la Liga de Defensa Religiosa, que decretó un boycot general en la República; y no pudiendo obtener nada por él, sino mayores persecuciones, se acudió a las Cámaras legislativas pidiendo nos dejaran vivir en paz. El Memorial, calzado por dos millones de firmas auténticas, ni siquiera se leyó en la Cámara, sino que fue a dar al cesto de los papeles inútiles. Entonces comenzaron los levantamientos de los cristeros. Pero, ¿quién fue el agresor y quién el que defendía a su fe y religión?. . .Ya es hora de hablar de esos precursores, acaso olvidados, bajo el velo del tiempo y de nuevas tribulaciones.

El 8 de mayo de 1921, como he dicho, un grupo de "socialistas", nombre más usado entonces por los instrumentos ciegos de la conspiración contra el orden cristiano, quisieron hacer un alarde del predominio que iban adquiriendo cada día más en nuestra patria, y se dirigieron a la Catedral de Morelia para enarbolar en la torre la bandera rojinegra del comunismo, y para que no se dudara de las intenciones anticristianas de los conspiradores, se atrevieron a penetrar en el Sagrario de la Catedral, y apuñalearon, vilesy degenerados, una bendita imagen de Santa María de Guadalupe, Madre y Reina de los mexicanos. Esto lo hicieron cuando no había fieles que pudieran impedir tan monstruoso atentado, en el recinto de la Catedral. El dolor de los morelianos fue inmenso al saber lo que acababa de suceder, y para demostrarlo públicamente y protestar contra la canallada "comunista", comenzaron a organizar una manifestación muda e inerme, pero numerosa, de los habitantes de la ciudad en que se mezclarían todas las clases sociales. En un pueblo dizque "democrático" como el nuestro, una de esas manifestaciones era absolutamente legal, si no iban a causar trastornos públicos, lo cual era muy ajeno de una manifestación de luto, por aquel crimen. El 12 de mayo, la manifestación nutridísima de los católicos morelianos comenzó a desfilar en silencio, por las calles de la capital de Michoacán. Un joven valiente y noble. Rómulo González Figueroa, miembro de la A.C.J.M., junto con todos sus compañeros, de aquella juventud florida y generosa, organizadora de la manifestación, marchaban unidos en grupo. De pronto aparece la policía armada y lanza la orden de que se disuelva la manifestación. D. Julián Vargas, se enfrenta con el oficial que daba la orden y le dice virilmente: —"No, jefe; tenemos derecho, como ciudadanos de un país libre, de manifestar de alguna manera, con tal de no causar trastornos al orden público, nuestra pena por los insultos, que se han hecho a nuestra Madre de Guadalupe, en su bendita Imagen, el día ocho. Así que, ¡esta manifestación no se disuelve, porque la voz del pueblo es la voz de Dios!"

La respuesta del esbirro fue, una vez que se parapetó tras el acueducto, dispararle con la pistola que llevaba amartillada en la mano. Y como si este tiro hubiese sido una señal preparada de antemano, todos los otros policías desenfundaron las pistolas y comenzaron a disparar sobre la multitud de mujeres, niños, obreros, profesionistas, caballeros y señoras que marchaban enlutados en las filas de la manifestación. Muchos cayeron, ¡ay!, al grito unánime de: ¡Viva Cristo Rey!, y la manifestación se dispersó, pues inermes como estaban casi todos, no podían oponerse a aquella explosión de la fuerza bruta, y la matanza hubiera sido atroz, dejando por unos momentos en la calle los cadáveres y los heridos, que poco después volvieron piadosamente a recoger sus compañeros. Recordemos ahora con verdadera fruición, la calificación de estos hechos luctuosos, que hizo desde el pulpito de la Catedral de Morelia, el 6 de junio siguiente en las honras fúnebres a los caídos en aquel cobarde zafarrancho, el entonces Canónigo de la Catedral y ahora Dgmo. Arzobispo de México, Dr. D. Luis M. Martínez, en su espléndida Oración Fúnebre. "Solamente la Iglesia con su decisión infalible puede otorgar a un hombre el dictado glorioso de mártir. Pero sin prevenir ese juicio supremo, nosotros podemos afirmar que la muerte de nuestros hermanos sacrificados el 12 del mes de mayo que acaba de pasar, fue heroica, fue gloriosa, fue una gracia insigne de Dios para ellos y para nosotros. . . Esta muerte gloriosa, tuvo su aurora y tendrá su medio día. Dios eligió sus víctimas; Dios preparó sus mártires. Si nos fuera dado sorprender los misterios de las almas, si pudiéramos escrutar  la íntima, la sacratísima acción de Dios en los corazones, hubiéramos descubierto en las frentes de las víctimas la señal de predilección, y hubiéramos seguido, en el secreto de su vida interior, el hilo celestial, que preparaba su fin glorioso. A través del tiempo atrevámonos a sondear el misterio; que siempre será dulce para el corazón evocar el recuerdo de los hermanos muertos. Miradlos". "Es el primero un anciano, don Julián Vargas, que consagró su vida a las nobles labores del magisterio católico. Su virtud característica fue la firmeza inquebrantable de sus convicciones. Guardó incólume en su grande corazón la fe de Cristo, sin flexibilidad, ni timidez; y cuando pasó por nuestra patria la racha revolucionaria doblegando los espíritus como barre, el huracán los flexibles tallos en los áureos trigales, él permaneció erguido, sin que lo inclinaran hacia la tierra, ni el peso de sus años, ni la carga de su pobreza.

¡Fue un hombre! ¡Fue un cristiano!, ¡merecía ser mártir! "En pos de él va un obrero, Joaquín Cornejo, un representante de esa clase dignísima, a la que en vano pretenden corromper los modernos agitadores, porque tiene echadas hondas raíces en la tierra fecunda de la Iglesia; un obrero de alma de niño y corazón de fuego. Paréceme estarlo viendo, como tantas veces lo vi desde esta cátedra santa reflejando en sus ojos las santas emociones de su corazón, vibrando al impulso de todos los nobles sentimientos. Su pasión fue la Eucaristía: acercábase a menudo al banquete de los fuertes, y ¡cuántas veces después de ímprobo trabajo, ya muy tarde, a la mitad del día, buscaba afanoso en este mismo lugar al sacerdote que pusiera en sus labios la Hostia Santa! Tuvo el anhelo, casi diría, la obsesión, del martirio, y pienso que con santa tenacidad, arrancó al Señor esa gracia suprema. Vosotros, obreros que me escucháis, compañeros suyos que recibisteis sus confidencias y fuisteis testigos de su virtud sencilla, decidme si exagero las nobles prendas de nuestro hermano muerto.


"También cayó bajo la guadaña de la muerte, en la flor de su edad, un miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (A.C.J.M.), Rómilo González Figueroa. Haré cumplidamente su elogio si digo, que poseía el espíritu, todo el espíritu de esa benemérita institución: pureza de alma, entusiasmo juvenil, actividad de apóstol; era lo que debe ser un joven cristiano: una primavera con sus flores, con sus perfumes, con sus esperanzas. Yo os felicito, jóvenes, porque habéis tenido un mártir, y plegué al Cielo que, templados vuestros espíritus por su fuerte ejemplo, troquéis mañana el noble entusiasmo de la juventud, por el esfuerzo varonil que salve la Patria. "No olvidaré al sencillo, al oculto, al humildísimo cristiano, Felipe López, que tantas veces vimos por las calles de esta ciudad con la maroma al hombro. Era muy bueno. No os referiré rasgo alguno de su vida, porque recibió el precioso don de ocultarse siempre. Si pueden las cosas pequeñas compararse a las grandes, el humilde aguador me hace pensar en el prodigioso Obrero de Nazareth, cuya vida exterior fue vulgar a los ojos de los hombres, cuya vida interior fue admirable a los ojos de Dios. "¿Y después...? después vienen los héroes ocultos de quienes apenas sabemos los nombres: Crescenciana Cerrillos, María González, la doncella que a pesar de la ruda persecución tenía el valor de ostentar sobre su pecho la cinta azul, y la dulce imagen de María Inmaculada. Esta Madre tiernísima le dio, sin duda, a la fragilidad de su sexo el valor del heroísmo. "Y tantos otros cristianos heroicos que nosotros desconocemos, pero que Dios conoce... Mañana, en el día de la eterna justicia, nosotros los conoceremos y estrecharemos su mano fortísima y escucharemos sus íntimas confidencias en el seno de Dios. "La actitud del mártir cristiano no es la fría y salvaje del estoico; es más humana, es más divina: el cristiano muere con el amor en el corazón, con las lágrimas en los ojos y en sus labios un grito sublime: el grito del entusiasmo, del amor, de la esperanza. ¿No escuchasteis ese grito heroico en la tarde inmortal del 12 de mayo? En medio de los rugidos de rabia de los verdugos, de los ayes de dolor de las víctimas, del ruido de la fusilería, del sordo rumor de la multitud azorada, ¿no oísteis brotar de los labios moribundos del anciano, ese grito vigoroso, libérrimo, triunfante: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Tú escuchaste, Señora, el grito de fe y de amor de nuestros hermanos heroicos! ¡Madre!, por ese grito, perdónanos. ¡Madre, por ese grito sálvanos! "Cuando en el mes que acaba de pasar, obedeciendo a tenebrosa consigna, los socialistas quisieron sustituir en nuestros templos la santa Bandera de la Patria, por el exótico pabellón rojinegro, emblema de odio y de sangre, hubo viriles protestas y actitudes dignas. . . pero esto fue nada ante la honda e inmensa conmoción que provocó en la Patria mexicana el atentado contra la Virgen de Guadalupe. . . y supo el mundo que para México, hay algo que vale más que su bandera. . . la Virgen de Guadalupe; que tocarla, es tocar el alma nacional y que morir por Ella, es ¡ morir por Dios y por la Patria" 

Monumento - primera piedra

Monumento Dinamitado por el gobierno


II


El Nuevo Monumento