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martes, 26 de abril de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”


CON LAS ALFORJAS ABIERTAS


Mientras los miembros del jurado que intervino hace pocos días en el torneo efectuado en el Teatro Hidalgo, asistían al desfile de juventud, que dijo a su paso la palabra arrogante que el público oyó estremecido de entusiasmo, pasó también –invencible para casi todos, pero hecha fuerte y recia visión de verdad y de justicia para los conocedores–, la procesión larga de los verdaderos maestros de la tribuna. Todos ellos, con el índice en alto y con la frente hacia el jurado, lo veían con los ojos grandemente abiertos en espera de que a todo trance se evitara siquiera en esta vez la subversión de valores oratorios. Afortunadamente no esperaron en vano. Y en parte por su hondo sentido de la disciplina de la verdadera elocuencia y en parte por haberse distinguido igualmente varios oradores, el jurado tomó en su mano la única piedra de toque y después de dar un puntapié al viejo e imbécil sistema de las frases pulidas y martilladas con un siglo de anticipación y luego repetidas –en medio de un estéril esfuerzo mecánico de memoria– en la tribuna, arrojó la suerte de los concursantes por el verdadero camino: la improvisación. Solamente así se pudo y se puede y se podrá llegar siempre, cuando menos a una aproximación de justicia y solamente así se ha podido –en nuestro medio– purgar con un precedente definitivo y terminante el ambiente que satura nuestra vida en materia oratoria.

Cansados estamos ya del arraigado y envejecido y ruinoso expediente de salir a la tribuna a leer –en un pergamino o en la propia memoria– palabras y períodos hechos con anterioridad y que no acusan por lo que toa a sus autores más que una suprema ignorancia acerca de la verdadera naturaleza de la palabra elocuente y el prejuicio de que basta llevar sobre la espalda un fuerte bagaje de cultura para ser orador, por más que no se haya tomado el trabajo alguna vez de hacer siquiera un mal aprendizaje. La resolución tomada por el jurado ha hecho por ahora imposible la subversión de valores, pero por su alcance trascendental y su alta significación dejará para siempre la verdad –en los anales de nuestra oratoria– de que para rendir homenaje a alguno que se asoma sobre el borde de una tribuna para abrir su mano sobre la humanidad, será preciso que sea orador y no bastará que parezca serlo, ni mucho menos que pueda serlo una vez. La disyuntiva que lleva Hamlet[1] clavada como torcedor erizado de púas en la mitad de su vida –ser o no ser–, y que es la inquietud central en cuyo derredor levantan todos los días tiendas y las pliegan los hombres y los pueblos, se abre también delante del orador para fijar la ruta definitiva.

Y si todas las generaciones se han encorvado desde al nacer bajo la llama medio encendida de las escuelas y bajo la antorcha erguida de los maestros, es porque a lo largo, de carne y de espíritu hay una voz que grita incansablemente y pide que –sobre la corriente incontenible de todo lo que fluye y se desvanece en nuestra vida– es necesario que logremos fijar para siempre el relieve imborrable de la personalidad que hayamos hecho con nuestras propias manos, después de magullar cuerpo y alma sobre el yunque donde nos hemos buscado y nos hemos encontrado. El aprendizaje tiene todo el alcance inmenso de una revelación. No es ni ha sido otra cosa. Sócrates, en uno de los diálogos de Platón, no se jacta, como maestro, de ser un creador; solamente un revelador. Y esto –revelar, descubrir hasta tocar huesos y entrañas de destinos individuales sea de hombre o sea de pueblos– es el aprendizaje. Y juntamente con esto es el arranque de la victoria hacia el Ser. Porque todo nuestro trabajo se resume en buscarnos debajo del oleaje oscuro de nuestra sangre y desterrarnos –salvarnos del innegable terremoto que nos sumergió en la sombra– y luego quedarnos con la marca inconfundible de nuestra propia individualidad perpetuamente asomada e inalterable aunque sea en una línea escrita en las en las páginas de la historia y en los resquicios por donde sale a respirar el espíritu de las generaciones.

Por esto todos los días, talleres y fábricas, escuelas y libros, sienten pasar el nuevo aliento de los recién llegados que van a buscarse a sí mismos en el molde más o menos largo y en todo caso angustioso del aprendizaje. Y esto hicieron todos los grandes maestros de elocuencia desde el tartamudo Demóstenes[2] –llegó a lo más sublime del arte, según lo decía Cicerón, porque ese orador griego se hizo él todo entero– hasta Arístides Briand[3] y Vázquez de Mella[4]. Abrieron un día su taller; allí con las mangas arriscadas, la mano sudorosa sobre las rebeldías de la palabra y de cara hacia las permanentes insurrecciones del espíritu –que jamás ha cabildo ni cabrá en el molde obscuro, frágil, hecho de barro de los vocablos– se magullaron, batieron sangre, carne y alma hasta sentir el milagro del aprendizaje, que es la revelación total.

 Y hasta entonces –así lo confiesa Cicerón en el exordio de su discurso a favor de la Ley Manilia– volvieron su cara hacia la caravana de las multitudes y echaron sobre ellas su palabra hirviente de tumultos, de tormentas, de pensamientos y de arranques incontenibles de acción. Entre nosotros desde hace mucho tiempo se ha procurado y se preocupaba rehuir el aprendizaje. Un poco de cultura más o menos amplia y seis semanas de preparación para hacer frases: éste ha venido siendo, en lo general, el sistema a que hemos o habíamos quedado reducidos al tratarse de discursos. Los resultados no se han hecho esperar: padecemos un empobrecimiento abrumador. Los oradores han desaparecido casi totalmente entre nosotros. Quedan solamente algunos de los que en el día en que empezó a arder para ellos la estrella de la consagración, se apresuraron a abrir su taller, a magullarse, a desangrarse, a angustiarse en el silencio en que se retuercen y se desgarran –hasta el desfallecimiento, hasta el vértigo, hasta la agonía– carne y espíritu. Los demás han envejecido en la rutina de llenar su alforja de frases hechas para sacarlas –como piedras deslumbrantes traídas desde muy lejos– en presencia del auditorio. Y esto es lo que, en general, tenemos y con esto nos hemos quedado: con joyas talladas en un taller distante y que han perdido a lo largo de la distancia y del tiempo, la lumbre radiante que las transfiguró, el brío tempestuoso que las dobló y las ablandó y la huella viva del hierro encendido y de la hoguera que llameó sobre la frente del artífice. Y esto es todo, menos elocuencia. Porque hoy ya nadie ignora que para que haya palabra reciamente, totalmente elocuente, es preciso que todo: forja que se retuerce entre las llamas, forjador que se quema en su propia hoguera, brazo que se alza, mano que se crispa en derredor del mango del martillo y canto resonante que dice las rebeldías que se anudan, jadean y se disputan la victoria, deban hallarse plenamente presentes, delante del auditorio convulso, estremecido ante la batalla, aliado primero del hierro insurrecto y después juntando todo el peso inmenso de su corazón y de su espíritu y de sus pasiones del lado del brazo que golpea, y arroja todo: lumbre, yunque, herramienta, clavos y espadas fundidas en el torrente de la acción.

Al tratarse del escritor, cabe hablar de su palabra. Y separar el vocablo que él ha trazado para enviar a lo lejos su mensaje. Al tratarse del orador, más lógicamente, más exactamente que decir que es su palabra la que realiza el milagro de la acción sobre los demás, es preciso decir que es el orador mismo, porque él mismo es la palabra elocuente y es su propia palabra.

Y él debe ser todo y poderlo transportar todo a la tribuna: su taller, su martillo y su yunque. Porque en la tribuna no va a poner delante del público lo que templó y fundió ayer; sino que va a fundir y a templar espadas que tendrán que arrebatarle todas las manos al tocar el delirio y el vértigo que devora las distancias y pone en marcha hacia la acción.

Otros jurados, a diferencia del que intervino en el último torneo oratorio del Teatro Hidalgo, se equivocaron lastimosamente y dejaron todavía abierto el viejo camino de la equivocación y de esterilidad. El Jurado del Teatro Hidalgo encontró la piedra de toque y supo aplicarla sin titubeos. No quiso limitarse a ver, a ser espectador de superposiciones inconsistentes añadidas en un momento de angustiosa preparación, sino que buscó la sustancia y la forma perdurable del orador.

Un día Barnave[5] izó aparte su bandera y echó su asta contra Mirabeau.[6] Y estos dos tribunos tuvieron que encontrarse cara a cara en presencia de las muchedumbres. Dijo Barnave su alta, su vibrante palabra, para arrollar y desmelenar al león que había sublevado a Francia con sus rugidos y la multitud lo saludó con una consagración casi definitiva; alzó entonces Mirabeau su verbo tormentoso, preñado de borrascas y de relámpagos. Vuelta su cabeza gigantesca, iluminada por la lumbre interior, hacia Barnave, en medio de un transporte que levantó a la muchedumbre cien codos sobre la vida y sobre todos los tribunos exclamó: “Barnave, no hay divinidad en ti”. El jurado del torneo oratorio del Teatro Hidalgo dijo una cosa semejante al eliminar a los que no llevaron más que frases hechas y apariencias de oradores. Y su juicio ha dejado un precedente salvador. En adelante nadie irá a un tribunal –a no ser que no haya querido entender la lección– a descargar su alforja llena de vocablos y de períodos que se han apagado. En adelante –y esto tiene todo el alcance de una fuerte e imprescindible renovación– será preciso que los que sientan la inquietud de la palabra elocuente inclinen su frente delante de las leyes del sentido común y se entreguen –como lo hacen todos los días los aprendices de profesiones y de artes y de oficios, aun los más rudimentarios y humildes– al trabajo fecundo e intenso y seguramente revelador del aprendizaje oratorio.

Pronto veremos multiplicarse los talleres y las forjas de la palabra elocuente; pronto se poblarán nuestras tribunas de altos y verdaderos portaestandartes de la oratoria. Y saldremos de esta postración ignominiosa que acusa una lamentable desorientación y una pereza sin medida. Y pronto también podremos rodear –ávidos de fuertes y recias palabras, estremecidos y transportados por la presencia de los forjadores que sudan, jadean, se angustian y hacen de su carne atormentada por el fuego interior períodos vivos y palpitantes– muchas tribunas. Y asistiremos a la aparición –hasta ahora no superada ni por todas las estrofas escritas ni por las plumas más inspiradas y más altas– de la única y verdadera palabra –que es la palabra elocuente– es decir, la que se levanta y pasa por encima de ojos centelleantes y de frentes iluminadas por la lumbre y el resplandor que irradia la forja llena de oleadas de fuego y sacudida por el grito de las rebeldías que se entrecruzan y se muerden; y todo el gesto, toda la fisonomía transfigurada del forjador, en los momentos en que hace sollozar y desgarrarse cuerpo y alma para batir y hacer su palabra.

Pero para esto, desde hoy deben quedar abiertas todas las forjas llenas de recién llegados, de aprendices que estén dispuestos a todas las fatigas y a todos los desfallecimientos indispensables para enseñarse a hacer la verdadera palabra elocuente. Que desde hoy queden abiertas todas las fraguas y que se las vea y oiga iluminadas y trémulas bajo la carga del yunque y del martillo que se gritan y se hieren en ardiente pelea.

Junio, 1926.




[1] Hamlet. Drama de Shakespeare, Hamlet, príncipe de Dinamarca, de espíritu volátil y especulativo, sufre la noticia del asesinato de su padre, envenenado por su hermano.
[2] DEMÓSTENES (384-332 a. C.). Político ateniense, el más grande orador de la antigüedad. Combatió a Filipo de Macedonia, contra quien pronunció sus famosos filípicas.
[3] BRIAND, Arístides (1862-1932). Político francés, notable orador, uno de los promotores de la unión pacífica europea.
[4] VAZQUEZ de Mella, Juan (1861-1928). Político español, fundador del Partido Tradicionalista, se le considera precursor ideológico del Movimiento Nacional.
[5] BARNAVE, Antonio Pedro José María (1761-1793). Revolucionario francés, seguidor de Montesquieu, de elocuente franqueza en sus opiniones; defensor de los derechos populares.
[6] MIRABEAU, Honoré, Conde de (1749-1791). Orador y político francés, siendo representante del Tercer Estado en 1789, intentó establecer una monarquía parlamentaría.