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lunes, 4 de abril de 2016

DE LA RESURRECCION DE CRISTO - Según Santo Tomás de Aquino


DE LA CAUSALlDAD DE LA RESURRECCION

Está resumida en dos artículos la causalidad sobre los cuerpos, que será la resurrección de éstos, y la causalidad sobre las almas, que será su justificación. Para entender la razón de estos artículos convendrá tener presente lo que atrás dejamos dicho sobre la eficiencia de la pasión de Cristo. Lo que ahí se dice de la pasión se debe aplicar aquí a la resurrección.

Pues bien, San Pablo insiste mucho en un principio que es fundamental en el Evangelio: (que Jesucristo realizó la obra de nuestra salud con su muerte y resurrección. Pues si por la trasgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la gracia de Dios el don gratuito de uno solo, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos (Rom. 5, 15.) y a nuestro propósito: Como por Un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos, Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados. Pero cada uno a su tiempo: el primero Cristo, luego los de Cristo (1 Coro 1, 21-23). Este principio general exige una primera declaración. Hay en Cristo dos naturalezas, la divina y la humana, que obran en comunicación y cuyas obras se atribuyen todas por igual a la misma divina persona. Pues la divinidad es la causa principal de las obras de Cristo, y la humanidad es la causa instrumental de ellas. En la divinidad de Cristo no caben distinciones por razón de su simplicidad: pero sí en la humanidad, lo mismo que en su obra, en cuanto es recibida en nosotros. Pues para explicar esta obra de nuestra salud se recurre a una especie de alegorismo, siguiendo la semejanza entre las obras de la humanidad de Cristo y la obra de la salud en nosotros. Citemos un ejemplo, tomado de la Epístola a los Romanos: “¿O ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte? Con Él hemos sido sepultados en el bautismo para participar en su muerte, para que, como Él resucito de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (6;'3S). Esto es, sencillamente, una explicación de la eficacia del bautismo, inspirada en el rito de la inmersión. Sin comparación ninguna, había dicho antes que Cristo se entrego por nuestros pecados (para destruirlos) y resucitó por nuestra justificación (Rom. 4,25). Según esto, se dice que Cristo, por razón de su divinidad, es causa principal de la resurrección de los cuerpos y de las almas, y por razón de su humanidad lo es de la misma, pero solo ejemplar e instrumental. Efectivamente, hablando de la resurrección gloriosa, dice el Apóstol que a aquellos que Dios conoció los predestino para hacerlos conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que éste sea el primogénito entre muchos hermanos (Rorn. 8,29). Y a los filipenses dice que esperamos del cielo al Señor y Salvador Jesucristo, que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso, en virtud de! poder que tiene para someter a sí todas las cosas (Phil, 3,2I). La resurrección de Jesús, causa ejemplar de la resurrección gloriosa de los predestinados, será también la causa instrumental de su divinidad para realizar esa resurrección.

Asimismo, el Señor resucito para nuestra justificación, o sea que en la vida nueva que disfruta después de su resurrección nos ofrece el ejemplar de la nueva vida que debe llevar el cristiano. La justificación que nos trae esa vida es obra de la divinidad de Jesús como causa principal, pero de la humanidad resucitada como causa instrumental. Si ahora quisiéramos concretar la vía por la que la resurrección ejerce esa causalidad, habríamos de recordar lo que atrás dejamos dicho sobre la eficiencia de la pasión de Cristo. Es la fe en la resurrección misma la que convierte a ésta en instrumento de nuestra justificación, como es la fe en la pasión lo que hace de la pasión misma la causa instrumental de nuestra salud. No olvidemos que esta fe viva es obra del Espíritu Santo en nosotros. Sería bastante parco sino comentara lo tan magníficamente expuesto por Santo tomas de Aquino quien, con su visión angélica, penetra mas allá de los limites de nuestra inteligencia y se adentra con una claridad propia de quienes están cerca de Dios. Comienza su exposición con aquellas palabras de San Pablo: “"Si, pues, decíamos que Cristo resucitó de entre los muertos", etc., dice la Glosa: "El cual (Cristo) es causa eficiente: de nuestra resurrección". Dice Aristóteles en los "Metafísicos”: "Lo que es primero en un, género cualquiera, es causa de todos los que vienen después", Ahora bien, en el género de la resurrección fue primero la resurrección de Cristo, como queda dicho atrás; de donde se sigue que la resurrección de Cristo sea causa de nuestra resurrección y esto es lo que dice el Apóstol: "Resucitó Cristo de entre los muertos, primacías de los muertos; pues, si por un, hombre 'Vino la muerte, por otro hombre viene la resurrección", y esto muy razonablemente, pues el principio de la 'Vida de los hombres es el Verbo de Dios, del cual se dice en el Salmo: "En ti está la fuente de la vida". Y El mismo dice en San Juan: "Como el Padre resucita los muertos y les da vida, así el Hijo da vida a los que quiere". Ahora bien, el orden natural, establecido por Dios en las cosas, pide que una causa obre sobre lo que tiene más cerca y mediante esto actúe sobre lo que está más remoto. Así, el fuego calienta primero el aire cercano y por él los cuerpos distantes. El mismo Dios ilumina primero las substancias más cercanas a Él, y por éstas ilumina luego las más remotas, según dice Dionisio. Y así el mismo Verbo confiere primero la Vida al cuerpo, que le está naturalmente unido, y luego por él obra la resurrección en todos los demás.


2. La justicia de Dios es la causa primera de nuestra resurrección, pero la resurrección de Cristo es causa secundaria y como instrumental, y aunque la virtud del agente principal no está obligada a usar de un instrumento concreto, sin embargo, una vez que obra por tal instrumento, éste es causa del efecto. Así, pues, la justicia divina, de suyo, no está obligada a realizar la resurrección nuestra por la resurrección de Cristo, pues pudo Dios librarnos por otra vía que por la pasión y La resurrección de Cristo; pero, una vez que decretó librarnos de ese modo" es evidente que la resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección. La resurrección no es, propiamente hablando, causa meritoria de nuestra resurrección, pero es causa eficiente y ejemplar, Es eficiente, por cuanto la humanidad de Cristo, en la cual El resucitó, es, en cierto modo, instrumento de la misma divinidad y obra por la virtud de ésta, según atrás queda dicho, De manera que, así como las otras cosas que Cristo hizo o padeció en su humanidad nos fueron saludables por la virtud de la divinidad misma, así también la resurrección es causa eficiente de la resurrección nuestra por la virtud divina, de quien es propio dar vida a los muertos, Y esta virtud alcanza con su presencia todos los lugares y tiempos, y este contacto virtual basta para la razón de causa eficiente y porque la causa primordial de la resurrección humana es la justicia divina, de la cual "tiene Cristo el poder de juzgar en cuanto es Hijo del hombre", su poder efectivo se extiende no solo a los buenos sino también a los malos, que están sometidos a su juicio, y porque la resurrección del cuerpo de Cristo, por cuanto este cuerpo está unido personalmente al Verbo, es "la 'Primera en el tiempo", así también lo es "en la dignidad 'Y perfección", como dice la G1osa. Además, siempre lo que es más ¡perfecto es ejemplar que imitan a su modo las cosas menos perfectas. Por esto la resurrección de Cristo es ejemplar de la nuestra, lo cual no es necesario por parte del autor de la resurrección, que no necesita de ejemplar, sino por parte de los resucitados, los cuales deben conformarse a aquella resurrección, según las palabras de San Pablo a los Filipenses: "Reformará e cuerpo de muestra vileza conforme a su cuerpo glorioso". Y aunque la eficiencia de la resurrección de 'Cristo se extienda tanto a la de tos buenos como a la de los malos, pero la e ejemplaridad sólo se extiende a los buenos propiamente, que han sido conformes con su filiación, según dice el Apóstol a los Romanos.