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lunes, 8 de febrero de 2016

El Peregrino Ruso


El rosario de los monjes orientales 
(el rosario de mi Staretz» no equivale plenamente al rosario que nosotros conocemos en Occidente. Consiste en un cordón, normalmente de lana (alguna vez de seda), en el que los nudos sustituyen a nuestras cuentas. Los monjes suelen llevarlo enrollado en sus manos.)
Peregrino ruso
Capitulo II (Continuación)

Vasos de aguardiente, ¡que nos dan toda la fuerza que se quiera! y diciendo esto se dirigió hacia el «buffer» en busca de vodka.

-Esto es cosa tuya -concluyó brevemente el maestro-, pero, por favor, deja que nos instruya. Como me habían gustado sus palabras, le conté el sueño de la aparición de mi staret: y la señal de carbón que había marcado en el margen. El escribano, tendido en un banco, murmuró entre dientes: -No cabe duda: quien lee continuamente la Biblia pierde la chaveta.  ¿Quién diablos puede venir de noche a hacer señales en un libro? He conocido viejos zorros como tú. Te entregaste al sueño y manchaste de carbón tu libro. En esto consiste todo el milagro. Finalmente se durmió y yo saqué de mi alforja el libro y enseñé al maestro la señal de carbón: lo que no me explico es cómo puede un espíritu sin cuerpo manejar un trozo de carbón y escribir -le dije.

-Puedo explicártelo -replicó el maestro-Cuando los espíritus se aparecen bajo la forma corporal, toman del aire y del éter un cuerpo nuevo en los primitivos elementos. Y así como el aire posee una fuerza de tensión que permite andar hacia adelante, y hacia atrás, así el alma, revestida de esa fuerza, puede realizar diversos actos.

Luego examinó mi libro y dijo que era una obra que desconocía. Le dije que contenía la doctrina sobre la oración interior, expuesta por veinticinco Padres. Replicó que también él sabía algo de esto. Me incliné casi hasta tierra delante de él y le pedí que me dijese algo sobre la oración interior.

-¿No está escrito en el Nuevo Testamento que el hombre y toda la creación obedecen instintivamente al gobierno de Dios? Nuestros suspiros misteriosos, la aspiración natural de todas las almas hacia Dios son precisamente la oración interior. No hay necesidad de aprenderla: la poseemos innata.
Le pregunté:

-¿ y qué debemos hacer para descubrirla en nosotros mismos, para sentida en el corazón, para comprenderla con la inteligencia, abrazada con la voluntad, experimentar la felicidad e iluminación que causa y llegar así a la eterna salvación?

-No sé si dirán algo de esto tus libros de Teología.

-Aquí está explicado todo esto -le dije, mostrándole nuevamente mi libro. El maestro tomó nota del título y dijo que haría que le mandasen uno de Tobolsk. Luego nos separamos. Di gracias a Dios por el coloquio sostenido con el maestro y le pedí por el escribano para que también él pudiera leer la Filocalía, aunque nada más fuese una vez y alcanzar así la salvación.

En otra ocasión, ya en primavera, atravesé un pueblo donde me dio hospedaje un sacerdote. Era un hombre bueno, sin familia  Y pasé tres días con él. Me invitó a quedarme, comprometiéndose a darme de comer. -Necesito -me dijo- un hombre de confianza, porque vamos a empezar a construir, junto a la vieja capilla de madera, una iglesia de piedra y necesitamos una persona de conciencia que vigile la construcción Y se encargue de hacer colecta en la capilla. A ti también te conviene; estarás solo en el cuartucho del sacristán, cerca de la vieja capilla, hasta que se termine la construcción, y podrás dedicarte cómodamente a la oración.

Rehusé repetidas veces, pero finalmente tuve que ceder ante la insistencia del buen sacerdote y me instalé en el pueblo hasta finales de otoño. Al principio lo encontré tranquilo y apto para la oración, aunque venía mucha gente a la capilla, especialmente en los días festivos: unos a rezar, otros por curiosidad y otros a robar algo del cepillo de la colecta.

Como yo todas las tardes leía la Biblia y la Filocalía, algunos hacían que la conversación recayese sobre este tema y me rogaban que leyese en voz alta. Después de algún tiempo, me di cuenta de que una muchacha del pueblo venía con frecuencia a la capilla a rezar. Escuchando su siseo, noté que recitaba oraciones desconocidas Y que a las ordinarias las decía mal. Le pregunté. Me confió que su madre era ortodoxa, pero que su padre pertenecía a una secta que niega el sacerdocio (14). La enseñé a rezar rectamente al Señor y a la Virgen, y le aconsejé que repitiese con la mayor frecuencia posible la oración a Jesús, porque la ayudaría grandemente para conseguir la salvación. La joven obedeció y cumplió fielmente cuanto le había enseñado. Pasado algún tiempo, me contó que se había acostumbrado de tal manera a la oración, que se sentía habitualmente inclinada a ella y no podía dejar de pronunciar el nombre de Jesús, que le producía una alegría y satisfacción que le duraba mucho tiempo.

El verano estaba para terminar. Muchos venían a mí, no sólo para orar y leer en común, sino también para pedirme consejo en todas sus necesidades, aun en el caso de daño, por ejemplo, si habían sido robados, [corno si yo fuese un adivino! También la joven de que he hablado vino a mí un día hecha un mar de lágrimas, dominada por un gran dolor y una gran incertidumbre. Su padre quería casarla con un correligionario suyo, y el matrimonio había de ser celebrado no ante un sacerdote, sino ante un simple campesino-Pero eso no sería matrimonio -replicaba la muchacha-, eso no sería más que deshonestidad. Quería huir, pero yo le dije: -¿Adónde vas a ir? Ciertamente, te hallarán; además, sin pasaporte en ningún sitio se puede vivir. Mejor será pedir a Dios que aleje tal intención de tu padre y que guarde tu alma del pecado. Mejor será esto que huir. Así se iba pasando el tiempo. Tanto rumor comenzaba a aburrirme. Me decidí a abandonar la capilla y continuar mi peregrinación. Confiándoselo al sacerdote, le dije: -Acepté vuestra invitación y he pasado aquí todo el verano. Dejadme ahora partir y bendecid mi solitario peregrinar. Pero el sacerdote me exhortaba a quedarme.

_ ¿Qué es lo que puede impedirte aquí rezar lo que quieras, día y noche? Tienes tu habitación, tienes tu pan de cada día, nos eres muy útil, no mantienes inútiles charlas con la gente que viene aquí, eres de provecho para la iglesia..., todo esto vale más delante de Dios que la oración solitaria.

¿Por qué quieres estar siempre solo? La oración en común es más agradable. Dios no creó al hombre para que se preocupe sólo de sí mismo, sino para que todos se ayuden mutuamente Y unidos avancen por el camino de la salvación, cada uno según sus fuerzas. ¡Piensa en los Santos Padres de la Iglesia! Trabajaron día y noche, tuvieron cura de almas, se dedicaron a la predicación.

-Cada uno -repliqué- tiene su propia vocación y para ella está dotado. Tenéis razón, reverendo Padre; hay muchos predicadores, pero también muchos eremitas. Cada uno hace lo que puede, pensando que Dios indica a cada uno el camino de su salvación.

 -¿Cómo podéis explicarme el hecho de que muchos santos renunciaron a su dignidad episcopal o sacerdotal, al gobierno de un monasterio y se marcharon al desierto para evitar la tentación? San Isaac de Siria abandonó su rebaño y el venerable Atanasio Azonita dejó su monasterio (15). ¿O es que no creéis en las palabras de Jesús: De qué le sirve al hombre ganar todas las cosas si luego pierde su alma? (Mt 16,26).

-¡Pero ellos eran santos! -replicó el sacerdote.

-Pues si también los santos temían que la compañía de los hombres pudiese perjudicar a su alma, ¿qué deberé hacer yo, pobre pecador? Así me despedí de mi buen sacerdote y él me dejó partir. Andados diez kilómetros, me detuve a pasar la noche en una aldea. Encontré en ella a un agonizante y aconsejé a los vecinos que llamasen a un sacerdote para que le administrase los sacramentos. Ellos asintieron Y de mañana enviaron a buscar al sacerdote. Me quedé en la casa, porque quería asistir a la Comunión Y orar. Mientras, cerca de la puerta, esperaba al sacerdote, vi improvisadamente que venía corriendo una joven: la que solía frecuentar la capilla. El compromiso matrimonial se había fijado para el día siguiente y ella había huido. Me suplicó:

-Déjame ir contigo y condúceme a un convento. No quiero casarme; quiero tomar el velo y de dicar mi vida a la oración. Si tú me llevas, me admitirán.

_ ¿Cómo puedo permitir te que vengas conmigo? No conozco ningún convento y sin pasaporte no serás recibida en ninguna parte. Dondequiera que vayas te hallarán y te harán volver a casa; además, te castigarán severamente por haber huido. ¡Vuelve a casa y encomiéndate al Señor! Si no quieres casarte, hazte la enferma. Es una disimulación que salva del peligro. Así lo hizo la Santa Madre Clemente Y Santa Marina cuando se refugió en un convento de varones (16), Y muchas otras (17).

Aún no habíamos terminado nuestra conversación cuando vimos llegar cuatro hombres sobre un carruaje tirado por dos caballos. Se adueñaron de la joven y uno de ellos se la llevó en el carro con los caballos al galope. Los otros tres me ataron las manos y me obligaron a volver con ellos al pueblo donde había pasado el verano. Cuando me rebelé y quise dar mis explicaciones, me lo impidieron gritando: -¡Ya te enseñaremos nosotros, sinvergüenza, cómo se seduce a las muchachas! Me llevaron al puesto de policía del pueblo, me pusieron las esposas y así me dejaron, hasta la mañana siguiente, en una barraca donde se proponían juzgarme. El sacerdote, enterado de que me habían arrestado, vino a visitarme, me trajo una sopa, me consoló y me prometió interceder por mí. Pero el juez del pueblo no llegó hasta ya avanzada la tarde del día siguiente. Hizo que se reuniesen los habitantes del pueblo y que me condujesen ante él. Estaba visiblemente acalorado. Sin tomarse siquiera la molestia de quitarse el sombrero, sentado tras su escribanía, gritó al padre de la joven: -Vamos a ver: tu hija, al huir, ¿ha robado algo?

-No, señor; nada -respondió el otro.

-¿Ha cometido algún acto malo con aquel loco?

-No, señor.

-Entonces, toma a tu hija y haz lo que quieras. En cuanto a este hombre, mañana lo haré castigar y le expulsaré, recomendándole absolutamente que no vuelva a poner sus pies en este pueblo. ¿Estamos? El se alzó para ir a dormir y yo fui conducido de nuevo a la prisión. Al amanecer llegaron dos números de la policía rural. Me apalearon Y me expulsaron del lugar. Salí dando gracias a Dios porque me había permitido sufrir algo en su nombre. Me sentí consolado y mi oración interior se hizo aún más ardiente. Tenía la impresión de que todos estos sucesos casi no tenían ninguna relación conmigo; los contemplaba desde lejos. Incluso cuando los golpes eran más fuertes, podía soportarlos con valor porque la oración no cesaba de rebosar en mi corazón, haciéndome insensible a todo lo demás.

Cuando había andado cuatro kilómetros, me encontré con la madre de la joven, que volvía del mercado con las compras. Apenas me vio me gritó: _ ¿Sabes que el novio ha renunciado a su petición? Se ha dado por ofendido, por el hecho de que nuestra hija haya querido huir lejos de él. Me dio pan y galletas y continué mi camino.

Como el tiempo era bueno, no quise pasar la noche en un pueblo. Me acerqué a un montón de heno y en él me tumbé. Soñé que seguía mi camino, leyendo en la Filocalía un capítulo de San Antonio (18). De pronto, me alcanza de nuevo mi staret: y me dice: «No lees lo que debes leer.» Y me indicó, en el capítulo 35 de Juan de Kárpatos (19), estas palabras: «Un maestro debe algunas veces soportar ignominias y sufrimientos por amor de sus discípulos.» Y de nuevo me hizo notar en el capítulo 41: «Los que oran más serán visitados con tentaciones más terribles y crueles.» Luego me dijo: «Persevera, no te aflijas y acuérdate de las palabras del Apóstol: Vosotros, hijitos míos, las habéis vencido (las tentaciones), porque el que está en vosotros es más grande que el que está en el mundo (1 Jn 4,4), Ya has experimentado en ti mismo que no puede sobrevenirte ninguna tentación que supere las fuerzas del hombre, conforme a la palabra divina: Dios hará de modo que podáis vencer la tentación» (1 Co io. 13). Ya que Dios fortificaba e iluminaba no sólo a los que pasaban su vida en incesante oración, sino también, por amor de ellos, a sus discípulos. San; Gregorio de Tesalónica  dice: «No debemos contamos con cum precepto de Dios de rezar incesantemente, sino también enseñar a rezar de la misma manera a todos aquellos que conocemos: monjes y laicos, doctos e ignorantes, mujeres Y niños.» Lo mismo dice San Calixto Telicoudas (20): «El ejercicio espiritual, la oración interior, el conocimiento de la contemplación y todos los medios de elevar nuestra alma no debemos reservárnoslos para nosotros solos, sino ponerlo s por escrito para conservar su memoria y anunciarlos de viva voz, por amor de todos, para la salvación de todos. La palabra de Dios dice: Es necesario hacer todo lo posible para preservarles de la vanidad y por no sembrar al viento la doctrina divina.» Cuando me desperté, sentí en mi corazón una gran alegría y en mi alma una gran decisión. y proseguí mi camino.

* * *
Quiero citar también un hecho que me acaeció mucho más tarde. Un día, era el 24 de marzo, sentí un vivo deseo de comulgar al día siguiente, fiesta de la Anunciación. Pregunté si la iglesia estaba muy lejos. Había una iglesia a treinta kilómetros de distancia. Para llegar al rezo de Maitines, tuve que andar durante el resto del día y toda la noche. El tiempo era horrible; se alter-No puedo darte nada _respondí.

_¿ Cómo? ¿Y lo que tienes en la alforja?

-Sólo hay pan, sal y dos libros.

_¿podrás trabajar para mí, después de curado, durante un verano?
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14 - Téngase en cuenta que los sacerdotes orientales puden contraer matrimonio.

15- Las reformas litúrgicas propuestas por el famoso Patriarca Nicón a mediados del siglo XVII dieron origen al cisma ruso (Rascol). Los partidarios de Nicón y los seguidores de su enemigo Avakum (tachado de ignorante .Y tradicionalista obtuso) consumaron el cisma, del que salieron diversas sectas. Dos importantes serían la de los Popovtsi (que conservó la jerarquía eclesiástica) y la de los Bezpopovtsi (o asacerdotales, que abolieron la jerarquía). 

16 - La vida de este monje fue más agitada de lo que  hace sospechar el texto. Nacido en Trebisonda hacia el  año 920, huye de su primer monasterio para no cargar  con el puesto de superior. Se refugia en el Monte Athos  (de ahí el apellido), donde vive con nombre falso, a fin  de no ser conocido. Su amigo Nicéforo Focas le reconoce  y el monje tiene que aceptar una suma de dinero, con  la que construirá el primer monasterio sobre dicho Monte (monasterio de la Gran Laura). Proclamado emperador su amigo Nicéforo (año 963), huye de nuevo para no tener que aceptar los honores que se le venían encima. Vuelto al final de sus días al Monte Athos, muere en accidente. de trabajo (colocando una viga en la iglesia) el año 1003.

17 En realidad no puede decirse que se refugiase. Fue su padre, viudo, quien no pudiendo soportar el estar separado de su hija, hizo creer al abad que la que tenía en el mundo era un hijo. El abad le permitió tenerlo consigo. Le cambió la ropa Y el nombre (Marino) Y con él vivió. Muerto el padre, siguió viviendo en el monasterio. Sólo después de su muerte se descubriría su identidad. Vivió en el siglo VIII. 

18 Efectivamente, la historia cuenta de otras mujeres
que hicieron la misma «trampa».

19 Se trata de los primeros capítulos de la Filocalía,
Falsamente se atribuyen a san Antonio el Grande, padre de los monjes.

20 Leyendo las palabras de este texto citado podría sospecharse que estábamos ante un prolífico autor. En realidad no ha dejado más que unas páginas Sobre la práctica hesicasta. Al menos no conocemos más de él. Pertenece a la escuela de Calixto e Ignacio.