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lunes, 22 de febrero de 2016

El Peregrino Ruso

CAPITULO 3 (continuación)

Queriendo hacer una visita a la casa de Dios, me acerqué al portal de la iglesia para orar, cuando descubrí a dos niños de cinco y seis años, muy bien vestidos, que jugaban en el prado circundante. Pensé que serían los hijos del párroco, pues estaban vestidos con mucho esmero. Terminé mis oraciones y me puse de nuevo en camino. No había dado una docena de pasos, cuando oí que me gritaban:
-¡Mendigo, mendigo querido, detente!

Me detuve. El niño y la niña vinieron corriendo, me cogieron de la mano y me dijeron:

-¡Ven con nosotros a ver a la mamá; quiere mucho a los mendigos!

-Yo no soy un mendigo, queridos niños; soy un strannik.

-Lo mismo da; ¡ven a ver a mamá!

-¿Dónde vivís?

-Allá abajo, junto a la iglesia, detrás del bosquecillo.
A través de un gracioso jardincillo me condujeron a la casa de los propietarios, muy limpia y coquetona. Una señora salió a nuestro encuentro:

-¡Bien venido seas, querido hermano! Es Dios quien te manda. Siéntate.
Ella misma recogió mi alforja, me ofreció una poltrona y me preguntó: -¿Quieres comer o tomar el té? ¿Necesitas algo?

-¡Muchas gracias! -respondí- Tengo todo lo que necesito: una alforja llena de pan. En cuanto al té, alguna vez lo tomo, pero soy del campo y no tengo costumbre. Aprecio vuestra hospitalidad más que ningún regalo. ¡Dios bendiga vuestra caridad cristiana! Mientras estaba hablando, sentí en mi interior una violenta conmoción. La oración se encendió con violencia en mi corazón y sentía la necesidad de estar solo, para dejarme penetrar de esta llama, repentinamente encendida en mi interior, y para ocultar a los hombres los signos que la acompañan: las lágrimas, los suspiros y la expresión del rostro. Me levanté, pues, y dije:

-¡Perdonadme; tengo que marchar! Nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros y con vuestros hijos.

-¡No, no permitiré que te vayas, Dios me libre! Mi marido estará al llegar de la ciudad, donde es juez de paz, y se alegrará mucho de encontrarte aquí. Considera a cada strannik como a un enviado de Dios. Mañana es domingo; oiremos juntos la Misa y luego nos acompañarás a comer. Todos los domingos y días festivos invitamos a nuestra mesa a treinta pobres, hermanos nuestros en Cristo. Cuéntame, pues, quién eres y a dónde vas. Me entretengo de buena gana con personas piadosas, y me gusta escuchar sus sabias palabras. Niños, coged la alforja del strannik y llevadla al salón de recibir; pasará la noche con nosotros. Oyéndola hablar, me preguntaba: «¿Es una persona de este mundo la que habla o es una aparición del mundo superior?» Me quedé y le conté mis peregrinaciones; le dije también que me dirigía a Irkutsk.

-¡Entonces tienes que pasar por Tobolsk! Mi madre está allí de monja y es actualmente Skhimnitsa (1). Te daremos una carta y ella se alegrará de verte. Mucha gente va a consultarle cosas espirituales. Le llevarás también el libro de San Juan Clímaco (2) que nos había hecho pedir a Moscú.

Se acercaba la hora de comer y nos sentamos a la mesa. Llegaron cuatro mujeres y se sentaron a la mesa con nosotros. Después del primer plato, una de ellas se levantó, hizo primero una  inclinación a la santa imagen, luego otra a nosotros y se fue a buscar el segundo plato. Luego, otra hizo lo mismo para servir el tercero. Entonces dije al ama de la casa:

-Si me permite, quisiera preguntarle si estas mujeres pertenecen a la familia.

-Sí -respondió-; son mis hermanas en Cristo. Una es nuestra cocinera; otra, mujer de nuestro cochero; la tercera, nuestra portera, y la cuarta, la camarera. Todas están casadas; no tenemos en casa ninguna que no lo esté. Todo esto me sorprendió y di gracias a Dios por haberme hecho conocer personas con ideas tan conformes con su divina voluntad. Sentí que la oración brotaba aún con más fuerza en mi corazón. Para que no me impidiese orar y poder quedarme solo, después de la comida dije a la señora:

-Seguramente iréis a reposar: yo estoy tan acostumbrado a andar, que iré al jardín.

-Te acompaño -me respondió-; me contarás algo edificante. Si sales tú solo, los niños no te dejarán en paz. Querrían estar siempre contigo, porque aman mucho a los mendigos, a los strannik y a todos nuestros hermanos en Cristo. Me fue necesario aceptar su compañía. Para no tener que hablar yo, la saludé con una profunda inclinación, y le pregunté:

-Decidme, por amor de Dios, ¿cuánto tiempo hace que vivís esta vida y cómo la habéis alcanzado?
Entonces ella comenzó a narrar:

-Mi madre es descendiente de San Josafat (3) cuyas reliquias se conservan en Belgorod. Allí teníamos una casa grande y, en fondo al jardín, otra pequeña, arrendada a un noble venido a menos. Este murió y, poco después, murió también su mujer, dejando un niño recién nacido.

Mi madre, compadecida, le adoptó. Un año después nací yo. Crecimos juntos; tuvimos los mismos preceptores, las mismas institutrices, todo en común, como hermano y hermana. Después de la muerte de mi padre, mi madre abandonó la ciudad y vino con nosotros a vivir en sus posesiones en Siberia. Cuando fuimos mayores, preparó nuestro matrimonio, puso a nuestro nombre esta finca y ella tomó el velo en un convento, donde se había hecho construir una celda. Nos dio su bendición materna y nos recomendó vivir como buenos cristianos, rezar con fervor y, sobre todo, practicar los principales mandamientos de Cristo: amar al prójimo, ayudar con humildad y sencillez a los pobres, educar a los hijos cristianamente y tratar a los criados como hermanos. Hace ya casi diez años que vivimos en este lugar solitario y procuramos, en lo posible, poner en práctica los consejos de nuestra madre. Hemos fundado un asilo para los pobres, donde viven diez, entre lisiados y enfermos. Los verás mañana. Le pedí que me enseñase el libro de San Juan, que quería mandar a su madre. Me lo trajo, y cuando íbamos a abrirlo, llegó su marido. Me saludó, me abrazó y nos besamos, como dos hermanos en Cristo. Luego me llevó a su habitación.

¡Cuántos libros y cuántas preciosas imágenes en ella! Entre otras cosas, sobresalía un crucifijo de talla natural y un nuevo Testamento puesto sobre una consola.
Oré brevemente, y dije:

-¡Aquí, en vuestra casa, parece que uno se encuentra en el paraíso! Aquí está Nuestro Señor Jesucristo, su Santísima Madre y otros Santos de Dios. Y luego, indicando los libros:

-Estáis rodeados de palabras y lecciones divinas, que siempre vivifican... ¡Seguramente buscaréis a menudo el consuelo en su compañía!

-Sí -respondió el amo; me gusta mucho leerlos.

-¿Qué tipo de libros tenéis?, pregunté.

-Tengo muchos libros espirituales, respondió.


He aquí, íntegro, el Menologio (4) y las obras de San Juan Crisóstomo y de San Basilio el Grande, muchas otras obras teológicas y filosóficas, e incluso muchos sermones de ilustres predicadores modernos. Mi biblioteca no vale menos de cinco mil rublos.

-¿Tenéis algo sobre la oración?

El señor buscó un comentario al Paternóster, y comenzamos a leer con mucho interés. Poco después entró la señora a servimos el té, y los niños, llevando su cestillo de plata con unos hojaldres como yo no había nunca visto ni probado.

El señor pidió a su mujer que nos leyera el libro sobre el Pater noster, mientras nosotros tomábamos el té. Leía muy bien; mientras la escuchaba sentía resonar en mi corazón, cada vez más fuerte, la oración interior. De repente, me pareció ver brillar ante mí algo que se asemejaba a la figura de mi difunto maestro. Me levanté bruscamente; luego me excusé diciendo que lo hacía para vencer un pequeño ataque de sueño. Al mismo tiempo, me pareció que el espíritu de mi maestro estaba en mí, iluminándome. Una nueva luz se encendió en mi alma, con abundantes ilustraciones sobre la oración. La señora, entre tanto, seguía leyendo. Cuando hubo terminado, el marido me preguntó si me había gustado.

-Me gusta mucho -respondí.- El Padre Nuestro es la oración más bella y más dulce, hecha para nosotros por el mismo Jesucristo. La exposición que habéis leído es también muy bella y verdadera, pero insiste, sobre todo, en las obras de caridad cristiana. Sin embargo, yo he encontrado en los Santos Padres otra explicación más especulativa y misteriosa.

-¿En qué Santos Padres?

-En Máximo, confesor (5); en Pedro Damasceno (6), en mi Filocalía.

-¿Podrás exponérnosla?

-Ciertamente. Las palabras Padre nuestro, que estás en los cielos, las explica vuestro libro como una llamada al amor que debemos tener a nuestro prójimo, considerándonos todos hermanos, hijos del mismo Padre. Es ciertísimo. Pero los Santos Padres añaden que con estas palabras se invita a nuestra alma a que aspire al cielo, donde está nuestro Padre, y a considerarse siempre en su presencia. Las palabras santificado sea tu nombre las explica vuestro libro como una exhortación a pronunciar el nombre de Dios con el máximo respeto, no con ligereza o perjurando. Los comentaristas místicos dicen que estas palabras encierran también la petición de la oración interior, para que el nombre de Dios esté siempre en nuestro corazón y su presencia santifique todos nuestros sentimientos y nuestras fuerzas. Con las palabras venga a nosotros tu reino pedimos que la paz y la alegría de Dios reinen en nuestro corazón. Vuestro libro explica las palabras el pan nuestro de cada día dánosle hoy como una petición de todo lo que no es superfluo sino necesario a la vida del cuerpo e indispensable para ayudar a los demás. Pero San Máximo, confesor, dice que en las palabras pan nuestro de cada día hay que entender también el pan para nuestras almas, la palabra y la unión divina, en el continuo pensamiento de Dios y en la oración incesante del corazón.

-¡Ah, esa oración continua es una cosa bellísima, pero casi imposible para los seglares! -exclamó el señor-o Debemos darnos por satisfechos si logramos rezar nuestras oraciones vocales sin negligencia! -¡No hable así, por favor! Porque si hubiera sido imposible o de una dificultad insuperable, Dios no nos la hubiera recomendado en modo alguno. Su fuerza brilla en nuestra debilidad y los Santos Padres nos indican el camino para encontrar esta oración interior. Cierto que para los ermitaños hay medios más elevados, pero existen también más sencillos para los seglares, que los conducen de modo seguro a adquirir el don de la oración interior.
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(1) Skimnitsa, monja constituida en el grado supremo de la vida religiosa. Los grados en la vida religiosa oriental tienen como base no los votos de obediencia, castidad y pobreza, sino el hábito, el ascetismo y la oración.

(2) El sobrenombre de Clímaco con que se le conoce deriva de la primera palabra de su famosa obra La escala [Klimax] del Paraíso. Algunos le llaman también el Sinaíta, sin duda por haber dirigido durante algunos años el monasterio de santa Catalina del Sinaí. La mayor parte de su vida la pasó, no obstante, al pie del Monte Athos. Sobre su obra fundamental se han vertido juicios o estimaciones muy diversos. Parece más fruto de buena experiencia personal y de la propia ascesis que de una sólida formación. Se conocen pocos detalles de su vida. Las fechas de sus principales momentos varían -según los diversos autores- por lo menos en medio siglo. Digamos que vive parte de los siglos VI-VII. Algunas de sus páginas puede verlas el lector en Textos de espiritualidad oriental, pp. 105-113.

(3) La referencia a la descendencia que tuvo san Josafat divide a los autores a la hora de individualizarlo. En el siglo XVIII viven dos eclesiásticos con el mismo nombre. La referencia a la ciudad de Belgorod hace pensar en un obispo con residencia allí; pero de éste no consta la santidad canónica como del san Josafat monje (1705-1754). Pudiera ser que siendo descendiente del primero, la mujer asocie el nombre del segundo sin precisar.

(4) Lo mencionamos ya al hablar de san Demetrio de Rostov (nota 1 del primer relato). Es una recopilación de vidas de santos, según los meses, teniendo en cuenta el día en que se celebra su memoria. Fue publicado en Kiev entre los años 1684-1705, conociendo después varias ediciones.

(5) Es uno de los grandes teólogos de la Iglesia (580-662). Tuvo una vida muy agitada, debido a su inquietud religiosa y a la controversia con los monoteletas. Nacido en Constantinopla, entra al servicio del emperador como secretario. Posteriormente se retira al monasterio de Chrysopolis (de ahí que algunos le llamen Máximo de Crisópolis). Huye a África ante la invasión persa, y en África desarrolla una gran actividad anti herética. Repatriado a la fuerza, sufre interrogatorio e y destierros. Muere firme en su fe. Ha dejado muchas y valiosas obras escritas, también de tipo ascético y místico. Sobre ellas precisamente se han escrito comentarios de importancia en nuestro siglo. No es, pues, un autor pasado.


(6 ) No confundir con san Juan Damasceno, anterior y más conocido. Pedro Damasceno vive en el siglo XII y la mayor parte de sus obras han permanecido inéditas.