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miércoles, 3 de febrero de 2016

El Peregrino Ruso

CAPITULO SEGUNDO

Peregriné largo tiempo a través de diversos lugares, acompañado siempre por la oración a Jesús, que me fortalecía y consolaba en mi camino y en todas las incidencias de mi viaje. Finalmente comprendí que me convenía detenerme, concentrarme, estar solo y estudiar mi libro. A pesar de leerlo siempre que encontraba posada por la noche o cuando descansaba durante el día, me atormentaba el deseo de profundizar en su lectura y meditar en el recogimiento de mi oración sobre la salvación del alma. Desgraciadamente, y a pesar de mis esfuerzos, no pude encontrar en ningún sitio una ocupación adecuada a mis fuerzas, pues tenía el brazo izquierdo paralizado desde mi infancia. Hallándome en la imposibilidad de fijar de modo estable mi residencia, decidí hacer una peregrinación al sepulcro de San Inocencio, en Irkutsk, en Siberia(1) «Caminaré a través de los bosques y de las estepas -pensé-, en una soledad y un silencio que podrán favorecer mi lectura y mi oración.» Después de algún tiempo me di cuenta de que mi oración había pasado de los labios al corazón. Me parecía que el corazón, con cada uno de sus latidos, repetía las palabras de la oración: 1) Jesús, 2) mío, 3) ten misericordia... Dejé de pronunciar mi oración con los labios y escuchaba atentamente lo que decía el corazón. Me parecía que mis ojos penetraban en su interior y pensaba en las palabras de mi viejo staretz; que me había descrito este beatífico estado. Después sentí en mi corazón como un ligero dolor y en mi alma un amor tan grande a Jesucristo que me parecía que si hubiese logrado verle me hubiera arrojado a sus pies, los hubiese abrazado y besado mil veces y, llorando, le hubiese dado gracias por haberme concedido benignamente tan grande consolación, a mí, criatura suya indigna y llena de pecados. Luego experimentaba en mi pecho y en mi corazón un fuego singular y beatificante. Esto me movió aún más a aplicarme a la lectura de mi libro, para verificar y analizar mis sentimientos a la luz de la meditación. Temía que sin tal examen pudiera atribuir a la gracia efectos puramente naturales, cayendo en el orgullo, como ya me había prevenido mi staretz: Durante casi toda la noche caminaba, y el día lo pasaba leyendo la Filocalía a la sombra de un árbol del bosque. ¡Cuántas cosas nuevas, sabias, desconocidas para mí, me revelaban aquella lectura! Me embriagaban y me hacían experimentar un goce que hasta entonces no hubiera sido capaz ni de imaginar. Muchos puntos permanecían aún oscuros para mis sentidos obtusos, pero la meditación aclaraba lo que no había entendido en la lectura. Algunas veces veía en sueños a mi difunto staretz, que me instruía, dirigiendo mi alma sobre todo por el camino de la humildad. En este dicho estado pasé más de dos meses durante el verano. Caminaba casi siempre a través de los bosques, bordeando el camino carretero. Cuando llegaba a algún pueblo no pedía más que unos mendrugos de pan duro y un puñadillo de sal. Llenaba de agua mi calabaza y con estas provisiones recorría centenares de kilómetros. Durante aquel verano tuve numerosas tentaciones, quizá en pena por mis pecados, quizá porque aún me convenía recibir nuevas experiencias y lecciones. Una vez, al caer de la tarde, llegué al borde del camino carretero y se me acercaron dos hombres con la cabeza rapada, que me parecieron dos soldados. Me pidieron dinero. Cuando les respondí que no tenía ni un kopeck(2) no me creyeron Y me contestaron con descortesía: ¡Mientes! ¡Los peregrinos recogen siempre mucho dinero! -No discutas con él -dijo uno de ellos, al tiempo que me propinaba tal garrotazo en la cabeza que me dejó sin sentido. No sé cuánto tiempo permanecí en este estado 2 Kopeck, centésima parte de un rublo de plata inconsciente, pero cuando volví en mí me hallé tumbado junto al camino, despojado de todo. Mi saco había desaparecido, quedando sólo las cuerdas que lo ligaban y que habían sido cortadas. Por fortuna, no me habían llevado el pasaporte, que tenía siempre metido en mi gorro de piel, dispuesto a presentarlo cuando me lo pidiesen.

Me levanté llorando amargamente, no tanto por el fuerte dolor de cabeza que sentía, cuanto por mis libros, desaparecidos con la alforja: la Biblia y la Filocalía. Día y noche no hacía más que gemir y lamentarme: -¿Dónde está ahora la Biblia que tenía siempre conmigo y que leía desde mi juventud? ¿Dónde la Filocalía, que tantas cosas me ha enseñado y tantos consuelos causado? ¡Infeliz quien ha perdido su primero y último tesoro sin haber tenido tiempo de gozar plenamente de él! ¿Por qué no me han matado antes que dejarme vivo, pero sin alimento espiritual? ¡Pero podré rehacerme de esta pérdida! Durante dos días pude seguir caminando con dificultad; tan oprimido estaba por mi desventura. Al tercer día, extenuado de fuerzas, caí detrás de un matorral y me dormí. Soñé que estaba en la laura, en la celda de mi staretz, llorando mi tesoro perdido. El staretz intentaba consolarme: -Es una lección para ti. Hay que vivir des- asido de las cosas de la tierra; es necesario que seas libre de volar hacia el cielo. Esto te sucede para que no te ligues a los gustos espirituales. Dios quiere que el cristiano renuncie completamente a su propia voluntad y a sus propios apetitos para someterse enteramente a la voluntad de Dios. Consuélate, pues, y cree que ninguna tentación os viene, que no sea humana: y Dios, que es fiel, no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, mas con la tentación os dará también el modo de poder soportarla (1 Co 10, 13). Pronto te alegrarás mucho más de cuanto hoy te afliges. Al llegar a estas palabras me desperté; sentí mis fuerzas renovadas y mi alma llena de paz y de luz. Dije: «Cúmplase la voluntad de Dios.» Me santigüé, me levanté y proseguí mi camino. La oración volvió a resonar en mi corazón y durante tres días seguí tranquilamente mi peregrinar. De pronto fui alcanzado por una cuerda de prisioneros de Estado, escoltados por militares, y reconocí entre ellos a los dos individuos que me habían robado. Cuando se hallaban al límite de la fila me acerqué, me arrojé a sus pies y les pregunté con humildad qué habían hecho de mis libros. Al principio no quisieron escucharme, pero luego uno de ellos me dijo: -Si nos das algo, te diremos dónde están tus libros. Danos un rubIo. Juré que si conseguía hacerme con un rubIo se lo daría con gusto y, como garantía, les ofrecí mi pasaporte. Entonces me dijeron que mis libros estaban en el carro que seguía a los prisioneros, con los demás objetos robados. -¿Cómo podré hacerme con ellos? -Díselo al comandante que nos conduce. Me acerqué inmediatamente al comandante y le conté todo.

-¿Sabes leer? -me preguntó. -Sí, señor -respondí-; sé leer y escribir. Sobre la Biblia hay una escritura de mi puño y he aquí mi pasaporte con mi nombre de bautismo y mi apellido. Entonces el comandante me contó que los que me habían robado eran desertores, que vivían en una choza en el bosque y que habían robado a muchas personas; pero un correo, dándose cuenta de que querían robarle su troika(3), les había echado mano.

-Bien; yo te daré tus libros -añadió-; pero debes venir con nosotros hasta el final de esta jornada..., no más de cuatro kilómetros, porque comprenderás que no puedo detener por ti todo el convoy y todos los carros que lo siguen. Acepté de buen grado y me entretuve charlando con el capitán, caminando junto a su caballo. Me pareció un hombre bueno y honesto; de cierta edad. Me preguntó quién era, de dónde venía y adónde iba. Respondí a todas sus preguntas, sin callar nada. Así llegamos a la casa donde habían de pasar la noche.

Halló mis libros, me los entregó y dijo: -¿Dónde vas a ir ahora, que ya es de noche? ¡Quédate aquí y acuéstate en mi antecámara! Me quedé, y estaba tan contento por haber encontrado mis libros, que no sabía cómo dar gracias a Dios. Estreché los libros contra el pecho y los tuve así tan largo rato, que las manos comenzaban a adormecerse. Lloré de alegría y el corazón me saltaba de gozo. El capitán me miró y dijo: -¡Mucho debes querer a tu Biblia! A causa de mi contento, no pude responderle; sólo podía llorar. Entonces prosiguió:

-También yo, hermano, leo regularmente el Evangelio todos los días.

Abrió su maleta y sacó un pequeño Evangelio, impreso en Kiev y encuadernado en plata. =-Siéntate y te contaré cómo he llegado a esto. ¡Servidnos aquí la cena! –ordenó. Desde mi juventud servía yo en el ejército, pero no en la guarnición. Conocía mi oficio y mis jefes me apreciaban como a sub oficial serio y de conciencia.

Pero era joven, como todos mis amigos y compañeros. Para mi desgracia, adquirí el hábito de beber, que pronto se transformó en una pasión tan violenta que casi siempre estaba borracho. Cuando no bebía era un buen oficial; pero en cuanto empezaba a beber, ya no servía para nada durante seis semanas. Durante mucho tiempo lo soportaron, pero al fin, por haber dicho una insolencia a mi jefe, en estado de embriaguez, me degradaron y me mandaron a una lejana guarnición para tres años. Si no dejaba de beber y no me corregía, estaba amenazado con un castigo mucho más grave. A pesar de todo, no pude dominarme y dejar de beber. Ensayé diversos remedios, pero de nada sirvieron, y decidieron mandarme a un escuadrón disciplinar. Cuando me lo comunicaron. No sabían qué hacer. Estaba en el cuartel sumido en estos tristes pensamientos, cuando llegó un monje, recogiendo limosnas para una iglesia. Cada uno de nosotros le ofreció lo que podía. El monje me preguntó: « ¿Por qué estás triste?» Le conté mi desgracia. Se compadeció de mí y me dijo: «La misma desgracia sucedió a mi hermano, y ¿sabes lo que le sirvió de remedio? Su padre espiritual le dio un Evangelio y le mandó muy severamente leer un capítulo cada vez que sintiera ganas de beber; si las ganas continuaban, debía leer otro, y así sucesivamente. Mi hermano así lo hizo, y en poco tiempo dejó por completo la bebida. Hace ya quince años que no toma una gota de alcohol. Haz lo mismo y esto te ayudará. Te traeré un evangelio que tengo.» Después de escucharle, pregunté: «¿Cómo va a ayudarme tu Evangelio cuando todos mis esfuerzos y los de mis médicos no han conseguido hacerme dejar la bebida?» Hablaba así porque jamás había leído el Evangelio. «No hables así -me dijo el monje-; puedes estar completamente seguro del remedio.» Al día siguiente me trajo su Evangelio. Lo abrí, lo eché una ojeada y me pregunté: « ¿Qué hago con él? No estoy acostumbrado al eslavo y no entiendo una palabra»  Dios (4) Pero el monje me aseguró que las palabras del Evangelio obran por sí mismas la salvación, porque contienen lo que el mismo el Grande), ha querido escribir. «No importa que al principio no comprendas; sigue leyendo con aplicación. Un monje ha dicho: Si tú no entiendes la Sagrada Escritura, los malos espíritus la entienden y tiemblan. Tu embriaguez proviene de espíritus malos. y aún quiero añadir esto: San Juan Crisóstomo enseña que hasta la habitación donde hay un Evangelio aleja los malos espíritus que no tienen influencia en ella.» Yo no recuerdo lo que respondí al monje, pero compré su Evangelio, lo Metí en un cofrecillo y allí lo dejé olvidado. Después de un tiempo me vino deseo loco de beber. Una necesidad irresistible de aguardiente me llevó a abrir el cofre para coger dinero y correr a la cantina. Pero en aquel momento mis ojos tropezaron con el libro del Evangelio y me acordé de las palabras del monje. Abrí el libro y leí el capítulo primero, según San Mateo. No entendí nada; pero ¿no había dicho el monje: «Aunque no entiendas sigue leyendo con atención?» «Es necesario que lea el segundo capítulo», me dije a mí mismo. Lo leí y empecé a entender algo.

Entonces comencé el capítulo tercero, pero en este momento la campana del cuartel dejó oír su voz; cada uno de nosotros debía ocupar su puesto y ya no se concedía permiso de salida. Tuve que quedarme en el cuartel. A la mañana siguiente, casi completamente decidida a ir a buscar aguardiente, me dije de pronto: «y si leo otro capítulo, ¿qué sucederá?» Lo leí y no fui a la cantina. Nuevamente fui tentado, y de nuevo leí un capítulo. Comencé a sentir un ligero bienestar. Esto me  animó, y cada vez que sentía la necesidad de beber leía un capítulo de mi Evangelio. A medida que avanzaba en la lectura, me sentía mejor. Cuando terminé de leer los cuatro evangelios mi embriaguez había desaparecido Y sólo me producía disgusto. Ahora hace ya veinte años que no pruebo una gota de alcohol. Todos se maravillaron del cambio que se había obrado en mí. Tres años después me fue restituido mi oficio. A su debido tiempo tuve la promoción y finalmente he llegado al grado de capitán. Estoy casado con una buena mujer. Gracias a Dios, tenemos bienes suficientes para llevar una vida desahogada.

Ayudamos a los pobres según nuestras posibilidades y recibimos a los peregrinos. Mi hijo es ya oficial y es un buen muchacho. Cuando fui curado del alcoholismo hice voto de leer el Evangelio cada día durante toda la vida. Cuando tengo que hacer o estoy muy cansado para hacerla por mí mismo, llamo a mi mujer o a mi hijo para que me lo lean, y así cumplo mi voto. A gloria de Dios y en acción de gracias, hice encuadernar en plata este ejemplar del Evangelio, que desde entonces llevo siempre sobre mi pecho. Escuché con gran contento la historia del capitán, y dije: -También yo he conocido un caso semejante. Había un obrero en la granja de mi pueblo; era un buen muchacho, muy capaz en su oficio. Desgraciadamente, adquirió la costumbre de beber y emborracharse. Un hombre piadoso le sugirió que cuando sintiese la necesidad de beber, recitase, a gloria de la Santísima Trinidad y en memoria de los treinta y tres años de la vida terrena de Jesucristo, treinta y tres veces la oración a Jesús. El obrero le escuchó y procuró seguir el consejo recibido. En poco tiempo dejó casi completamente la bebida. Y lo que es más: después de tres años ingresó en un convento.

-¿Qué pensáis que es mejor -preguntó el capitán-, la oración a Jesús o los Evangelios? -Son perfectamente la misma cosa -respondí-. Lo que son los Evangelios lo es también la oración a Jesús, porque el nombre divino de Jesús encierra todas las verdades del Evangelio. Los Santos Padres nos dicen que la oración a Jesús resume todo el Evangelio. Después de nuestra conversación salimos a rezar nuestras oraciones y el oficial se puso a leer Teolipto de Filadelfia5.  (Su vida y actividad se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIII y quizá primeros años del XIV. Obispo de Filadelfia, ciudad a la que ya siempre irá unido como n su apellido. Sólo algunas de sus obras están publica-  Sus instrucciones das. Algunas páginas pueden leerse en Textos de espiritualidad oriental, pp. 198-204.) Sus instrucciones porque enseña que una misma persona puede realizar tres cosas a la vez: «Sentaos a la mesa y nutrid vuestro cuerpo, pero al mismo tiempo alimentad la mente con la lectura y el corazón con la oración» 6 Pero acordándome de la velada feliz del día anterior comprendí, por propia experiencia, el significado de estas palabras y entendí también que la mente y el corazón no son una misma cosa.

Al día siguiente, apenas se hubo levantado el capitán, fui a darle las gracias y a despedirme de él. Me ofreció una taza de té y un rublo para el viaje y se despidió de mí. Yo emprendí alegremente el camino. Había recorrido ya un buen trozo de camino cuando me acordé de que había prometido un rublo a mis dos soldados, este rublo me lo había mandado Dios ahora de modo totalmente extraordinario. Primero pensé: «Estos tales querían matarte y te han robado; además, este rublo no puede servirles para nada estando arrestados.» Pero luego cambié de opinión: ¿No está escrito en la Biblia: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; porque obrando así amontonas carbones encendidos sobre su cabeza. No te dejes vencer del mal, sino triunfa del mal con el bien?» (Rm 12, 20-21). ¿Y el mismo Jesucristo no dijo: A quien quiere llevarte a juicio para apoderarse de tu túnica, cédele también el manto? (Mt 5, 40). Sobre todo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a aquellos que os maldicen, haced bien a quienes os odian y rogad por los que os maltratan y persiguen» (M t 5, 44). Volví, pues, sobre mis pasos. Cuando llegué cerca de la casa donde acampaban, los prisioneros salían para ponerse en camino y cubrir la etapa siguiente. Me acerqué en seguida a mis soldados y les di el rublo, diciéndoles: -Arrepentíos y orad. Jesucristo ama a los hombres y no os abandonará. Luego emprendí la marcha. (5) Después de haber andado cinco kilómetros por el camino carretero, me decidí a tomar un sendero que lo flanqueaba, para estar más solo y poder leer más tranquilamente. Anduve largo tiempo por el bosque, encontrando muy raramente alguna aldea. A veces me pasaba todo el día leyendo la Filocalía y sacando de su lectura preciosas enseñanzas. Mi corazón ardía en deseos de unirse a Dios, ayudado de aquella oración interior que me esforzaba en practicar, siguiendo las instrucciones del libro. La única cosa que me afligía era no tener una habitación donde poder dedicarme tranquilamente a la lectura.

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(1) Es uno de los grandes santos de la moderna Iglesia rusa (1682-1731). Hombre polifacético y bien formado. Estudia en Kiev, profesor en Moscú, abad en San Petersburgo, misionero en China, primer obispo de Irkutsk. Trabajó en todos estos puestos con gran limpieza de ánimo. Ya en vida se le consideró como santo.)


(2)(Kopeck, centésima parte de un rublo de plata.)

(3) (Troika, carruaje ruso, parecido a un gran trineo, arrastrado por tres caballos.)

(4)(Hace aquí referencia al eslavo antiguo o litúrgico, muy diferente del ruso moderno, actualizado por Pedro).


(5) (Recuérdese lo dicho en la introducción a este respecto. Occidente, a causa de las discusiones sobre todo contrarreformistas, se ha interesado más por una Tradición que contuviese algo que no se encontrase en la Sagrada Escritura. En cambio hay que afirmar fuertemente que la Tradición es, ante todo y sobre todo, interpretación de la Palabra de Dios. Y si puede ser una interpretación vivida, mejor.) En el cuarto relato El Peregrino recomendará expresamente leer durante la comida. Es una práctica que se ha vivido durante siglos en los monasterios, e incluso, aunque menos, fuera de ellos. Esta práctica continúa todavía en algunas legislaciones religiosas. Para muchos hoy día esta práctica sería sólo un residuo sacral negativo o indicaría que no se han descubierto otros aspectos más humanos en el ambiente que rodea una comida familiar.)