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martes, 23 de febrero de 2016

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

CAPITULO XXVIII: VARON DE DOLORES.

Aunque hay una dificultad aparente en los textos del Evangelio sobre las dos voluntades de Nuestro Señor, hay otra aún mucho más misteriosa: la de la posibilidad de que Nuestro Señor pudiese sufrir en su voluntad y en su alma humana, siendo que está en unión, unidad consubstancial con Dios. ¿Cómo se puede explicar eso? «Esta resolución constitucional de obediencia amorosa, indestructible e inalterable, aunque asegura en Jesucristo la santidad substancial y la unión moral estrecha de sus voluntades, no suprime en su humanidad los sufrimientos interiores ni las pruebas».

La Pasión del Salvador es un gran misterio.

¿Cómo pudo Nuestro Señor sufrir —y todos los autores espirituales y todos los teólogos dicen que nadie pudo sufrir tanto como Nuestro Señor Jesucristo— y al mismo tiempo ser el más feliz, puesto que poseía la visión beatífica en su alma humana? Santo Tomás contesta a esta pregunta en las cuestiones 46 a 49 de la IIIª parte de la Suma Teológica, y también en su Compendio de Teología: «En Cristo hubo tristeza, y por ello tuvo las demás pasiones que se derivan de la tristeza, como el temor, la ira, etc. El temor se produce por la consideración de las cosas que inspiran tristeza, cuando se contemplan como males futuros; y, además, cuando nos entristecemos porque alguno nos ofende, nos irritamos contra él. Cristo tuvo estas tres pasiones pero de modo distinto que nosotros, pues en nosotros ordinariamente anteceden al juicio de la razón (...) En Cristo, en cambio, jamás (...) traspasaron los límites de la razón, sino que el apetito inferior, que estaba sujeto a la razón, nunca se agitó más que en la medida permitida por la razón. Podía suceder, por consiguiente, que, según la parte inferior, el Alma de Cristo rehusara aquello que deseaba según la parte superior...».

Santo Tomás hace una distinción entre la razón inferior que domina los sentidos y que domina el cuerpo, y la razón superior que alcanza a Dios y que vive con Dios y que vive en Dios: «...sin que por esto hubiera en El contrariedad de apetitos, ni rebelión de la carne contra el espíritu. Esta rebelión se verifica en nosotros porque el apetito inferior traspasa el juicio o la medida de la razón. En Cristo era la razón la que movía el apetito inferior, pero dejando que cada una de las fuerzas inferiores lo hiciera con el propio movimiento y del modo más conveniente.

De todo lo dicho se deduce que la razón superior de Cristo gozaba por completo, si se compara a su objeto, porque, por parte de éste, nada podía acontecerle que fuese causa de tristeza. Pero también sufría por completo con respecto al sujeto (...) El goce no disminuía la Pasión, ni la Pasión era impedimento para el goce, puesto que no había redundancia de una potencia en otra, sino que cada potencia podía actuar lo que le era propio». Nuestro Señor sufría, pues, en su apetito inferior, y eso es lo que expresa en las palabras que pronunció: “Pase de Mí este cáliz”, y que el Padre Synave comenta así: «A lo que dice santo Tomás sobre la coexistencia en el alma de Cristo de la Pasión y de la visión beatífica, se pueden objetar dos dificultades de la Sagrada Escritura. La primera se refiere a la oración de la agonía en el Huerto de los Olivos (S. Mat. 26, 39): “Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz: sin embargo, no se haga como Yo quiero sino como Tú”. Y la segunda se refiere al abandono que Cristo sufrió en la Cruz (S. Mat. 27, 46): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”» bis. Es muy interesante ver cómo responde santo Tomás. A la primera dificultad sobre la oración de Nuestro Señor que pide que el cáliz se aleje de él, pero que sin embargo se haga la voluntad de Dios, explica: «Si la oración es la exposición de un deseo, Cristo oró, inmediatamente antes de su Pasión, porque tenía varios deseos. “Padre mío, si es posible no me hagas beber este cáliz; pero no obstante, no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú”. Estas palabras “no me hagas beber este cáliz” aluden al movimiento del apetito inferior y al deseo natural por el cual cada uno rechaza naturalmente la muerte y desea la vida».

Así pues, se trata de ese deseo natural que Nuestro Señor tenía en sí mismo y que todos nosotros tenemos, como ya hemos visto, de no morir, de no sufrir y de no perder la vida. Era el apetito inferior. Deja que se exprese libremente para mostrar que es perfectamente hombre y además para manifestar y darnos un ejemplo del imperio que el apetito superior (la voluntad racional) tiene que tener sobre el apetito natural y sensible: «Las palabras “no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú” expresan el movimiento de la razón superior, que considera todas las cosas según el orden dispuesto por la sabiduría divina».

Así pues, el apetito superior acepta la Pasión, porque dice que se siente movido por la divina Sabiduría. En relación a las palabras del Salvador en Cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», santo Tomás en su comentario sobre san Mateo, explica que son palabras del salmo 21, que se aplica por entero a la Pasión de Cristo, y es que el salmo 21 no es un salmo de abatimiento sino que tiene sentimientos de firme esperanza (versículo 25). No cabe duda de que el Señor se haya apropiado también los sentimientos del salmista. Y santo Tomás añade: «Si Cristo dice: “¿por qué me has abandonado?” es por analogía; todo lo que tenemos lo recibimos de Dios; cuando alguien se siente expuesto a una desgracia, dice que está abandonado; de este modo, cuando Dios deja caer al hombre en el mal de la culpa o de la pena, se habla de abandono; por esto, Cristo dijo estar abandonado, refiriéndose no a la unión hipostática o a la gracia, sino a la Pasión». El P. Garrigou-Lagrange, siguiendo a santo Tomás, explica muy bien este abandono de Cristo en Cruz: «Durante la Pasión, sólo la cima de la inteligencia y de la voluntad humana de Jesús estaban beatificadas por la visión de la esencia divina, mientras la parte menos elevada de estas facultades superiores y todas las facultades sensibles estaban sumergidas en el dolor al ver los pecados de los hombres y a causa de los tormentos de la Pasión. (...) La humanidad del Salvador era también como una montaña cuya cima está iluminada por el sol y que destaca sobre el azul de un cielo muy tranquilo,mientras que en la parte menos elevada se desencadena una tempestad que parece que va a arrasar con todo». Aprendamos, pues, en la escuela del Salvador, a soportar las pruebas sensibles y espirituales, manteniendo la cima de nuestra alma inexorablemente unida a Dios por la fe, la esperanza y la caridad.