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lunes, 8 de febrero de 2016

EFECTOS DE LA PASION DE CRISTO - Santo Tomas de Aquino


    EFECTOS DE LA PASION... 

(continuación)


Quienes el Señor concede mayor poder para probarlos y alcanzar mayores victorias. San Pedro nos lo pinta como león rugiente en torno de Ios fieles de Cristo, buscando a quién devorar (1 Petr. 5,8). Y más dramáticamente nos pinta San Juan al dragón, la serpiente antigua, el diablo, encarnado en los poderes del mundo pagano para perseguir a los hijos de la Iglesia, -adoradores de Cristo {Apoc, 13,1-17).-Cuando el hombre, seducido por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, o la soberbia die la vida. (1 lo. 2,16), queda esclavizado por el pecado, lo queda también por el diablo, el cual, sirviéndose de Ias mismas tres concupiscencias, le sujetará cada, vez más al pecado, convertido ya en vicio (Rom. 6,13,19S; -7,14.Z3), y hará de él lo que le plazca. Y lo peor será que el hombre, siendo esclavo, se creerá libre, y, pensando obrar según su voluntad, ejecutara la del diablo. Así decía Jesús a los judíos: “Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. El es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque la verdad no está en el, cuando habla mentira habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira” (Jo. 8,44) Pues entre los medios de Dios, siempre deseoso de la salvación del hombre (1 Tim. 2.4), le ofrece al hombre para luchar contra el diablo, el principal es la gracia de Jesucristo. El Señor, durante su vida mortal, lucho contra el espíritu del mal, que instigo a Judas para vender a sus Maestro (Jo. 13, 27), y a los judíos para procurar su muerte.

Pero, mirando a su pasión, dijo El mismo: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo, si fuere exalto de la tierra, todos atraeré a mí. Esto dijo indicando de que muerte habéis de morir” (1 Jo. 3.8). Por eso dice por su cuenta el mismo evangelista: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo”. La obra del diablo es el pecado, y Cristo destruye el pecado con su muerte (hebr. 2,14). Algunos Padres nos han descrito con exuberante elocuencia esta victoria de Jesucristo sobre el diablo. No han faltado entre los heterodoxos quienes pretendieron sacar esta elocuencia de sus quicios para pervertir la tradición católica, que santo Tomas reduce a sus justos límites, interpretando los testimonios de los Padres a la luz de la enseñanza esrituraria y en corformidad con el conjunto de la doctrina católica.


III. LIBERTAD DE LA PENA DEL PECADO

El Tercer efecto que Tomas atribuye a la pasión de Jesucristo es el de habernos librado de la pena del pecado. En Gen. 2.17, Yave Elohim intimida a Adán la pena de muerte si se atreve a comer de la fruta prohibida, y, de cometido el pecado, le condena a sudar y a trabajar hasta que vuelva a la tierra de donde fue tomado, pues, siendo polvo, al polvo tiene que volver. Por eso se dice en varios pasajes de los sapiensales que Dios no hizo la muerte, que esta entro en el mundo por el pecado, por la envidia del diablo (Sap. 1,13. 2,23). El destino de las almas es el seol, que en la Escritura nos describe como un lugar oscuro como el sepulcro, triste como la muerte para el hombre (job. 10, 21). Lo más significativo del estado de las almas en el seol era que vivirían privados de la conversación con Dios hasta el extremo de que ellas ni se acuerdan de Dios ni Dios se acuerda de ellas. Aquella era la tierra del perpetuo olvido (“Is. 38,10). Es frecuente entre los autores sagrados la personificación del seol, del infierno y de la muerte. Todo esto nos lleva a una idea de la muerte, que es más triste que la corporal, porque esta es la perdida de la vida temporal, de donde viene la concepción del seol como la privación de los bienes de que aquí goza el hombre; mas aquella  es lo que San Juan denomina en el Apocalipsis segunda muerte(2. 11; 21,8), la privación de Dios. Tal muerte será la pena del impío, del pecador que durante su vida no supo lo que era acordarse de Dios; mas para el alma piadosa, que se gozaba en El, que le traía siempre ante sus ojos, para este tal no es posible que la muerte signifique una separación definitiva del Señor. Antes bien, el justo vive en la seguridad de que Yave no abandonara su alma al seol, antes le mostrara los caminos de la vida y las eternas delicias a su diestra.

Y esto nos lleva a un nuevo concepto de la vida y de la muerte: “El que me haya a mí, dice la sabiduría, halla la vida y alcanzara el favor de Yave; pero el que me pierde a si mismo se daña, y el que me odia ama la muerte”  (Prov. 8, 35). Y más brevemente: “Ante el hombre están la vida y la muerte: lo que cada uno quisiere, le será dado” (Ecli. 15,18). La vida en el pecado lleva a la separación definitiva de Dios; pero la vida en la justicia conduce a la inmortalidad, a la perpetua compañía de Dio. De aquí lo que nos dice Santiago que el pecado engendra la muerte (eterna). El profeta Ezequiel dedica un largo capítulo a declarar como la vida y la muerte están ligadas a la justicia y el pecado (33. 10—33). En consonancia con esto, dice San Pablo “que el apetito de la carne es muerte y que el apetito del espíritu es vida paz” (Rom. 8,6). Dios, creo los vivientes, que son un soplo infundido al hombre un alma viviente, es el Dios vivo, es la fuente de la vida. Del Verbo dice San Juan que es la vida y que esta vida es luz de los hombres. El mismo Jesucristo nos declara mas este misterio de la vida divina, cuando dice  “que como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener vida en sí mismo” (Jo. 5,20). Y luego: “Así como me envió mi Padre y yo vivo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mi” (Jo.6,57),  comer a Jesús es venir primeramente a Él, y  creer en El. “Yo he venido, dice en otro lugar, para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jo. 10,10). Y esta vida, que es vida eterna, consiste en conocer a Dios y a su enviado Jesucristo.

Pero ¡de que manera es para nosotros Jesucristo principio de la vida, que El recibe de su Padre? San Pablo dice, escribiendo a Timoteo: “Jesucristo aniquilo la muerte y saco a luz la vida y la incorrupción por medio del Evangelio” (1 Tim. 1,10). La victima que se ofrece en el altar, muere en lugar del oferente, el cual paga con ella la vida que a Dios debe por su pecado. Pues Jesucristo se ofreció en expiación de nuestros pecados, murió por ellos en lugar nuestro, y nosotros venimos a morir en El. Con esto nosotros fuimos trasladados de la muerte a la vida. Pero esto con su orden. Ofreciéndose en expiación por nuestros pecados, nos libro de la muerte y nos mereció la vida, que es la justicia: nos libro de la muerte eterna, que engendra el pecado, y nos gano la plenitud de vida, que es la vida de Dios, la vida eterna. Y esta vida completa del alma y del cuerpo la alcanzamos por la resurrección, en que se cifra toda la esperanza cristiana. De esta manera Jesucristo nos libro de la muerte, pena del pecado, y nos mereció la vida en su Plenitud, la vida eterna.

¿De qué manera podemos hacer nuestro eso que Cristo nos mereció? Ya nos lo dijo El mismo en San Juan: yendo a Él, creyendo en Él. Y San Pablo nos dirá que por la fe en El, en su pasión y resurrección, y recibiendo el rito del bautismo, mediante el cual nos incorporamos a la muerte y a la resurrección de Jesucristo. Con esto morimos al pecado y resucitamos a una vida nueva, que es la vida de Cristo, pudiendo ya decir con el Apóstol: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi. Y aunque al presente vivo en la carne, vivo en la fe de Dios y de Cristo, que me amo y se entrego por mi” (Gal. 2,2). Y esta vida es la vida eterna consumada.


IV. LA RECONCILIACIÓN CON DIOS

La reconciliación del hombre con Dios es el cuarto efecto de la pasión de Jesucristo. Es la ira una pasión humana que induce al hombre a la venganza de un mal que cree haber recibido. Como castigo del mal, la ira se halla también en Dios. Los autores sagrados, que hablan de Dios muy a lo humano, nos hablan con frecuencia de la ira del Señor contra los pecadores y de que éstos provocan la ira de Dios con sus pecados: (Provocáronle con los dioses ajenos, irritáronle con sus abominaciones. Inmolaron a demonios, no dioses, a dioses que no hablan conocido, nuevos, de a poco advenedizos, a los que no sirvieron sus padres;.. Y violo Yavé y se irritó, hastiado por sus hijos y sus hijas y dijo: Esconderé de ellos mi rostro, veré cuál será su fin. Porque es una generación perversa, hijos sin fidelidad ninguna. Ellos me han Provocado con no-dioses, me han irritado con vanidades; yo los provocaré como no -pueblo y los irritaré con gente insensata. Ya que han encendido el fuego de mi ira, arderá hasta lo profundo del abismo y devorará la tierra con sus frutos y abrasaré los fundamentos de los montes (Deut. 32, 1&22). Por nuestro pecado de origen éramos ya hijos de ira, es decir, objetos de la ira de Dios (conf. 2,3). Y por los pecados personales todavía temamos más irritados a Dios (Rom. 1,18ss). Pues, estando así las relaciones de Dios con el género humano, plugo al Padre que en Él (Cristo) habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo, y a vosotros, otro tiempo extraños y enemigos de corazón por las malas obras, pero ahora reconciliados en el cuerpo de su carne, para presentaras santos e irreprensibles delante de Él (Col. 1,19-22). Es esto una prueba del amor de Dios hacia nosotros, amor superior a su ira, pues si, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros, con mayor razón, justificados ahora por Su sangre, seremos por Él salvos de la ira. Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más reconciliados, ya seremos salvos en su vida. V no solo reconciliados, sino que nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien reibimos ahora la reconciliación (Rom. 5.8-n).