utfidelesinveniatur

domingo, 14 de febrero de 2016

De las Tentaciones de Cristo








De las Tentaciones de Cristo.

El objeto de esta cuestión son las tentaciones del Señor. La razón de éstas es la misma por la que se sometió a las otras leyes a que vive sujeta la humanidad. Entre ellas se cuenta también ésta, que el hombre, colocado entre el cielo y la tierra, sea ayudado por nos moradores del cielo para vivir vida celestial y sea también solicitado por los espíritus malos para apartarle de su destino. A esta razón, que es una aplicación de la ley que rige el misterio de la encarnación, según la cual el Verbo hecho hombre quiso conducirse como verdadero hombre desde el nacimiento hasta la muerte, añade la Epístola a los Hebreos otra que nace de la misión del Salvador: Por esto hubo de, asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Porque en cuanto El mismo padeció, siendo tentado, es capaz de ayudar a ros tentados (2,17S). Y poco más adelante:, No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado (4,15). Estas últimas palabras son muy de considerar, para que entendamos qué género de tentaciones cabe en Jesús. Tres son los enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. Las tentaciones de ésta nacen de nosotros mismos, del desorden de nuestra sensualidad, que no se somete a la razón. Tal cosa no existía en Jesucristo, santo desde su origen y en quien no reinaba ni sombra de lo que se llama fomes peccati. El mundo obra sobre nosotros y nos tienta con el halago y la atracción; pero supone en nosotros algo desordenado, que siente ese halago y que se deja atraer de él. Pero la sugestión del diablo es algo que viene de fuera, que entra por los oídos o que se nos introduce en la imaginación, algo que no supone en nosotros desorden alguno. Tal, es la única tentación que cabía en Jesucristo, la única compatible con su absoluta santidad.


Los teólogos se plantean todavía otra cuestión. Supuesto que en nosotros puede el diablo obrar desde fuera o por dentro, es decir, introducírsenos por los sentidos exteriores; o actuar directamente en los interiores, en [a imaginación, cabría en Jesucristo esto último. No hay duda que es posible; sin embargo, los teólogos juzgan esto indigno de la persona del Señor. ¿Será esto verdad? Según este principio, habríamos de excluir muchas otras indignidades de la vida y pasión del Salvador. Pero, en todo caso, parece que el texto evangélico nos habla de sugestiones externas, y a eso nos hemos de atener.


Estas tentaciones las padeció Jesús en la soledad del desierto, sin más testigos que Dios Padre y sus ángeles. Fue, pues, el Señor quien las comunicó a los discípulos, para quienes su conocimiento debía ser de provecho. No podemos poner en duda la fidelidad en conservar las noticias que el Salvador les haya, dado sobre este punto; pero tal vez no .podamos decir otro tanto sobre la forma de la narración, y parablemente las dificultades u oscuridades que nosotros hayamos en el texto cambiarían de aspecto si hubiéramos oído al Señor mismo. Más vengamos al texto evangélico, que es 10 que nos interesa. San Marcos resume el suceso en estas breves palabras: En seguida (del bautismo) el Espíritu le empuja al desierto. Permaneció en él cuarenta días, tentado por Satanás, y moraba entre las fieras; pero los ángeles le servían (1,12S).


Ya dejamos dicho en la cuestión precedente cómo se ha de entender esa acción del Espíritu sobre Jesús. San. Marcos emplea una palabra muy realista, que debe entenderse como conviene al Espíritu Santo. Desde el siglo VII, la tradición señala como lugar de las tentaciones el monte que se halla al oeste de Jericó, muy por encima del valle del Jordán y desde el cual se domina toda la región oriental. Pero conviene advertir que toda la faja que se extiende al este de Jerusalén es tierra desértica, es el desierto de Judá, poblado en otro tiempo de lauras, de las que solo queda hoy como recuerdo Ia de San Sabas, cerca del mar Muerto. Este desierto lo es con toda verdad, porque está despoblado, ni es frecuentado por caminantes. En cambio, no debían escasear en él las fieras, como el lobo, el chacal, el zorro, la hiena, la pantera y acaso algún león. Los egipcios nos pintan a veces el desierto poblado de animales fantásticos. La soledad del desierto es acomodada para la oración.


Los antiguos anacoretas, cuando querían darse más a Dios, se retiraban a lo interior del desierto. Israel conservaba la memoria de su peregrinación por el desierto, en que Dios se le había comunicado. Por esto dice el Señor por Oseas: Así La atraeré y la llevaré a La soledad y le hablaré al corazón (2,14). Era también el lugar más propio para luchar con el diablo. En Tobías se dice que el ángel arrojó al diablo al desierto superior de Egipto (8,3). Para los antiguos padres, ir al desierto era como desafiar al diablo, Jesús permaneció aquí cuarenta días... Como nada dice del ayuno, no menciona las noches, que sin duda pasaba Jesús en el desierto mismo. En este tiempo era tentado de Satanás, pero 'los ángeles le servían. ¿Con qué? Con su compañía y conversación. Hasta aquí San Marcos.     .


Pero la narración de San Mateo y San Lucas es más detallada. Entonces fue llevado Jesús por el Espíritu: al desierto para ser tentado por el diablo (4,1). San Mateo expresa con claridad el fin de este retiro: luchar con el diablo y alcanzar de él la primera victoria. San Lucas, en cambio, se contenta con decir que Jesús, lleno del Espíritu Santa, se retira del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto y allí tentado por el diablo cuarenta días (4,1). Prosigue San Mateo: Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre. San Lucas expresa la misma idea en términos que para algunos resultarían más claros: No comió nada en aquellos días, y, pasados, tuvo hambre (4,2). En el Antiguo Testamento se nos habla de Moisés, que estuvo en el monte de Dios cuarenta días.


Claro que sin tomar alimento (Ex. 24,18). Algo semejante se dice de Elías (1 Reg. 19,8). ¿Cómo es posible, dirá alguno, pasar cuarenta días sin dar al cuerpo, el alimento que lo sustente? No hay en esto propiamente milagro, pero sí algo que se lo parece. El alma, levantada sobre sí misma a la contemplación de Dios, adquiere una fuerza extraordinaria, que comunica a su cuerpo. Las leyes fisiológicas son incapaces de dar razón de la vida activa de muchos santos, que, viviendo endiosados, no experimentan la necesidad del alimento. Santa Catalina de Siena pasaba con sola la comunión desde el miércoles de Ceniza hasta la Ascensión, y en el resto del año su comida era insignificante. En nuestros días tenemos el caso de Teresa Neumann, ejemplo admirable de esto mismo. Tal fue la vida de Jesús en aquellos días que vivió en la oración de Dios y en la conversación de los ángeles.


Pero; pasados los cuarenta días con sus noches-prosigue San Mateo- y habiendo ayunado cuarenta noches, al fin Jesús tubo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: si eres hijo de Dios di quelas piedras se conviertan en pan (Lc: 4,3). Ninguno de los evangelistas dice cómo se presentó el tentador. Pero la le tire sugiere que se le acercó en forma humana, como amigo que desea socorrerle. La tentación no tiene aspecto de serlo, pues nada malo hay en que un hambriento desee comer y, si este hambriento tiene poder de convertir las piedras en pan, haga uso de él para remediar la propia necesidad. Pero conviene notar la forma de la tentación; Si eres hijo de Dios, haz lo que te propongo. Satán tiene certidumbre de que Jesús es algo grande no digamos por dónde adquirió esta noticia, que pudo ser por muchos conductos. !Mas notemos que no dice Si eres el Hijo de Dios, sino si eres hijo de Dios, lo que pudiera tener diversos sentidos. Pero, cualquiera que sea, será un sentido alto, pues supone el tentador que tal título lleva consigo el poder de hacer milagros. "'Jesús le' responde: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. San Mateo tiene los dos, que se leen en Deut, 8,3. Las,"palabras citadas significan en el Deuteronomio que Dios probó a Israel afligiéndole con el hambre, pero luego le dio el maná. La intención del Salvador al citarla debe ser ésta: que no sólo del pan material vive el hombre, sino de toda palabra divina, que es viva y da vida.


Como si dijera que lo principal para el hombre era esta palabra, era vivir la vida de Dios mediante la fe en su palabra. Llevole entonces el diablo a la ciudad santa y, poniéndole sobre el pináculo del templo, le dijo: Si eres hijo de Dios, échate de aquí abajo está escrito: A sus ángeles tiene encargado que te tomen en sus manos para que no tropiece tu Pie contra la piedra. El diablo conduce a Jesús y Jesús se deja conducir, seguro de obtener una victoria del tentador. Este pináculo del templo pudiera ser el punto de unión del pórtico regio con el de Salón, desde el cual se contemplaba en el fondo exterior el valle Cedrón, cuya vista debía de dar vértigo. La tentación consiste en buscar por medio de este prodigio la admiración del pueblo,  que llenaría el área del templo y el que reconocieran a Jesús como hijo de Dios. Como Jesús había desechado  la primera tentación con un texto bíblico, Satán emplea también otro pasaje para persuadir a Jesús. El cual le responde con otro pasaje del Deuteronomio, muy a propósito también está: escrito: «No tentarás al Señor tu Dios» (6,16). Es tentar a Dios pedirle, sin necesidad, un milagro, como queriendo poner a prueba el poder de Dios o su fidelidad en cumplir sus promesas, .San Lucas deja esta tentación para último .lugar; mas parece que el orden de San Mateo es más lógico y el que se ajusta mejor a la historia .. De nuevo le llevó el diablo a un monte muy alto y, mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, le dijo: "Todo esto te daré si postrándote de hinojos, me adorares», No existe en la tierra monte- ninguno "desde el cual se vean todos los reinos del mundo. Pero s se dan mucho sí desde donde pudiera el príncipe de este mundo presentar á Jesús lo vasto de sus dominios y la grandeza de ellos, San Lucas añade una palabra, en un instante de tiempo, que pudiera sugerir algo así como una cinta cinematográfico.

La tentación es clara. el diablo se siente dueño del mundo, es decir, de los hombres mundanos, malos y perversos, y ofrece a Jesús este dominio, a condición de que le reconozca por señor. La modestia de las anteriores respuestas de Jesús desaparece ante esta pretensión de Satanás, tan contraria, al honor del Padre celestial. Por eso le dice con muestras claras de indignación: Apártate de mí, Satanás, porque escrito está: «.Al Señor tu Dios, adorarás y a Él solo servirás». Palabras estas que están tomadas del Deuteronomio (6,13). San Mateo dice: Entonces el diablo -le dejó 'Y llegaron ángeles y le servían, San Lucas, - que no hace mención de los ángeles, dice, en cambio, que le dejó hasta el tiempo determinado, que será el de la pasión, cuando el mismo evangelista pone en boca de Jesús estas palabras dirigidas a sus aprehensores: Esta es vuestra hora y el pode?' de las tinieblas (Le. 22,531; de Col. 1,13).

En este relato de .la tentación han visto los Padres dos intenciones del tentador: conocer a Jesús Y' su misión -y apartarle de ésta, convirtiéndole a su causa. Lo primero es manifiesto en la frase que repite: Si eres hijo de Dios. Jesús rehúye contestar a esa pregunta, Lo segundo aparece en la primera y segunda tentación al pretender Satanás que Jesús se deje gobernar por  consejos, olvidando los planes divinos. Pero el Salvador, sin declarar cuáles sean estos planes, se muestra firmemente adherido a su norma, 'que es la voluntad de Dios. Finalmente, lo tercero resulta bien en Ia tercera tentación, en que el diablo pide a Jesús que le reconozca por soberano del mundo, para mantener el reino de Satán en vez del reino de Dios.

Ya se ve que estas tentaciones no son tentaciones comunes. El diablo entrevé en Jesús al Rey Mesías, y sus tentaciones vienen a ser tentaciones mesiánicas. Pero son a Ia vez simbólicas de las tentaciones que padecen todos los cristianos