utfidelesinveniatur

martes, 23 de febrero de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"

CAPÍTULO 9
Encíclica Quanta cura
del Papa Pío IX
que condena el naturalismo, el liberalismo, el indiferentismo, el comunismo y el socialismo
(8 de diciembre de 1864)


La particularidad de esta encíclica es que, de hecho, es el preámbulo del Syllabus en el que el Papa Pío IX quiso hacer un resumen de los errores que él mismo había condenado o que habían sido condenados formalmente por sus predecesores. Es un tema que hoy nos interesa muy particularmente. Ya conocemos la agitación que, aun entre los católicos, causó esa decisión. Recordar verdades en una encíclica, todavía pasa, pero pretender hacer un catálogo preciso de proposiciones condenadas, es algo distinto…

Los liberales ante el Syllabus
Los católicos liberales reaccionaron violentamente. Para ellos el Santo Padre exageraba. ¡Era in-admisible! El Syllabus era inadecuado para los tiempos modernos, porque el Papa no tenía en cuenta la sociedad de su tiempo ni la evolución de las ideas, etc… En pocas palabras, era ya lo que dicen los modernistas y progresistas: adaptarse al mundo, adaptarse a los errores modernos, el aggiornamento, etc. El obispo de Orleans, Mons. Dupanloup, se constituyó el portavoz de los católicos insatisfechos: “El Papa ha querido clarificar la situación y lanzar condenas, pero lo importante es saber interpretar”… En pocas palabras: “Hay cosas que se pueden tomar y otras que se pueden dejar”… Así los católicos liberales se sintieron aliviados por Mons. Dupanloup y esto hizo fracasar la rectificación. A fuerza de dejar siempre que algo se deslizara, y de interpretar y buscar fórmulas para evitar las condenas, se logró destruir el efecto de los Documentos Pontificios. Los progresistas y modernistas no pueden oír pronunciar siquiera la palabra Syllabus. Los pone furiosos. Creen que este documento no tiene autoridad y que fue una idea del Papa Pío IX, pero que no fue confirmada y que, además, no se puso en aplicación. Eso es falso. El Syllabus, al contrario, fue confirmado por los obispos y por los Papas, y, como hemos visto, por el Papa León XIII en su encíclica Immortale Dei. Por consiguiente, el Syllabus reviste un gran valor. El Papa San Pío X, en sus diferentes escritos, repitió a menudo de un modo muy explícito la condenación de los errores denunciados. Pero, como observó León XIII, no se escuchó la voz de los Papas y el mal siguió progresando. Esta encíclica Quanta cura, que es muy hermosa, es de capital importancia porque constituye una exposición de la situación tal como la veía Pío IX y corresponde de un modo casi premonitorio a lo que vive la Iglesia desde el concilio Vaticano II. ¡Es espantoso!

Condena del naturalismo político
«Al ver, con profundo dolor de Nuestro corazón, la horrorosa tormenta levantada por tantas opiniones perversas, así como al examinar los daños tan graves como dignos de lamentar con que tales errores afligen al pueblo cristiano; por deber de Nuestro apostólico ministerio, y siguiendo las huellas ilustres de Nuestros Predecesores, levantamos Nuestra voz, y (…) condenamos las monstruosas opiniones que, con gran daño de las almas y detrimento de la misma sociedad civil, dominan señaladamente a nuestra época; errores que no sólo tratan de arruinar la Iglesia católica, con su saludable doctrina y sus derechos sacrosantos, sino también la misma eterna ley natural grabada por Dios en todos los corazones y aun la recta razón. Errores son éstos, de los cuales se derivan casi todos los demás». [nº 2] Pío IX confirma la misma condena proferida por el Papa Gregorio XVI que ya hemos citado, y sigue: «Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos [esto es muy importante] y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si ésta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”». [nº 3]

Las falsas religiones han sido inventadas por el demonio
Los progresistas se ponen furiosos si decimos que las demás religiones son falsas. No soportar oír esto. “¿Así que vosotros condenáis todas las demás religiones? ¿Todas las otras religiones son malas?” Es algo visceral para ellos y su concepto concuerda con el principio mismo del liberalismo, según el cual todas las religiones son buenas. “Vosotros creéis —dicen— que sólo la religión católica es buena y capaz de hacer bien a la sociedad. Pero fijaos en la piedad de los musulmanes, en la de los budistas”… Los Papas, que de ninguna manera eran liberales y que se mantuvieron siempre firmes en la fe, siempre distinguieron explícitamente a la verdadera religión de las falsas. ¿De qué espíritu vienen las falsas religiones? ¿De Dios o del demonio? Si son falsas, han sido inventadas por el espíritu del error y de la mentira, y el maestro de la mentira y del error es el demonio. Las falsas religiones han sido inventadas por él precisamente para alejar a poblaciones y países enteros de Nuestro Señor, e impedirles que se hagan católicos y escuchen la Verdad. No cabe duda. Por eso es casi imposible convertir a los musulmanes.

El Islam aprisiona a millones de almas en el error
Durante 15 años yo estuve en Dakar con 3 millones de musulmanes, 100.000 católicos y 200.000 animistas, y si durante esos 15 años se convirtieron 10.000 musulmanes ya era mucho. Quiero decir convertirlos realmente y hacerlos pasar del Islam al catolicismo. No digo que no había cierta in-fluencia católica, gracias a nuestras escuelas, en las que teníamos entre un 10 y un 15 % de musulmanes. Yo no quería que hubiera más, porque si no hubieran impuesto el Islam en nuestras escuelas. Cuando son fuertes, se imponen y forman un movimiento para convertir a los demás. Cuando son débiles, escuchan y se callan. Desde luego, los jóvenes que estuvieron en nuestras escuelas recibieron una influencia, y quizás algunos de ellos desearon el bautismo (el bautismo de deseo). Eso puede ser. Pero es muy difícil para un joven convertirse al catolicismo, porque lo echan de su familia y sabe que hasta hay peligro de que lo envenenen. ¡Seguro! Sólo pueden llegar a convertirse los que son estudiantes en la universidad, porque son independientes. Saben que su futuro está asegurado. Ya no necesitan a su familia; se van a Europa y ahí pueden convertirse. Pero convertir a alguien que está en su familia es prácticamente imposible. Al inspirar esta religión islámica, el demonio ha conseguido realmente impedir la conversión de millones de hombres. Es relativamente más fácil convertir a los protestantes. Antes del Concilio siempre había muchos que se convertían, pero ahora ya no. Se entiende, puesto que la Iglesia católica, al haberse ella misma protestantizado, ya no se presenta como un ideal que puedan desear los protestantes. Ya no les ofrece ningún interés. También se convertían algunos judíos, pero ahí hay un peligro porque nunca se sabe si se convierten realmente o si sólo es en apariencia para facilitar o preservar sus intereses materiales o su situación. Es muy difícil descubrirlo, pero es un hecho que hubo cierto número que se convirtió.

Es deber del Estado reprimir el error religioso
El Papa continúa:
«Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”». [nº 3]

Este es exactamente el punto de vista que sostiene la Declaración sobre la libertad religiosa: oponerse a toda coacción, aun la pública. Eso viene a ser lo mismo que declararse contra todo Esta-do católico, pues un Estado católico afirma que la religión católica es la única del Estado y la única reconocida por el gobierno; por el mismo hecho, protege la verdad y la verdadera religión. Es evidente que, en cuanto es posible, aunque sin recurrir a medidas extremas o insoportables, tiene que procurar que no se difundan los errores, y que el protestantismo y las sectas no vayan corroyendo poco a poco la unidad de la fe católica del país. Eso acabaría destruyendo no sólo a la Iglesia, sino también derrocando al gobierno católico. Es lo que ha sucedido en muchos países precisamente por la debilidad de los gobiernos, que han dejado que se introdujeran las sectas y las falsas religiones, y de pronto, un día el gobierno fue superado y derrocado. O también se suprime a un jefe de Estado Católico si se opone al error, como sucedió en la historia del presidente de Ecuador, García Moreno, que al fin fue asesinado. Es deber del Estado proteger la fe de los fieles contra los errores, lo mismo que es su deber impedir que se difunda la inmoralidad.

Derecho a la libertad del error
La Declaración sobre la libertad religiosa negó todo esto que había sido afirmado por Pío IX. Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salvación de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de feliz memoria, locura, esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad —ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera—, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”. Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdició y que, “si se da plena libertad para la disputa de los hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad, confiado en la locuacidad de la sabiduría humana, pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa». [nº 3]
Ahora bien: el texto sobre la Declaración sobre la libertad religiosa (D. H. 2) afirma que el
«...derecho de la persona humana a la libertad religiosa debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de forma que se convierta en un derecho civil». (D. H. 2)
Y dice explícitamente que toda religión tiene derecho a organizarse públicamente en la sociedad civil y tener sus escuelas, periódicos, y enseñar Todo esto está claramente contenido en la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. En ella se lee que: «A estas comunidades [religiosas]… debe reconocérseles el derecho de inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público…» (D. H. 4)


¿Libertad religiosa o tolerancia?
Los cardenales Bea y Ottaviani
Por este motivo, durante las reuniones de la Comisión preparatoria central del Concilio, el cardenal Ottaviani se opuso tan vivamente al cardenal Bea, que quería absolutamente que el Concilio adoptase la libertad religiosa. Había escrito encabezando su proyecto: “De libertate religiosa”, mientras que el cardenal Ottaviani le oponía “De tolerantia religiosa”. Enseguida se ve la diferencia: el error se tolera en la media que no se puede suprimir, pero si se puede suprimir, se debe hacer. La finalidad es siempre la de perseguir y destruir el error oponiéndole la verdad. Puede suceder en algunos Estados (según las circunstancias y en función del número de católicos ), en que eso no puede ser, porque en ese caso no aseguraría ya el orden público y se pon-dría en peligro la paz. La Iglesia siempre ha aceptado esto. El Papa León XIII lo dijo en su encíclica Libertas. Hay un tolerancia, pero la libertad religiosa tal como la entendía el cardenal Bea es la libertad concedida por principio a todos los cultos: libertad de opiniones y de que todos expresen públicamente lo que quieran. Eso es decir exactamente lo contrario de lo que proclamó el Papa Pío IX en su encíclica Quanta cura. ¡Es inaudito!

Influencia decisiva del P. John Courtney Murray, S.J.

Uno de los principales inspiradores e incitadores de esta Declaración sobre la libertad religiosa es el Padre John Courtney Murray, un americano miembro dominante de la comisión encargada de prepararla. En su libro El Rin desemboca en el Tíber, Ralph Wiltgen dedicó una página entera a demostrar la influencia del Padre Murray en la redacción del texto sobre la libertad religiosa. En el libro que publicó sobre la libertad religiosa, Michael Davies pudo revelar que encontró en América documentos anteriores al Concilio que condenaban al Padre Murray a causa de sus doctrinas. En los anales de su diócesis, Michael Davies descubrió textos de larguísimas discusiones que tuvieron lugar entre Murray, el Santo Oficio y los teólogos . En ese momento sus doctrinas fueron condenadas y el Santo Oficio le prohibió defenderlas y seguir escribiendo. Pero él se burló de esto y de pronto fue elegido para redactar el texto sobre la libertad religiosa adoptado por el Vaticano II . ¡Es increíble! Por supuesto, hizo pasar sus ideas. Sin embargo, es muy interesante saber que había sido condenado antes por el Santo Oficio a causa de sus ideas y con prohibición de publicarlas.Así pues, ¿quién tiene razón ahora: el Santo Oficio, que condenó al Padre Murray fundándose en la doctrina tradicional de la Iglesia; o el Padre Murray, cuyas ideas fueron adoptadas por el Concilio?


 “Expertos” que ya habían sido condenados por el Santo Oficio

Algunos me dicen: “¡Vd. está contra el Concilio!” Eso es incorrecto. No estoy contra el Concilio en sí, sino contra la influencia del liberalismo que se infiltró claramente en él. Es imposible negar esa infiltración y es evidente que fueron elegidas personas condenadas por el Santo Oficio para ser expertos en el Concilio como el P. Edouard Shillebeeckx. Durante una reunión de la Comisión central preparatoria del Concilio en la que asistieron 70 cardenales y unos 30 obispos y superiores de congregaciones religiosas, hice la siguiente pregunta: “El cardenal Ottaviani acaba de decir que los expertos elegidos no tienen que haber sido condenados por el Santo Oficio, pero yo conozco tres que lo han sido. ¿Cómo es que figuran en la lista de expertos?” El cardenal no me contestó en ese momento sino hasta que se terminó la reunión. A la salida, pasó junto a mí, me tomó por el brazo y me dijo: “¡Ya lo sé!, pero es el “jefe” quien lo quiere…” Ese era claramente el estilo de Juan XXIII. Para él nunca había nada malo: “¡No! ¡Ese es un hombre muy bueno!, ya lo verá… Cuando esté entre los demás, entenderá y todo irá muy bien”.

¡Entre tanto, los que han triunfado son ellos!
Volvamos al estudio de la encíclica Quanta cura.

Condenación de la libertad de cultos
Al presentar su Syllabus en la encíclica, como ya hemos visto, Pío IX empieza condenando particularmente el pretender: «…aplicar a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo…»

En aquella época ya había muchos que:
«…se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”. Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”». [nº 3]

Este artículo fue objeto de discusiones muy fuertes. Ahora bien: es exactamente lo que dice la Declaración sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae) del Vaticano II . Estamos ante un problema que algún día tendrá que resolverse. No puede ser que la Iglesia deje que un texto del Concilio contradiga lo que dijo Pío IX de modo explícito. Este es el motivo de nuestra oposición a la Roma actual. En su última carta, el cardenal Seper me ha escrito: “Vd. no tiene que criticar ningún documento del Concilio”. No quiere que mostremos que algunos de esos textos no corresponden para nada a la doctrina de la Iglesia. Cuando hemos enviado a Roma documentos que explican nuestra postura, sobre todo las 5 ó 6 páginas publicadas por la revista Itineraires: “Mons. Lefebvre y el Santo Oficio” , no hemos recibido ninguna respuesta. Si no nos responden es porque no pueden refutar nuestros argumentos. Pero estemos persuadidos de que un día Roma reconocerá que en los textos del Concilio hay cosas inaceptables y, por consiguiente, va a tener que cambiarlos. Lo que es grave es que lo que vemos que sucede ahora es lo que condenaron los Papas en el siglo pasado. Pío IX, lo mismo que Gregorio XVI en 1832, denuncia a los que: «…con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salvación de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de feliz memoria, “locura”, esto es, que “la libertad de con-ciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental”». [nº 3]
Pero precisamente eso es lo que dice el Concilio: que todos pueden practicar su religión. ¿Quién tiene, entonces, razón? Nosotros nos atenemos a la doctrina expresada por Gregorio XVI, Pío IX, y repetida después por León XIII, San Pío X y Pío XII. Cuando nos dicen: “Estáis contra el magisterio de la Iglesia”, respondemos: “¡Todo lo contrario! Pero como nos apegamos al magisterio de to-dos estos Papas, no podemos aceptar los errores que se nos enseñan hoy”. Y si nos dicen: “Cada magisterio corresponde a su época; Pío IX ya pasó hace un siglo y medio…”, en ese caso ya no habría ningún magisterio. Si el de Pío IX no vale nada, ni tampoco el de sus predecesores ni el de los que le siguieron, el de hoy no valdrá nada dentro de 10 años. En ese caso, ¿a dónde anclarse? ¿dónde está la verdad?

La Iglesia ocupada
Durante 20 siglos la Iglesia ha afirmado siempre lo mismo, fiel a su mensaje y a la Tradición. Desde hace 3 ó 4 siglos el liberalismo ha ido ganando poco a poco a la sociedad. En el siglo XX ha entrado en la Iglesia, y ahora se ha ganado a la jerarquía. Prácticamente el demonio y los masones han llegado a penetrar hasta la cima de la Iglesia y a hacerle enseñar cosas que antes condenaba. Por supuesto que la Iglesia no puede equivocarse ni cambiar, pero puede verse invadida por personas que no son de ella. La han invadido y ocupan puestos importantes, pero no son de la Iglesia. Estamos presenciando una verdadera ocupación, como escribe Ploncard d’Assac en su libro La Iglesia ocupada. Es verdad. Roma está ocupada. Los Papas débiles, más o menos liberales, se han dejado guiar por esa gente. Ya no tienen valor para reaccionar y vacilan, puesto que ellos mismos no tienen una doc-trina firme. Por eso el mal sigue progresando y causando estragos. Juan Pablo II, que parecía enérgico, no tiene el valor necesario. Expresa deseos, pero no consigue realizarlos ni imponerlos. Tiene miedo de los que en Roma dicen que ya no existe la tradición. Mientras el Papa no los eche de Roma, no hay esperanzas de que veamos un cambio. Sufrimos y la Iglesia sufre una verdadera pasión. Esta es la situación. De ahí la utilidad de conocer bien el mal. Hay que volver a leer la Historia del liberalismo, del Padre Manuel Barbier, que ayuda a comprender la situación actual. La crisis no ha llegado en el lapso de 10 años. Empezó en el siglo XVI , cuando los hombres se revelaron contra Dios y decidieron secularizar y desacralizar los Estados echando a la Iglesia y a Nuestro Señor de la sociedad civil. Hoy esa desacralización ha pasado a la Iglesia: se desacralizan los altares, la misa y todas las ceremonias. Aparece muy claramente que en las nuevas misas ha desaparecido el sentido de lo sobrenatural, de lo sagrado y del misterio… Es algo vacío, hueco y teatral; es todo exterior. Hace poco un vicario me dijo en México: “La religión progresista es una careta: ¡detrás de ella no hay nada!” Apeguémonos a las verdades enseñadas por los Papas que fueron valientes en su tiempo.

La codicia de los bienes materiales y la teología de la liberación
Pío IX muestra las consecuencias sociales del error que consiste en dejar de lado a la religión: «Cuando en la sociedad civil es desterrada la religión y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma revelación, también se oscurece y aun se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia». [nº 4] La sustitución de la fuerza moral y espiritual por la fuerza material: es lo que estamos presenciando en los países socialistas.

«¿Quién no ve y no siente claramente que una sociedad, sustraída a las leyes de la religión y de la verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita concupiscencia del espíritu sirviendo tan solo a sus propios placeres e intereses?». [ibid.] Estas son las ideas que más o menos han pasado a la Iglesia. Por ejemplo, la teología de la liberación es una codicia inyectada en las almas y en los corazones de la distribución de la riqueza y de un nivel de vida como si eso pasara antes que todo lo demás, de modo que la religión tuviera que estar al servicio de esa codicia y los sacerdotes sólo tuvieran que predicar esto: “Todo el mundo tiene que tener las mismas posibilidades y gozar de lo mismo”. ¿Quién habla entonces de la vida eterna? ¿Qué es ese falso paraíso en la tierra que nunca existirá? Estamos de acuerdo que hay injusticias y hay que denunciarlas para recordar a cada uno su deber. Pero no olvidemos que las sociedades modestas alejadas de la civilización moderna, tienen un mejor equilibrio de vida. Nos parecen demasiado pobres o miserables: no hay radio ni televisión y vis-ten pobremente, pero trabajan, y tienen sus campos y bosques, y construyen sus casas, quizás no muy confortables, sin sillones para estirarse a la americana… pero esas personas viven bien, son felices y saben abrirse a las cosas religiosas porque no están demasiado apegados a lo material. Por desgracia, a menudo los amuletos reemplazan a la religión; pero si se consigue echar esas cosas y enseñarles la religión cristiana, se puede hacer de ellos unas personas equilibradas y felices. La importante es no buscar las riquezas ni la comodidad.


La destrucción de las Ordenes religiosas y de la educación cristiana
Pío IX prosigue: «Por ello, esos hombres, con odio verdaderamente cruel, persiguen a las Ordenes religiosas, tan beneméritas de la sociedad cristiana, civil y aun literaria, y gritan blasfemando que aquellas no tienen razón alguna de existir, haciéndose así eco de los errores de los herejes. Como sabiamente en-seño Nuestro Predecesor, de venerable memoria, Pío VI: “La abolición de las Ordenes religiosas hiere al estado de la profesión pública de seguir los consejos evangélicos; hiere a una manera de vivir recomendada por la Iglesia como conforme a la doctrina apostólica; finalmente, ofende aun a los preclaros fundadores que las establecieron inspirados por Dios”». [ibid.] Evidentemente, estas Ordenes religiosas vivían en la sencillez, la pobreza y la renuncia a los bienes de este mundo. Pero claro: eso es tan contrario a los principios de la sociedad moderna, que había que acabar con este ejemplo molesto para la propagación de las ideas modernas… Por desgracia, ahora son las Ordenes religiosas las que se destruyen a sí mismas. Desde el Concilio, muchas han suprimido prácticamente la pobreza, la obediencia y, a veces la castidad. ¡Ya ni si-quiera se puede acusar a los enemigos de ser los responsables! De ahí la necesidad de restaurar las Ordenes religiosas: benedictinos, capuchinos, dominicos… para volver a dar el ejemplo de la santi-dad al mundo, que tanto lo necesita.

«No contentos con que la religión sea alejada de la sociedad, quieren también arrancarla de la misma vida familiar. Apoyándose en el funestísimo error del comunismo y socialismo, aseguran que “la sociedad doméstica debe toda su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre todo, el derecho de la instrucción y de la educación”». [nº 5]
¡Quieren el derecho al divorcio! Y por lo tanto, dice el Papa, hay que negar también a los padres y a la Iglesia la educación de la juventud para así depravarla.

Infalibilidad de la encíclica
Después de haber expuesto los errores, Pío IX concluye no sin antes haber mencionado que habla en virtud de su poder apostólico. Se ha discutido mucho para saber si esta encíclica tiene el sello de la infalibilidad, pero está claro que, para presentar su Syllabus, el Papa no sólo invoca su autoridad apostólica sino que usa palabras que emplearon los Papas cuando quisieron proclamar infaliblemente una doctrina. Se cumplen todas las condiciones para que el texto de esta encíclica esté marcado por la infalibilidad .

Leamos lo que escribe a continuación Pío IX:«En medio de esta tan grande perversidad de opiniones depravadas, Nos, con plena conciencia de Nuestra misión apostólica y con gran solicitud por la religión, por la sana doctrina y por la salvación de las almas a Nos divinamente confiadas, así como aun por el mismo bien de la humana sociedad, hemos juzgado necesario levantar de nuevo Nuestra voz apostólica. Por lo tanto, todas y cada una de las perversas opiniones y doctrinas determinadamente especificadas en esta Carta, con Nuestra autoridad apostólica las reprobamos, proscribimos y condenamos; y queremos y mandamos que todas ellas sean tenidas por los hijos de la Iglesia como reprobadas, proscritas y conde-nadas». [nº 7]
El Papa exhorta luego a los obispos a que recuerden a sus fieles lo que ha dicho, y acude a la oración:
«Por lo cual queremos excitar la devoción de todos los fieles, para que, junto con Nos y con Vosotros, en el fervor y humildad de las oraciones, rueguen y supliquen incesantemente al clementísimo Padre de las luces y de la misericordia; y con plena fe recurran siempre a Nuestro Señor Jesucristo, que nos redimió para Dios con su Sangre; y con fervor pidan continuamente a su Corazón dulcísimo, víctima de su ardiente caridad hacia nosotros, para que con los lazos de su amor todo lo atraiga hacia sí…»

Luego el Papa abre un año jubilar.
«…Hemos determinado abrir con Apostólica liberalidad a los fieles cristianos los celestiales te-soros de la Iglesia confiados a Nuestra dispensación, a fin de que los mismos fieles, más ferviente-mente encendidos en la verdadera piedad y purificados por el sacramento de la Penitencia de las manchas de sus pecados, con mayor confianza dirijan a Dios sus oraciones y consigan su gracia y su misericordia». [nº 11]
Lo cual indica qué importancia quiso dar el Papa Pío IX a esta encíclica que hoy se considera retrógrada y anticuada.