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miércoles, 2 de diciembre de 2015

"CICLO DE NAVIDAD SEGÚN SAN BUENAVENTURA"



SEGUNDO DISCURSO DE NAVIDAD




“Y saldrá una vara de la raíz de Jesé, y de su raíz subirá una flor, y reposará sobre la flor el Espíritu del Señor.”


Ya habíamos dicho en el anterior discurso los tres tipos de nacimiento del Verbo Eterno, pero es bueno volver un poco atrás para poder comprender el siguiente discurso.

Por lo tanto, el que nace así tiene tres tipos de nacimiento, del Padre, como el esplendor de la luz; nace en la virgen y de la virgen, como el germen en la vid; y, por último, nace saliendo del seno virginal, como la flor sale de la vara, rama o árbol. Ahora debemos contemplar los extremos a que llega el Hijo de Dios cuando es concebido y nace, en cuanto hombre, de la bienaventurada Virgen. Como queda dicho, tal nacimiento, objeto litúrgico de hoy y de mañana, aparece al presente como remedio, y, a la luz de la consideración más profunda; lo cual lo podemos mirar con los ojos del alma desde tres puntos de vista: ofreciéndose, en efecto, como milagro a los que lo contemplamos, como consuelo a los que lo deseamos y como ejemplo a los que vamos progresando en la perfección bajo su influjo. Y no sin razón, porque, si volvemos las potencias del alma al misterio del nacimiento hayamos que la inteligencia no tiene objeto más admirable para contemplar, ni la voluntad objeto mas deleitoso para desearlo, ni la potencia ejecutiva objeto mas fructuosa para imitarlo.

Viniendo a lo primero, volvemos los ojos espirituales al nacimiento del Señor para contemplarlo. Y no hay duda que, absortos en admiración ante la novedad del prodigio, nos veremos cómo forzados a irrumpir con el salmista: “Cantad al Señor un cantico nuevo, porque El ha hecho maravillas.” ¿Pues qué? ¿tiene el que contempla y esto lee objeto de consideración  más admirable que la majestad humilde, poder endeble. Inmensidad breve, sabiduría muda y eternidad nacida? Pues todas estas circunstancias tan encontradas concurren en el que ha nacido de la Virgen, realmente, hablando impropiamente, estilo que se usa también en los santos, cabe decir todas estas cosas, pero, si queremos expresarnos según propiedad, se debe afirmar que aquello que en abstracto se predica de la naturaleza debe entenderse de la persona, de suerte que el sentido sea como sigue: “Aquel que es la misma majestad se hace humilde, aquel que es el mismo poder se hace débil y así sucesivamente”. Y debemos advertir que semejante manera de ser no es cosa menos asombrosa. Pues, ¿Que objeto de contemplación puede ser más admirable que la debilidad en el Omnipotente, abatimiento en el Altísimo, enmudecimiento en el Sapientísimo y novedad en el que es eterno?. ¿Acaso no se hizo humilde la majestad? Si, por cierto, entonces se mostro humilde Cristo Jesús, “Existiendo en la forma de Dios, no reputo codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, sino que se anonado a sí mismo, tomando la forma de siervo” y cuando así anonadado se redujo a la baja condición de siervo, de suerte que “se hallase recostado en el pesebre el que reina en el cielo” de ahí que David se admirase hasta lo inducible cuando preguntaba “¿Por ventura, no se dirá a Sion hombre y hombre ha nacido de ella?” Dios y hombre es el que en ella ha nacido. Es, por otra parte, humilde hasta el oprobio pues se ha convertido en desecho del pueblo, y, por otro, Altísimo, pues El fundo a Sion. Sobre esto canta la Iglesia ¡Oh gran misterio y sacramento admirable! Procuren leer el responsorio completo que se encuentra en sanana santa.

Y ¿acaso no se hizo endeble la fortaleza? En efecto se debilito la fortaleza cuando “el Verbo del Señor, por el que se afirmaron los cielos y que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, se hizo hombre y habito entre nosotros” Y en verdad hacerse Dios hombre equivale a hacerse débil la fortaleza.

Además ¿Acaso no apareció abreviada la inmensidad? Así sucedió en efecto: y ello fue cuando aquel cuya grandeza no tiene medida, cuando quedo reducido a estrecho pesebre, haciéndose breve de verdad de verdad, pues, como canta la Iglesia, “llora el niño puesto en angosto pesebre”. Y, como dice San Pablo a los romanos, c. 9: “Abreviado hizo al Verbo el Señor en la tierra”. Además ¿Acaso no se hizo muda la Sabiduría? Enmudeciose ciertamente cuando la Sabiduría, “a cuya voz fueron hechas todas las cosas” y, como dice en los proverbios, “estaba en Dios concertando todo”, se halla reclinado en un pesebre haciéndose niño, sin uso de palabra, es lo que dijo el ángel a los pastores: “Encontrareis un infante”. (lc. 2, 12)

Por último, ¿Acaso no nace la eternidad? Decimos que nació la eternidad cuando aquella misma Sabiduría que “desde la eternidad fue ordenada y salió de la boca de la boca del Altísimo, engendrada primero que ninguna criatura” tuvo que nacer en María según estaba escrito: Hombre ha nacido en ella. Y dime, por favor, ¿Dónde hallaras cosas más maravillosas? Por donde San Bernardo, en su homilía “Missus est”, dice así:

“Verdaderamente llenas están estas cosas de misterios celestiales”

En cuanto a lo segundo. Volvamos nuestra potencia afectiva a querer al que nace, y ten por cierto que no encontraras objeto de amor más dulce. Donde es de saber que así como es sumamente admirable que haya nacido, así es amable en sumo grado que haya nacido para nosotros. Por esto mismo la Iglesia canta: “Un niño nos ha nacido”, lo vaticino Isaías diciendo: “Un parvulito nos ha nacido, nos ha sido dado un Hijo”. Un parvulito por parte de la Madre para recibirlo, y un Hijo por parte del Padre para poseer a Dios. Ciertamente teníamos necesidad de Dios y de ningún otro inferior a Dios. Pues solo Dios podía redimirte. Ahora bien, si para poseer a Dios se te hubiera dado según la forma de su inmensidad, nunca hubieras llegado a su posesión, por eso fue traza admirable de Dios concederte que poseyeras al Hijo de Dios, necesario para ti, y rescribieras al parvulito, puesto a tu alcance. Y, por cierto, la divina providencia tuvo en cuenta dos extremos: por una parte, a su largueza, para donar aquello que le convenía darnos; y, por otra, a nuestra pequeñez, para dar aquello que nos convenía recibir. De aquí que “El Señor hizo abreviada la palabrea, esto es el Verbo, sobre la tierra” y que nos haya nacido un parvulito, y se nos haya dado un Hijo sin menoscabo de su inmensidad.

¡Oh cuantos bienes se nos comunican cuando se nos comunica Dios! Por ventura, ¿No se nos da el mismo Dios y juntamente con El todo lo que es inferior a Él? Y ¿Qué negara Dios a aquellos a quienes ha sido dado el Hijo? O como dice San Pablo: “¿Cómo no nos ha de dar con El todas las cosas?” (rom. 8, 32)

Pero ¿Por qué se nos da un parvulito? En el caso de que nos hubiera dado al hombre Dios como inmenso, ¿no es verdad que el pecador habría temido mas al Dios que todo lo reprende? Y si se nos hubiera dado Dios como elocuente, ¿Acaso no habría el reo temido la sabiduría del que todo lo escudriña? Y, por último, ¿Si hubiera venido Dios rodeado de sus ejércitos angélicos, no es verdad que el hombre miserable se habría avergonzado de pertenecer a la sociedad de los ángeles? Y tanto más cuanto que, como se dice en las lamentaciones, los ángeles, “al ver la ignominia del hombre, habrianle menospreciado”. Pues bien; el hombre así necesitado, ¿Qué podía anhelar, sino que naciese un parvulito para evitar el terror de ser castigado, un Niño o sin locución para evitar el terror de ser argüido, y un Niño pobre y solitario para evitar el terror de ser despreciado? Tal es el deseo que haciéndolo suyo, evocaba la Iglesia por estas palabras del Cantar de los Cantares: “Quien me diera que fuese hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre.”