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lunes, 21 de diciembre de 2015

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


CAPÍTULO 4
Encíclica Humanum genus
del Papa León XIII
sobre la secta de los Masones
(20 de abril de 1884)
León XIII señala toda la perversidad de la Masonería
(continuación)



Laicismo del Estado y lucha contra la Iglesia.

«Por esto proclaman y defienden por doquier el principio de que “Iglesia y Estado deben estar completamente separados”».
Como consecuencia de su naturalismo, los masones preconizan el laicismo del Estado. Hay que separar a la Iglesia de él, y eliminar los dogmas y la verdad objetiva. Después de esto, influirán en la enseñanza que imparte el Estado en las escuelas públicas y universidades, para poder secularizar las inteligencias y los espíritus, y conseguir finalmente que penetren sus ideas de relativismo, que conducen prácticamente a la supresión de Dios. León XIII precisa:

«No les basta con prescindir de tan buena guía como la Iglesia, sino que la agravan con persecuciones y ofensa. Se reduce casi a nada su libertad de acción, con leyes en apariencia no muy violentas, pero en realidad expresamente hechas y acomodadas para atarle las manos. Vemos, además, al Clero oprimido con leyes excepcionales y graves, para que cada día vaya disminuyendo en número y le falten las cosas más necesarias». Van a obligar a los seminaristas a que hagan el servicio militar. El Estado, al apoderarse de los bienes de la Iglesia, privará al clero de la posibilidad de crear y mantener obras de educación o caridad. «Los restos de los bienes de la Iglesia, sujetos a todo género de trabas y gravámenes».

Segundo principio: el indiferentismo

El segundo principio de los masones es el indiferentismo, que prácticamente es una consecuencia del naturalismo pero que, con todo, es un principio particular. El indiferentismo es una palabra que se emplea a menudo en los documentos pontificios. Tiene un significado muy preciso: postula en la práctica y propaga la idea de que valen todas las ideas y que ninguna en particular tiene más valor:

«Abriendo los brazos a cualesquiera y de cualquier religión, consiguen persuadir de hecho el gran error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, a la que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala con las demás». Ahora ya no se usa este lenguaje. En el Vaticano, ya no se usaría más. León XIII afirma que no se puede poner al mismo nivel la verdad y el error.


Tercer principio: negación de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma
El tercer principio es la negación de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. El Papa comenta así este principio:

«En ellos pierden su certeza y exigirá aun en las verdades que se conocen por luz natural de la razón [así que ya no guardan las verdades fundamentales de la filosofía], como son la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma humana. (…) Ni disimulan tampoco ser entre ellos esta cuestión de Dios causa y fuente abundantísima de discordia».
Aunque los masones hablan del Gran Arquitecto no significa que creen en la existencia de Dios. Para ellos, el Gran Arquitecto, son las grandes fuerzas naturales que sostienen al mundo en su existencia, pero no significa de manera alguna un Dios personal, creador del mundo, y que lo dirige y sostiene en su existencia. Es más bien una especie de panteísmo, como dice León XIII.

«Destruido o debilitado este principal fundamento [la existencia de Dios y la inmortalidad del alma], síguese que han de quedar vacilantes otras verdades conocidas por la luz natural».  (…).

La consecuencia de estas negaciones es la desaparición de las verdades más necesarias para la vida:

«Destruidos estos principios, que son como la base del orden natural, importantísimos para la conducta racional y práctica de la vida, fácilmente aparece cuáles han de ser las costumbres públicas y privadas. Nada decimos de las virtudes sobrenaturales (…) de las cuales por fuerza no ha de quedar vestigio en los que desprecian, por desconocidas, la redención del género humano, la gracia divina, los sacramentos (…) Hablamos de las obligaciones que se deducen de la probidad natural. Un Dios creador del mundo y su próvido gobernador; una ley eterna que manda conservar el orden natural y veda el perturbarlo; un fin último del hombre y mucho más excelso que todas las cosas humanas y más allá de esta morada terrestre: éstos son los principios y fuente de toda honestidad y justicia; y, suprimidos éstos, como suelen hacerlo naturalistas y masones, falta inmediatamente todo fundamento y defensa a la ciencia de lo justo y de lo injusto. (…) Y, en efecto, la única educación que a los Masones agrada, y con la que, según ellos, se ha de educar a la juventud, es la que llama laica, independiente y libre; es decir, que excluya toda idea religiosa».Hoy diríamos: la “moral permisiva”.

Consecuencias desastrosas de los principios masónicos
León XIII, después de haber definido los principios de la Masonería, pasa a las consecuencias de estos principios. Los resultados son absolutamente deplorables.

Inmoralidad pública
«Una vez suprimida la educación cristiana, prontamente se han visto desaparecer las buenas y sanas costumbres, tomar cuerpo las opiniones más monstruosas y subir de todo punto la audacia en los crímenes. Públicamente se lamenta y deplora todo esto, y aun lo reconocen, aunque no querrían, no pocos que se ven forzados a ello por la evidencia de la verdad».
Al leer este texto, podríamos pensar que León XIII lo hubiera escrito en nuestra época, refiriéndose a los crímenes tan audaces que aparecen ahora en los periódicos: secuestros, crímenes en todas partes, asesinatos: en Francia, en España y en otros lugares… Esas bombas que explotan matando a inocentes… Es algo abominable. «La audacia en los crímenes»: estamos viviendo eso. Luego el Pa-pa hace una alusión a la negación del pecado original, que es la causa de todos esos desórdenes.



Negación del pecado original y sociedad de consumo

«Como la naturaleza humana quedó inficionada con la mancha del primer pecado, y por lo tanto más propensa al vicio que a la virtud, requiérese absolutamente para obrar bien sujetar los movimientos obcecados del ánimo y hacer que los apetitos obedezcan a la razón. Y para que en este combate conserve siempre su señorío la razón vencedora, se necesita muy a menudo despreciar todas las cosas humanas y pasar grandísimas molestias y trabajos. Pero los naturalistas y masones, que ninguna fe dan a las verdades reveladas por Dios, niegan que pecara nuestro primer padre, y estiman, por tanto, al libre albedrío en nada amenguado en sus fuerzas ni inclinado al mal. Antes, por lo contrario, exagerando las fuerzas y excelencia de la naturaleza, y poniendo en ésta únicamente el principio y norma de la justicia, ni aun pensar pueden que para calmar sus ímpetus y regir sus apetitos se necesite una asidua pelea y constancia suma. De aquí vemos ofrecerse públicamente tantos estímulos a los apetitos del hombre: periódicos y revistas sin moderación ni vergüenza alguna; obras dramáticas, licenciosas en alto grado; asuntos de las artes, sacados con proterva de los principios de lo que llaman realismo; ingeniosos inventos para una vida blanda y muy regalada; rebuscados, en suma, toda suerte de halagos sensuales, a los cuales cierre los ojos la virtud adormecida».

Hoy el hombre, esclavo de sus pasiones, está sometido a todo lo que ahora se llama “sociedad de consumo”. Cómo se puede definir la sociedad de consumo sino como ese tipo de sociedad que se compromete a poner a la disposición de los hombres la mayor cantidad posible de bienes materiales y, por lo tanto, estimularlos al placer, al dinero, y a aprovechar y comprar todo.  Si por lo menos se tratase de poner a la disposición de los hombres los bienes honestos. Pero no es el caso, porque las cosas malas tienen su lugar junto a las buenas. En pocas palabras, todo está hecho para incitar al pecado. No hay que sorprenderse de que esta sociedad se encamine a su propio aniquilamiento. No se tiene en cuenta ni el pecado original, ni la virtud, ni la espiritualidad del alma, ni todo lo que es espiritual y que debería prevalecer sobre los bienes materiales. No; el hombre sólo es un cuerpo y un objeto de consumo. Hay que hacerle consumir lo más que se pueda para ganar la mayor cantidad posible de dinero y darle las mayores facilidades que le lleven al pecado.

El comunismo esclavista

Sin embargo, ahí donde los comunistas han conseguido el poder, los pueblos son privados de las ventajas de la sociedad de consumo, cuyos beneficios recibe sólo el Estado. El hombre no es más que un esclavo y un instrumento de trabajo. Sólo tiene que comer lo necesario para mantenerse con suficiente salud para poder seguir trabajando. Todo lo demás tiene que ir al Estado, para servir al demonio, a la Masonería, al comunismo, a la revolución mundial, a la dominación mundial y a la destrucción de la Iglesia.

Tenemos, por una parte, la esclavitud de las pasiones, que aparentemente es menos grave que la esclavitud de los pueblos que están sometidos al comunismo. Pero en cierto modo, la esclavitud de las pasiones se vuelve quizás más perjudicial a la espiritualidad del alma, a la fe y a la conservación de la religión que la esclavitud del comunismo, porque este último, aunque priva al hombre de todos los bienes que ofrece la sociedad de consumo, lo coloca en un cierto estado de ascesis y de sacrificio, y en ese ambiente de sacrificio los hombres piensan más y se inclinan a buscar más los bienes espirituales.

Eso explica por qué la religión está quizás más viva y es más real detrás del “telón de acero” que en el Occidente. Porque para satisfacer todas las pasiones de los hombres, nada mejor que sumergir su espíritu en el gozo de todos esos bienes y acabar con la religión. Para la Masonería, seguramente es más fácil intentar arrancar a los hombres los principios de la religión en la sociedad de consumo y de placer, que a los comunistas con los pueblos privados de los bienes de este mundo y obligados a trabajar como esclavos. En efecto, como mantienen a los hombres de esos países en una especie de embrutecimiento, se ve que, privados de los bienes de este mundo se inclinan más a los bienes espirituales. De ahí la lucha encarnizada de los comunistas contra la religión para impedir que los hombres saquen provecho de esa ascesis en la que los han puesto. Por eso los profesores de ateísmo, en todas las escuelas en que han eliminado a Dios, prosiguen una lucha sin tregua contra la religión.

Destrucción de la familia a través de la destrucción del matrimonio

León XIII, después de haber estudiado los principios de la Masonería y los resultados deplorables que su aplicación causa a la vida espiritual, tanto en la vida individual como en la vida política, y tras haber expuesto la criminalidad y la esclavitud de las pasiones totalmente desencadenadas, trata el tema de la destrucción de la familia.

«Apenas hay tan rendidos servidores de esos hombres sagaces y astutos como los que tienen el ánimo enervado y quebrantado por la tiranía de las pasiones. Hubo en la secta masónica quien dijo públicamente y propuso que ha de procurarse con persuasión y maña que la multitud se sacie con la innumerable licencia de los vicios, en la seguridad que así la tendrán sujeta a su arbitrio para poder atreverse a todo en lo futuro».

Para los masones, desarrollar la corrupción sistemática de la población es uno de los medios más eficaces para lograr la destrucción de la familia.

«Por lo que toca a la vida doméstica, he aquí casi toda la doctrina de los naturalistas: el matrimonio es un mero contrato; puede justamente rescindirse a voluntad de los contratantes».
Puede ser anulado como cualquier contrato; no hay razón para que no se pueda disolver si los que lo han hecho deciden romperlo. Como se hizo por voluntad de los contrayentes, éstos lo pueden también anular. Si esto se aplica a los actos libres, que dependen únicamente de la voluntad de los contrayentes, está bien. Pero aunque el matrimonio es realmente un contrato, sólo es libre en lo que se refiere a la elección de las personas y no en lo que se refiere a las condiciones del contrato, que han sido inscritas en la naturaleza misma del hombre y de la mujer. Dios mismo es quien ha puesto las condiciones del contrato en la naturaleza. Los hombres no están obligados a hacerlo, pero desde el momento en que lo hacen, ya no lo pueden romper, porque las condiciones con que se establece manifiestan que no se puede; es definitivo hasta la muerte de los contrayentes. La familia está hecha para la procreación, para multiplicar la especie humana, de modo que los padres no pueden romper ese contrato a su gusto. Esa ruptura dejaría a los hijos en el abandono, como vemos que sucede desde la legalización del divorcio. Por eso la Iglesia ha profesado siempre la indisolubilidad del matrimonio. Este vínculo no se puede romper. En casos extremos, la Iglesia tolera la separación de cuerpos, pero jamás admite el divorcio.

En algunos casos reconoce la nulidad del matrimonio, pero aun en esos casos hace falta que haya motivos seguros. Cuando la Iglesia reconoce la nulidad de un matrimonio es porque se ha comprobado que no se cumplió una de las condiciones del contrato, porque hubo quizás miedo o amenaza. Por ejemplo, si una mujer se casó por presión de sus padres o amenaza de malos tratos, y tenía tanto miedo que no se atrevió a decirlo, y sin ese miedo hubiera dicho que no. Si realmente se puede comprobar que antes del contrato existía tal presión moral que no era libre, el contrato no tuvo lugar, porque faltaba la voluntad de uno de los contrayentes. Se puede invocar alguna de esas razones.

Otro caso es si uno de los contrayentes afirma antes del matrimonio —y ante testigos que lo puedan demostrar— que no quería tener hijos. Esa es otra condición que prueba la nulidad del contrato, pues se hace para que los esposos tengan hijos. Si no los pueden tener por motivos particulares es un caso distinto, pero la voluntad de no tener hijos hace que el contrato matrimonial sea nulo. Fuera de estas raras condiciones, que alguna vez suceden, la Iglesia nunca rompe un matrimonio. Si el matrimonio se ha realmente comprobado y no hay ninguna razón de nulidad, la Iglesia no puede romperlo, ni depende de ella. Ni el mismo Papa puede hacerlo; no tiene derecho a romper un matrimonio, porque eso no depende de él. Dios mismo, autor de la naturaleza, concibió e instituyó el matrimonio, e indicó sus condiciones y finalidad. A causa del fin del matrimonio, que es la procreación y la educación de los hijos, el matrimonio es indisoluble, porque los hijos necesitan a sus padres, la estabilidad de su unión y la continuidad de la existencia de la familia para ser educados convenientemente.

Pero los masones tienen un concepto totalmente distinto, y para ellos el matrimonio es un contrato cualquiera, que puede ser “legítimamente disuelto por voluntad de los contrayentes” .Señalemos que la indisolubilidad del matrimonio es algo específico de la religión católica. Ella es la única que profesa esta doctrina fundamental, porque la base y célula de la sociedad humana es la familia. Todas las demás religiones, sean las que sean, aceptan motivos de divorcio, con más o menos facilidad, incluso los ortodoxos y protestantes. El rechazo del divorcio es realmente una señal distintiva de la religión católica, porque la institución divina del matrimonio no lo permite. Salvo en el caso de matrimonio cristiano no consumado que, por motivos graves, puede ser disuelto por el Papa; o el del matrimonio entre infieles, que puede ser disuelto en “favor de la fe” del cónyuge que recibe el bautismo si el otro cónyuge se niega a una cohabitación pacífica.

El matrimonio cristiano, garantía de la dignidad de la mujer

Al proponer a la Santísima Virgen como modelo de las mujeres, la Iglesia muestra cuánta estima tiene a la mujer, porque Dios mismo la ha elegido para ser la madre de Nuestro Señor Jesucristo. En todas las civilizaciones antiguas y en toda la historia del paganismo, siempre se vio el desprecio de la mujer. Se la consideraba como un simple objeto sin derechos civiles. Podía ser expulsada y hasta vendida. La Iglesia establece y garantiza la libertad de la mujer. Yo pude ver en África que en todas las tribus paganas con que tuve oportunidad de entrar en con-tacto, el gran problema era siempre el de la mujer. Los hombres pasan su tiempo vendiendo a sus hijas, o comprando mujeres, o volviéndolas a vender. A este procedimiento lo llaman “dote”, pero no es cierto, porque se trata de un auténtico negocio. Las niñas recién nacidas son puestas al mercado y hay quien ya ofrece dinero para comprarlas. Cuando un hombre ofrece más dinero del que dio el marido, los padres de la esposa arreglan todo para que su hija deje al esposo con el que está, devuelven la “dote” al esposo que la había comprado primero y se quedan con el resto. Si la mujer fue vendida en 1000 francos y otra persona ofrece 2000, le devuelven los 1000 al primero y guardan los otros 1000. Es un auténtico tráfico que apenas se puede imaginar.

Nosotros teníamos que pelear para mantener los matrimonios cristianos e incluso en esos casos era difícil, porque esas costumbres estaban realmente enraizadas, y como los padres no siempre eran cristianos sino paganos, actuaban de modo pagano con sus hijas que se habían hecho cristianas y se habían casado cristianamente. Las mujeres que dejaban de ese modo a su esposo no tenían nada contra él, pero obedecían a las intimidaciones de sus padres, que seguían mandando. Si un padre le decía a su hija: “Vuelve a casa y yo te caso con otra persona”, la hija estaba subyugada por él y no podía hacer nada. Si su padre muere, pertenece a su hermano mayor. Siempre pertenece a alguien y nunca es libre. En esos pueblos a veces nos veíamos obligados a ir a buscar a alguna mujer que había dejado a su esposo. Formábamos un grupo comando con algunos muchachos, con una piragua, para ir a buscar-la. Lo hacíamos porque algunos catequistas nos decían: “Padre: si Vd. no hace nada, todas se van a ir”. ¡Menuda misión me parecía a mí, ir a buscar así a las mujeres!

Lo hicimos varias veces. Cuando los padres se daban cuenta que buscábamos a su hija, la mandaban esconder en el bosque para que no la pudiéramos encontrar, pero siempre hubo quien en el pueblo que nos indicara su paradero y así la encontrábamos, porque la mujer solía desear volver con su esposo. Pero delante de sus padres, tenía que mostrar lo contrario. Se ponía a gritar para fingir que se iba sin su consentimiento. Ante el sacerdote que venía, sus padres no se atrevían a decir nada. Algunas veces tuvimos que tomar a la mujer por la fuerza, atándola y poniéndola en la piragua, y así regresar a nuestro pueblo. Apenas nos habíamos alejado de sus padres, se ponía a aplaudir y a manifestar la alegría de volver con su esposo. Pero antes protagonizaba escenas increíbles: “¡Me voy a matar!”… y se echaba al río: “¡Me voy a ahogar!”… y los muchachos la iban a sacar. En todo caso eso prueba que esas pobres mujeres no siempre eran libres de disponer de sí mismas y que eran objeto de un auténtico negocio.

Es muy difícil defender el matrimonio cristiano en esas condiciones. Si consideramos el Islam y el comportamiento de algunos musulmanes, vemos el mismo desprecio de la mujer. En Marruecos y en Argelia, tuve oportunidad de ver harenes. Es horrible. Las mujeres están encerradas toda su vida en un espacio muy reducido, en grupos de tres o cuatro. Son compradas, vendidas o vueltas a vender; es un negocio abominable. El matrimonio cristiano es la garantía del respeto a la mujer, respeto que aún existe gracias a Dios en nuestras familias y en muchas regiones cristianas, pero en cuanto se difunden las doctrinas masónicas con el divorcio, se ve que se desprecia cada vez más a la mujer y se la respeta menos. El matrimonio es uno de los signos de la civilización cristiana. Por eso la Iglesia hizo todo lo posible para impedir la legalización del divorcio, pero actualmente, en la mayor parte de los países que aún no aprueban el divorcio, los masones han lanzado campañas y hacen presión para conseguir su legalización.

También los católicos, e incluso los obispos, han contribuido en cierta medida a favorecer el divorcio, como el cardenal Tarancón, que elogió la institución de dos clases de matrimonio: uno para los que quieren el matrimonio indisoluble y otro civil para los que quieren divorciarse. Esto lo leí en una conocida revista de Madrid, en donde el cardenal hacía explícitamente una campaña a favor de que esos dos tipos de matrimonio. Ya sabemos que España es un país de tradición católica y, por lo tanto, no hablaba para los no católicos, sino del matrimonio entre católicos. ¡Es inimaginable oír tales palabras de la boca de un cardenal!

La consecuencia de todo esto, es que la Masonería es el origen de esas ideas, porque es de una tendencia universal. Si fuese en un solo país, podríamos pensar que viene de su jefe de gobierno; pero resulta que en todos los países, uno tras otro, la asamblea legislativa lanza proyectos de ley para instituir el divorcio. Eso es obra de la Masonería. Quiere que los jefes de gobierno tengan poder sobre el vínculo conyugal. 

CONTINUA...