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viernes, 18 de diciembre de 2015

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


CAPÍTULO 4
Encíclica Humanum genus
del Papa León XIII
sobre la secta de los Masones
(20 de abril de 1884)
León XIII señala toda la perversidad de la Masonería 


La encíclica Humanum genus, que es la más importante, completa y detallada en la descripción de lo que es la Masonería y la perversidad de sus fines, se debe al Papa León XIII. Se le reprochó su debilidad en algunos puntos y, por desgracia, en la práctica, no supo darse cuenta de la nocividad de los que gobernaban a Francia, y el resultado fue que los católicos aceptaron la República. Pero más allá de este error de apreciación que tuvo repercusiones muy tristes, las encíclicas que escribió este Papa son auténticos tratados de teología, magníficos y maravillosos. Vamos a ver atentamente esta encíclica Humanum genus, porque si estuviéramos viendo lo que es la Masonería siguiendo a los Papas, encontramos la clave de todo lo que pasa actualmente. Si no se estudian estos documentos pontificios no se puede entender la grave situación actual de la Iglesia y todas nuestras sociedades que se llaman civilizadas, que durante siglos y siglos habían beneficiado de la civilización cristiana y de sus principios y virtud.

Como dice muy bien el Papa León XIII, la finalidad de los masones es la destrucción de todas las instituciones cristianas, y acabar con todo lo que fue edificado e instituido por la Iglesia durante diez o doce siglos, reduciendo todo esto a la nada. Hay que destruir todo: la moral, los principios, los dogmas de la Iglesia… No se puede explicar bien esta destrucción si no es por la intervención de una organización extremadamente eficaz, que en el transcurso de los siglos ha logrado realizar lo que había previsto y anunciado. “Emplearemos siglos si es necesario, pero lo conseguiremos”.

¿Cómo se puede explicar semejante proyecto si no está fundado en un principio permanente? Este principio permanente es Satanás. El Papa lo dice claramente: “No se puede explicar de otro modo el furor y odio que ha alimentado la Masonería contra la Iglesia y, por ende, contra Nuestro Señor Jesucristo, si no es por el odio de Satanás”. Además, al conocer los vínculos verdaderos entre la Masonería y Satanás durante las ceremonias secretas y todo lo que se hace a la sombra del secreto, se entiende esa perversidad, inteligencia y sutileza extraordinarias con que se conduce todo el plan, que sólo pueden ser producto de una inteligencia excepcional, extraordinaria y subversiva.

La Masonería nunca fue tan poderosa ni su influencia tan extendida como en nuestros días. El número de masones y su audacia crecen de un modo increíble. Ahora se reúnen a la luz del día por-que ya no tienen nada que temer de los gobiernos, que los apoyan y están repletos de ellos. Ya no tienen por qué esconderse. Por supuesto, aún se reúnen discretamente para determinar su estrategia, hacer sus planes y tomar sus grandes decisiones, pero ya no disimulan su existencia. Ahora ya no atacan abiertamente a la Iglesia. Podemos entenderlo fácilmente, puesto que la misma Iglesia está haciendo lo que ellos pretendían. Casi se podría decir que la Iglesia se ha puesto al servicio de la Masonería que en otro tiempo condenaba… León XIII lo vio claramente. Fue categórico y dijo con vigor: “No puede haber ningún acuerdo entre el cristianismo y la Masonería”. En nuestros días se cree obrar bien practicando un falso ecumenismo también con la Masonería. Ella está muy contenta y se dice: “¡Lo hemos logrado! Ahora la Iglesia adopta nuestros pensamientos y deseos, y ya no tenemos problemas con ella”. El 20 de abril de 1884 León XIII escribió la encíclica Humanum genus sobre “la secta de los ma-sones”, titulada De secta massonum. El Papa no se limita a emplear un lenguaje discreto, pues titula este documento: “Sobre la secta de los masones”.

 La ciudad de Satanás
La primera consideración que León XIII pone en el prólogo de su texto pontificio es la imagen de la oposición que señala San Agustín en La Ciudad de Dios entre las dos ciudades y que se suele emplear en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. El género humano está dividido en dos campos opuestos:

«El humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo, para su mayor desgracia, se-parado de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo (…); el otro es el reino de Satanás».

El Papa nos da una descripción sencilla y nítida, y prosigue:
«Agudamente conoció y describió Agustín estos dos reinos a modo de dos ciudades contrarias en sus leyes y deseos, compendiando con sutil brevedad la causa eficiente de una y otra en estas palabras…»
Y cita a San Agustín:
«Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial» Son cosas totalmente opuestas. Por el amor a Dios nos despreciamos a nosotros mismos —el cristiano se desprecia—; mientras que, al contrario, Satanás lleva el amor de sí mismo —el egoísmo— hasta el desprecio de Dios y la oposición a El. «En el transcurso de los siglos, las dos ciudades han luchado, una contra otra, con armas tan dis-tintas como los métodos, aunque no siempre con igual ímpetu y ardor». El Papa describe estas dos ciudades apoyándose en el texto de San Agustín, en la experiencia y en la historia de la Iglesia:
«En nuestros días, todos los que favorecen la peor parte parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia, bajo la guía y auxilio de la sociedad que llaman de los Masones, por doquier dilatada y firmemente constituida».

De este modo, León XIII califica a la sociedad de los masones como la ciudad del demonio y de Satanás. Determina también su finalidad:

«Sin disimular ya sus intentos, con la mayor audacia se revuelven contra la majestad de Dios, maquinan abiertamente y en público la ruina de la Santa Iglesia, y esto con el propósito de despojar, si pudiesen, enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios conquistados por Jesucristo, nuestro Salvador».

Ante este estado de cosas y situación, el Papa concluye que su deber, como Sumo Pontífice, es el de señalar el peligro: «Es Nuestro deber indicar el peligro, señalar los adversarios, resistir cuanto podamos a sus malas artes y consejos, para que (…) no sólo permanezca firme y entero el reino de Jesucristo que Nos hemos obligado a defender, sino que se dilate con nuevos aumentos por todo el orbe».

Anteriores condenas

El Papa se apoya en el magisterio anterior y dice: “Además, yo no soy el único que ha levantado el grito de alarma ante este ataque terrible del enemigo, sino que todos los Papas, Nuestros predecesores lo han hecho también”. Hace referencia a todos los documentos que ya hemos citado y estudiado: los de Clemente XII, Benedicto XIV y Pío VII.

Esto es algo muy importante. Cuando un Papa denuncia o afirma algo apoyándose en el pasado, refuerza su propia palabra. Tal es la fuerza de la Iglesia, referirse a lo que tantos Papas ya han dicho y repetido sobre el mismo tema: “Y yo confirmo otra vez lo que dijeron mis predecesores”. Toda doctrina que se haya enseñado así, o una condenación hecha en estas condiciones, parece que es in-falible, porque realmente es un magisterio de la Iglesia que se manifiesta de un modo mucho más claro que cuando el Papa declara simplemente una opinión personal. En el caso que nos concierne, León XIII no expresa una opinión personal sino que recurre a todo lo que los Papas han dicho antes. Recuerda que los Papas, debido a su obligación de denunciar, han tomado medidas de excomunión y otras penas canónicas contra los masones: 

«Llenos de ira con esto sus secuaces, juzgando evadir o debilitar a lo menos, parte con el desprecio, parte con las calumnias, la fuerza de aquellas censuras, culparon a los Sumos Pontífices que las decretaron de haberlo hecho injustamente o de haberse excedido en el modo. Así procuraron eludir el peso y autoridad de las Constituciones apostólicas de Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y Pío IX».

León XIII se apoya no sólo en lo que han hecho los Papas, sino en lo que han hecho también los jefes de Estado, y dice que muchos de ellos han tomado medidas para impedir la existencia de esas sectas en sus Estados, y los enumera:

«Varios príncipes y jefes de Gobierno (…) promulgaron leyes a este propósito, como en Holanda, Austria, Suiza, España, Baviera, Saboya y en algunas otras partes de Italia. Pero lo que sobre todo importa es ver comprobada por los sucesos la previsión de Nuestros Antecesores». 


 Progreso de la Masonería
El Papa se ve obligado a reconocer que a pesar de la intervención de sus predecesores y de los jefes de Estado:
«En el espacio de siglo y medio la secta de los masones ha logrado unos aumentos mucho mayores de cuanto podía esperarse».

Por desgracia, es lo que vemos hoy; que a pesar de todo lo que los Papas dijeron, los masones han hecho tales progresos que ya no hay ningún jefe de Estado que se oponga a la Masonería —de aquellos que antes la habían prohibido en su país— que salga a ayudar o secundar la acción de los Papas.

Hubo algunos intentos durante la última guerra por parte del mariscal Pétain y Salazar, que toma-ron medidas contra la Masonería. Pero sólo fueron intentos esporádicos que provenían de la personalidad de esos hombres que se habían levantado en circunstancias particulares a causa de la anarquía de la guerra y que se daban cuenta de dónde estaba el mal, viendo que entre los masones había personas que traicionaban a su patria; por eso los reprimían, pero no duró mucho tiempo. Al final, después de terminarse la IIª Guerra Mundial, con la desaparición de esos pocos hombres más va-lientes, todo se acabó. Ahora ya no hay ninguna resistencia. Al contrario, ahora son los masones los que dirigen a todos los países, incluso a los que supuestamente son católicos.

«Se ha llegado a punto de temer grandemente para lo venidero».

El Papa, viendo con claridad, teme por el porvenir, y asegura que el peligro es grave: «No ciertamente por la Iglesia, cuyo fundamento es bastante firme para que pueda ser socavado por esfuerzo humano…» Si hubiese presenciado lo que sucede ahora, ¿cuál habría sido su reacción? Por supuesto hubiera dicho que la Iglesia no puede ser destruida, como de hecho lo dijo, pero nadie podía imaginarse, an-tes del Concilio Vaticano II, que la Iglesia sería sitiada por sus enemigos los masones y que la Masonería conseguiría tener adeptos o afiliados ¡aun entre los cardenales de la Curia romana!

«…sino por aquellas mismas naciones en que logran influencia grande la secta de que hablamos u otras semejantes que se le agregan como auxiliares y satélites».

Entonces el Papa dice: “¡Tengo que hablar, ya no puedo callarme ante esta conjuración general!”.
«Ahora, a ejemplo de Nuestros Predecesores, hemos resuelto ocuparnos expresamente de la misma sociedad masónica, de toda su doctrina, así como de sus planes y manera de pensar y de obrar, a fin de que así llegue a conocerse, con la mayor claridad posible, su maliciosa naturaleza, y pueda evitarse el contagio de peste tan funesta».
El Papa intenta otra vez impedir que la secta tenga demasiada influencia. Habla en primer lugar de la existencia de estas sectas; luego de la finalidad que se proponen; en tercer lugar describe sus principios; en cuarto lugar las consecuencias de esos principios; en quinto lugar el juicio que hay que hacer sobre ellas; y, finalmente, los remedios que hay que emplear contra ellos. 

CONTINUA...




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