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viernes, 13 de noviembre de 2015

CARTA ABIERTA A LOS CATOLICOS PERPLEJOS



VII

Cada vez hay menos sacerdotes; éste es un lugar común, y el hombre de la calle más indiferente a las cuestiones religiosas está informado de esta situación por su diario. Hace ya más de cinco años se publicó un libro titulado  Mañana, ¿una Iglesia sin sacerdotes? Pero la situación es aún más grave de lo que parece. Habría que agregar esta pregunta: ¿cuántos sacerdotes tienen todavía fe? Y hasta hacer una tercera pregunta: ¿ciertos sacerdotes ordenados estos últimos años, están verdaderamente ordenados? Dicho de otra manera, ¿son válidas  las ordenaciones por  lo  menos en parte?  Aquí  la duda es  idéntica a  la que se tiene respecto de  los otros sacramentos.  Esa duda se extiende a ciertas ordenaciones de obispos, como por ejemplo, aquella que se  verificó en Bruselas en el  verano de 1982 y en  la que el obispo consagrador dijo al ordenando:" ¡Sé apóstol como  Gandhi,  Helder Cámara y Mahoma!" ¿Se pueden conciliar estas referencias, por lo menos en lo que atañe  a Gandhi  y a Mahoma, con la  intención evidente de hacer lo que quiere la Iglesia? Considérense los detalles de una ordenación sacerdotal que se verificó en Tolosa hace unos años. Un "animador" inicia la celebración presentando al ordenando con el nombre de pila  C  y dice  :”C decidió  vivir(el  don  total  que  hizo  a  Dios  y  a  los  hombres}  más  en profundidad y consagrarse enteramente al servicio de la Iglesia en la clase obrera", C. realizó su  formación, es decir, su seminario en equipo. Ese equipo es el que  lo propone al obispo: "Le  pedimos  a  usted  que  reconozca  y  autentique  sus  actividades  y  lo  ordene  sacerdote" . Entonces  el  obispo  le  hace  varias  preguntas  que  tendrían  que  ver  con  la  definición  del sacerdocio: Quieres ser ordenado sacerdote " para ser, con los creyentes, Signo y Testigo de l o que buscan los hombres en sus esfuerzos de Justicia, Fraternidad y Paz", "para servir al pueblo  de  Dios",  " para  reconocer  en  la  vida  de  los  hombres  la  acción  de  Dios  en  las múltiples maneras, culturas y opciones",  "para celebrar  la acción de Cristo  y asegurar ese servicio"; quieres "compartir conmigo y con el conjunto de los obispos la responsabilidad que nos  ha  sido  confiada  para  el  servicio  del  Evangelio".  La  materia  del  sacramento  quedó conservada pues  inmediatamente después se  verificó  la  imposición d e  manos,  y  lo  mismo cabe decir de la forma, pues se pronunciaron las palabras de la ordenación. Pero nos vemos obligados  a  observar  que  la  intención  no  es  muy  clara.  ¿Se  ordena  al  sacerdote  para  uso exclusivo de una clase social y ante todo para establecer  la justicia, la fraternidad y la paz en un plano que, por lo demás, parece limitado al orden natural? La celebración eucarística que sigue, "la primera misa" del nuevo sacerdote señala en esa dirección. El ofertorio  fue compuesto para esa circunstancia p articular: "Te acogemos, Señor, al recibir de tu parte este pan y este «no que nos ofreces y queremos representar por ello todos nuestros trabajos, nuestros esfuerzos para construir un mundo más justo y más humano, representar todo lo que tratamos de ordenar a fin de que haya garantías de mejores condiciones de vida...” La oración sobre las ofrendas es aún más dudosa: "Mira, Señor, te ofrecemos este pan y este vino; que ellos sean para nosotros  una de las formas de tu presencia".  ¡No, hombres que celebran de esta manera no tienen fe en la Presencia real de Cristo! 

Una cosa es segura: la primera  víctima de esta ordenación escandalosa es el  joven sacerdote que acaba de comprometerse para siempre sin saber exactamente a qué, o creyendo que  lo sabe.  Es  inevitable que en  un plazo  más o  menos breve ese joven se plantee ciertas cuestiones  pues  el  ideal  que  le  han  propuesto  no  puede  satisfacerlo  por  mucho  tiempo,  y entonces se le manifestará la ambigüedad de su misión. Esto es lo que se llama "la crisis de identidad  del sacerdote". El sacerdote es esencialmente el hombre de la fe. Si ya no sabe lo que es, pierde la fe en sí mismo y en lo que es su sacerdocio. La  definición  del  sacerdocio  dada  por  san  Pablo  y  por  el  concilio  de  Trento  ha quedado radicalmente  modificada.  El sacerdote  ya  no es esa persona que sube al  altar para ofrecer a Dios un sacrificio y por la remisión de los pecados. Ahora se ha invertido el orden de los fines. El sacerdocio tuvo siempre un primer fin, que es el de ofrecer el sacrificio, y un fin secundario que es la evangelización.
El  caso  de  C,  que  dista  mucho  de  ser  el  único,  pues  tenemos  muchos  ejemplos, muestra  hasta  qué  punto  se  pone  la  evangelización  por  delante  del  sacrificio  y  de  los sacramentos. La evangelización es un fin en sí misma. Este grave error tiene consecuencias trágicas: la evangelización, al perder su finalidad, quedará desorientada, buscará motivos que complazcan  al  mundo  como  la  falsa  justicia  social  y  la  falsa  libertad  que  toman  nombres nuevos: desarrollo, progreso, construcción de un mundo mejor, mejora de las condiciones de vida, pacifismo. Este es el lenguaje que conduce a todas las revoluciones y nosotros estamos sumergidos en él.

Como  el  sacrificio  del  altar  ya  no  es  la  razón  primera  del  sacerdocio,  todos  los sacramentos  están en juego y el sacerdote "responsable del sector parroquial" y su "equipo" apelarán  a  la  ayuda  de  los  laicos,  pues  ellos  mismos  están  demasiado  ocupados  en  tareas sindicales o políticas y a menudo más políticas que sindicales. En efecto, los sacerdotes que entran en  las  luchas sociales eligen casi exclusivamente  las organizaciones  más politizadas. En el seno de ellas, esos sacerdotes declaran la guerra a las estructuras políticas, eclesiásticas, familiares, parroquiales. No debe quedar  nada de  todo eso . Nunca  el comunismo encontró agentes tan eficaces como esos sacerdotes.
Un  día  exponía  yo  a  un  cardenal  lo  que  hacía  en  mis  seminarios,  en  los  cuales  la espiritualidad se orientaba sobre todo a la profundización de la teología del Sacrificio de la misa y a la oración litúrgica. El cardenal me dijo:

- Pero monseñor, eso es exactamente lo opuesto de lo que hoy desean nuestros jóvenes sacerdotes. Hoy el sacerdote sólo se define en relación con la evangelización.

Yo respondí:—  ¿Qué evangelización? Si  la evangelización  no  tiene  una  relación  fundamental y esencial con el Santo Sacrificio, ¿cómo la entiende usted? ¿Evangelización política, social, humanitaria?Si ya  no  anuncia más a Jesucristo, el apóstol se convierte en militante, sindicalista y marxista.  Esto es  natural  y se  lo comprende  muy bien. El sacerdote tiene necesidad de una nueva mística que encuentra de esta manera, pero, perdiendo la mística del altar. Como está completamente  desorientado,  no  debe  causarnos  asombro  que  se  case  y  abandone  el sacerdocio.   En Francia en 1970 hubo 285 ordenaciones y en 1980, solo 110. Pero, ¿cuántos sacerdotes retornaron o retornarán a la vida civil?Sin embargo,  las cifras dramáticas que  se citan  no corresponden al acrecentamiento real del clero. Lo que se  les propone a  los  jóvenes  y  lo que, según se dice,  ellos  "desean actualmente" no responde visiblemente a sus aspiraciones. 

Por lo demás, es fácil comprobarlo. Ya no hay vocaciones porque ya no se sabe lo que es el Sacrificio de la misa. En consecuencia, no se puede definir  al sacerdote. En cambio, en aquellos lugares en los que el Sacrificio es conocido y enseñado como lo enseñó siempre la Iglesia, las vocaciones son numerosas. Así lo atestiguan mis propios seminarios; en ellos no se hace otra cosa que volver a afirmar las  verdades de siempre. Las vocaciones nos vinieron por sí mismas, sin publicidad. La única publicidad fue hecha por los modernistas. En trece años ordené a ciento ochenta y siete  sacerdotes.  Desde  1983,  el  ritmo  regular  alcanzado  es  de  treinta  y  cinco  a  cuarenta ordenaciones por año. No lo digo para mostrar cierto mérito personal: en este dominio tampoco he inventado nada. Los jóvenes que solicitan ingresar en Écóne (Francia), en Ridgefield (Estados Unidos), en Zitzkofen (República Federal de Alemania), en Francisco  Álvarez (Argentina), en Albano (Italia) son atraídos por  el Sacrificio de  la  misa. ¡Qué  gracia extraordinaria para  un joven subir al altar como ministro de Nuestro Señor, ser otro Cristo! En esta tierra no hay nada más hermoso  ni  más  grande.  Así  vale  la  pena  abandonar  la  familia,  renunciar  a  fundar  una, renunciar al mundo y aceptar la pobreza.Pero si ya no existe esa atracción, lo digo francamente, no vale  la pena el sacrificio, y esa es la razón por la que los seminarios están vacíos.
Si  se  continúa  marchando  según  la  línea  adoptada  por  la  iglesia  desde  hace  unos veinte años, se puede responder ¡no! a la pregunta: ¿habrá todavía sacerdotes en el año 2000? Pero, si se retorna a las nociones verdaderas de la fe habrá vocaciones en los seminarios y e n las congregaciones religiosas.Porque ¿qué es lo que hace la grandeza y la belleza de un religioso y de una religiosa? Ofrecerse  como  víctima  en  el  altar  con  nuestro  Señor  Jesucristo.  De  otra  manera  la  vida religiosa ya no tiene ningún sentido. En nuestra época, la juventud es tan generosa como en épocas anteriores. Aspira a sacrificarse. Nuestra época es la que desfallece. Todo está relacionado; al ser atacada la base del edificio, éste se destruye por entero. Ya no hay misa, ya no hay sacerdotes. Antes de ser reformado, el ritual hacía decir al obispo: "Recibid el poder de ofrecer a  Dios el Santo Sacrificio y de celebrar la Santa Misa tanto para  los  vivos  como  para  los  muertos  en  nombre  del  Señor".  El  obispo  había  bendecido previamente  las  manos  del  ordenando  con  estas  palabras:  "A  fin  de  que  todo  lo  que  ellas bendigan sea bendito y todo lo que ellas consagren sea consagrado y santificado..."  El poder así conferido está expresado sin ambigüedades: "Que los sacerdotes obren por  la  salvación  de  vuestro  pueblo  y,  mediante  la  santa  bendición  de  ellos,  operen  la transubstanciación del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de vuestro divino Hijo” .El obispo dice ahora:  "Recibid la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios" .Esta  fórmula  hace  del  nuevo  sacerdote  más  un  intermediario  que  el  titular  del  ministerio sacerdotal.  La  concepción  es  completamente  diferente.  En  la  Santa  iglesia,  el  sacerdote siempre fue considerado como alguien que posee un carácter conferido por el sacramento del orden sagrado. Un obispo que no fue suspendido llegó a escribir: "El sacerdote no es alguien que  hace  cosas  que  los  simples  fieles  no  hacen;  es  tan  otro  Cristo  como  cualquier  otro bautizado" . Ese obispo se atenía sencillamente a las lecciones de la enseñanza que prevalece desde el concilio y la nueva liturgia.

Se ha producido  una confusión en  lo que  se refiere al  sacerdocio de  los  fieles  y el sacerdocio de  los  sacerdotes.  Ahora bien, como decían  los cardenales encargados de  hacer observaciones sobre el demasiado  famoso  catecismo holandés,  "la grandeza del sacerdocio como ministerio (el de los sacerdotes) en su participación en el sacerdocio de Cristo, difiere del sacerdocio común de los fieles de una manera no sólo gradual sino esencial" . Pretender lo contrario significa  también en este punto alinearse en el protestantismo. La  doctrina  constante  de  la  Iglesia  sostiene  que  el  sacerdote  está  revestido  de  un carácter  sagrado  indeleble:  Tu  es  sacerdos  in  aeternum.  Y  ante  los  ángeles  y  ante  Dios continuará siendo sacerdote por  toda la eternidad. Esa condición no se alterará nunca por más que el sacerdote cuelgue la sotana, que lleve un pulóver rojo o de cualquier otro color o que cometa los peores crímenes. El sacramento del orden sagrado lo modificó en su naturalezaBien  lejos  estamos  así  del  sacerdote  "elegido  por  la  asamblea  para  asumir  una función en la Iglesia"  y  más aún del sacerdocio de tiempo  limitado propuesto por algunos, según el cual el encargado del culto - pues no veo otra manera de designarlo-   vuelve a ocupar su lugar entre los fieles.
Esta  visión desacralizada del  ministerio sacerdotal  lleva  naturalmente a  interrogarse sobre el celibato de los sacerdotes. Ruidosos grupos de presión reclaman su abolición, a pesar de  las  repetidas  advertencias  del  magisterio  romano.  En  los  Países  Bajos  se  registraron huelgas de ordenaciones por parte de seminaristas que querían obtener "garantías" sobre este asunto.  No  citaré  las  voces  episcopales  que  se  hicieron  oír  para  urgir  a  la  Santa  Sede  a considerar esta cuestión. Pero la cuestión ni siquiera se plantearía si el clero hubiera conservado el sentido de la misa y el sentido del sacerdocio. Pues la razón profunda se presenta ella misma cuando se comprenden bien estas dos realidades.  Es  la  misma  razón  que  hace  que  la  Santa  Virgen  ha ya  permanecido  virgen: habiendo  llevado en su se no a Nuestro Señor era justo y era conveniente que ella lo fuera. Asimismo el sacerdote, por las palabras que pronuncia en la Consagración, hace descender a Dios a la tierra. El sacerdote tiene una proximidad   tal con Dios, ser espiritual, espíritu ante todo,  que  es  bueno,  justo  y  eminentemente  conveniente  que  también  él  sea  virgen  y permanezca célibe.


Se objetará que en el Oriente hay sacerdotes casados. Pero aquí no hay que engañarse, pues  se  trata  sólo  de  una  tolerancia.  Los  obispos  orientales  no  pueden  estar  casados,  ni tampoco aquellos que cumplen funciones de alguna importancia. Ese clero venera el celibato sacerdotal,  que  forma  parte  de  la  tradición  más  antigua  de  la  Iglesia  y  que  los  apóstoles observaron   desde el  momento de Pentecostés;  y aquellos que, como san Pedro,  ya estaban casados continuaron viviendo con sus esposas, pero ya sin "conocerlas" .Es  notable  el  hecho  de  que  los  sacerdotes  que  sucumben  a  los  espejismos  de  una presunta misión social o política contraigan casi automáticamente matrimonio. Ambas cosas van juntas. Quieren  hacernos  creer  que  los  tiempos  actuales  justifican  cualquier  clase  de abandono,  que  en  las  actuales  condiciones  de  vida  es  imposible  ser  casto,  que  el  voto  de virginidad de l os religiosos y las religiosas es un anacronismo. La experiencia de estos veinte años muestra que los ataques librados contra el sacerdocio con el pretexto de adaptarlo a la época actual son mortales para el sacerdocio. Ahora bien, no es posible siquiera imaginar una Iglesia sin sacerdotes, pues la Iglesia es esencialmente sacerdotal. ¡Triste época ésta que quiere  la  unión  libre para  los  laicos  y el  matrimonio para  los clérigos! Si el lector percibe en esta aparente falta de lógica una lógica implacable que tiene como objeto la ruina de la sociedad cristiana, cobra una buena visión de las cosas y formula un juicio exacto.  

CONTINUA...