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martes, 28 de marzo de 2017

Monseñor Lefevbre y la sede Romana

JUSTIFICACIÓN TEOLÓGICA
Y JURÍDICA DE LA ACTITUD PRUDENCIAL
DE MÓNS. LEFEBVRE.
PLANTEO DEL PROBLEMA.
(Continuación)

PRIMERA DIFICULTAD


(3) Se trata de la famosa proposición herética del conciliarismo, según la cual un concilio universal tiene poder sobre el Sumo Pontífice. Se puede consultar para profundizar este tema Denzinger 657 y nota, 1322 y nota, 1598199, 717.
Este cuadro nos muestra que la cuestión es muy discutida entre los autores y que entre ellos, algunos serios y de peso, hay quienes estiman que es más probable que el Sumo Pontífice no pueda caer en herejía, incluso como persona privada. No consideran esta opinión como cierta, sino como más probable; por ese motivo, analizan la hipótesis de que un Papa incurriese en herejía y estudian las consecuencias que para el Pontificado se seguirían de este hecho.
Cuando tratemos la tercera dificultad analizaremos cada una de las opiniones. Por el momento hacemos ver solamente la divergencia que existe sobre esta cuestión y sacamos la conclusión: no es fácil demostrar que el Pontífice pueda caer en herejía.
Llamamos la atención sobre el hecho de que todos los autores posteriores siempre hacen referencia a San Roberto Bellarmino y su obra De Romano Pontífice, que constituye el lugar obligado de consulta y argumentación.
A esto se agrega el principio de "la inmunidad judicial del Sumo Pontífice". En efecto, el canon 1556 establece que "la primera Sede por nadie puede ser juzgada".
Este principio establece que ningún particular, ninguna persona moral, eclesiástica o secular tiene el derecho de juzgar al Soberano Pontífice. El jefe supremo de la Iglesia no puede ser juzgado más que por Dios.
Los términos "primera Sede", conforme al canon 7, designan únicamente la persona del Pontífice Romano. Las personas que lo secundan en el gobierno de la Iglesia no gozan de tal inmunidad judicial.
Este principio fue explícitamente enunciado por primera vez bajo el pontificado de San Símaco (498514). Los obispos convocados en sínodo por el rey Teodorico para juzgar al Papa, observan que el obispo de Roma no está sometido al juicio de sus inferiores y que no hay ejemplo en la historia de que el obispo de Roma haya sido juzgado por otros obispos.
Este principio es nuevamente proclamado en el siglo IX. Los obispos convocados por Carlomagno para decidir sobre las acusaciones de las que era víctima San León III, protestan unánimemente e invocan la tradición de la Iglesia: "No osamos juzgar a la Sede Apostólica. Por ella y por su Vicario somos juzgados, pero ella no es juzgada por nadie, como siempre y desde antiguo fue esta costumbre".
San Nicolás I, en la carta "Proposueramus quidem", al emperador Miguel, del año 865, dice: "...el juez no será juzgado ni por el Augusto, ni por todo el clero, ni por los reyes, ni por el pueblo... La primera Sede no será juzgada por nadie..." (Dz. 330)
San León IX en la carta "In terra pax hominibus", a Miguel Cerulario y León de Acrida del 2 de septiembre de 1053 dice: "...Dando un juicio anticipado contra la Sede suprema, de la que ni pronunciar juicio es lícito a ningún hombre, recibisteis anatema de todos los Padres de todos los venerables Concilios... Como el quicio, permaneciendo inmóvil trae y lleva la puerta: así Pedro y sus sucesores tienen libre juicio sobre toda la Iglesia, sin que nadie deba hacerles cambiar de sitio, pues la Sede suprema por nadie es juzgada. (Dz. 352-353).
En el siglo XI, San Gregorio VII lo formula en un texto imperioso: "quod a nemine (romanus Pontifex) judicari ebeat" (Dictatus papae, n.19).
La misma afirmación aparece en la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII: "... Si la potestad terrena se desvía, será juzgada por la potestad espiritual; si se desvía la espiritual inferior, por su superior; mas si la suprema, por Dios sólo, no por el hombre, podrá ser juzgada" (Dz. 469).
Clemente VI, en la carta "Super quibusdam" a Consolador Católicon de los armenios, del 29 de septiembre de 1351 pregunta: "Si has creído y crees que en tanto haya existido, exista y existirá la suprema y preeminente autoridad y jurídica potestad de los Romanos Pontífices que fueron, de Nos que somos y de los que en adelante serán, por nadie pudieron ser juzgados, ni pudimos Nos ni podrán en adelante, sino que fueron reservados, se reservan y se reservarán para ser juzgados por sólo Dios, y que de nuestras sentencias y demás juicios no se pudo ni se puede ni se podrá apelar a ningún juez". (Dz. 570 g).
Pablo IV, en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del 15 de febrero de 1559, parágrafo 1, dice: "considerando la gravedad particular de esta situación y sus peligros, al punto que el Romano Pontífice... que a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie en este mundo, si fuese sorprendido en una desviación de la fe, podría ser impugnado (redargui)..."
San Roberto Bellarmino, en su De Romano Pontífice, libro segundo, capítulo XXVI, prueba con testimonio de concilios, de pontífices, de emperadores y doctores de la Iglesia que el Romano Pontífice no puede ser juzgado por nadie en la tierra.
Si se objeta con el texto de Inocencio III: "sólo por un pecado cometido en cuestiones de fe podría ser yo juzgado por la Iglesia" (P. L. t. =VII, cal. 656) o el del Decreto de Graciano: "El mismo que está destinado a juzgar a todos, no debe ser juzgado por nadie, a no ser que se lo encuentre desviado en la fe" (part 1, dist. XL, c.6), se responde diciendo que aun concediendo que estos dos textos hubiesen formado parte de la legislación eclesiástica, (cosa que no responde a la realidad), el Código de Derecho Canónico del año 1917 los abrogó al no incluir esa salvedad.
Esto queda claro al examinar el canon 1556 a la luz del canon 6.
Hemos dicho que no responde a la realidad que los dos textos citados hayan pertenecido a la legislación canónica.
Lo probamos así:
Se alega primero la autoridad de Inocencio III. El texto está tomado del Segundo Sermón en la consagración del Sumo Pontífice, hablando de sí mismo, que dice: "En tan alto grado me es necesaria la fe que, si bien respecto de todos los otros pecados sólo a Dios tengo por juez, solamente por el pecado que pudiese cometer contra la fe podría ser juzgado por la Iglesia".
"Realmente hay que decir, afirma el Cardenal Billot, que Inocencio III no presenta el caso como simplemente posible (simpliciter possibilem), sino para exaltarla necesidad de la fe: tan necesaria es ésta, dice Inocencio, que, si por un imposible (per possibile vel impossibile) se encontrase el Pontífice desviado en la fe, ya estaría sujeto al juicio de la Iglesia.
Es un modo similar de hablar, agrega Billot, semejante a aquel del Apóstol San Pablo cuando, queriendo mostrar la inmutabilidad de la verdad del Evangelio dijo: "Aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gálatas 1,8)." Resulta simpático imaginar la reacción de San Pablo en el cielo si viese que su texto ha dado lugar a una controversia sobre la posibilidad de que un ángel del cielo predicase un Evangelio contrario al de Cristo y que, por esa causa, fuese considerado excomulgado. ¡Igual reacción imaginamos en Inocencio III!


lunes, 27 de marzo de 2017

ADVERTENCIAS DEL MAS ALLÁ


EL INFIERNO ES HORRIBLE

A. —Tengo todavía que hablar...
E. —Di la verdad y solo la verdad, en el nombre de la Santísima Trinidad, de la Santísima Virgen María, de la Inmaculada Concepción (...).
A. —Así, en su nombre, y en nombre de los Tronos de donde vengo, tengo todavía que hablar.
Yo estaba en los Tronos. Yo, Akabor, tengo que decir (respira constantemente y grita con voz horrible) cuán horrible es el infierno. Es mucho más horrible de lo que se piensa. La Justicia de Dios es terrible; ¡terrible es la Justicia de Dios! (grita y gime).
E. —Continúa diciendo la verdad, en nombre de la Santísima Trinidad (...) di lo que Dios te ordena.
A. —El infierno es mucho peor de lo que a primera vista y superficialmente pueden pensar; la justicia... esta ahí, mas es precisa mucha confianza, es preciso rezar mucho, es necesaria una confesión, todo es necesario. No se debe simpatizar fácilmente con los modernismos.  
E. — ¡Continúa, en nombre de la Santísima Trinidad, de la Santísima Virgen María, de la Inmaculada Concepción! ¡Continúa en nombre de los Santos Tronos! ¡Continúa!

LA JUVENTUD ES ENGAÑADA

A. —Los lobos están ahora.
E. —Di la verdad, solo la verdad, en nombre (...).
A. —Los lobos están ahora en medio de ustedes, en medio mismo de los buenos.
E. — Di la verdad, ¡solo la verdad! Nosotros te lo ordenamos en el nombre (...).
A. —Como ya dije, toman la forma de Obispos y Cardenales.
E. — Continúa diciéndonos la verdad, en el nombre (...).
A. —Digo esto en contra de mí voluntad. Todo lo que digo es contra mi voluntad. La juventud..., la juventud es engañada. piensan que podrán con algunas...
E. —Di la verdad, en nombre (...), ¡tú no puedes mentir!
A. —Con algunas obras caritativas van a alcanzar el Cielo, mas no pueden, ¡no! ¡Nunca!
E. —Continúa diciéndonos la verdad, en el nombre de los Santos Tronos, la verdad total en nombre (...).
A. —Los jóvenes deben, aunque me cueste mucho decirlo...
E. —Continúa diciendo la verdad en ¡nombre de la Santísima Trinidad! Tienes que decirla, en nombre (...).

COMUNIÓN EN LA BOCA

A. —Deben recibir convenientemente los sacramentos..., hacer una confesión verdadera y no apenas participar en las ceremonias penitenciales y en la Comunión. La Comunión, el Celebrante debe decir tres veces “Señor yo no soy digno”, y no una vez sola. (Como hoy desgraciadamente se hace en la misa nueva) Deben recibir la Comunión en la boca, y no en la mano.
E. —Di solo la verdad en el nombre de la Preciosísima Sangre, de la Santa Cruz, de la Inmaculada
Concepción...
A. —Nosotros trabajamos durante mucho tiempo, allá abajo (apunta para abajo) hasta que conseguimos que la Comunión en la mano fuera puesta en práctica. La Comunión en la mano es muy buena para nosotros, en el infierno ¡créanme!
E. —Nosotros te ordenamos, en nombre (...) ¡que digas solamente lo que el Cielo te ordena! Di solo la verdad, la verdad total; tú no tienes el derecho de mentir. ¡Sal de ese cuerpo! ¡Vete!
A. —Ella (apunta para arriba) quiere que yo siga...
E. —Di la verdad, en el nombre (...).
A. —Ella quiere que yo siga... Si Ella, la gran Señora, todavía viviera, recibiría la Comunión en la boca, incluso de rodillas, y se inclinaría profundamente así (muestra como procedería la Santísima Virgen siempre y cuando fuera la Misa DE SIEMPRE en la cual no hay duda de la presencia real.)
E. —En el nombre de la Santísima Virgen (...) ¡di la verdad!
A. —Tengo que decir que no se debe recibir la Comunión en la mano. El propio Papa da la Comunión en la boca. No es su voluntad que se dé la Comunión en la mano. Eso viene de sus Cardenales.
E. —En nombre (...) ¡di la verdad!
A. —De ellos pasó a los Obispos, y después los Obispos pensaron que era cuestión de obediencia, que deberían obedecer a sus Cardenales. De ahí, la idea pasó a los Sacerdotes y también ellos pensaron que tenían que someterse, porque la obediencia se escribe con mayúsculas.
E. —Di la verdad. Tú no tienes el derecho de mentir, en el nombre (...).
A. —No se está obligado a obedecer a los malos. Es al Papa, a Jesús Cristo y a la Santísima Virgen, que es preciso obedecer, la Comunión en la mano no es de ningún modo algo querido por Dios.
E. —Continúa diciendo la verdad, en el nombre (...).

EL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN

A. —Los jóvenes deben habituarse a hacer peregrinaciones. Deben volverse, cada vez más, hacia la Virgen Santísima, no deben dejar de hacerlo, deben reconocer a la Virgen Santísima y no vivir según los espíritus innovadores. No deben aceptar absolutamente nada de ellos (grito lleno de furia). Son ellos los Lobos. A esos, ya los tenemos bien seguros.
E. —Continúa, diciendo la verdad, en nombre (...).
A. —Los jóvenes, actualmente, creen que realizan cosas maravillosas cuando hacen algunas obras caritativas y se reúnen junto con los otros, mas eso solo no es nada. Es preciso que los jóvenes hagan sacrificios, que adquieran espíritu de renuncia, y es preciso que recen. Deben frecuentar los sacramentos, deben frecuentarlos por lo menos una vez por mes. Mas la oración y el sufrimiento son también importantes. Antes de todo eso, tengo todavía algo que decir...
E. —Continúa diciéndonos la verdad, en el nombre (...), ¡di lo que la Virgen María Santísima te ordena!
IMITACIÓN DE CRISTO
A. —Antes de esto tengo que decir que el mundo de hoy, lo mismo que el mundo católico, se olvidó por completo de esta verdad: es preciso sufrir por los otros. Cayó en el olvido que todos ustedes forman el Cuerpo Místico de Cristo y que todos deben sufrir unos por los otros (llora como un miserable y gime como un perro).
Cristo no realizó todo en la Cruz. Abrió las puertas del Cielo, mas los hombres deben responder los unos por los otros. Las sectas vienen a decir que Cristo hizo todo, mas eso no corresponde a la verdad. La Pasión de Cristo continúa; en Su Nombre, ella continuará hasta el fin del mundo (gime).

SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

E. —Continúa, en nombre de la Santísima Virgen, dice lo que Ella manda que digas.
A. —Es preciso que Ella (la Pasión de Cristo) continúe. Tienen que sufrir los unos por los otros y ofrecer los sufrimientos en unión con la Cruz y con los sufrimientos de Cristo.
Se debe sufrir en unión con la Santísima Virgen y con todas las renuncias que Ella soportó durante Su vida, unir los propios sufrimientos, los horribles sufrimientos del Cristo en la Cruz y en Su Agonía, en el Huerto de los Olivos.
Esos sufrimientos fueron mucho más terribles de lo que los hombres puedan pensar. Cristo, en el Huerto de los Olivos, sufrió como apenas tal vez puedan concebir. El fue presionado por la Justicia de Dios, como si Él mismo hubiera sido el peor de los pecadores, como si estuviese condenado al infierno. Tuvo que sufrir por ustedes, los hombres; de lo contrario, no hubieran sido salvados. Tuvo que soportar los más terribles sufrimientos,. Los sufrimientos fueron entonces tan fuertes que Él se sintió completamente abandonado por el Padre Celestial, Su Sangre, porque se sintió totalmente perdido y abandonado por Él. Se sintió quebrado como si fuese uno de los mayores pecadores.
Eso es lo que Él hizo por ustedes y ustedes deben imitarlo.
Esos sufrimientos tienen un valor inmenso. Esos sufrimientos, esos momentos oscuros, esos terribles abandonos, cuando se está convencido de que todo está perdido. Yo no quiero decir más, no... (respira con gran dificultad).
E. —Continúa diciéndonos la verdad, en el nombre (...).
A. —Es precisamente cuando se sufre así, cuando todo parece estar perdido, cuando la persona se juzga totalmente abandonada por Dios, cuando cree ser la más miserable de la criaturas, es entonces que Dios puede meter Su Mano en el juego, estos sufrimientos, estos tenebrosos y horribles sufrimientos, son lo más valioso (lanza gritos y ruidos terribles) que existe. Mas es precisamente esto lo que la juventud desconoce. La mayoría de los jóvenes ignoran que es ahí donde reside nuestro triunfo.

ACEPTACIÓN DEL SUFRIMIENTO

E. —Continúa diciéndonos la verdad, en el nombre (...).
A. —Muchos, la mayoría se suicidan cuando se creen abandonados por Dios y piensan ser las criaturas más miserables. Por más oscura que sea la noche, Dios está próximo a ellos, ¡aunque ellos ya no lo sientan! Dios está entonces como si ya no estuviese. De hecho, momentáneamente su presencia deja de serles perceptible, mas a pesar de eso deben imitar los Sufrimientos de Cristo, sobre todo aquellos a los que Él llamó a sufrir mucho. Hay muchos que, entonces, piensan que ya no son normales, la mayor parte, y es entonces cuando capitulan mucho más fácilmente. Piensan entonces que se tienen que suicidar porque ya nadie los comprende.
Y es nuestro triunfo. La Mayoría va al Cielo, mas a pesar de eso, es nuestro triunfo, porque...
E. —Continúa en nombre (...).
A. —No cumplirán su misión, deberían haber continuado viviendo.
E. —Continúa en nombre (...).
A. —En el mundo de hoy las cruces son extremadamente pesadas. Es Ella la que manda a decirlo (apunta para arriba). Esas cruces son muchas veces mal soportadas. Cruces visibles como el cáncer, defectos físicos y otras enfermedades son muchas veces más fáciles de soportar que las angustiosas noches del espíritu que muchas personas tienen que soportar actualmente.
Ella, allá arriba (apunta para arriba), manda a decir que una vez transmitió a través de un alma privilegiada: “Yo enviare a mis hijos sufrimientos tan grandes y profundos como el mar”. Esos a quienes fueran destinadas las cruces tan pesadas algunos son escogidos entre muchos– no deben desesperar.
E. —En el nombre de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, di, Akabor, di lo que la Santísima te manda a decir!
A. —Las cruces que termino de mencionar son cruces que parecen inútiles y absurdas. Pueden llevar al desespero. Muchas veces, parecen imposibles de soportar, pero son esas las más preciosas. Yo, Akabor, quiero todavía agregar: Ella (apunta hacia arriba) quiere gritar a todos esos que cargan una Cruz: “¡Coraje! ¡No se desanimen! En la Cruz está la Salvación, en la Cruz está la victoria. La Cruz es más fuerte que la guerra”.
E. —Continúa en nombre (...).


PARA QUE LA DISPUTA NO SE VUELVA DISCORDIA



EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

La primera y fundamental condición, que necesitamos cumplir los hombres para apropiarnos los frutos de la Redención de Jesucristo es la aceptación de su divinidad Y de su doctrina: "Los que creyeren, serán salvos; y los que no creyeren se condenarán". La fe ha de ser la raíz de la justificación, y el alma de toda vida espiritual.
Pero la fe no puede existir sin la predicación, en la presente economía de la gracia. ¿Cómo creerán los hombres en Cristo y en su doctrina, si de Él nada han oído hablar? Y ¿cómo habrá predicadores, si no se les envía? (Rom. X, 14 Y 151.)
Para realizar la obra de Cristo era, pues, necesaria la predicación, la enseñanza, un magisterio vivo, auténtico, indeficiente, que iluminase a todos los hombres con la luz esplendoroso del Evangelio.
Recordemos las últimas y definitivas palabras de Jesucristo a sus Apóstoles:
“A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar todas las cosas, que Yo os he mandado". "Predicad el Evangelio a toda criatura". El que creyere, se salvará; pero el que no creyere, se condenará". "Y yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos". (Mt. XXVIII 18-20; Marc. XVI 16 Y 171.)
l.-Afirma Jesucristo que tiene todo poder sobre el cielo y la tierra: esta afirmación, tan absoluta e ilimitada implica ciertamente una reafirmación solemne e inequívoca de su personalidad divina, de su Divina Filiación y de la unión hipostática, en virtud de la cual la naturaleza humana de Cristo participa de los derechos divinos sobre todo el universo, sobre todos y cada uno de los hombres. Por ser Jesucristo el Hijo de Dios, hecho hombre, por eso tiene todo poder en el cielo y en la tierra, y por eso instituyó su Iglesia.

2.-En virtud de este poder divino, envía a sus Apóstoles, y solamente a sus Apóstoles (y a sus legítimos sucesores, los Papas y los Obispos), como legados suyo, como sus lugartenientes, como los continuadores de su obra. "Como mi Padre me envió, así Yo os envío a vos otros”.

3.- ¿A qué los envía? A enseñar, a predicar el Evangelio. "Enseñándoles a observar todas las cosas, que Yo os he mandado". Para cumplir esta misión tienen ese poder que Jesucristo les confiere. Las palabras del Divino Fundador son un mandato, pero implican un poder.

4.-Es de notar que Jesucristo no les dice: "Id y escribid"; sino "Id y enseñad". El Magisterio tiene que ser vivo. Sólo ese Magisterio vivo podrá darnos el sentido auténtico, la interpretación genuina de los Libros Sagrados.

5.-Y ¿qué deben enseñar? "El Evangelio, todas las cosas que Yo mismo os he mandado", todas las verdades encerradas en el Depósito de la Divina Revelación, sin adulteraciones, sin añadiduras, sin merma alguna.
Es de suma importancia el tener en cuenta este punto.
El Evangelio de Cristo, no cambia, ni en su contenido, ni en su expresión. El Depósito de la Divina Revelación no evoluciona ni se acomoda a las fluctuaciones humanas.
6.-A quien deben enseñar? "A todas las gentes, a toda criatura": a todos los pueblos y naciones, sin distinción, ni privilegios. A los de ayer, a los de hoy, a los de mañana; a los ricos y a los pobres a los civilizados, y a los bárbaros a los gentiles, lo mismo que a los judíos. No hay discriminación de personas delante de Dios.

7.-Y ¿en dónde y hasta cuándo deben enseñar?
''En todo el mundo; hasta la consumación de los siglos". Es evidente que ni Pedro, ni Juan, ni Santiago, ni ninguno otro de los miembros de aquel primitivo Colegio Apostólico, podía, por sí mismo y en el decurso de su corta vida, cumplir a la letra estas palabras de Jesucristo luego, si estas palabras eran eficaces, si debía predicarse el Evangelio, en todas partes y hasta el fin de los tiempos si la Iglesia debía subsistir después de la muerte de aquellos hombres ellos, por voluntad indudable y eficaz del Divino Fundador, habían de tener sucesores, en su oficio y en su misión, a quienes delegasen todos los poderes recibidos, en orden a la obra trascendente que el Salvador les había confiado.

8.-Y ¿qué obligación imponen las palabras de Cristo a todos los hombres, para aceptar, dócil y fielmente, las enseñanzas de los Apóstoles? Gravísima tan grave, que va de por medio la eterna salvación: "El que creyere, será salvo; el que no creyere, se condenará".

9.-Finalmente, Jesucristo garantiza la eficacia, la  inmutabilidad del Magisterio de la Iglesia con la sublime promesa de su propia presencia y auxilio divino:
"Y Yo estaré con vosotros, les dice a sus Apóstoles y sus sucesores, todos los días hasta la consumación de los siglos".

Hay, pues, según se desprende de las palabras del Divino Fundador, en la Iglesia, un Magisterio, vivo, auténtico, indeficiente, que cuenta con la asistencia del mismo Jesucristo, para el cumplimiento de su misión sobrenatural y trascendente. Esto equivale a decir que este Magisterio, cuenta, en ciertas circunstancias, con la prerrogativa de la infalibilidad didáctica.

Las palabras de la Sagrada Escritura, en boca de Dios: "Yo estaré contigo". "Yo estaré con vosotros" siempre significan un auxilio especial, una ayuda extraordinaria y eficaz de parte de Dios, para la realización perfecta de la misión confiada a las personas, a quien Dios dice estas palabras.

Jesucristo promete su asistencia divina para que los Apóstoles y sus legítimos sucesores, prediquen el Evangelio, la doctrina que El les confió, sin error, sin adulteración alguna.
Infalibilidad no significa, en manera alguna, una nueva y divina revelación, como la que recibieron los Apóstoles y evangelistas, cuyos escritos son recibidos o aceptados como la palabra de Dios. El Depósito de la Divina Revelación quedó cerrado con la muerte del último de los Apóstoles. Me refiero a la revelación pública, oficial, que exige el asentimiento de nuestra fe católica.

De aquí se sigue, que cuando un Papa o un Concilio definen una verdad, un dogma, lo único que hacen es asegurarnos, con infalibilidad didáctica, que esa verdad se encuentra, explícito o implícitamente, en el Depósito de la Divina Revelación, y que, por lo tanto, todos tenemos que creerla como verdad de nuestra fe católico.
Una verdad o un dogma definido no puede después ser negado o mudado su sentido, porque esto sería negar, la infalibilidad didáctica del Magisterio de la Iglesia, que estamos defendiendo.

De aquí también se sigue que la definición dogmática de un Concilio o de un Papa nunca puede versar sobre cosas mudables y contingentes. El Depósito de la Divina Revelación es Inmutable, aunque nosotros no conozcamos todavía, tal vez, todos los tesoros que en él se encuentran. El "Novus Ordo Missae" no es, no puede ser una definición dogmatico e infalible, ni del Papa, ni del Concilio. (Por carecer de esa infalibilidad no así la Misa de siempre que fue canonizada por San Pío V)
La infalibilidad tampoco significa impecabilidad.(en cuanto al que preside la Iglesia como sucesor de San Pedro)
Los hombres de la Iglesia, cualquiera que sea rango y condición, como humanos y frágiles, puedan pecar (y de hecho la historia de la Iglesia nos muestra ese tipo de debilidades y miserias de algunos sumos Pontífices que, de hecho, muchas veces, han pecado; pero, sus debilidades en nada contradicen el don de la infalibilidad didáctica, que al Magisterio de su Iglesia prometió Jesucristo, para mantener incólume el Depósito de las Palabras Reveladas. (La acción divina es la que asegura estas verdades reveladas y escritas en el Magisterio infalible de la Iglesia

Infalibilidad tampoco significa un conocimiento exacto y verdadero de todas las ciencias y de todas las materias, que caen bajo el estudio y la investigación, especulativa o práctica de los hombres. El Papa no es infalible cuando nos habla de temas sociológicos, económicos o políticos. El Magisterio de la Iglesia no abarca estas ciencias, estos conocimientos meramente racionales y humanos, ya que el Divino Maestro vino tan sólo a enseñarnos los misterios del Reino de los Cielos.

Infalibilidad, pues, significa, en el caso presente, la inmunidad del error en la enseñanza de la doctrina y de la moral de Jesucristo. Es una infalibilidad necesariamente didáctica del Magisterio oficial y universal; es, además, participada, pues es efecto de la asistencia especial del Espíritu Santo y de Jesucristo. Esta prerrogativa no está encaminada a beneficio particular de ningún hombre (No se puede utilizar como un arma que baya en contra de la sabiduría divina, pues no es el Magisterio el que está al servicio de hombre sino el hombre al servicio de Magisterio, y no se puede utilizar para sacar argumentos a forciore para apoyar un error o una questio disputata), sino a beneficio de  todos los creyentes, para la incolumidad y preservación de la Iglesia. (Aquí termina la exposición del P. Sáenz y Arriaga.)

En conclusión mientras la questio disputata no este asentada o contenida en el Magisterio Infalible de la Iglesia NO SE PUEDE TOMAR COMO UN DOGMA del cual dependa la salvación del hombre es solo una opinión que se acepta o se rechaza si quienes la rechazan se les llame católicos TIBIOS es una imprudencia sin nombre porque se está utilizando una frase del Apocalipsis cuya interpretación acomodaticia no coincide con la realidad y se va contra la VERDAD ÚNICA cuyo sentido lo aplico a una Iglesia y aun su verdadero sentido es un misterio. Además toda Questio disputata no depende discutirla a todos los hombres sino para aquellos que la Iglesia a elegido como sus ministro y para cuyo oficio fueron destinados como los teólogos religiosos, es decir, son asuntos de la Iglesia docente, pero nunca a la Iglesia dicente, es decir, los  laicos o seglares.

P. D. El artículo es del Padre Sáenz y Arriaga los paréntesis y conclusión no son de él. 

sábado, 25 de marzo de 2017

MONSEÑOR LEFEBVRE Y LA SEDE ROMANA


Este último canon establece que "no se ha de tener por declarada o definida dogmáticamente ninguna verdad mientras eso no conste manifiestamente".
Cabe aclarar que todo el ámbito de la doctrina católica puede distribuirse en cuatro grados: dato revelado, dogmas, verdades infalibles y conclusiones teológicas.
*El dato revelado abarca todas y solas las verdades expresamente reveladas por Dios, y que se contienen en las Sagradas Escrituras o la Tradición. Ejemplo: "Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno; preparado para el diablo y sus ángeles" (Mt. 25:41).
Los dogmas de fe o verdades de fe divina y católica comprenden todas las proposiciones propuestas o definidas por la Iglesia como revela das, o cuyas contradictorias hayan sido condenadas con la nota de heréticas. Ejemplo: La pena de sentido del infierno consiste principalmente en el tormento del fuego.
*La verdades infalibles son todas las proposiciones definidas por la iglesia de una manera infalible, pero sin ser expresamente propuestas o de finidas como reveladas, y también todas aquellas cuyas contradictorias hayan sido infaliblemente condenadas connota inferior a la de herejía. Ejemplo: El fuego del infierno no es metafórico, sino verdadero y real.
*Las conclusiones teológicas son todas las proposiciones que están necesariamente conexas con cualquiera de los tres grados anteriores.
La Iglesia no enseña (pero puede llegar a hacerlo) que sea hereje el que niegue lo definido o propuesto como verdad infalible. La doctrina del fuego real del infierno, por ejemplo, no ha sido (al menos todavía) suficientemente propuesta como tal por el Magisterio de la Iglesia, y, por lo mismo, no se nos impone como verdad de fe divina y católica, cuya negación constituiría un pecado de herejía.
Por lo tanto, si bien toda verdad de fe divina católica es una verdad infalible, no toda verdad infalible es dogmática; por lo mismo, no todo aquel que niega una verdad infalible es hereje, sino sólo aquel que niega una verdad divina católica o dogma, y esto con pertinacia.
Es importante también tener en cuenta que para que la herejía sea castigada con una pena canónica, debe constituir un delito, es decir, "la violación externa y moralmente imputable de una ley que lleva aneja una sanción canónica"(cn. 2195).
En la práctica, toda violación externa de una ley que obligue en conciencia se presume en el fuero externo que es moralmente imputable mientras no se demuestra lo contrario (cn. 2200 #2) Demos la división de herejía:
 
Formal: es el error voluntario y pertinaz en la fe (scienter et volenter).
Material: es el error involuntario, o al menos sin pertinacia ni conciencia clara de ello. Interna: aquella que permanece en el fuero de la conciencia y no es manifestada de ninguna manera; de modo que no puede ser conocida.
Externa: cuando es manifestada; de modo que puede ser reconocida, incluso si nadie la presencia y no existe posibilidad de que nadie llegue a tener conocimiento de ella.
Oculta: aquella que no está divulgada y puede juzgarse prudentemente que no adquirirá divulgación. Materialmente oculta: si no ha sido divulgada la herejía en sí misma.
Formalmente oculta: si no ha sido divulgada su imputabilidad.
Pública: aquella que está divulgada. La publicidad puede resultar de dos capítulos: o porque ya está divulgado el delito, o porque hay peligro de divulgación. Se entiende divulgado el delito cuando una parte notable de la comunidad tiene conocimiento del hecho y de su carácter delictivo (cfr. arriba, cn. 2195).
Notoria: aquella que por la propia evidencia de la cosa, es cierta como tal; no sólo como hecho (materialmente), sino también como delito (formalmente).
No notoria: como consecuencia de la falta de notoriedad, sea de derecho, sea de hecho. Notoriedad de derecho: puede resultar: de la, sentencia condenatoria o declaratoria dictada por el juez; o de la confesión del delincuente.
Notoriedad de hecho: se requieren dos condiciones: que el delito y su imputabilidad sean públicamente conocidos (es decir, que no estén ocultos) y que haya sido cometido en tales circunstancias que no puede ocultarse con ningún subterfugio, ni puede caber excusa alguna de él al amparo del derecho.
La diferencia entre herejía material y formal es relativamente clara. La falta de advertencia, pleno consentimiento, el error involuntario o sin pertinacia, hace que la falta sea sólo material.
Si la negación voluntaria y pertinaz, o sea formal, queda en el ámbito de la inteligencia, sin que nadie, salvo Dios, pueda tener conocimiento de la misma, la herejía será interna. Si se manifiesta por escritos o palabras, incluso sin que nadie lo lea o escuche (un escrito íntimo, una grabación, etc.), se incurre en herejía externa y, por lo mismo, ipso facto en excomunión.
Si nadie o muy pocos tienen conocimiento de ella, la herejía es externa oculta; si se divulga o hay peligro de divulgación, es pública.




Del cuadro anterior se sigue que:
* No cualquier herejía hace perder la fe. La herejía material no es imputable.
* Se puede perder la fe por otro pecado que no sea la herejía.
* No cualquier herejía hace incurrir en excomunión.
* La herejía externa, por la cual se incurre en excomunión, no hace perder ipso facto la jurisdicción.




SEGUNDA DIFICULTAD

Se ordena a mostrar que la dificultad crece cuando se trata de probar la herejía formal en el caso del Sumo Pontífice.


NOTAS SOBRE EL CUADRO
(1) Los autores que sostienen que Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II jamás han sido válidamente electos y que, por lo mismo, nunca han sido legítimos Sumos Pontífices, se fundamentan en Ia Bula de Pablo IV, Cum exApostolatus Officio del año 1559, parágrafo 6. Esperando poder emprender un estudio sobre esta Bula y las consecuencias que pueden seguirse de ella, nos dedicamos solamente ahora a las opiniones que parten del reconocimiento del Sumo Pontífice en cuestión. Ver más arriba, cuadro
(2) No debe llamar la atención que un mismo autor aparezca defendiendo dos opiniones distintas y contrarias. Al considerar que su opinión es sólo probable, pero no totalmente cierta, también analiza las opiniones de los otros autores y las consecuencias que se seguirían de tener éstos razón.
(3) Se trata de la famosa proposición herética del conciliarismo, según la cual un concilio universal tiene poder sobre el Sumo Pontífice. Se puede consultar para profundizar este tema Denzinger 657 y nota, 1322 y nota, 1598199, 717.

TRATADO DEL AMOR A DIOS



Del mandamiento de amar a Dios
sobre todas las cosas. (CONTINUACIÓN)

Todo se hace por este celestial amor y todo se refiere a él. Del árbol sagrado de este mandamiento dependen, como flores suyas, todos los consejos, las exhortaciones, las inspiraciones y los demás mandamientos, y, como fruto suyo, la vida eterna; y todo lo que no tiende al amor eterno, tiende a la muerte eterna. Gran mandamiento aquél, cuya práctica perdura en la vida eterna y que no es otra cosa que la misma vida eterna.
Pero considera, Teótimo, cuán amable es esta ley de amor.
¡Si pudiésemos entender cuán obligados estamos a este soberano Bien, que no sólo nos permite, sino que nos manda que le amemos! No sé si he de amar más vuestra infinita belleza, que una tan divina bondad me manda amar, o vuestra divina bondad, que me manda amar una tan infinita belleza.  
Dios, el día del juicio, imprimirá, de una manera admirable, en los espíritus de los condenados, el sentimiento, de lo que perderán; porque la divina Majestad les hará ver claramente la suma belleza de su faz y los tesoros de su bondad; y, a, la vista de este abismo infinito de delicias, la voluntad, con un esfuerzo supremo, Querrá lanzarse hacia Él para unirse con Él y gozar de su amor; pero será en vano, porque, a medida que el claro y bello conocimiento de la divina hermosura vaya penetrando en los entendimientos de estos infortunados espíritus, de tal manera la divina justicia irá quitando fuerzas a la voluntad, que no podrá ésta amar en manera alguna al objeto que el entendimiento le propondrá y le representará como el más amable; esta visión, que debería engendrar un tan grande amor en la voluntad, en lugar de esto engendrará en ella una tristeza infinita; la cual se convertirá en eterna por el recuerdo que quedará para siempre en estas almas de la soberana belleza perdida; recuerdo estéril para todo bien y fértil en trabajos, penas, tormentos y desesperación inmortal. Porque la voluntad sentirá una imposibilidad, o, mejor dicho, una eterna aversión y repugnancia en amar .a esta tan deseable excelencia. De suerte que los miserables condenados permanecerán, para siempre, en una rabia desesperada, al conocer una perfección tan sumamente amable, sin poder poseer su goce ni su amor; porque, mientras pudieron amarla, no lo quisieron. Se abrasarán en una sed tanto más violenta, cuanto que el recuerdo de esta fuente de las aguas de la vida eterna agudizará sus ardores; morirán inmortalmente, como perros, de un hambre  tanto más vehemente cuanto que su memoria avivará su insaciable crueldad con el recuerdo del festín del cual habrán sido privados.
No me atrevería, ciertamente, a asegurar que esta visión de la hermosura de Dios, que tendrán los malaventurados, a manera de relámpago.
haya de ser tan clara como la de los bienaventurados; con todo lo será tanto que verán delante al Hijo del hombre en su majestad, y verán delante al que traspasaron y, por la visión de esta gloria, conocerán la magnitud de su pérdida. Si Dios hubiese prohibido al hombre amarle ¡qué pena en las almas generosas! ¡Qué no harían para obtener este permiso! Cuán deseable es, la suavidad de este mandamiento, pues si la divina voluntad lo impusiese a los condenados, en un momento quedarían libres de su gran desdicha, y los bienaventurados no son bienaventurados, sino por la práctica del mismo! ¡Oh amor celestial, qué amable eres a nuestras almas!

Que este divino mandamiento del amor tiende hacia el cielo, pero, con todo, es Impuesto a los fieles de este mundo.

No se ha puesto ley al justo 5, porque, adelantándose a ella y sin necesidad de ser por ella obligado, hace la voluntad de Dios, llevado por el instinto de la caridad que reina en su alma,
En el cielo, tendremos un corazón enteramente libre de pasiones, un alma purificada de distracciones, un espíritu desembarazado de contradicción, unas fuerzas exentas de repugnancias; por consiguiente, amaremos a Dios con un perpetuo y Jamás interrumpido amor con el Señor! ¡Qué gozo, cuando constituidos en aquellos eternos tabernáculos, estarán nuestros espíritus en perpetuo movimiento, en medio del cual tendrán el reposo tan deseado de su eterno amor!

Bienaventurados, Señor los que moran en tu
casa; alabarte han por los siglos de los siglos.

Más no hemos de pretender este amor, tan sumamente perfecto, en esta vida mortal pues no tenemos todavía ni el corazón ni el alma, ni el espíritu, ni las fuerzas de los bienaventurados.
Basta que amemos con todo el corazón y con todas las tuerzas Que tensamos, Mientras somos niños pequeños sabemos cómo niños, hablamos como niños amamos como niños; mas cuando seremos perfectos en el cielo, seremos liberados de nuestra infancia, y amaremos a Dios con perfección. Con todo, mientras dura la infancia de nuestra vida mortal, no hemos de dejar de hacer lo que dependa de nosotros, según nos ha sido mandado, pues no sólo podemos, sino que es facilísimo, como quiera que todo este mandamiento de amor, y de amor de Dios, que, por ser soberanamente bueno, es soberanamente amable.

“Cómo estando ocupado todo el corazón en el amor sagrado; puede, sin embargo, amar a Dios deferentemente, y amar también muchas cosas por Dios"

El hombre se entrega todo por el amor, y se entrega tanto cuanto ama; está, pues, enteramente entregado a Dios, cuando ama enteramente a la divina bondad, y cuando está de esta manera entregado, nada debe amar que pueda apartar su corazón de Dios.
En el paraíso, Dios se dará todo a todos, y no en parte, pues Dios es un todo que carece de partes; mas, a pesar de esto, se dará diversamente, y las diferentes maneras de darse serán tantas cuantos sean los bienaventurados, lo cual ocurrirá así porque, al darse todo a todos y todo a cada uno, no se dará totalmente, ni a cada uno en particular, ni a todos en general. Nosotros nos daremos a Él según la medida en que Él dará fe a nosotros, porque le veremos verdaderamente cara a cara, tal cual es en su belleza, y le amaremos de corazón a corazón, tal cual es en su bondad; no todos, empero, le verán con igual claridad, ni le amarán con igual dulzura, sino que cada uno le verá y le amará según el grado particular de gloria que la divina Providencia le hubiere preparado. Todos poseeremos igualmente la plenitud de este divino amor, pero, con todo, las plenitudes serán desiguales en perfección. Si en el cielo, donde estas palabras: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón serán con tanta excelencia practicadas, habrá, a pesar de ello, grandes diferencias en el amor, no es de maravillar que haya también muchas en esta vida mortal.


viernes, 24 de marzo de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR



Es probable que los guardias que vigilaban a Jesús se fueran alternando durante la noche, mientras unos dormían otros velaban. El que llegara nuevo, traería una nueva burla, una nueva manera de reírse de Jesús. El Señor no durmió, padeció aquella situación toda la noche, noche que nunca amaneció para los ciegos de la ciega sinagoga.

Pedro dice que no conoce a Jesús

Con la negación de Pedro aún creció más el dolor del Señor en aquella noche. Pedro era uno de los apóstoles más queridos, y estaba avisado ya de la tentación que iba a tener, pero, a pesar de eso, le negó, y no una vez, sino tres, y Juro que no le conocía.
La primera vez que dijo no conocer a Jesús parece que fue después de la medianoche. La portera dejó entrar a Pedro, gracias a la intervención del otro discípulo, y él se sentó en el atrio junto al fuego que hablan encendido por el frío que hacía (Mc 14, 66 Y Jn 18, 18). Allí estaba con los servidores y criados calentándose al fuego, cuando la portera le preguntó: Y Pedro negó conocer a Jesús, y se salió del atrio, y el gallo canto por primera vez. Y el primer canto del gallo suele ser a la medianoche o a la una.
La tercera negación debió de ser sobre las cuatro de la madrugada, porque todos los evangelistas dicen que, al negarle por tercera vez, el gallo cantó, y San Marcos dice que era la segunda vez que cantaba, y el segundo canto de gallo suele ser poco antes del amanecer, es decir, alrededor de las cuatro de la madrugada.
La segunda negación fue como una hora antes de la tercera, como dice San Lucas: «Pasada como una hora... » (22, 29), por tanto, eran las tres poco más o menos. El Salvador había dicho a Pedro que le negaría tres veces antes de que el gallo cantase dos se refería el Señor a los dos momentos en que el gallo 'canta: uno después de la medianoche, y el otro antes de amanecer o Todo ocurrió muy de prisa: de la noche a la mañana, como se suele decir; para indicar el tiempo que pasó desde la primera negación a la segunda, San Lucas dice: «Poco después» (12, 58), Y San Marcos dice lo mismo -«poco después»- para referirse al tiempo que pasó entre la segunda y la tercera negación.
Ocurrió en el atrio, que era como el patio común de las casas; y allí estaban los soldados de guardia y los demás criados de los sacerdotes que se habían reunido en la casa. del pontífice. En estos patios no hay techo, sino que dan a cielo descubierto, por eso tuvieron que encender fuego, y así se calentaron a esas horas frías de la madrugada.
No debe confundir el que unos evangelistas digan que Pedro estaba fuera y otros que estaba dentro: estaba fuera de la sala donde se juzgaba a Jesús, pero estaba dentro porque había entrado en la casa del pontífice. San Mateo dice que «Pedro estaba fuera, en el atrio» (Mt 26, 69).
También sabemos que la sala donde estaban procesando a Jesús era una habitación en el piso alto de la casa, porque San Marcos dice: «Pedro estaba abajo, en el atrio» (Mc 14,66).
¿Cómo puede ser entonces que, como dice San Lucas, Jesús mirara a Pedro si Él estaba arriba y Pedro en el atrio? «El Señor se volvió y miró a Pedro» (22,61).
Le miró cuando ya le había negado por tercera vez, y fue después que juzgaron al Salvador: pudo mirarle cuando le trasladaban de la sala de la audiencia a otro sitio de la casa o bien pudo ser que mientras los criados se reían del Salvador, Pedro fuera a ver qué ocurría y entonces el Señor le mirara.
Pudo ocurrir así: Terminaron los sacerdotes de juzgar al Señor y se marcharon a sus casas. Trasladaron al Señor a otra habitación de la casa donde debían guardarle hasta la mañana siguiente. El sumo sacerdote se había ido a dormir; en la casa no quedaban ya
           


UT NOS CREDIDIMUS CARITATE



EN EL CORAZON DE LA CIUDAD ETERNA

Las reliquias de los Papas y de los mártires, que son las más elocuentes voces de la tradición, los invitaban con San Cipriano a amar cada vez más “esta Cátedra de San Pedro y esta Iglesia principal, origen de la unidad del sacerdocio”. Al regresar volvieron por las calles cercanas al seminario y se dieron cuenta que las grandes universidades eclesiásticas se encontraban cerca de Santa Chiara. ¡Qué barrio tan ideal para el Seminario Francés! Formar jóvenes en la romanidad doctrinal…tal fue su vocación por voluntad de Pio IX cuando este Papa propuso y luego aprobó, en 1853, que la naciente casa de estudios fuera confiada a la dirección de los espirítanos. Pero ¿Por qué a los espirítanos?

LA CONGREGACION DEL ESPIRITU SANTO
La Congregación del Espíritu Santo había sido fundada dos veces. En 1700 un joven bretón, Claude François Poullar des Places llego a Paris con el fin ingresar al sacerdocio, no en la Sorbona, infectada de jansenismo, sino en el colegio de los jesuitas. Impresionado de algunos compañeros, el joven clérigo de tan solo veinticuatro años estableció el 27 de mayo de 1703, fiesta de Pentecostés, la comunidad y seminario consagrado al Espíritu Santo bajo la invocación de la Santísima Virgen sin pecado concebida. Ordenado sacerdote en 1707, murió dos años después, en 1709, a la edad de treinta años, dejando sus hijos espirituales un conmovedor modelo de sacerdote humilde, pobre, piadoso y doctrinal. En efecto, Claude Poullart quiso que sus “pobres clérigos”  “se educasen en los principios de la más sana doctrina de la Iglesia católica y romana”. Al joven fundador le gustaba repetir como máxima favorita: “Un clérigo piadoso sin ciencia tiene una devoción ciega, y un clérigo sabio sin piedad se expone a convertirse en hereje y rebelde de la Iglesia”.
Los sacerdotes formados  en esa piedad doctrinal en el Seminario del Espíritu Santo se reincorporaban a sus diócesis o entraban en la Compañía de Luis María Grignion de Monfort, pero pronto muchos de ellos partieron a las misiones extranjeras en Canadá (1732) Conchinchina y Senegal (1770-1790).
Después de la revolución, la comunidad, fue reconocida por la Santa Sede como congregación, ofreciendo un clero excelente clero a nueve territorios coloniales, entre otros las Antillas y Senegal. El Seminario se convirtió en el hogar del pensamiento católico y romano, por el cual pasaron el historiador Rohrbacher, el canonista Bouix, el protologo Migne, el paleógrafo Dom Pitra, Dom Geranger, Monseñor Parisis y el Cardenal Gousset o Luis Veullot que acudieron a dicho Seminario para tratar los problemas de actualidad a la luz de las enseñanzas de Roma.
Sin embargo, en 1847 la Congregación se encontraba anémica. Fue entonces cuando la Divina Providencia infundio sangre nueva insertando en el viejo tronco de Poullart des Places al joven injerto de Liberman.

EL PADRE LIBERMAN, EL CORAZON DE MARIA Y LA CASA SANTA CHIARA

Nació el 11 de abril de 1802, Jacob Liberman, hijo del rabino de Severne, recibió la gracia del bautismo la noche buena de 1826, adoptando los nombres de François, Marie y Paul: “En el mismo instante, dijo, en el que el agua santa corrió sobre mi cabeza de judío, ame a María, a la que hasta entonces detestaba”. Tras ingresar al Seminario de San Sulpicio en Paris y luego en Issy, animo rápidamente con su ardor,  a todo un grupo de compañeros, concibiendo el proyecto de enviar a África todo un ejército de apóstoles “para los negros más desfavorecidos”.
Alentado por Roma y curado milagrosamente de su epilepsia fue ordenado sacerdote en 1841 y envió a sus “primeros misioneros del Corazón de María” a Senegal y Gabón. La presencia de los primeros en algunas de esas tierras de ultramar los dejo pensando. En 1848 su Instituto se fusiono con el del Espíritu Santo, que tomo el nombre de “Congregación del Espíritu Santo bajo la advocación del santo e Inmaculado Corazón de María”. Murió cuatro años después el 2 de febrero de 1852. Al año siguiente respondiendo al llamado  y a la decisión del Papa Pio IX, la Congregación fundaba en Roma el Seminario Francés traslada en 1854 al antiguo convento de Santa Chiara, la casa espiritual (pietas cum sciencia) a la cual León XIII concedió en 1902 el titulo, raro en esa época, de Seminario Pontificio, en 1904 el Padre Le Floch recibía, de las debilitadas manos del Padre Alphonse Eschbach, la antorcha de la romanidad doctrinal.

EN PADRE LE FLOCH, LOS PAPAS Y LA CRUZADA.

Henri le Lefloch.

El 26 de octubre de 1923 por la tarde, el Padre superior reunió a los seminaristas para la primera conferencia espiritual del curso. El Padre Henri Le Floch se hallaba en el ocaso, a los sesenta y un años, en el ocaso de su vida, pero no de su capacidad intelectual. Era, decía el Padre Berto, alumno suyo entre 1921 y 1926, un roble bretón, en la magnífica robustez de su madurez. De estatura elevada, el porte seguro, el rostro relleno y ligeramente colorado, en el que el vigor de la ceja realzaba la finura de la nariz y de los labios, la cabeza erguida y de sobrecogedora dignidad, los ojos gris azulados de mirada firme, de una gravedad natural mitigada por un aire de bondad y una sonrisa apenas dibujada, pero pronta a aparecer, infundía respeto sin ninguna afectación. Todo él era dignidad y afabilidad.
Apare de ello, era la combinación de una extrema seguridad en sí mismo y de un extremo olvido de si: no era más que un servidor de la Iglesia, un hombre de la verdad, el hombre de la doctrina católica, teólogo por lo tanto, pero intuitivo e impaciente, su espíritu llegaba a la cima sin obligarse a pasar por los escalones de la argumentación teológica. No es que despreciara la teología como ciencia racional, sino que no la usaba de esa manera: inmutable en la fe, se había establecido en los principios fundamentales de la teología.

El espíritu de Claude Poullart des Places. Doctrina romana y piedad doctrinal

En una memorable conferencia dada en Chevily en 1902 el Padre Le Floch, basándose en los documentos de la “fusión” de 1948, había demostrado que así como el venerable Liberman era el revivificador de la congregación y su iniciador en el espíritu misionero religioso, el siervo de Dios Polluart des places era su fundador. La comunidad del Espíritu Santo, aprobada como asociación Francesa por el real decreto de 1734, no había dejado de existir en 1848, como acababa de probarlo Monseñor Le Roy, superior general en el Consejo de Estado, salvando a la Congregación  de las “expulsiones” en agosto de 1901. Desde entonces, la intención primera de Claude Polluart seguía siendo firme y valida y el Seminario Francés de Roma era el heredero del glorioso Seminario del Espíritu Santo: simplemente había superado la pequeña escala del clero colonial.
El Padre Le Floch encontró en Santa Ciara la tradición espiritana de adhesión a la santa doctrina romana  y de una piedad profunda basada en esta doctrina, pero él la desarrollo, la estableció al estado puro y la gravo en el reglamento del seminario; incluso la destilo mediante la lectura en el comedor, una vez cada tres años, de la vida del Padre Jean Baptiste Aubry, un ex alumno del Seminario Francés que había adquirido allí el entusiasmo por el estudio de la teología y el gusto por una piedad teológica:
“Sigue siendo una pretensión de la escuela anti teológica, escribía, separar el sacerdocio, la piedad de la doctrina: escuela sentimental que con el pretexto, de la piedad, acaba con la piedad. A una doctrina sin espiritualidad corresponde una espiritualidad sin doctrina. Doctrina seca, espiritualidad insípida, poco consistente, malsana, totalmente sentimental y, por consiguiente sin duración. Escuela que niega la necesidad de una teología dogmatica tan profunda como sea posible para formar al verdadero sacerdote, al hombre interior, al hombre apostólico”.
Sin razón alguna, añadía el Padre Aubry, algunos se limitan a estudiar la teología moral y la separan del dogma por considerarlo inútil. Al obrar así, quitan de los estudios “todo lo que sirve para formar, en el joven teólogo, el alma sacerdotal, el sentido teológicos, el hombre de principios y de doctrina, la inteligencia solida, el espíritu elevado” (Este mal, ¿no se estará presentando actualmente en la formación de los seminaristas de la Fraternidad donde los principios, la doctrina y el espíritu elevado desde hace tiempo están brillando por su ausencia? Nota del trascriptor)

“Sentire cum Ecclesia”, sentir con la Iglesia.

La fe en los principios y en la eficacia practica de la verdad, de la verdad católica: esto es lo que el Padre Le Floch inculcaría a sus discípulos. En 1936, con motivo de sus bodas de oro sacerdotales, sus antiguos alumnos dejaron por escrito su gratitud por la formación que habían recibido de él. “Conservo el entusiasmo de mis dieciocho años, escribía el canónico Joseph Taillade, superior del Seminario de Perpiñan, a usted se lo debo, se lo debo a Santa Ciara, donde recibí los principios que han sido la dicha de mi vida.
Por su parte, el Padre Roger johan, profesor en el Seminario Menor de Sées y futuro Obispo, escribía: « ¡Qué alegría haber sido formado para vivir sólidamente de principios!». Y Dom Albert de Saint-Avid, monje de Solesmes, le recordaba: «Usted nos enseñó el culto de la verdad total y el horror de las verdades a medias... Me acuerdo de su paternidad tan perfecta, que inspiraba respeto y se ganaba los corazones».
El Padre Johan explicaba también «el sentido del valor de la caridad, la necesidad de teología y de filosofía divinamente perfeccionadas». « ¿Podría señalarse un espíritu? -se preguntaba a su vez el Padre Victorain Berto. En el fondo, ¡era el Sentire cum Ecclesia, entendido sin ninguna rigidez, sin ninguna geometría, sin ningún «integrismo»!", «Sentir con la Iglesia!». Juzgar como juzga la Iglesia, a la luz de las enseñanzas de los Concilios y de los Papas, y también a la luz de Santo Tomás de Aquino, despojándose de toda idea personal para abrazar el pensamiento de la Iglesia, ése fue el espíritu del Padre superior.