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sábado, 8 de abril de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS


De otros dos grados de mayo perfección por los cuales podemos amar a Dios sobre todas las cosas.


Esta sagrada amante no ama más a su Rey con todo el universo, que si estuviese solo sin el universo; porque todo lo que está fuera de Dios y no es Dios, es nada para ella. Alma toda pura, que no ama, ni aun el mismo cielo, sino porque el Esposo es amado en él; Esposo tan soberanamente amado en el paraíso, que aunque no lo tuviera para darlo, no por esto sería menos amable ni menos amado por esta animosa amante, que no sabe amar el paraíso de su Esposo, sino a su Esposo del paraíso, y que no tiene en menos estima el calvarío, mientras su Esposo está sacrificado en él, que el cielo, donde está glorificado. El que pesa las pequeñas bolas encontradas en las entrañas de Santa Clara de Montefalca, el mismo peso encuentra en cada una en particular que en todas ellas juntas. Así el gran amor encuentra a Dios solo tan amable, como a Él junto con todas las criaturas, cuando no ama a éstas sino en Dios y por Dios.
Son tan pocas estas almas tan perfectas, que cada una de ellas es llamada ingénita de su madre, que es la Providencia divina … Es también llamada única paloma, porque no ama sino su palomar, y, además, perfecta, porque por el amor se ha convertido en una misma cosa con la divina perfección, por lo que puede decir con humildísima verdad: Yo no soy sino para mi Amado, y Él está todo inclinado hacia mí”.
Ahora bien, únicamente la santísima Virgen nuestra Señora llegó plenamente a este grada de excelencia en el amor de su Amado.
Jamás hubo criatura mortal que amase al celestial Esposo con un amor tan perfectamente puro, fuera de la Santísima Virgen, que fue, a la vez, su madre y su esposa. Más, en cuanto a la práctica; por parte de las otras almas; de estas cuatro clases de amor, es imposible vivir mucho sin pasar de la una a la otra. Las almas que, como las doncellas, andan todavía enredadas en muchos afectos vanos y peligrosos, no dejan, a veces, de tener algunos sentimientos de amor más elevado y más puro; mas, como quiera que estos sentimientos no son más que vislumbres y relámpagos pasajeros, no se puede afirmar que, por ello, hayan salido ya estas almas del estado de novicias y aprendizas. En cambio, acaece, a veces, que algunas almas que pertenecen ya a la categoría de únicas y perfectas amantes, descienden y se rebajan mucho, hasta llegar a cometer imperfecciones y enojosos pecados veniales, como es de ver en muchas disensiones, con frecuencia harto agrias, entre grandes siervos de Dios, y aun entre algunos de los divinizados apóstoles, de los cuales no se pueden negar que cayeron en algunas faltas, por las cuales no fue violada la caridad, pero sí el fervor de esta virtud. Mas, puesto que, a pesar de esto, dichas almas amaban, de ordinario, a Dios con un amor perfectamente puro, debemos afirmar que permanecieron en el estado de perfecta dilección, Porque, así como los buenos árboles jamás producen frutos venenosos, aunque sí alguno verde, también los grandes santos no cometen nunca pecado mortal alguno, pero sí algunas acciones inútiles poco maduras, ásperas, bruscas y mal sazonadas, y, entonces, hay que reconocer que estos árboles son fructuosos, de lo contrario, no serian buenos; pero no hay que negar que algunos de sus frutos no son provechosos; los pequeños movimientos de ira, y los pequeños amagos de alegría, de risa, de vanidad y de otras pasiones parecidas, son movimientos inútiles e ilegítimos. Y, sin embargo, siete veces, es decir, con mucha frecuencia, los produce el justo ME QUEDE E

Que el amor de Dios sobre todas las cosas es común a todos los amantes.

Aunque sean tan diversos los grados del amor entre los verdaderos amantes, con todo no hay más que un solo mandamiento de amor, que obliga igualmente a todos, con una obligación absolutamente igual, aunque sea observado de
muy diferentes maneras y con infinita variedad de perfecciones, no existiendo quizás ni almas en la tierra, ni ángeles, en el cielo, que tengan entre si una perfecta igualdad de dilección; pues, así como una estrella es diferente de otra estrella en claridad 21, lo mismo ocurrirá entre los bienaventurados resucitados, cada uno de los cuales entonará un cántico de gloria y recibirá un nombre que nadie conoce, sino el que lo recibe. Mas ¿cuál es el grado de amor, al cual el
mandamiento obliga a todos, siempre, igual y universalmente?
Ya sabes, Teótimo, que hay muchas clases de amores: por ejemplo, hay el amor paternal, el filial, el nupcial, el de sociedad, el de obligación, el de dependencia, y otros mil, todos los cuales son diferentes en excelencia, y de tal manera proporcionados a sus objetos, que no se pueden aplicar o distraer hacia otros. El que amase a su padre con un amor exclusivamente fraternal, no le amaría bastante; el que amase
a su mujer tan sólo como a su padre, no la amaría convenientemente; el que amase a su criado con amor filial, cometería una impertinencia. El amor es como el honor: así como los honores se diversifican según la variedad de los méritos por los cuales se otorgan, también los amores son diferentes según la variedad de las bondades amadas. El sumo honor corresponde a la suma excelencia, y el sumo amor a la suma bondad. El amor de Dios es el amor sin par, porque la bondad de Dios es la bondad sin igual. Escucha Israel: El Señor Dios nuestro es el Señor; por lo tanto, amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.




LA PASION DEL SEÑOR



JUEVES SANTO. (Continuación)

Dios, en el mismo instante de la concepción de Jesús en el vientre de la Virgen María, le dio el ser divino uniéndole a su divina persona. Por lo cual podemos decir y es cierto que aquel hombre, Jesús, es Dios, Hijo de Dios, ha de ser adorado en los cielos y en la tierra como Dios, porque lo es. Este es un regalo infinito porque lo que se da es ser Dios.

Dios regaló a ese hombre, Jesús, el ser rey de toda la creación y el primero entre todos los hombres para que, como cabeza, por él fluyese a todos su virtud y su fuerza (Col 1, 18). Así que, en cuanto que es Dios es igual al Padre y al Espíritu, y en cuanto es hombre es el primero entre todos y la cabeza de todos. Posee una gracia infinita para que de Él, como de una fuente o de un mar de gracia y de santidad se enriquezcan todos los hombre (In 1, 16). No es sólo que en Él la gracia sea mayor, sino que es el santificador de todos los hombres; es, por poner un ejemplo, como un tinte en el que todos han de recibir este color de santidad. Bien que la santidad no es algo de fuera, sino interior, del ser entero.
Cuando Jesús se viese a sí mismo así, y supiese que todo le venía de Dios, se encontrase siendo rey de todas las criaturas, y viese arrodillados delante de Él a todos los espíritus del cielo (Heb 1, 16), decid, si se pudiera decir, ¿con qué amor amaría a Dios? ¿Con qué deseo se ofrecería a servir y obedecer a Dios? No hay lengua que pueda hablar y explicar esta misteriosa grandeza. Al manifestar Jesús su inmenso deseo de servir y agradar a su Padre Eterno, el Padre Eterno le diría que le encomendaba la salvación de todos los hombres que se habían perdido por culpa del pecado de un hombre.
A El encargaba esta empresa, debía amar a los hombres con tal amor que fuera capaz de pasar cualquier cosa por ellos para salvarles. Jesús amó a los hombres por amor a su Padre y por obedecerle, y, como era Dios, les amó desde un principio con el amor de Dios.
Dios regaló a Jesús la infinita gracia de ser Dios, y Jesús, al ser Dios, correspondió, infinitamente agradecido y enamorado.

De Jesús, fuente grande y río caudaloso, fluyó el amor de Dios a todos los hombres. El Padre Eterno entregó a Jesús todos los hombres. De eso habla con frecuencia el Evangelio: «Todo me ha sido dado por mi Padre» (Mt 11, 27). Todas las cosas, todos los hombres, que son míos, me los ha dado mi Padre. «Esta es la voluntad del que me envió, de mi Padre, que no se pierda nada de todo lo que me ha dado» (Jn 6, 39). Pero como al encomendarle todo ya todo estaba perdido, fue como encomendarle que reconquistase y ganase todo otra vez. «No mandó Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo se salvara por El» (Jn 3, 17). 83


Esta recomendación hizo que se preocupara con verdadera solicitud por redimir el mundo. Lo advierte San Juan cuando dice: «Sabía que su Padre había puesto todo en sus manos» (13, 3), por eso se levantó de la cena, se quitó el vestido, se puso una toalla, lavó los pies a sus discípulos. Por esta misma preocupación en cumplir el encargo de sus Padre, dijo: «He dado a conocer Tu nombre a los hombres que me diste» (Jn 17, 6). Por esto mismo hacía oración por ellos: «No te pido por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn 17, 9). Y por la misma razón se ofreció por ellos: «y por ellos Yo me santifico» (Jn 17, 19). Cuando en el huerto le fueron a prender, por esta misma preocupación de cumplir el mandato de su Padre les defendió: «Si me buscáis a Mí dejad a estos que se marchen. Y así se cumplió lo escrito que dice: No perdí a ninguno de los que me diste» (Jn 18, 8-9); no perdió a ninguno por su culpa, por eso le dolió tanto la perdición de Judas, porque, habiéndoselo también encomendado su Padre, no quedase por El conservarle a su lado y el salvarle. «Guardé a los que me diste, y ninguno se perdió, excepto el hijo de la perdición, y así se cumplió la Escritura» (Jn 17, 12).

De esta misma fuente nació no sólo el amor a los hombres sino también a todo lo que convenía para el bien y felicidad de los hombres. Esto dijo poco antes de su Pasión: «Para que el mundo sepa cuánto es lo que Yo amo a mi Padre, y que como me lo ha mandado así lo hago y lo cumplo, ¡levantaos y vámonos de aquí!» (Jn 14, 31). Y se fue a morir por los hombres en una cruz. Era tan grande el deseo de hacer a Dios este servicio que decía: «Con un bautismo he de ser bautizado, ¡y cómo estoy inquieto hasta que llegue la hora en que se cumpla!» (Le 12, 50). Era tan grande el deseo que sentía de verse bautizado con sangre, que cada hora se le hacía mil años por la grandeza de su amor.
En la Fiesta de los Ramos quiso ser recibido por la gente de Jerusalén para que viera la alegría de su corazón, y, por la misma causa, entre aplausos y cubierto de rosas y flores, quiso subir a la cruz. El rey David expreso la fuerza del amor de Jesús al escribir: «Se alegró como un atleta para correr su carrera; desde lo más alto del cielo salió, y en su órbita llegó al otro extremo, y no hay nada que escape a su calor» (Salmo 18, 6-7). El amor divino salió de Dios y volvió a Dios. No amó al hombre por el hombre, sino por Dios. No hay nadie que pueda escapar de su calor ni huir de su amor; porque su caridad es tan encendida que fuerza y casi obliga a los corazones, como dice el apóstol: «El amor de Cristo nos empuja» (2 Cor 5, 14).
Al apóstol Pablo le apremiaba tanto el amor de Cristo que, despreciando el hambre y la sed, las persecuciones, y la vida y la muerte, hasta deseaba su amor, si fuera posible, padecer las penas del infierno: «Desearía hasta ser apartado de Cristo por el bien de mis hermanos» (Rom 9, 3). El apóstol Andrés, al ver la cruz en que había de morir, le echaba piropos, y le decía que se alegrara como él se alegraba al verla. Estos ejemplos nos mueven a desear subir el escalón de la cruz y llegar al corazón de Cristo. Si nos parece grande el amor de Pablo y de Andrés, mayor es, infinitamente mayor, el amor de Jesús.

También Jacob da un gran ejemplo de verdadero amor: siete años sirvió a su suegro Labán para poderse casar con Raquel. Y tenía tanto trabajo que de noche casi no dormía y de día no descansaba. Andaba con la piel quemada por el hielo y el sol. Y, a pesar de esto, siete años «le parecieron poco por el gran amor que sentía por Raquel» (Gén 29, 20). ¿Qué le parecería a Cristo una noche de burlas y tres horas de cruz para conseguir como esposa a la Iglesia, y hacerla hermosa y sin ninguna mancha? Le parecería poco (El 5, 27). Sin duda amó mucho más que padeció, y fue mayor el amor encerrado en su corazón que el sufrimiento que hacían ver sus heridas y sus llagas. Si lo que Dios le mandó hacer por todos los hombres se lo hubiera mandado hacer por cada uno, por cada uno lo hubiera hecho. Y si como estuvo tres horas en la cruz hubiera sido necesario estar allí hasta el fin del mundo, lo hubiera hecho, que amor tenía para todo.
Fue mucho menos lo que el Señor padeció que lo que amó y deseó padecer; si sólo esa muestra de su sufrimiento fue tan sorprendente para muchos hombres, que «fue escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (l Cor 1,23). ¿Qué hubieran pensado si les hubiese dado otra prueba que mostrara toda la grandeza de su amor? La prueba de amor que nos dio ciega, en medio de tanta luz, a los que creen; a los amigos, a los que conocen este amor, les deja pasmados cuando Dios les descubre este secreto, y les da a sentir este miste-
rio; se deshacen en lágrimas, se abrasan de amor, les hace alegrarse en la tribulación y en el dolor, les da fuerza para acometer lo que todo el mundo teme, les hace desear y amar todo lo que Cristo ha deseado y amado.
Este fue otro motivo de alegría para el Señor cuando estaba, en aquella noche, en medio de golpes y burlas: veía, gracias al dolor que sufría, la imagen del mundo ya renovado, los hombres transformados de carnales a espirituales. Veía los hombres que, al conocer lo que había sufrido por ellos, se encendían de amor por El, se hacían a su imagen y semejanza, despreciando el mal y deseosos de hacer el bien en el mundo. Con esta alegría pudo sufrir la deshonra y la burla y. el desprecio, lo pudo sufrir con fortaleza y sin desviar la cara para evitar las bofetadas y sin retirar su cuerpo para librarse de los golpes. Veía que a través de lo que hacían en Él aquellos verdugos labraba el Padre Eterno, también en El, la imagen y ejemplo de los predestinados.
Dios Padre se complacía en la obediencia de su Hijo y disponía y preparaba el premio con que quería honrarle por toda la deshonra que estaba sufriendo, componía un cantar con que alabarle perpetuamente en el cielo por todos los insultos que aquella noche le decían.


VIERNES SANTO.

Amaneció el día siguiente, viernes. Fue aquél un día infeliz para el pueblo judío, porque en aquel día cometió un pecado horrible, por el que había de merecer un terrible castigo. Pero también fue un día dichoso porque aquel día se puso fin al pecado Por todos los siglos, se redimió el mundo y se abrió la puerta del cielo que estaba cerrada.
Aunque la noche anterior se había celebrado consejo en casa de Caifás, sin embargo, para dar un cierto aspecto de justicia y convencer al pueblo de su decisión, los sacerdotes decidieron que luego, «por la mañana, se reuniesen en sesión plenaria» en el lugar acostumbrado, y que allí, con un procedimiento más formalmente jurídico y con más seriedad se tratase de nuevo la causa de Jesús Nazareno (Mt 27, 1). Aunque la determinación era la misma que antes: «condenarle a muerte», y pasar la ejecución a los romanos. La mayor parte de los sacerdotes eran gente anciana, o, por lo menos, con bastantes años; habían velado hasta bien tarde la noche anterior, sin embargo, se reunieron todos en consejo apenas amaneció (Me 15, 1). Por lo que se ve, andaban muy diligentes para hacer el mal.
Según la opinión de muchos se celebró esta sesión plenaria, no en casa del sumo sacerdote, sino a lo que ahora es el ayuntamiento o el juzgado: «En cuanto amaneció se reunieron los ancianos del pueblo... y lo llevaron a su consejo», que es el Sanedrín o senado de  los judíos, donde se tenían las reuniones oficiales. Sentados ya cada uno en su escaño los jueces, citaron al preso para que compareciera. Le sacaron de la cárcel donde estaba, en el palacio particular del pontífice, y le llevaron por las calles al palacio oficial o tribunal para presentarle al Sanhedrín o senado judío. Le fueron custodiando en este trayecto muchos guardias, y la gente gritaba a su paso. Era ya de día, los habitantes de la Ciudad se habían despertado y salían a sus puertas y ventanas para ver a un preso tan conocido y admirado por su santidad y sus obras. El Señor iba con las manos atadas, y la cuerda que ataba sus manos se unía al cuello: esta es la pena que se daba a los que habían usado mal de su libertad en contra del pueblo.


jueves, 6 de abril de 2017

LA PASION DEL SEÑOR


 

 
JUEVES SANTO
 
 
Pudo ocurrir así: Terminaron los sacerdotes de juzgar al Señor y se marcharon a sus casas. Trasladaron al Señor a otra habitación de la casa donde debían guardarle hasta la mañana siguiente. El sumo sacerdote se había ido a dormir; en la casa no quedaban ya más que los criados y guardas de ella. Todos estaban en el atrio, calentándose al fuego. Hartos y cansados ya de burlarse del Salvador, con frío, con sueño, se iban turnando en la guardia de Jesús. En estos momentos Pedro afirmó no conocerle. En torno al fuego, unos estaban de pie, otros sentados. Y Pedro, como quien está enfriado del amor de Cristo, se calentaba junto al fuego de los enemigos de Cristo. Muy pronto apetece el consuelo sensible a aquel que ha dejado el amor de Dios.
La portera que le había abierto, «al verle sentado junto al fuego», le dijo: « ¿Eres tú, acaso, de los discípulos de ese hombre?», Y, antes de que Pedro pudiera contestar, se fijó más en él y añadió: « ¡Sí, seguro que eres uno de los que andaban con Jesús Nazareno», Y vuelta a los demás les dijo: «Éste es uno de los que andaban con Él» (Le 22, 56).
Pedro, sintiéndose acosado por esa mujer ante tanta gente que le miraba, lleno de miedo, negó «ante todos» ser un discípulo de Jesús, y dijo: «No lo soy ni le conozco. Ni sé ni entiendo lo que dices, mujer» (Mt 26, 70.    In 18, 17. Le 22,57. Me 14, 68).
 
¡Pedro, Pedro! Y hace muy poco decías: «Aunque todos se avergüencen de Ti yo no me avergonzaré, y si es necesario morir contigo, yo no te negaré» (Mt 26,
33 y 35). No estás en peligro de muerte, ni te juzga el jefe de los romanos ni el sumo sacerdote de los judíos, no te amenazan los soldados, ¿Cómo entonces te asustas y no sabes responder con valentía a una portera? Presumiste sin fundamento, Pedro; eres un hombre débil, y ante una pequeña ocasión, sin la ayuda de las gracias, eres vencido.
Se pusieron en pie los que estaban allí, y Pedro, para disimular, se puso también en pie y se acercó más al fuego para calentarse. Pero no estaba tranquilo, tenía miedo, y se alejó de ellos y «salió fuera» del atrio, «al zaguán» de la casa (In 18, 18 y 25. Me 14, 68). Estando allí, el gallo cantó por primera vez.
Debía de ser grande el ruido y trajín que habría en aquellos momentos: unos entraban, otros salían, todo el mundo hablaba y daba su opinión o preguntaba sobre lo que había ocurrido aquella noche. Pedro intentaba no ser visto para que no le reconocieran, y a la vez deseaba saber qué ocurría con su Maestro. Estaba inquieto después que había mentido diciendo que no era discípulo de Jesús ni le conocía y no sabía dónde ni cómo ponerse: unas veces se sentaba, otras se ponía de pie, unas veces intentaba escuchar acercándose a los grupos de criados, otras se alejaba y salía del atrio hacia el portal, volvía a entrar, sobresaltado, nervioso.
«Poco después», una de las veces en que iba hacia la puerta del zaguán, se fijó en él otra sirvienta de la casa, y dijo a la gente que estaba allí cerca: « ¡Éste es
de los que estaban con Jesús Nazareno» Pedro se volvió a sentar entre los demás junto al fuego, y le preguntaron: «¿Es verdad que eres de los discípulos de ese hombre?». Pedro dijo: «No, no lo soy». Un criado, que le miraba fijamente, le dijo: «Seguro que eres uno de ellos». Pedro hizo como que se enfadaba: « ¡Déjame en paz, hombre, he dicho que no lo soy!». Y juró no conocer a Jesús.

Pedro debiera haberse ya marchado la primera vez que le negó, debiera haber abandonado aquella compañía y conversación que tanto mal le hacía. Pero como continuó allí, su pecado y su culpa fueron mayores. La primera vez sólo mintió, pero ya la segunda vez juró. Es un ejemplo para nuestra propia debilidad: debemos huir de las ocasiones de pecado para no caer en él. Pero Pedro se quedó junto al fuego, y su tercera negación aún fue peor que las dos primeras.
«Como una hora después» (Lc 22, 59), uno de los que estaban allí comentó: «Estoy seguro que este hombre andaba con Él, se nota que es galileo», Los demás repitieron lo mismo: «Seguro que tú eres uno de ellos, porque se nota que eres galileo, y eso no lo puedes negar porque se ve en tu modo de hablar» (Me 14, 70; Mt 26,73). Esto lo decía porque los galileos tenían un acento especial que les distinguía de los demás judíos. Pedro insistió en que no era discípulo del Señor, pero «Uno de los criados del pontífice, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, le descubrió: No lo puedes negar, yo mismo te vi en el huerto cuando estabas con Él». « ¡Pero, hombre, ¿qué dices? ¡No te entiendo!». Pero como ya no le creían, «empezó a jurar y a maldecir», y gritó: « ¡Yo no conozco a ese hombre!». «Inmediatamente, el gallo cantó». Eran como las cuatro de la madrugada.
No ocurrió lo que Pedro había dicho: «Daré mi vida por Ti», sino lo que el Salvador había asegurado: «Me negarás tres veces». Todos los evangelistas cuentan las tres negaciones de Pedro.
Jesús se acordaba de Pedro, que estaba tan olvidado de Él, y le echó una mano para que se levantara de su caída: le miró. «El Señor se volvió y miró a Pedro»
(Le 22, 61). Pudo ser que coincidiera aquel momento con la terminación del proceso y estuvieran bajando al Señor a otra habitación. Y, si no fue así, pudo ser que el mismo Pedro subiera al piso de arriba para ver qué hacían con el Señor. A pesar de que el Señor estaba sufriendo de aquella manera, le ayudó, mirándole. Miró el Señor a Pedro y, con su mirada, Pedro entendió lo que le quería decir, y se acordó de lo que había dicho y él no quiso creer: «Esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres». Y, «saliendo fuera, lloró amargamente» (Le 22, 62).
Conoció la gravedad de su culpa y la bondad del Señor a quien había ofendido. Lloró con amargura porque las lágrimas nacían de la dulzura del amor de su Maestro. El había afirmado en otra ocasión que Jesús era el Hijo de Dios vivo, y ahora, por miedo, había negado conocerle.  79
 
Lloraba amargamente porque se acordaba de todos los beneficios que había recibido del Señor, cómo le había distinguido sobre los demás compañeros; se acordaba de que le había avisado y él, en cambio, en un momento, había hasta jurado no conocerle. Aquel juramento y aquellas maldiciones que echó delante de todos le quemaban las entrañas, y por eso lloraba a lágrima viva. Fue tanto su dolor que, desde aquel día, todas las mañanas, al oír el canto del gallo se sobresaltaba y le daba un vuelco el corazón, y durante muchos días lloró al acordarse. «Empezó a lloran, dice San Marcos, como si aquel fuera sólo el comienzo y su llanto continuara mucho tiempo después.
Quedó Pedro tan herido con la mirada del Señor, que ni pudo retractarse públicamente de su mentira.
Quedó tan arrepentido que sólo pudo echarse a llorar.

Con aquella caída fue ya más humilde y menos confiado en sí mismo, no quiso poner a riesgo más veces su flaqueza. Así pudo enseñar a los demás a evitar las ocasiones de pecar, y enseñó la verdadera fortaleza, la que viene de Dios.
No quiso echarse allí mismo a los pies del Señor pidiéndole perdón, quizá le pareciera demasiado atrevimiento conseguir el perdón tan pronto, quizá quiso pedirlo primero con sus lágrimas y su penitencia. Solamente lloró y no dijo ninguna excusa, calló y lloró, y así lavó su culpa, con lágrimas. Y para llorar mejor se salió fuera. Se alejó del palacio donde había cometido el pecado. ¿A dónde iría a consolarse sino a la Virgen María, refugio de los pecadores, para contarle su tristeza y amargura? Ella le consoló y le dio la firme esperanza de alcanzar el perdón de su Hijo.
No sin motivo permitió el Señor que la piedra fundamental de su Iglesia pecara y flaqueara así. Podemos aprender con esto que nadie debe confiar presuntuosamente en sí mismo, pues un apóstol tan privilegiado y tan querido cayó. Tomemos el aviso que nos da San Pablo: «El que piensa que está en pie, fíjese bien, no sea que se caiga» (1 Cor 10, 12). También podemos aprender de lo ocurrido a Pedro que nadie debe desconfiar de Dios, por perdido que esté, pues Pedro, habiendo cometido un pecado tan grande, volvió a la primera amistad gracias a sus lágrimas y a su penitencia, y al amor de Dios. Fue hecho príncipe de los apóstoles, cabeza de la Iglesia, Pastor del rebaño de Cristo, depositario de las llaves del reino de los cielos. También San Agustín da otra razón, dice: «Me atrevo a decir que es provechoso a los soberbios caer en algún pecado claro y evidente, por el cual se vean tal como son, pecadores, pues con su soberbia ya habían pecado. Más pecador se vio Pedro cuando lloró su culpa que cuando presumía de su fidelidad». Y San Gregario aún da otra razón: «Para que aquel que iba a ser Pastor de la Iglesia aprendiese por sí mismo cómo debía comprender las debilidades ajenas y compadecerse de ellas. La misericordia que usó el Señor con él fue grande y digna de ser siempre recordaba: el Señor mira a su amigo que le ha negado para salvarle, y le da la mano para que no se pierda.
Así fue de piadoso el Señor con él para que él lo fuera con las ovejas del rebaño que le iba a encomendar, para que no desamparase a nadie por muy enfermo o rebelde o perdido que estuviese».
 
Cristo padeció por los hombres con amor
 
El Salvador pasó toda la noche entre los que se burlaban de Él y le molestaban, y, mientras tanto, les deseaba la paz y la felicidad, y no pensaba en pensamientos de venganza. Nada ni nadie era más poderoso que Él, y Él se entregaba al sufrimiento por amor a Dios y a los hombres. Estaba triste el Señor, pero, a la vez, su amor era tan grande que se puede decir que deseaba sufrir, pues su dolor salvaba a los hombres. Esta noche de dolor fue también noche de consuelo y alegría, «bañándose» -bautizándose-, como Él dijo, «con este baño» este bautismo- de sangre, «hartándose de oprobios» (Lamentaciones 3,30).
 
Este amor de Cristo «supera y está por encima de todo entendimiento» (Els 3, 19), porque la fuente de donde nace está también fuera de toda comprensión.
Porque no se basa su amor al hombre en su perfección o en sus méritos, pues es una criatura imperfecta y pecadora. No es posible amar al hombre por sí mismo, el Señor no es ciego para poner su amor en una criatura que tan poco lo merece. Este amor se funda en el amor que el Padre Eterno le tiene a Él, y en los inmensos beneficios que le concedió como hombre, tanto es así que por agradecimiento y obediencia y amor a su Padre, Dios amó a los hombres. Pero... ¿por qué ama Dios al Hombre?
 
 
 

CREDIDIMUS CARITATA: VIDA DE MONS. LEFEBVRE


 
Las Conferencias de Santo Tomás.

 

En honor del Doctor Angélico, se impartían en el Seminario modestas «Conferencias de Santo Tomás» concebidas para estimular entre los filósofos y los teólogos el gusto por el estudio de las cuestiones actuales a la luz de Santo Tomás y de los Papas.

El 2 de diciembre, en presencia de Monseñor Chollet, Arzobispo de Cambrai, Georges Michel sentó en el banquillo de los acusados a la Declaración de los Derechos del Hombre. Esa conferencia adquiriría la fama de que luego hablaremos. El caso es que Monseñor Chollet añadió el siguiente epílogo a la exposición del joven teólogo: «Sólo Dios es un derecho puro... mientras que nosotros somos al principio una deuda, y sólo tenemos derechos para satisfacerla». Hermosa expresión de la naturaleza objetiva del derecho y afirmación de la primacía del bien común, nociones ignoradas por el individualismo liberal de la Revolución.

Más tarde Pierre de La Chanoine refutaría la libertad de pensamiento, de conciencia y de cultos; y Robert Prévost, a quien algún compañero tildaba de «demócrata» (opinión tolerada por el Padre Superior, pero despreciada por el Padre Voegtli), expondría con valor la génesis del laicismo". Algunas de estas conferencias se imprimieron entonces en folletos de difusión restringida, mientras que el Padre Roul publicó en 1931 su obra La Iglesia católica y el derecho común".

 

Dos novicios en la familia

 

Marcel Lefebvre se embebía por todos los poros de su alma de las enseñanzas que se le prodigaban por todas partes con mano tan generosa. Después de Navidad, al enviar su felicitación de Año Nuevo a sus padres, les deseaba «principalmente avanzar en la perfección. El deseo de perfección que lo animaba era compartido por sus hermanos mayores: en Pascua de 1924 se enteró por su madre, fiel corresponsal, de la entrada de su hermana Jeanne en el Noviciado de María Reparadora en Tournai. En cuanto a su hermano René, se hallaba terminando su servicio militar en el XV Regimiento Acorazado en Douai. En agosto los dos hermanos, de sotana, se encontraron con sus dos hermanas en Saint-Savin, en los Pirineos.

Christiane contaba cómo René no había alcanzado aún toda la dignidad de un eclesiástico. Tarareaba incluso en su presencia canciones de la Alhambra, por lo que se ganó un reproche de Marcel: « ¡Pero René, no le vas a enseñar a tu hermana canciones de cuartells ", Pues bien, más profundo de lo que parecía, y resuelto a realizar su vocación misionera sin más demora, René ingresó en el Noviciado de los Padres del Espíritu Santo, en Orly, el5 de octubre de 192451.

 

Filosofía y contemplación

 

Decidido a afrontar con valentía su «tercer año» de filosofía, Marcel Lefebvre volvió a Roma el 20 de octubre de 1924. Entre los nuevos seminaristas encontró a un joven sacerdote irlandés, John Charles Mc Quaid, futuro Arzobispo de Dublín. Comenzaba el Año Santo. En noviembre, Marcel pudo ver al Cardenal Merry del Val celebrando «con una devoción conmovedora». Al contarles su emoción a sus padres, su madre anotó: «Marcel nos escribe cartas desbordantes de Roma, disfruta de todas las ceremonias actuales en honor del Año Santo y cada vez se siente más feliz de pertenecer a la Iglesia» En la Gregoriana, la clase preferida del joven estudiante era la del Padre Attilio Munzi sobre teodicea: por fin, en esa cima de la filosofa, se podía respirar un poco de aire puro; a pesar de su debilidad, la razón humana puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios y a la contemplación de sus perfecciones infinitas. Ahora bien, las sutilezas del Padre Munzi, que eran las de su maestro Cayetano, el gran comentarista de Santo Tomás, «hacían casi difíciles las cosas fáciles», aunque sólo para disfrutar luego de la alegría del descubrimiento y del progreso de la inteligencia, «porque sólo se ama y se comprende lo que es arduos ".

Cuando le resultaba demasiado «arduo», el joven Lefebvre iba a consultar al «repetidor» de filosofía en Santa Chiara, el Padre Joseph Le Rohellec'". Se hada la cola a la puerta de su habitación, y siempre se conseguía una respuesta. Resultaba maravilloso ver al Padre alcanzar un grueso volumen de Santo Tomás, citar un texto, buscar los pasajes paralelos con una rapidez que manifestaba una larga intimidad con el santo Doctor, cotejados entre sí, completados unos con otros, y hacer salir de ellos la doctrina del Maestro ... Y entonces una gran sonrisa iluminaba su rostro".

Porque naturalmente, en Santa Chiara, por aprobación tácita pero notoria del Padre Le Floch, se seguía a Santo Tomás de Aquino, ya Santo Tomás en el texto, el texto de su Suma Teológica, como lo había ordenado y mandado San Pío X en su Motu Proprio Doctoris Angelici del 29 de junio de 1914. Así pues, reinaba en el seminario la fiebre tomista, como atestiguaba el Padre Berto: Cinco años de ese régimen debían crear tomistas y, a decir verdad, nada en nuestra educación conducía a otra cosa y todo conducía a eso; por supuesto no a hacer de nosotros teólogos tomistas, pretensión ridícula, pero sí al menos tomistas en teología, y tomistas de convicción y de estudio.

En las «repeticiones» públicas que el Padre Le Rohellec daba en el seminario, Marcel apreciaba «el hábito del profesor de remontarse a los principios y resolver por medio de ellos todos los problemas, esa forma de reducido todo a la unidad del ser, que da una idea de la sublime armonía de la Creación».

El seminarista buscó el principio más unificador. Por eso le escribió al Padre bibliotecario la siguiente nota: «Desearía, Padre, la Revue des sciences philosophiques et thelogiques, abril de 1909, Padre del Prado: De veritate fundamentali philosophiae christianae. El principio que ahí leyó era sencillo: «Existe en los seres creados una distinción real entre esencia y existencia». El corolario inmediato es que sólo Dios es el ser, no participado ni recibido.

Dios es a sé, existe por sí mismo, mientras que nosotros somos ab alio, existimos por otro. Además, la aseidad es la definición que Dios dio de Sí mismo a Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex. 3, 14). De ahí se deduce que no tenemos el ser por nosotros mismos. Entonces el seminarista se puso a meditar esta verdad: «Yo no soy nada, nada sin Dios, lo recibo todo de Él, luego lo recibo todo de Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios». Esa verdad se convirtió en «su disposición fundamental: reconocimiento de nuestra nada ante Dios y de nuestra dependencia continua con relación a Él, en nuestra existencia y en nuestra actividad» 

Fue entonces cuando Marcel Lefebvre disfrutó verdaderamente de la filosofía.

 

Vacaciones en Umbría. Una prueba para la vocación

 

Las cabezas cansadas recibían con gusto las pequeñas vacaciones, sobre todo las de Pascua. La casa de campo de San Valentino se abría a una colonia de alpinistas novatos. El año anterior, Marcel se había inscrito en el Club Alpino Italiano, y había hecho la ascensión del Pizzuto, Pero, al parecer, ese año prefirió imitar a los antiguos peregrinos y participar en sus méritos caminando a pie, bastón en mano y mochila a la espalda, solicitando una modesta hospitalidad en los viejos conventos franciscanos o en las casas parroquiales de las pequeñas aldeas de Umbría.

Pasábamos la noche en esas pequeñas aldeas -contaba- donde nos maravillaba comprobar la relevancia de que gozaba el sacerdote. Él lo era todo: juez, alcalde, conocía a todo el mundo, y era recibido con alegría por todas las familias. Nada se hacía sin el sacerdote, y todo lo hada con un celo y una entrega admirables, viviendo de manera excepcionalmente pobre. Viniendo de Francia, donde el espíritu laico había penetrando tan profundamente que el sacerdote era considerado casi como un extraño en el pueblo, todo eso suponía para mí una diferencia muy grande".

El joven estudiante rezó con fervor en la tumba de su segundo Santo patrono en Asís y, fortalecido desde todos los puntos de vista por su peregrinación, hizo el último esfuerzo del tercer trimestre y el 27 de junio de 1925 consiguió con un feliciter su doctorado en filosofía.

El verano le permitió cambiar de aires ayudando? a un sacerdote en un patronato parroquial de jóvenes. Allí se quedó atónito al ver que algunos sacerdotes sostenían discusiones vehementes, duras y lamentables, que provocaban distanciamientos y casi rupturas. Y confieso --dedo- que eso me hizo sufrir tanto que mi vocación llegó a tambalear durante mi seminario. Me decía: es lamentable tener que vivir en estas condiciones y encontrarse en una casa parroquial donde se van a presenciar tales enfrentamientos.

Marcel Lefebvre retuvo la lección toda su vida: «Hay que tomar propósitos firmes y hacer todo lo posible para nunca ser motivo de escándalos”.

 

miércoles, 5 de abril de 2017

LOS MÁRTIRES MEXICANOS

P. Pedro Maldonado

El Mártir de Chihuahua.

El gobierno mexicano a las órdenes del poder oculto de la conspiración contra el orden cristiano, consciente de que por medio de las armas no podía vencer la resistencia heroica de los cristeros, decidió pasarse a la táctica, recomendada siempre por los jefes fundadores de la dicha conspiración, como la mejor de todas: la táctica de la doblez y la falsía más hipócrita, que había de llamarse después: la de la mano tendida, y en nuestros mismos días la de la oliva de la paz.
Cuando esto escribo, el mismo Malenkov sucesor impuesto al desdichado
Stalin. que acaba de morir con toda probabilidad envenenado por sus mismos colegas, todavía proclama a voz en cuello, que ellos desean la paz, que son los occidentales los que la amenazan, que nada verían con mayor gusto que estos occidentales se arreglaran con ellos en franca armonía.. . Y al mismo tiempo dan órdenes a sus aviadores de derribar a los aviones ingleses y americanos, que van a buscar a su propio territorio.
¿Quién les cree ahora? Puede ser que no falten algunos imbéciles de esos de los que la Sagrada Escritura dice: Stultorum numerum infinitus est.) Es infinito el número de los necios. Pero en general, ya después de tantas experiencias, aun de entre esos mismos imbéciles, una gran parte desconfía.
¡Ahora sí...! Pero el año de 1928 cuando la persecución abierta y declarada por Calles al catolicismo mexicano, no había dado el resultado apetecido por los conspiradores, y se resolvieron a abrazar la táctica aconsejada por el fundador del iluminismo El Mártir de Chihuahua.

El gobierno mexicano a las órdenes del poder oculto de la conspiración contra el orden cristiano, consciente de que por medio de las armas no podía vencer la resistencia heroica de los cristeros, decidió pasarse a la táctica, recomendada siempre por los jefes fundadores de la dicha conspiración, como la mejor de todas: la táctica de la doblez y la falsía más hipócrita, que había de llamarse después: la de la mano tendida, y en nuestros mismos días la de la oliva de la paz.
Cuando esto escribo, el mismo Malenkov sucesor impuesto al desdichado
Stalin. que acaba de morir con toda probabilidad envenenado por sus mismos colegas, todavía proclama a voz en cuello, que ellos desean la paz, que son los occidentales los que la amenazan, que nada verían con mayor gusto que estos occidentales se arreglaran con ellos en franca armonía.. . Y al mismo tiempo dan órdenes a sus aviadores de derribar a los aviones ingleses y americanos, que van a buscar a su propio territorio.
¿Quién les cree ahora? Puede ser que no falten algunos imbéciles de esos de los que la Sagrada Escritura dice: Stultorum numerum infinitus est.) Es infinito el número de los necios. Pero en general, ya después de tantas experiencias, aun de entre esos mismos imbéciles, una gran parte desconfía.
¡Ahora sí...! Pero el año de 1928 cuando la persecución abierta y declarada por Calles al catolicismo mexicano, no había dado el resultado apetecido por los conspiradores, y se resolvieron a abrazar la táctica aconsejada por el fundador del iluminismo masónico Weishaupt: sed hipócritas hubo entre nosotros, quien no creyera tanta perfidia en los hombres de nuestro gobierno, y aceptaron "la mano tendida" que se les ofrecía. . .A Calles y a Portes Gil había sucedido en la presidencia de la República el general Cárdenas, y la persecución que había amainado un poco ¡oh, muy poco!, volvió esporádicamente a su carácter sangriento.
Una de estas gloriosas víctimas, de lo que pudiéramos llamar: el segundo episodio de la misma persecución sangrienta, fue en la fronteriza entidad de Chihuahua, el padre Pedro Maldonado, cuya santa vida y glorioso martirio trato ahora de bosquejar, porque tiene un lugar muy preferente en el catálogo espléndido de nuestros mártires mexicanos.
Pedro Maldonado era hijo de Chihuahua donde había nacido de padres humildes en 1895, y había sido bautizado en la parroquia del Sagrario de la misma ciudad con el nombre significativo de Pedro de Jesús.
Por entonces se habían fundado por el benemérito padre Delgado de la Compañía de Jesús, unas escuelitas católicas, que hacían mucha falta, y en una de ellas aprendió nuestro Pedro las primeras letras. Ya de nueve años pasó a otra escuela para mayorcitos, particular de los PP. Paulinos, y finalmente a los catorce años, ingresó en el seminario de la Diócesis, donde cursó toda su carrera sacerdotal bajo la dirección acertadísima del padre Bruno Álvarez.
Cuando este excelente sacerdote lo recibió en el seminario le dijo:
— ¿Con que quieres ser padrecito? —Seré lo que Dios quiera —contestó el muchacho, con una de esas respuestas que hacen adivinar en los niños una acción directa de Dios. Porque en efecto ese entregarse totalmente a la voluntad de Dios, fue el rasgo característico del padre Maldonado durante toda su vida.
De él se refiere así mismo, otra frase reveladora de la nobleza y santidad de aquel futuro sacerdote mártir. Al terminar unos ejercicios espirituales
en el seminario, el padre Rector llamó uno por uno a los alumnos para preguntarles cuál había sido su resolución principal o fruto de dichos ejercicios, y el joven le contestó: "Yo he sacado como resolución, tener mi cuerpo en la tierra pero mi mente y mi corazón en el Sagrario". Y a fe,
Pb, Pedro Maldonado que por la intensa devoción al Santísimo Sacramento, que manifestó siempre, se pudo ver que aquella resolución no la olvidó nunca y la practicaba con gran fervor Ordenóse al fin de sacerdote en El Paso, Tejas, el 25 de enero de 1918 y cantó su primera misa en el templo de la Sagrada Familia de Chihuahua, el 11 de febrero del mismo año, festividad de Nuestra Señora de Lourdes.
Diez y ocho años después, en la misma festividad de Nuestra Señora había de sellar su vida sacerdotal con el martirio, el 11 de febrero de 1937.
Esta vida se deslizó activa y fecunda siempre en buenas obras de celo pastoral en las parroquias de San Nicolás de Carretas, San Lorenzo, Cusi y Jiménez, hasta que fue nombrado párroco de Santa Isabel en 1924.
Una de sus obras predilectas en esta parroquia, fue el establecimiento y progreso de la Adoración Nocturna para los hombres, en la que siempre tomaba él parte activa, permaneciendo horas enteras ante el Santísimo Sacramento en profunda adoración, después del intenso trabajo pastoral de todo el día.
En esa parroquia le sorprendió el primer episodio sangriento de la conspiración contra el orden cristiano, con la suspensión de cultos, la traslación continua y clandestina de un lugar a otro, para administrar los santos sacramentos y celebrar la santa misa cotidiana en las casas de los fieles, y las continuas amenazas de prisión o muerte.
No es decible lo que tuvo que sufrir en aquellos tristes días de nuestra vida nacional. Tenía el presentimiento de que algún día había de ser mártir y aun lo deseaba vehementemente, repitiendo con frecuencia las palabras del Divino Maestro: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre, y ¡cómo anhelo el que llegue esa hora!" Pero también sabía, que esa hora no le había llegado aún, y aun afirmaba seriamente que el Divino Niño Jesús, cuya devota imagen nunca dejaba de llevar consigo en todas sus andanzas, se lo había dicho. Otra de sus devociones especiales era hacia Santa Teresita del Niño Jesús y procuraba seguir, a imitación de ella, el mismo caminito espiritual que enseña tan simpática y fervorosa santita.
Y si la hora de su bautismo sangriento no había llegado, tuvo siempre y en gran manera, el de las tribulaciones del corazón. Sufría de la perversidad de los malos y de la lenidad en el servicio de Dios de los buenos. Como siempre sucede con aquellos a quienes devora el celo de la gloria de Dios, se le tachó muchas veces de temerario, de imprudente, que con sus actividades clandestinas, no sólo ponía en peligro su propia vida, sino la de sus favorecedores y amigos, que le ofrecían sus moradas para centro de irradiación de su celo apostólico.
Aprehendido al fin de 1934 por los esbirros de la tiranía, después de maltratarlo fue desterrado al Paso. Pero poco duró su destierro, porque la ruina de tantas almas mexicanas privadas de los auxilios del sacerdote, no le dejaba, ¡le urgía como a otro San Pablo! y le impulsó al fin a pasar clandestinamente la frontera, disfrazado de un humilde obrero, y llegar a su parroquia de Santa Isabel, donde volvió a emprender su antiguo apostolado.
Pero ¡había llegado su hora! Un Judas de los que como hemos visto no faltaron en los dos episodio? de la persecución, lo denunció a las autoridades del estado, y fue cazado al fin en su propia casa y aprehendido.
Ninguna resistencia opuso a sus verdugos, y por el contrario la alegría que manifestaba y el perdón generoso con que a imitación del Divino Maestro los gratificaba, excitó en éstos no sólo la admiración, sino una especie furor sádico. Sin que diera motivo alguno que excitara la cólera de aquellos hombres, marchaba entre los soldados, con sus brazos fuertemente apretados contra su pecho, y prontamente nos explicaremos por qué. De pronto los verdugos se inflamaron en odio diabólico, y comenzaron a golpearle tan bárbaramente con sus armas, que le fracturaron el cráneo, le saltaron un ojo y lo magullaron de tal modo que creyéndolo muerto, lo dejaron tirado a las orillas del camino que llevaban a la capital del estado.
Sus fieles amigos, que de pronto lo perdieron de vista, comenzaron a buscar a su pastor y en la casa, lugar de su aprehensión, les refirieron el hecho. Desolados e inquietos salieron en su busca y al fin dieron con él en la cuneta del camino. Aun no había muerto, y lograron que fuese llevado al hospital civil de Chihuahua, como uno de tantos heridos o enfermos del pueblo. Pero una de las enfermeras lo reconoció, y dio aviso prontamente al celosísimo padre Espino, que ahora es Obispo Auxiliar de la diócesis chihuahuense.
Acudió el incansable pastor y llegado al lecho del herido, éste a su vez lo reconoció, y entonces por primera vez desde su prisión en Santa Isabel, descruzó los brazos de el sobre el pecho dejándolos caer a lo largo del cuerpo. No podía hablar, pero aquel gesto llamó la atención del padre Espino y tuvo una sospecha, que el cielo se encargó de que pudiese verificarla.
Registró sus ropas ensangrentadas, y sobre ese pecho magullado y jadeante encontró el relicario con el Santísimo Sacramento, que llevaba siempre en sus correrías apostólicas para auxilio de los enfermos y moribundos.
Tomólo con la reverencia debida el padre Espino, y una vez que había  cumplido aquel acto, como si sólo esperara aquello para evitar cualquier profanación salvaje e impía, con una sonrisa de satisfacción exhaló el último suspiro.
La noticia de aquel último sacrificio sacerdotal de la segunda parte de la persecución sangrienta, causó en la católica ciudad de Chihuahua una impresión tremenda, aun entre los indiferentes y enemigos.
Organizóse inmediatamente una manifestación de protesta, como no hay memoria de que hubiese otra semejante. Casi toda la ciudad desfilaba por las calles hacia el Palacio Federal, en profundo silencio, como era propio de un duelo. De pronto una joven valerosa hizo en una esquina en voz alta, el panegírico del mártir, y al llegar a la Plaza Hidalgo, otros oradores le secundaron pidiendo además la libertad religiosa prometida en los arreglos de 1928. ¡Hacía años que las campanas de los templos estaban mudas! La policía intervino entonces para disolver aquella manifestación y aprehendieron a unas cien personas, llevándolas a la comandancia, e imponiéndoles la curiosa multa de noventa y nueve pesos, noventa y nueve centavos, a cada uno.
Porque ¿cómo había de decirse que las autoridades de Chihuahua, habían tasado en cien pesos, las cabezas de los católicos chihuahuenses?
 Weishaupt: sed hipócritas hubo entre nosotros, quien no creyera tanta perfidia en los hombres de nuestro gobierno, y aceptaron "la mano tendida" que se les ofrecía. . .A Calles y a Portes Gil había sucedido en la presidencia de la República el general Cárdenas, y la persecución que había amainado un poco ¡oh, muy poco!, volvió esporádicamente a su carácter sangriento.
Una de estas gloriosas víctimas, de lo que pudiéramos llamar: el segundo episodio de la misma persecución sangrienta, fue en la fronteriza entidad de Chihuahua, el padre Pedro Maldonado, cuya santa vida y glorioso martirio trato ahora de bosquejar, porque tiene un lugar muy preferente en el catálogo espléndido de nuestros mártires mexicanos.
Pedro Maldonado era hijo de Chihuahua donde había nacido de padres humildes en 1895, y había sido bautizado en la parroquia del Sagrario de la misma ciudad con el nombre significativo de Pedro de Jesús.
Por entonces se habían fundado por el benemérito padre Delgado de la Compañía de Jesús, unas escuelitas católicas, que hacían mucha falta, y en una de ellas aprendió nuestro Pedro las primeras letras. Ya de nueve años pasó a otra escuela para mayorcitos, particular de los PP. Paulinos, y finalmente a los catorce años, ingresó en el seminario de la Diócesis, donde cursó toda su carrera sacerdotal bajo la dirección acertadísima del padre Bruno Álvarez.
Cuando este excelente sacerdote lo recibió en el seminario le dijo:
— ¿Con que quieres ser padrecito? —Seré lo que Dios quiera —contestó el muchacho, con una de esas respuestas que hacen adivinar en los niños una acción directa de Dios. Porque en efecto ese entregarse totalmente a la voluntad de Dios, fue el rasgo característico del padre Maldonado durante toda su vida.
De él se refiere así mismo, otra frase reveladora de la nobleza y santidad de aquel futuro sacerdote mártir. Al terminar unos ejercicios espirituales
en el seminario, el padre Rector llamó uno por uno a los alumnos para preguntarles cuál había sido su resolución principal o fruto de dichos ejercicios, y el joven le contestó: "Yo he sacado como resolución, tener mi cuerpo en la tierra pero mi mente y mi corazón en el Sagrario". Y a fe,
Pb, Pedro Maldonado que por la intensa devoción al Santísimo Sacramento, que manifestó siempre, se pudo ver que aquella resolución no la olvidó nunca y la practicaba con gran fervor Ordenóse al fin de sacerdote en El Paso, Tejas, el 25 de enero de 1918 y cantó su primera misa en el templo de la Sagrada Familia de Chihuahua, el 11 de febrero del mismo año, festividad de Nuestra Señora de Lourdes.
Diez y ocho años después, en la misma festividad de Nuestra Señora había de sellar su vida sacerdotal con el martirio, el 11 de febrero de 1937.
Esta vida se deslizó activa y fecunda siempre en buenas obras de celo pastoral en las parroquias de San Nicolás de Carretas, San Lorenzo, Cusi
y Jiménez, hasta que fue nombrado párroco de Santa Isabel en 1924.
Una de sus obras predilectas en esta parroquia, fue el establecimiento y progreso de la Adoración Nocturna para los hombres, en la que siempre tomaba él parte activa, permaneciendo horas enteras ante el Santísimo Sacramento en profunda adoración, después del intenso trabajo pastoral de todo el día.
En esa parroquia le sorprendió el primer episodio sangriento de la conspiración contra el orden cristiano, con la suspensión de cultos, la traslación continua y clandestina de un lugar a otro, para administrar los santos sacramentos y celebrar la santa misa cotidiana en las casas de los fieles, y las continuas amenazas de prisión o muerte.
No es decible lo que tuvo que sufrir en aquellos tristes días de nuestra vida nacional. Tenía el presentimiento de que algún día había de ser mártir y aun lo deseaba vehementemente, repitiendo con frecuencia las palabras del Divino Maestro: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre, y ¡cómo anhelo el que llegue esa hora!" Pero también sabía, que esa hora no le había llegado aún, y aun afirmaba seriamente que el Divino Niño Jesús, cuya devota imagen nunca dejaba de llevar consigo en todas sus andanzas, se lo había dicho. Otra de sus devociones especiales era hacia Santa Teresita del Niño Jesús y procuraba seguir, a imitación de ella, el mismo caminito espiritual que enseña tan simpática y fervorosa santita.
Y si la hora de su bautismo sangriento no había llegado, tuvo siempre y en gran manera, el de las tribulaciones del corazón. Sufría de la perversidad de los malos y de la lenidad en el servicio de Dios de los buenos. Como siempre sucede con aquellos a quienes devora el celo de la gloria de Dios, se le tachó muchas veces de temerario, de imprudente, que con sus actividades clandestinas, no sólo ponía en peligro su propia vida, sino la de sus favorecedores y amigos, que le ofrecían sus moradas para centro de irradiación de su celo apostólico.
Aprehendido al fin de 1934 por los esbirros de la tiranía, después de maltratarlo fue desterrado al Paso. Pero poco duró su destierro, porque la ruina de tantas almas mexicanas privadas de los auxilios del sacerdote, no le dejaba, ¡le urgía como a otro San Pablo! y le impulsó al fin a pasar clandestinamente la frontera, disfrazado de un humilde obrero, y llegar a su parroquia de Santa Isabel, donde volvió a emprender su antiguo apostolado.
Pero ¡había llegado su hora! Un Judas de los que como hemos visto no faltaron en los dos episodio? de la persecución, lo denunció a las autoridades del estado, y fue cazado al fin en su propia casa y aprehendido.
Ninguna resistencia opuso a sus verdugos, y por el contrario la alegría que manifestaba y el perdón generoso con que a imitación del Divino Maestro los gratificaba, excitó en éstos no sólo la admiración, sino una especie furor sádico. Sin que diera motivo alguno que excitara la cólera de aquellos hombres, marchaba entre los soldados, con sus brazos fuertemente apretados contra su pecho, y prontamente nos explicaremos por qué. De pronto los verdugos se inflamaron en odio diabólico, y comenzaron a golpearle tan bárbaramente con sus armas, que le fracturaron el cráneo, le saltaron un ojo y lo magullaron de tal modo que creyéndolo muerto, lo dejaron tirado a las orillas del camino que llevaban a la capital del estado.
Sus fieles amigos, que de pronto lo perdieron de vista, comenzaron a buscar a su pastor y en la casa, lugar de su aprehensión, les refirieron el hecho. Desolados e inquietos salieron en su busca y al fin dieron con él en la cuneta del camino. Aun no había muerto, y lograron que fuese llevado al hospital civil de Chihuahua, como uno de tantos heridos o enfermos del pueblo. Pero una de las enfermeras lo reconoció, y dio aviso prontamente al celosísimo padre Espino, que ahora es Obispo Auxiliar de la diócesis chihuahuense.
Acudió el incansable pastor y llegado al lecho del herido, éste a su vez lo reconoció, y entonces por primera vez desde su prisión en Santa Isabel, descruzó los brazos de el sobre el pecho dejándolos caer a lo largo del cuerpo. No podía hablar, pero aquel gesto llamó la atención del padre Espino y tuvo una sospecha, que el cielo se encargó de que pudiese verificarla.
Registró sus ropas ensangrentadas, y sobre ese pecho magullado y jadeante encontró el relicario con el Santísimo Sacramento, que llevaba siempre en sus correrías apostólicas para auxilio de los enfermos y moribundos.
Tomólo con la reverencia debida el padre Espino, y una vez que había  cumplido aquel acto, como si sólo esperara aquello para evitar cualquier profanación salvaje e impía, con una sonrisa de satisfacción exhaló el último suspiro.
La noticia de aquel último sacrificio sacerdotal de la segunda parte de la persecución sangrienta, causó en la católica ciudad de Chihuahua una impresión tremenda, aun entre los indiferentes y enemigos.
Organizóse inmediatamente una manifestación de protesta, como no hay memoria de que hubiese otra semejante. Casi toda la ciudad desfilaba por las calles hacia el Palacio Federal, en profundo silencio, como era propio de un duelo. De pronto una joven valerosa hizo en una esquina en voz alta, el panegírico del mártir, y al llegar a la Plaza Hidalgo, otros oradores le secundaron pidiendo además la libertad religiosa prometida en los arreglos de 1928. ¡Hacía años que las campanas de los templos estaban mudas! La policía intervino entonces para disolver aquella manifestación y aprehendieron a unas cien personas, llevándolas a la comandancia, e imponiéndoles la curiosa multa de noventa y nueve pesos, noventa y nueve centavos, a cada uno.

Porque ¿cómo había de decirse que las autoridades de Chihuahua, habían tasado en cien pesos, las cabezas de los católicos chihuahuenses?