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miércoles, 5 de abril de 2017

Monseñor Lefevbre y la sede Romana



PARA QUE LA DISPUTA NO, SE VUELVA DISCORDIA

4) El Concilio Romano de Letrán (no ecuménico), bajo el Pontificado del Papa San Martín (649-655) no
condenó a Honorio y sí a los otros heresiarcas, a pesar de tener los autógrafos de las dos cartas y muchos testigos vivos de las palabras y hechos de Honorio.
5) La carta de San León II (682-683), quien modifica los términos de la condena y aprueba las actas del Concilio concluido en septiembre del 681 (habiendo muerto San Agatón en enero del mismo año), sufre la misma falsificación, aunque atenuada, que las actas conciliares. Para no provocar disturbios mayores con los griegos, el nuevo Papa siguió el juicio de los enviados y legados de San Agatón.
6) Los Concilios I I de Nicea y IV de Constantinopla siguieron al anterior y sólo repitieron lo que en él leyeron. Hasta aquí San Roberto Bellarmino (no es textual).
San Roberto Belarmino en el L.2, C 30 dice: "Sí bien es probable que Honorio no haya sido hereje y que el Papa Adríano ll, inducido a error por los documentos falsificados del VI Concilio, se haya equivocado el declarar hereje a Honorio, esto no quita que Adríano, con el Sínodo Romano y el VIII Concilio General, era de la opinión que se podía juzgar al Pontífice Romano en caso de herejía."
San Roberto dice esto basándose en la hipótesis -que él considera menos probable- según la cual el Papa que incurriese en herejía perdería por lo mismo el pontificado y, al no ser ya más Papa, entonces, y sólo entonces podría ser juzgado por la Iglesia.
¿Qué queda en claro sobre la posibilidad de que un Papa posterior juzgue y condene a un antecesor suyo? ¿Qué fuerza tiene el adagio "par in parem potestatem non habet", es decir, un par no tiene poder sobre su par, y según el cual nadie puede propiamente ejercer jurisdicción sobre sus iguales? ¿Deberíamos decir: "la Primera Sede por nadie puede Ser juzgada, salvo por la misma Primera Sede", o lo que es lo mismo "el Papa no puede ser juzgado por nadie en la tierra, salvo por un sucesor suyo? Ni la Tradición ni el Código de derecho Canónico nos permiten hablar en ese sentido.

TERCERA DIFICULTAD

Hasta el presente, pues no se puede probar que los últimos pontífices sean herejes formales, por falta de declaración de su superior, Cristo Nuestro Señor.
Pero admitamos, como hipótesis de trabajo, que lo sean. Aun concediendo que tal o cual Sumo Pontífice haya incurrido en herejía formal, lo trabajoso del caso es probar que por ello haya perdido el Pontificado.
Hemos visto que la herejía formal externa hace incurrir en una excomunión, pero no hace perder por lo mismo inmediatamente la jurisdicción (ver cuadro II).
Hemos visto que entre los autores que afirman que el Papa puede caer en herejía hay quien sostiene que no por ello pierde el Pontificado y que, entre los contradictores de esta opinión, algunos dicen que lo pierde ipso facto y otros sólo después de una declaración (ver cuadro III).
El Código de Derecho Canónico, en su canon 2314 dice: “Todos los apóstatas de la fe cristiana y cada una de los herejes o cismáticos:
1) Incurren ipso facto en excomunión. 2) Si después de amonestados no se enmiendan, deben ser privados de los beneficios, oficios u otros cargos que tuvieren en la Iglesia y ser declarados infames, ya los clérigos, repetida la amonestación, debe deponérselos (…)”
Concediendo que el Sumo Pontífice cayese en herejía, no por esto, conforme al canon 2314, debería concluirse que ha perdido su jurisdicción: desde la caída en la herejía y su formalización por pertinacia y posterior destitución, conservaría su jurisdicción y la Sede no estaría vacante.
Aparece como cierto que, al igual que cualquier otro clérigo, el obispo de Roma debería ser depuesto por su superior, si cayese en herejía.
El Concilio Vaticano I ha enseñado que el Papa no es el Vicario de la Iglesia, sino -directamente de Cristo (Dz.1823). De lo cual resulta que la iglesia no tiene poder para deponer al Papa; lo cual es confirmado por el canon 1556. El único que tiene este poder es Jesucristo. Sin duda por este motivo, el Código de Derecho Canónico no dice absolutamente nada sobre una posible deposición de un romano Pontífice por ningún motivo.
(Anticipando la objeción de aquellos que ven en el canon 188 una alusión implícita al Sumo Pontífice los remitimos al análisis de este canon más adelante. Para quienes objeten el mismo punto basados en la Bula de Paulo IV, los remitimos al comentario inicial que hiciéramos al plantear el problema.) Admitida la posibilidad de que el romano Pontífice pueda caer en herejía, comprobamos que existe una incompatibilidad profunda (in radice) entre la condición de hereje formal externo y la posesión de la jurisdicción eclesiástica, puesto que el hereje formal externo deja de ser miembro de la Iglesia a causa de la excomunión.
Pero, si bien existe una relación íntima entre la exclusión de la Iglesia y la pérdida de la jurisdicción, sin embargo, la exclusión de la Iglesia no determina ipso facto la pérdida de la jurisdicción (cn. 2314). Esta incompatibilidad, pues, no es absoluta, la herejía formal externa corta la raíz y el fundamento de la jurisdicción, es decir, la condición de miembro de la Iglesia; pero no elimina ipso facto y necesariamente la jurisdicción. Imaginemos un obispo que haya incurrido en herejía formal externa y excomunión, y que luego, por sí mismo o por medio de la amonestación paternal del Papa, se retractase públicamente de su error... No habría sido depuesto y gozaría de su jurisdicción. Mientras no ocurra la deposición, el hereje y excomulgado gozará de una jurisdicción válida, a título precario, bien que no pueda ejercerla lícitamente (cn. 2232).
La jurisdicción del Papa hereje, pues, subsistiría en la medida en que ella sea mantenida por Nuestro Señor Jesucristo en determinadas circunstancias y por el bien de la Iglesia y de las almas. Este Papa hereje y excomulgado debería ser depuesto por su Superior, Cristo Nuestro Señor.
Por lo tanto, de las opiniones que hemos visto en el cuadro anterior no pueden sostenerse ni la que afirma que "el Papa hereje pierde el pontificado ipso facto en el momento en que cae en herejía interna", ni las que sostienen que "el Papa hereje pierde el pontificado por declaración de la Iglesia". La primera opinión no es válida puesto que, siendo la Iglesia una sociedad visible, los hechos de su vida oficial y pública no son jurídicamente consumados sino cuando ellos son notorios y públicamente divulgados. La vida pública y oficial de una sociedad visible no puede desarrollarse
*por actos solamente internos,
*por actos externos pero ocultos,
*por actos externos y públicos pero insuficientemente divulgados.
En el caso en que hubiese deposición de prelados por causas que no sean notorias y públicas, todas las jurisdicciones serían ambiguas y confusas. (Hasta aquí P. Ceriani)


Conforme se va develando este estudio sobre este tema tan controversia, quienes tengan un espíritu abierto a a un análisis a la luz del Magisterio infalible de la Iglesia y del Derecho Cónico, ignorar estas dos pilares de la doctrina y la teología es sumamente peligroso y se corre el riesgo de estar fomentando una especie de rebelión contra aquellos libros que son el pilar de la sociedad más perfecta que existe en el mundo, y se corre el riesgo de caer en la soberbia producto del desconocimiento de esta doctrina reflejada en los anteriores pilares. Es como un ciudadano civil desobedeciera los lineamientos de una constitución bien constituida como en los tiempos del gran mártir Gabriel García Moreno. Una discusión apasionada sin respetar estos argumentos aducíos por el Magisterio y el Derecho Canónico, es una discusión sin sentido común, metódico y lógico es estéril y desgastante que solo fomenta la discusión sin termino y solo afecta a la unión entre los católicos, si, fuera de estos argumentos profundos, no se tienen argumentos sólidos por quienes defienden posiciones extremas todo es un total y rotundo fracaso. Si nos dejamos llevar por la ira “santa” recordemos que ella no obra la JUSTICIA VERDADERA, y solo es poner obstáculos a la providencia divina a la cual no la conocemos según lo sentencia Él cuando dice: “Tus caminos no son mis caminos, ni tus pensamientos son mis pensamientos” y no pensemos que Él piensa lo mismo que nosotros y quiere lo mismo que nosotros pues, desde cuando el siervo es mayor que su señor o el discípulo más que su Maestro? Bástele al siervo y discípulo dejar la iniciativa a Dios pues Él solo domina los momentos y los tiempos para actuar.

martes, 4 de abril de 2017

UT NOS CREDIDIMUS CARITATE. VIDA DE MONS. LEFEBVRe



Las Conferencias de Santo Tomás.

En honor del Doctor Angélico, se impartían en el Seminario modestas «Conferencias de Santo Tomás» concebidas para estimular entre los filósofos y los teólogos el gusto por el estudio de las cuestiones actuales a la luz de Santo Tomás y de los Papas.
El 2 de diciembre, en presencia de Monseñor Chollet, Arzobispo de Cambrai, Georges Michel sentó en el banquillo de los acusados a la Declaración de los Derechos del Hombre. Esa conferencia adquiriría la fama de que luego hablaremos. El caso es que Monseñor Chollet añadió el siguiente epílogo a la exposición del joven teólogo: «Sólo Dios es un derecho puro... mientras que nosotros somos al principio una deuda, y sólo tenemos derechos para satisfacerla»45. Hermosa expresión de la naturaleza objetiva del derecho y afirmación de la primacía del bien común, nociones ignoradas por el individualismo liberal de la Revolución.
Más tarde Pierre de La Chanoine refutaría la libertad de pensamiento, de conciencia y de cultos; y Robert Prévost, a quien algún compañero tildaba de «demócrata» (opinión tolerada por el Padre Superior, pero despreciada por el Padre Voegtli), expondría con valor la génesis del laicismo". Algunas de estas conferencias se imprimieron entonces en folletos de difusión restringida, mientras que el Padre Roul publicó en 1931 su obra La Iglesia católica y el derecho común".

Dos novicios en la familia

Marcel Lefebvre se embebía por todos los poros de su alma de las enseñanzas que se le prodigaban por todas partes con mano tan generosa. Después de Navidad, al enviar su felicitación de Año Nuevo a sus padres, les deseaba «principalmente avanzar en la perfección. El deseo de perfección que lo animaba era compartido por sus hermanos mayores: en Pascua de 1924 se enteró por su madre, fiel corresponsal, de la entrada de su hermana Jeanne en el Noviciado de María Reparadora en Tournai. En cuanto a su hermano René, se hallaba terminando su servicio militar en el XV Regimiento Acorazado en Douai. En agosto los dos hermanos, de sotana, se encontraron con sus dos hermanas en Saint-Savin, en los Pirineos.
Christiane contaba cómo René no había alcanzado aún toda la dignidad de un eclesiástico. Tarareaba incluso en su presencia canciones de la Alhambra, por lo que se ganó un reproche de Marcel: « ¡Pero René, no le vas a enseñar a tu hermana canciones de cuartells ", Pues bien, más profundo de lo que parecía, y resuelto a realizar su vocación misionera sin más demora, René ingresó en el Noviciado de los Padres del Espíritu Santo, en Orly, el5 de octubre de 192451.

Filosofía y contemplación

Decidido a afrontar con valentía su «tercer año» de filosofía, Marcel Lefebvre volvió a Roma el 20 de octubre de 1924. Entre los nuevos seminaristas encontró a un joven sacerdote irlandés, John Charles Mc Quaid, futuro Arzobispo de Dublín. Comenzaba el Año Santo. En noviembre, Marcel pudo ver al Cardenal Merry del Val celebrando «con una devoción conmovedora». Al contarles su emoción a sus padres, su madre anotó: «Marcel nos escribe cartas desbordantes de Roma, disfruta de todas las ceremonias actuales en honor del Año Santo y cada vez se siente más feliz de pertenecer a la Iglesia» En la Gregoriana, la clase preferida del joven estudiante era la del Padre Attilio Munzi sobre teodicea: por fin, en esa cima de la filosofa, se podía respirar un poco de aire puro; a pesar de su debilidad, la razón humana puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios y a la contemplación de sus perfecciones infinitas. Ahora bien, las sutilezas del Padre Munzi, que eran las de su maestro Cayetano, el gran comentarista de Santo Tomás, «hacían casi difíciles las cosas fáciles», aunque sólo para disfrutar luego de la alegría del descubrimiento y del progreso de la inteligencia, «porque sólo se ama y se comprende lo que es arduos ".
Cuando le resultaba demasiado «arduo», el joven Lefebvre iba a consultar al «repetidor» de filosofía en Santa Chiara, el Padre Joseph Le Rohellec'". Se hada la cola a la puerta de su habitación, y siempre se conseguía una respuesta. Resultaba maravilloso ver al Padre alcanzar un grueso volumen de Santo Tomás, citar un texto, buscar los pasajes paralelos con una rapidez que manifestaba una larga intimidad con el santo Doctor, cotejados entre sí, completados unos con otros, y hacer salir de ellos la doctrina del Maestro ... Y entonces una gran sonrisa iluminaba su rostro".
Porque naturalmente, en Santa Chiara, por aprobación tácita pero notoria del Padre Le Floch, se seguía a Santo Tomás de Aquino, ya Santo Tomás en el texto, el texto de su Suma Teológica, como lo había ordenado y mandado San Pío X en su Motu Proprio Doctoris Angelici del 29 de junio de 1914. Así pues, reinaba en el seminario la fiebre tomista, como atestiguaba el Padre Berto: Cinco años de ese régimen debían crear tomistas y, a decir verdad, nada en nuestra educación conducía a otra cosa y todo conducía a eso; por supuesto no a hacer de nosotros teólogos tomistas, pretensión ridícula, pero sí al menos tomistas en teología, y tomistas de convicción y de estudio.
En las «repeticiones» públicas que el Padre Le Rohellec daba en el seminario, Marcel apreciaba «el hábito del profesor de remontarse a los principios y resolver por medio de ellos todos los problemas, esa forma de reducido todo a la unidad del ser, que da una idea de la sublime armonía de la Creación».
El seminarista buscó el principio más unificador. Por eso le escribió al Padre bibliotecario la siguiente nota: «Desearía, Padre, la Revue des sciences philosophiques et thelogiques, abril de 1909, Padre del Prado: De veritate fundamentali philosophiae christianae. El principio que ahí leyó era sencillo: «Existe en los seres creados una distinción real entre esencia y existencia». El corolario inmediato es que sólo Dios es el ser, no participado ni recibido.
Dios es a sé, existe por sí mismo, mientras que nosotros somos ab alio, existimos por otro. Además, la aseidad es la definición que Dios dio de Sí mismo a Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex. 3, 14). De ahí se deduce que no tenemos el ser por nosotros mismos. Entonces el seminarista se puso a meditar esta verdad: «Yo no soy nada, nada sin Dios, lo recibo todo de Él, luego lo recibo todo de Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios». Esa verdad se convirtió en «su disposición fundamental: reconocimiento de nuestra nada ante Dios y de nuestra dependencia continua con relación a Él, en nuestra existencia y en nuestra actividad»  
Fue entonces cuando Marcel Lefebvre disfrutó verdaderamente de la filosofía.
Vacaciones en Umbría. Una prueba para la vocación

Las cabezas cansadas recibían con gusto las pequeñas vacaciones, sobre todo las de Pascua. La casa de campo de San Valentino se abría a una colonia de alpinistas novatos. El año anterior, Marcel se había inscrito en el Club Alpino Italiano, y había hecho la ascensión del Pizzuto, Pero, al parecer, ese año prefirió imitar a los antiguos peregrinos y participar en sus méritos caminando a pie, bastón en mano y mochila a la espalda, solicitando una modesta hospitalidad en los viejos conventos franciscanos o en las casas parroquiales de las pequeñas aldeas de Umbría.
Pasábamos la noche en esas pequeñas aldeas -contaba- donde nos maravillaba comprobar la relevancia de que gozaba el sacerdote. Él lo era todo: juez, alcalde, conocía a todo el mundo, y era recibido con alegría por todas las familias. Nada se hacía sin el sacerdote, y todo lo hada con un celo y una entrega admirables, viviendo de manera excepcionalmente pobre. Viniendo de Francia, donde el espíritu laico había penetrando tan profundamente que el sacerdote era considerado casi como un extraño en el pueblo, todo eso suponía para mí una diferencia muy grande".
El joven estudiante rezó con fervor en la tumba de su segundo Santo patrono en Asís y, fortalecido desde todos los puntos de vista por su peregrinación, hizo el último esfuerzo del tercer trimestre y el 27 de junio de 1925 consiguió con un feliciter su doctorado en filosofía.
El verano le permitió cambiar de aires ayudando? a un sacerdote en un patronato parroquial de jóvenes. Allí se quedó atónito al ver que algunos sacerdotes sostenían discusiones vehementes, duras y lamentables, que provocaban distanciamientos y casi rupturas. Y confieso --dedo- que eso me hizo sufrir tanto que mi vocación llegó a tambalear durante mi seminario. Me decía: es lamentable tener que vivir en estas condiciones y encontrarse en una casa parroquial donde se van a presenciar tales enfrentamientos.
Marcel Lefebvre retuvo la lección toda su vida: «Hay que tomar propósitos firmes y hacer todo lo posible para nunca ser motivo de escándalos”.


AVISOS ESPIRITUALES DE SANTA TERESA DE JESUS




COMENTADOS
POR EL PADRE ALONSO DE ANDRADE

PONGA EL HOMBRE TANTO CUIDADO EN RECORDAR SU FIN CUANTO EL DEMONIO EN BORRARLE DE SU MEMORIA.

20.- Ardid antiguo fue éste de nuestro enemigo común, del cual se valió para derribar a nuestros padres, a quien puso DIOS por freno, para que no traspasasen sus preceptos, la memoria de su muerte; diciéndoles: no comáis del árbol vedado, so pena de muerte; porque en cualquiera hora que le gustáredes moriréis.
Este freno puso DIOS para tenerlos a raya, pero quitósele Satanás, asegurándoles que no morirían, y brindándoles con la deidad de DIOS: no moriréis, antes seréis como DIOS. Borróles la memoria de su muerte con la ambición de la soberanía de DIOS, porque pensando en deidad no recordasen la pena que les había de venir.
21.- Lo mismo hace contigo y con los hijos de Adán, ocupando su memoria con las honras, deleites y riquezas presentes, para que no se acuerden de las penas futuras que les amenazan si no se enmiendan. Pluguiera a DIOS despertaran del letargo que padecen, y abrieran los ojos y vieran la espada que está pendiente, sobre su cabeza, de la Justicia divina, que les está amenazando, y el hoyo de la muerte en que han de parar, y el profundo del infierno en que pueden caer.

ACUÉRDATE QUE NO TIENES MAS QUE UN ALMA.
DE LA DIGNIDAD DEL ALMA

30.- ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? En estas palabras nos enseño CRISTO 3 cosas: la dignidad del alma, que es más que todo el mundo, que no tenemos más que una, como advierte nuestra Santa, y el cuidado que debemos poner en salvarla; porque si ella se pierde todo se pierde y si se gana todo se gana.
31.- En cuanto a lo primero, la "dignidad del alma es tal, que hasta los Filósofos gentiles sin luz ni conocimiento de DIOS, la conocieron y apreciaron sobre todo cuanto se puede estimar.
32.- Porque el más principal de ellos, Aristóteles, enseñó que era no solamente más preciosa que el cuerpo, pero que todo cuanto merece estimación; todo cuanto bueno puede un hombre poseer no tiene valor en comparación de su alma y añade: cualquier cosa que le perteneciere es de mayor precio que todo lo temporal.
33. Y Séneca se adelantó a Aristóteles afirmando que no había cosa alguna grande, ni preciosa en lo criado sino el alma: ninguna cosa merece el nombre de grande sino el alma en lo criado; porque todo es corto, y nada en su comparación, pues todo es caduco y breve, sino el alma que es eterna, espiritual e incorruptible.
34.- Y Sócrates lloraba de ver piedra tan preciosa engastada en barro tan inútil; y así llamaba al cuerpo sepulcro del alma, porque en él estaba como muerta y sepultada, padeciendo sus menguas, obligada a sus acciones, impedida de las espirituales y propias, si no es por, su medio y dependencia. Yen la hora de la muerte dicen que lloró amargamente, por lo poco que había obrado, y por la pobreza de sabiduría y buenas obras, con que partía de este mundo. Lección bien ejemplar para un cristiano, que tiene luz del cielo, y espera la gloria, y sabe que se ha de dar a cada uno según sus merecimientos.
35.- Esto sintieron los Filósofos del alma, pero todo es nada, respecto de lo que dijeron los Santos; porque, como dice S. Ambrosio, el alma es la imagen de DIOS, que puso en el hombre, y una participación de su deidad; Respiró DIOS en el hombre, y diole el alma, la respiración y la vida que es un destello de DIOS.
Con el alma está vivo, y sin ella muerto, con el alma es imagen viva de DIOS, y sin ella un muladar de gusanos.
36.- Conforme a lo cual dijo San Agustín que la ventaja que hace DIOS a las criaturas, así Ángeles como hombres, ésa hace el alma a su modo proporcionalmente a todo lo corporal, 37.- Pues ¿quién podrá sondear la ventaja que lleva DIOS a todo lo criado? ¿La grandeza de su dignidad; la excelencia de su soberanía, la infinidad de su Ser? Porque, como es inmenso e incomprensible, nadie puede alcanzar lo que es, sino El mismo, que solo se conoce y comprende.     
38.- Pues, de la misma manera, ninguno puede conocer la ventaja que hace la dignidad del alma, y la naturaleza espiritual suya a las criaturas corporales, sino DIOS que la crió, y a quien su Majestad se la diere a conocer, porque dentro de los límites de lo finito apenas se puede hallar mayor.
39.- Pero ¿qué nos gastamos en discursos, sabiendo, como dice S. Bernardo, que estimó DIOS tanto el alma, que bajo del cielo por ella, y se vistió del tosco gabán de nuestra carne, y nació sujeto a las inclemencias de los tiempos, y peregrinó 33 años por el mundo, padeciendo infinitos trabajos; y últimamente echó el sello dando su sangre en un madero por ella, la cual no diera por muchos mundos que hubiera, ni por todas las riquezas del Orbe; en que conocerás que no hay cosa en todo el que se le pueda comparar?
40. De lo dicho saca por legítima consecuencia, S. Bernardo, la grande estima que cada uno ha de tener de su alma, y el cuidado y diligencia que  debe poner en no perderla, y así dice: QUARE VILIPENDIS ANIMAM TUAM,QUI PRO NIHILO DAS ILLAM? ¿Por qué desprecias tu alma, siendo por una parte tan noble, por otra tan espiritual; por otra tan capaz, que es morada de DIOS; por otra tan bella, que vence en hermosura a todo lo creado?
41.-De tan subido precio, que excede en valor a todas las Indias, de tan alta dignidad, que se iguala con los Ángeles, de tan larga vida, que compite con la eternidad de DIOS; de tanta sabiduría, que ninguna de las puras criaturas es mayor. Redimida con la Sangre de CRISTO, honrada con su imagen, heredera del cielo, capaz de la gloria, amada de DIOS, servida de los Ángeles, envidiada con los demonios, criada para Señora, y ¿tú la haces esclava? Porque tomo a preguntar:
42.- Valiendo tanto tu alma ¿tú solo la desprecias, y la vendes por tan poco, que la das por nada? ¿Por un deleite vil, por un corto interés, por un punto de honra, por una palabrilla o un gustillo, que ni tiene ser, ni nombre, ni se merece nombrar?


lunes, 3 de abril de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL


SAN LEÓN MAGNO

XIII. LAS IDEAS DEL PAPA SAN LEÓN APROBADAS POR
LOS PADRES GRIEGOS. E L «LATROCINIO» DE EFÉSO

En los escritos y actos de León I ya no sólo vemos el germen del papado soberano, sino al papado mismo manifestándose en toda la extensión de sus atribuciones.
Para no mencionar sino el punto más importante, fue proclamada la misma doctrina de la infalibilidad ex cathedra. San León afirma que la autoridad de la cátedra de San Pedro basta por sí sola para resolver una cuestión dogmática fundamental, y pide al concilio ecuménico, no que defina el dogma, sino que consienta, por la paz de la Iglesia, en la definición dada por el Papa, el cual, por derecho divino, es el legítimo guardián de la verdadera fe católica.
Si esta tesis, que recientemente fue desarrollada por el concilio Vaticano (en su constitutio dogmática de Ecdesia Christi), es una herejía, como entre nosotros se ha pretendido, el Papa San León es un hereje manifiesto y hasta un heresiarca, puesto que nadie antes que él había afirmado tal tesis de manera tan explícita, con tanta fuerza y tanta insistencia.
Veamos, pues, cómo acogió la Iglesia ortodoxa las autoritarias afirmaciones del Papa San León. Tómela mas las actas de los concilios griegos contemporáneos de ese Papa (los volúmenes V, VI y VII de la colección Mansi) y leamos los documentos. Ante todo, hallamos una notable carta del obispo Pedro Crisólogo al archimandrita Eutiquio. Cuando el patriarca de Constantinopla, San Flaviano, después de haber condenado, de acuerdo con su sínodo, al archimandrita de uno de los conventos de la capital griega, Eutiquio, por herejía, se dirigió al Papa León para obtener de él la confirmación de la sentencia, Eutiquio, siguiendo los consejos que le dieron en la corte imperial, donde tenía poderosos protectores, trató de ganar a su causa algunos obispos ortodoxos. Recibió entonces, de uno de ellos, Pedro Crisólogo, la siguiente respuesta : «Sobre todo, te aconsejamos, venerable hermano, que te sujetes con la más grande confianza a los escritos del bienaventurado Papa de la ciudad de Roma, porque el bienaventurado apóstol Pedro, que vive y preside en su propia cátedra, da, a aquellos que buscan, la verdad de la fe. En cuanto a nosotros, cuidadosos de la paz y de la fe, no podemos conocer en causas que conciernan a la religión sin el consentimiento del obispo de Roma» (1).
Pedro Crisólogo, aunque griego y escribiendo a un griego, era, empero, obispo de Ravena, y por ende occidental a medias. Pero pocas páginas más adelante descubrimos la misma doctrina en el representante de la metrópoli oriental, Flaviano, santo y confesor de la Iglesia ortodoxa: “Todo este asunto, escribe al Papa a propósito de la herejía de Eutiquio, sólo necesita de vuestra única sentencia que puede resolverlo todo para la paz y tranquilidad.
Y así, la herejía que se ha levantado y las perturbaciones que han seguido quedarán suprimidas por completo, con la ayuda de Dios, mediante vuestro grato escrito; esto hará inútil la convocación de un concilio, tan difícil por lo demás» (2).
Después del santo patriarca de Constantinopla oigamos al sapientísimo obispo de Cyra, Teodoreto, beatificado por la Iglesia griega: «Si Pablo —escribe al Papa León—, heraldo de la verdad, trompeta del Espíritu Santo, se remitió al grande Pedro, nosotros, simples y pequeños, debemos tanto más recurrir a vuestro trono apostólico para recibir de vos la curación de las llagas que afligen a las Iglesias. Porque el primado por todas razones os pertenece. Vuestro trono está exornado por toda clase de prerrogativas; pero, sobre todo, la de la fe, y el divino apóstol es seguro testigo cuando exclama dirigiéndose a la Iglesia de Roma: —vuestra fe es divulgada por todo el mundo es vuestra sede la que posee el depósito de los Padres y Doctores de la verdad, Pedro y Pablo, que ilumina las almas de los fieles. Esta pareja divina y tres veces bienaventurada apareció en Oriente y distribuyó sus rayos por doquiera; pero fue en Occidente donde quiso recibir la liberación de la vida y desde allí alumbra ahora al universo. Manifiestamente ellos han iluminado vuestra sede y esto colma vuestro trono apostólico. Y suplico y pido a Vuestra Santidad qué abra —para mí, el calumniado— Vuestro recto y Justo Tribunal; ordenad tan sólo, y correré a recibir de Vos mi doctrina, en la que sólo he querido seguir las huellas apostólicas» (4).
No eran vanas palabras, ni frases de retórico, las que dirigían al Papa los representantes de la ortodoxia.
Los obispos griegos tenían buenas razones para sostener con firmeza la autoridad suprema de la sede apostólica. El «latrocinio de Éfeso» acababa de mostrarles ad oculos lo que podía ser un concilio ecuménico sin el Papa. Recordemos las instructivas circunstancias de este suceso.
Desde el siglo IV, la parte helenizada de la Iglesia sufría con la rivalidad y lucha continuas entre dos centros jerárquicos: el antiguo patriarcado de Alejandría y el nuevo de Constantinopla. Las fases exteriores de esta lucha dependían principalmente de la posición que adoptaba la corte bizantina. Y si queremos saber cómo era determinada esta posición del poder secular respecto de los dos centros eclesiásticos de Oriente, comprobamos un hecho notable. Podría creerse a priori que el Imperio bizantino tenía que escoger, desde el punto de vista político, entre tres líneas de conducta : o sostener al nuevo patriarcado de Constantinopla como criatura suya puesta siempre en sus manos y que no podía llegar a obtener nunca independencia durable, o bien el cesarismo bizantino (para no tener que reprimir en sus dominios las tendencias clericales y para libertarse de un vínculo demasiado estrecho e importuno) prefería tener el centro del gobierno eclesiástico algo más distante, pero siempre dentro de la esfera de su poder, y con este objeto sostenía al patriarcado de Alejandría, que llenaba ambas condiciones y tenía de su parte, además, para apoyar su primado relativo (sobre Oriente) la razón tradicional y canónica, o bien, por último, el gobierno imperial escogía el sistema del equilibrio, protegiendo ora a una, ora a otra de las sedes rivales según las circunstancias políticas. Pero vemos que, en realidad, no ocurría nada de eso.
Aun concediendo mucho a los accidente individuales y a las relaciones puramente personales, debe reconocerse que había una razón general determinante de la conducta de los emperadores bizantinos en la lucha jerárquica de Oriente; pero esta razón era distinta de las tres consideraciones políticas que acabamos de indicar. Si los emperadores variaban en sus relaciones con los dos patriarcados, apoyando ora a uno, ora al otro, esas variaciones no dependían del principio del equilibrio. La corte bizantina sostenía siempre, no al más inofensivo de los dos jerarcas rivales en un momento dado, sino a aquel que estaba equivocado desde el punto de vista religioso o moral. Bastaba que un patriarca, ya de Constantinopla, ya de Alejandría, fuera hereje o pastor indigno, para asegurarse por mucho tiempo, si no para siempre, la protección enérgica del Imperio. Y, por el contrario, al subir a la cátedra episcopal, en la ciudad de Alejandro como en la de Constantino, un santo o un campeón de la verdadera fe debía prepararse por anticipado a los odios y a las persecuciones imperiales, incluso al martirio.

DIVIVSION GENERAL DEL MAL POR P. ROYO MARIN , O. P.


LA PROVIDENCIA DE DIOS Y EL PROBLEMA
DEL MAL Y DEL DOLOR.

 608. Uno de los problemas más angustiosos que puede plantearse la pobre inteligencia humana en torno a la providencia y gobierno amorosísimo de Dios sobre todas sus criaturas, es la existencia del mal en el mundo, en su doble aspecto físico y moral Es un hecho indiscutible que en el mundo existe, en proporciones aterradoras, el mal moral, o sea, toda clase de crímenes y de desórdenes. Y en no menor proporción existe también el mal físico, o sea, toda clase de dolores y sufrimientos. El mal moral recibe en teología el nombre de mal de culpa (malum culpae); y al mal físico se le denomina mal de pena o de castigo (malum poenae).
Ahora bien: ¿cómo se explica la existencia de ambos males en el mundo, si todo él está regido y gobernado por la providencia amorosísimo de Dios? ¿Cómo puede compaginarse la bondad de Dios, que, según nos enseña la fe, es el más amoroso de los Padres, con la cantidad inmensa de desórdenes y penalidades que afligen a la pobre humanidad salida de sus manos creadoras? Escuchemos a uno de los teólogos modernos que han estudiado más a fondo esta cuestión, planteando admirablemente el problema angustioso del dolor 1:
«Ante esta terrible realidad del dolor, que responde de manera tan desconcertante a nuestro ardiente deseo de felicidad, nos sentimos profundamente turbados y nos preguntamos en medio de una angustia que va creciendo con los años y la experiencia: El deseo de la felicidad que se agita y nos guía en cada una de nuestras acciones, ¿tiene o no un fundamento real? La vida, ¿merece o no merece ser vivida? Nuestras luchas, ¿son estériles o fecundas? ¿Podemos pedir la fuerza y el coraje a la sonrisa de la esperanza, o debemos abandonamos, desalentados, en brazos de la desesperación? y no solamente desde este punto de vista psicológico-moral se impone a nuestra consideración el hecho del dolor humano. Su importancia es igualmente grande desde el punto de vista religioso. En efecto, si, como afirman los creyentes, existe un Ser sapientísimo que ha ordenado todas las cosas del modo más perfecto, ¿cómo se explica el dolor, que lleva el desorden a la parte más noble del mundo creado, esto es, al mundo humano? Si existe un Ser sumamente bueno, que ama con el amor más tierno a todas sus criaturas, ¿cómo se explica el dolor que martiriza y tortura sin descanso las almas y los cuerpos? Si existe un Ser santo y justo, que ha prometido las más bellas recompensas a cuantos observen sus leyes y ha amenazado con los más severos castigos a cuantos las infrinjan? ¿Cómo se explica que el dolor recaiga y maltrate sin distinción a los buenos y a los malos, a los creyentes y a los impíos? ¿Por qué, incluso, parece escoger con preferencia sus víctimas entre las almas más honestas y religiosas? El problema del dolor crece todavía en importancia y se ilumina con una luz del todo nueva cuando se le considera desde el punto de vista sobrenatural del cristianismo. Cuando más se enaltecía al gozo, la voz pura de Jesús proclamaba con solemne autoridad: Bienaventurados los que lloran (Mt 5,3). Mientras los hombres buscaban con mayor avidez los placeres,
Jesús no se cansaba de repetir: El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24). Y las enseñanzas de su palabra eran confirmadas con su ejemplo, pues su vida, encerrada entre los confines de la pobre gruta de Belén y la desolada cima del Gólgota, fue toda ella una apoteosis de dolor.
Ahora bien, este misterio de un Dios crucificado, que ya en tiempo de San Pablo constituía un «escándalo para los judíos y una locura para los gentiles» (1 Cor 1,23), continúa siendo todavía hoy, después de veinte siglos de vida cristiana, terriblemente duro para los idólatras del placer y para los esclavos de la sensualidad, que, llamando necios y locos a los discípulos de la Víctima voluntaria del Calvario, maldicen a la religión del dolor e increpan al árbol de la cruz como al más tétrico de los árboles 2.
Por todo ello, el problema del dolor, tanto desde el punto de vista psicológico-moral, como desde el de la religión natural, como desde el de la religión cristiana, aparece rodeado de una importancia vital suma. Su relación estrechísima con nuestras más íntimas aspiraciones, convicciones y creencias hacen que el problema del dolor sea el problema central de la vida y del pensamiento».
Vamos, pues, a examinar con la mayor amplitud que nos permite el marco de nuestra obra este pavoroso problema del mal y del dolor, que ha torturado la inteligencia de los mayores pensadores de todas las épocas y razas y que solamente tiene solución completa y adecuada a la luz de dos grandes dogmas del cristianismo: la existencia del dolor y la eficacia redentora del dolor.
 Dividiremos nuestro estudio en tres artículos:
1.0 Filosofía del mal.
2. ° Mal de culpa y mal de pena.
3. ° El problema del dolor,

ARTICULO
FILOSOFÍA DEL MAL

Santo Tomás trató expresamente varias veces del problema del mal, señalando su naturaleza y sus causas 1, En sus obras se encuentra la más alta filosofía del mal que la razón humana, iluminada por la fe, ha sabido presentar hasta hoy. Un resumen de sus principales conclusiones es lo que vamos a ofrecer al lector en este primer apartado de nuestro estudio 2.

2 NIETZSCHE, Anticristo.
Véanse, principalmente, lo siguientes lugares: Comentario a las Sentencias 1.2 dist.34  
y 35; Suma Teológico I 48-49; Suma contra gentiles III C.4-I5, y, sobre todo, la cuestión disputada De malo, donde agota exhaustivarnente la materia.
2 Cf. VACANT-MANGENOT, Dictionnaire de Théalogie Catholique 9, I697-I703, donde podrá ver el lector que lo desee la referencia tomista de cada una de las afirmaciones que vamos
¡¡ hacer, y' que omitimos aquí para 110 interrumpir la lectura con innumerables llamadas,


domingo, 2 de abril de 2017

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA




MATER DOLOROSA

Cuando María pronunció el "Fiat" de la Anunciación, comprendió que esto significaba aceptar un cáliz de amargura  y entrar para siempre en el camino del sacrificio.
"Toda la vida de Jesús fue cruz y martirio", dice la Imitación; y lo mismo puede afirmarse de la vida de María, como lo enseñan S. Buenaventura, S. Bernardino y otros santos. La espada que le profetizó Simeón traspasó su corazón maternal, abriéndole una herida que no había de cerrarse jamás.
Sin duda los años de Nazaret fueron la dulce intimidad con Jesús; pero esa alegría inefable coexistió siempre en el alma de María con la pena profunda de pensar que todos sus desvelos para cuidar a Jesús, iban encaminados a preparar la víctima para el sacrificio. De esta manera, la alegría y el dolor se encontraron siempre unidos en Corazón de María, para que fuera nuestro modelo en los diversos estados de la vida.
Es probable que Dios no le haya dado a conocer detalladamente lo que serían sus dolores "en el porvenir; pero esa misma incertidumbre tenía su lado doloroso: todo lo podía temer, porque sus dolores en perspectiva eran tan ciertos como indeterminados (1).
La palabra que Jesús a los doce años dirige a sus padres en el Templo, recuerda a María el acto íntimo de desapropiación, cuando en la Presentación al Templo lo ofreció al Divino Padre, para no volverlo a recibir después, sino como una víctima destinada a la inmolación. Sí, María lo sabe y lo acepta en su corazón dolorido: Jesús se debe a su amadísimo Padre, es su enviado y viene a cumplir todas sus voluntades, hasta la muerte y muerte de cruz. Y la sombra del Calvario se proyecta de nuevo, más distinta y negra, sobre el alma de María L ..

* * *
Viene luego el tiempo de las amargas separaciones. La primera que sufrió fue la muerte de su esposo virginal. No faltarán quienes tengan que hacer un esfuerzo para figurarse la estrecha unión que existía entre los corazones de María y de José: Acostumbrados a fijar toda su atención en la virgen y en la madre, se exponen a olvidar a la esposa, o por lo menos a no dar a S. José sino una parte como exterior en la, vida de Jesús y de María. Pero la realidad seguramente que no fue ésa, pues María fue esposa perfecta tan cumplidamente como virgen y como madre. Así se comprende mejor qué dolorosa tuvo que ser esta separación.
Después llegaron los tiempos en que Jesús debía comenzar su vida apostólica: ¡Que separación más cruel para su corazón de madre! Antes de separarse Jesús debe haberle dado las gracias,-- ¡y qué corazón!--, por todo lo que había hecho por ÉL; la consolaría como es capaz de hacerlo el mas amante de los hijos le diría que se volverían a ver “antes de que llegara su hora”…Y María, olvidándose de sí misma, plenamente unida a la voluntad de Dios, volvería a pronunciar las palabras de la anunciación “Ecce ancilla…fiat…”
Y luego, sencillamente, sin duda, por primera vez en su vida—porque su papel de madre terminaba ahí--, María se arrodillo para pedir la bendición de su hijo Jesús la bendijo, la levanto y estrecho entre sus brazos, mientras que el sacrificio de aquellos dos corazones tan íntimamente unidos subía hasta el trono de Dios como perfume riquísimo de incienso y mirra… Desde esa separación María no volverá a ver a Jesús sino rara vez y poco muy poco tiempo…en su casita de Nazaret vivirá sola (la tradición de la Iglesia como bebiendo de la fuente de los evangelios nos habla de tiempos más prolongados de la visita de la madre a su hijo, incluso hasta de acompañarlo en algunas veces en su apostolado. El Padre la Puente, místico español, la asocia al momento de la ultima cena y San Juan apóstol la también los junta en los comienzos de su pasión hasta la misma sepultura de su hijo lo cual es también conforme a la lógica y a su amor materno, quizá el autor del presente articulo quiso remarcar este momento con matices más acentuados como para expresar que, desde entonces ya no lo tendría tanto tiempo en Nazaret como antes de la muerte de San José).
Finalmente vinieron los grandes dolores de Maria con la pasión de su Hijo y su muerte en la cruz. O intentare describirlos, porque son “inmensos” como el océano”; me limitare a recordar brevemente sus principales momentos, para que nuestros lectores amados los mediten en sus corazones.
La tristeza mortal de las últimas despedidas, cuando Jesús, después de la cena se separo de su madre para ir con sus apóstoles a Gethsemni…
La misteriosa participación del corazón de Maria en la agonía de Jesús y todas las fases de su pasión…
Lo que sufrió Maria durante toda esa noche al saber la traición de J u das, y las reuníose del Sanhedrín en las cuales fue declarado dos veces reo de muerte...
Cuando oyó los insultos de la multitud, en el Pretorio, y los clamores de la plebe pidiendo para  El la muerte de cruz...  
Cuando lo vio, en el momento del "Ecce homo" coronado de espinas y cubierto de sangre...  
Cuando lo encontró en el camino del Calvario con la cruz a cuestas y se cruzaron sus miradas un instante ¿Qué sentiría al oír los golpes del martillo clavando los pies y las manos de su Hijo?.. ¿Qué al escuchar sus últimas palabras de perdón para sus enemigos, de misericordia para el buen ladrón, de consuelo para todos los hombres, entregándonos como hijos suyos, de queja por el abandono en que lo dejaba su divino Padre? ¿Qué sufriría su Corazón maternal cuando después de haber dicho: "Todo está consumado" "Padre, en tus manes encomiendo mi espíritu", expiró...?  
¡Qué golpe para su Corazón cuando el soldado rasgó con la lanza el costado de su Hijo muerto! ¡Qué dolor al recibirlo en sus brazos, cuando lo descendieron de la cruz, y al ver de cerca las llegas de la flagelación, las heridas .de 10s clavos y de la lanza ¡Qué triste consuelo al besar esas llagas benditas!
¡Qué desgarramiento íntimo cuando, envuelto en una mortaja y puesto en el sepulcro, la pobre Madre cubrió el rostro adorable de su Hijo con un sudario, y cerrada la entrada del sepulcro, no lo volvió a ver más! ¡Qué soledad cuando fue preciso alejarse del sepulcro, no para reunirse con Jesús, sino para encontrar la casa sin El! (3)... ¡Y qué soledad más terrible y cruelísima para su (3) Corazón ,los largos años que tuvo que sobrevivir a su Hijo amado después de su Ascensión a los cielos! ¿Hemos ponderado todo esto mando meditamos los dolores de María? ¿Han sido honrados y agradecidos esos dolores inefables de nuestra Madre?

* * *
Meditemos a menudo los dolores de María: esa práctica le agrada sobremanera. El mismo Jesucristo reveló a la B. Verónica que las lágrimas derramadas al considerar su Pasión le son muy agradables; pero que, por el amor inmenso que profesa a su Madre, prefiere que se mediten los dolores que Ella padeció al pie de su Cruz.  

(1) Baínvel, Le.Salnt Coeur de Marie, p. 227.
(2) Ibidem, p. 222-240.
 (3)Anuario de María, T. II, p. 1'71.



Félix de Jesús, M. S. S.

sábado, 1 de abril de 2017

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA:LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA


70. P. ¿Qué se necesita para el culto externo y público?

“Yo creo, escribía Donoso Cortés, que los que rezan hacen más por el mundo que los que combaten, y que si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones. Si nosotros pudiéramos penetrar en los secretos de Dios y de la historia, quedaríamos asombrados ante los prodigiosos efectos de la oración, aun en las cosas humanas. Para que la sociedad esté tranquila, se necesita un cierto equilibrio, que sólo Dios conoce, entre las oraciones y las acciones, entre la vida contemplativa y la vida activa. Si hubiera una sola hora de un solo día en que la tierra no enviara una plegaria al cielo, ese día y esa hora serían el último día y la última hora del universo”.
2º Se necesitan iglesias. Los edificios sagrados no son necesarios para Dios, porque todo el universo es su templo; pero lo son para el hombre, y los hallamos en todos los pueblos. En el templo estamos más recogidos, nos sentimos más cerca de Dios, rezamos en común, somos instruidos y excitados a la piedad por las ceremonias. Se necesitan casas especiales para los diversos servicios públicos: ministerios, palacios de justicia, casas consistoriales, escuelas, etc.; ¿y no se necesitarán iglesias donde el pueblo pueda reunirse para tributar a Dios un culto conveniente? Los edificios sagrados son tan necesarios para el culto, que los impíos comienzan a destruirlos, tan luego como tienen en sus manos el poder para perseguir a la religión. Si adornáis vuestros palacios, vuestras casas, vuestros monumentos públicos, con mucha más razón debéis adornar las iglesias, porque nada es demasiado hermoso para Dios.
3º Se necesitan las ceremonias. Ellas dan a los hombres una elevada idea de la majestad divina; estimulan y despiertan la piedad debilitada o dormida, y simbolizan nuestros deberes para con Dios y para con nuestros semejantes.
4º Se necesita un sacerdocio, es decir, presbíteros elegidos de entre los hombres para velar por el ejercicio del culto. Sucede con el culto lo que con las leyes: para asegurar el cumplimiento y aplicación de las mismas, se requiere jueces y magistrados; así también se requieren sacerdotes para vigilar por la conservación del culto y de las leyes morales. El sacerdote instruye, dirige, amonesta y preside los acontecimientos más importantes de la vida; él es quién, en nombre de todos, ofrece el sacrificio, acto el más importante del culto.
En todas las religiones se hallan sacerdotes, señal clara de que todos los pueblos los han reconocido como necesarios.
Si hay alguna religión que debiera prescindir de los sacerdotes, sería seguramente la protestante, puesto que no hace falta el sacerdote cuando no hay altar, cuando cada cristiano está facultado para interpretar la Biblia a su manera. Sin embargo, los protestantes tienen sus ministros, que, aunque desprovistos de todo mandato y autoridad, comentan el Evangelio.
Los masones tienen sus logias, que vienen a ser su templo. Allí, con la aparatosa majestad de un pontífice, el venerable, revestido de ornamentos simbólicos, preside ritos y juramentos, que serían ridículos si no fueran satánicos.
¡Y los librepensadores!... Proclaman ferozmente a todos los vientos que no quieren culto ni sacerdotes; y después inventan el bautismo civil, el matrimonio civil, el entierro civil, etc., donde, en lugar del sacerdote católico, está el sacerdote del ateísmo, que parodia la liturgia y las oraciones de la Iglesia.
¡Tan cierto es que los hombres no pueden mudar la naturaleza de las cosas! No hay sociedad sin religión, ni religión sin culto, ni culto sin sacerdotes. Si no se adora a Dios, se adora a Satanás o a sus ídolos; si no se obedece al sacerdote de Dios, se obedece al sacerdote de Lucifer.
5º Se necesitan días especialmente consagrados al culto. Así como el hombre debe a Dios una porción del espacio, que le consagra edificando templos, también le debe una porción del tiempo, que le da consagrando al culto algunos días de fiesta. Todos los pueblos han tenido días festivos en honor de la divinidad, hecho extraño que sólo puede explicarse por la revelación primitiva. La división del tiempo en semanas, la santificación de un día cada siete, es una costumbre constantemente observada de todos los pueblos. “La semana, dice el incrédulo Laplace, circula a través de los siglos; y cosa muy digna de notarse es que sea la misma en toda la tierra”. El séptimo día se convierte en el día de Dios y en el día del hombre. Los pueblos cristianos lo llamaron domingo. Es el día en que Dios y el hombre se encuentran al pie de los altares y en que se establece entre ellos un santo comercio por el intercambio de plegarias y de gracias.
Si no existiera el domingo, el hombre olvidaría que hay un cielo eterno que debemos ganar, un alma que debemos salvar, un infierno que debemos evitar ¿Es acaso demasiado pensar en esto un día por semana? Faltando la institución del domingo, los habitantes de un pueblo no se reunirían nunca para alabar a Dios y rendirle culto público y social.
El domingo trae aparejadas otras ventajas: 1º Es necesario para el cuerpo humano, porque éste se abatiría luego sin un día de reposo por semana.
2º Es necesario a la familia, cuyos miembros no pueden reunirse más que ese día para gozar de las verdades y dulzuras de la vida. 3º Es necesario a la felicidad social, porque la Iglesia es la única escuela de fraternidad, de concordia y de unión de clases.
Por esto, hacer trabajar al obrero el domingo, no es solamente un crimen contra Dios, sino también un ultraje a la libertad de conciencia y a la fraternidad social.
Faltar a las prácticas del culto público equivale a profesar el ateísmo y la impiedad, además de constituir un grave escándalo para la propia familia y para los conciudadanos del que falta a tan sagrado deber.

III. FUTILIDAD DE LOS PRETEXTOS ALEGADOS POR LOS INDIFERENTES PARA DISPENSARSE DE PRACTICAR LA RELIGIÓN.

1. ¿Qué me importa la religión? Yo puedo pasar sin ella.
R. Es lo mismo que si dijeras: ¿Qué me importan las leyes civiles? Yo puedo pasar sin ellas; quiero seguir mi antojo Si no observas las leyes de tu país, te expones a que te recluyan en una cárcel. Si no observas las leyes de Dios, Él, infaliblemente, te encerrará en una cárcel eterna, de la que no se sale jamás.
Puedes pasar sin religión, como puedes pasar sin el cielo. Pero si no vas al cielo, tienes que ir al infierno. No hay término medio: o el cielo o el infierno. Al cielo van los fieles servidores de Dios, y al infierno los que se niegan a servirle. Ahora bien, el servicio de Dios consiste en la práctica de la religión. Puedes protestar cuanto te plazca, pero no lograrás cambiar los eternos decretos de Dios, tu Creador y Señor.
Un hombre sin religión es un rebelde y un ingrato para con Dios; un insensato para consigo mismo; un escandaloso para con sus semejantes.
Un rebelde. Dios nos ha creado. Nosotros le pertenecemos como la obra pertenece al obrero que la ha hecho. Negarnos a cumplir el fin para el cual nos formaron las manos divinas, es negar la relación incontestable de la criatura al Creador; es la destrucción del orden, la rebelión.
Es un rebelde el hijo que desobedece a sus padres, los cuales no son sino los instrumentos de que Dios se ha servido para darle el ser. ¿Cuál será el crimen de aquél que desobedece a Dios, a quien se lo debe todo: su cuerpo, su alma, su corazón y la promesa de una felicidad sin término?...
Un ingrato. Un hombre sin religión es un ingrato. Nosotros marcamos con este estigma la frente del hijo que desprecia a su padre, la frente del favorecido que olvida a su bienhechor. Pues bien, Dios es el Padre por excelencia, y todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo nos viene de Dios.
Huelga decir que la gratitud es el primero de los deberes. El niño lo sabe: las dos manitas que salen fuera de la cuna dicen: mamá, yo te amo. La voz conmovida del pobre, sus lágrimas cayendo sobre la mano que le ha alimentado o vestido, traducen los sentimientos de su corazón. Y nosotros, hijos de Aquél que nos ha dado todo: nosotros, infelices mendigos, a quienes Dios sacó de la nada, ¿nosotros tendremos el derecho de pasar por el camino de la vida sin decir “gracias” a Aquél a  quien le debemos todo?... No, no es posible. El día que el hombre pueda decir sin mentira: yo no debo nada a Dios, me basto a mi mismo ese día ser independiente, y dispensado de todo deber. Pero ese día no llegará nunca: seremos eternamente las criaturas, los deudores del Altísimo y, por lo tanto, le deberemos el testimonio de nuestra gratitud eterna.
Un insensato. Se considera insensato todo el que destruye sus bienes, rompe los enseres de su casa y arroja su dinero a la calle. ¿Y qué debemos pensar de aquél que, deliberadamente, destruye sus bienes espirituales, se cierra el cielo y arroja para siempre su alma al infierno? Tal es el hombre sin religión. Él se pierde completamente, y su pérdida es irreparable, eterna.
Un escandaloso. El mayor escándalo que el hombre pueda dar es el mostrarse indiferente para con Dios. Sin duda dirá: Yo no ofendo a nadie. Pregunto: ¿Y no injurias a Dios no glorificándole? ¿No injurias tu alma, que arrojas al fuego eterno? ¿No injurias a tu familia, a tus semejantes con el gran escándalo de tu indiferencia? No les puedes causar mayor perjuicio que el de arrastrarlos con tu ejemplo al desprecio de la religión y a la condenación eterna.
2. ¿Para qué sirve la religión?
R. 1° Esta es una pregunta impertinente, que raya en impiedad. No se trata de saber si la religión no es útil y agradable; basta que su ejercicio sea un deber para nosotros. Hemos probado que la religión es un deber estricto para el hombre; sabemos, por otra parte, que es bueno quien cumple con sus deberes y malo quien no los cumple. Que el deber, pues, nos sea agradable o desagradable, poco importa; hay que cumplirlo. Luego es necesario practicar la religión.
Pero no hay nada más dulce que el practicar la religión, puesto que ella responde a las más nobles aspiraciones del alma. ¿Qué es Dios? ¿Qué es el hombre? Dios es la luz, la belleza, la grandeza, el amor y la vida. El hombre, inteligencia y corazón, aspira con todas sus ansias a la luz, a la belleza, a la vida; con sus debilidades, indigencias y dolores llama en su auxilio el poder, la bondad y la paternidad de Dios.

ANACLETO GONZÁLEZ FLORES: ENSAYOS Y DISCURSOS



LA ARISTOCRACIA DEL TALENTO
(Continuación)


Establecido el concepto de aristocracia y hecha su clasificación, surge esta pregunta: ¿cuál es el papel que las aristocracias tienen que desempeñar en el desenvolvimiento del género humano? Yo confieso ingenuamente que cuando he tenido oportunidad de leer o de oír las diatribas que el socialismo lanza contra la desigualdad, me he sentido presa de un gran ofuscamiento; pero luego he hecho un esfuerzo por apelar a la reflexión y he podido ver entonces con claridad meridiana la misión de las aristocracias. ¿Preguntáis que cuál es? Oídme.
Una vez un joven francés, una de las glorias literarias más brillantes de Francia, después de haber sostenido una lucha sin tregua contra la tentación de la impiedad; después de haber sentido aletear en tomo suyo el ave negra de la duda y de haber sucumbido en ese combate que se libra en muchas almas, marchaba abrumado con el fardo enorme de su desgracia, y desolado, con el corazón hondamente herido, quiso entrar a un templo.
Moría la tarde: la obscuridad de la noche avanzaba rápidamente y extendía el imperio de la sombra por todas partes; el interior del santuario estaba envuelto en la penumbra; el joven se colocó a cierta distancia del altar. Comenzó a llevar distraídamente sus ojos sobre las cosas que lo rodeaban; de pronto se estremeció profundamente, luego avanzó con lentitud y muy quedo hacia donde estaba lo que lo había impresionado con tanta fuerza; se acercó, vio fijamente a la persona que lo había sacudido y después se retiró a uno de los rincones más apartados del templo, y envuelto en las sombras cayó de rodillas, y mientras en su alma flotaba victorioso el pensamiento de Cristo, exclamaba: ¡Creo, Dios mío, creo!...¿Qué había pasado? Aquel joven, que en su tierna infancia había creído en los principios católicos que le había enseñado su piadosa madre, cuando llegó a esa edad en que se somete al análisis de la razón lo que nos rodea, y se deja oír el rugido de las pasiones, oyó decir que las doctrinas católicas están en pugna abierta con la verdad científica y comenzó a dudar y terminó por rendirse ante la negación. ¡Oh! Pero Cristo quiso vencer el alma de aquel gran artista. Este entró al templo, y vagamente primero, de modo preciso y claro después contempló a un hombre que de rodillas y con una devoción verdaderamente edificante rezaba el Santo Rosario. Y aquel hombre era uno de los pensadores más sabios de su tiempo y uno de los que en esos días metían más ruido en Francia; era, en pocas palabras, Ampere.
Otra vez, las falanges aguerridas e invencibles de uno de los más grandes capitanes de la antigüedad llegaron a las márgenes de un río que se ha hecho célebre en la Historia; se detuvieron en su marcha vencidas por el obstáculo que las aguas del Gránico oponían; Alejandro se dio cuenta de lo ocurrido y con la rapidez del rayo se abrió paso entre sus soldados, avanzó hasta las orillas del río y con la intrepidez que ha sido siempre el carácter distintivo de los conquistadores se lanzó a nado al torrente que pasaba impetuoso... Poco después casi todos los soldados habían triunfado del obstáculo.
Un día un rey inmensamente poderoso porque era señor de Inglaterra, después de haber hecho una apología brillante del Catolicismo y de haber refutado victoriosamente a Lutero, quiso abandonar a su esposa para contraer segundas nupcias con otra mujer; solicitó permiso para divorciarse, pero Roma fue inexorable y contestó negativamente. Entonces Enrique VIII, pues así se llamaba este rey, maldijo al Papa, Se separó de la Iglesia y se hizo pontífice supremo de la iglesia de Inglaterra. En su caída, ese coloso de cieno, de orgullo y de lascivia arrastró a un gran número de sus súbditos.
Hechos como éstos hay a millares en las páginas luminosas de la Historia; pero no quiero cansar vuestra atención, pues parece que habéis adivinado mi pensamiento y habéis percibido con claridad la misión que tienen que realizar las aristocracias en el desenvolvimiento del género humano.
La superioridad que constituye las aristocracias y que radica en ellas es un elemento creado por la naturaleza para servir de fuerza directriz con un influjo eficaz, decisivo, incontrastable, en la formación del resto de la humanidad. Y, por lo mismo, su papel no es otro que trazar los senderos que deben recorrer los pueblos, señalar con su dedo los derroteros floridos que han de llevar a las generaciones a las cumbres esplendorosas de la civilización.
¡Oh! Pero entre todas las aristocracias hay una superior a las demás, porque ejerce y puede ejercer un influjo incomparable en la orientación de las sociedades, y porque su acción se hace sentir de un modo decisivo en todas las otras clases sociales: tal es la aristocracia del talento.
Como ya lo expresé en términos claros, la aristocracia del talento está formada no ciertamente por las personas que han recibido una inteligencia privilegiada de manos de la naturaleza, sino por todos los que por diversas circunstancias han tenido la oportunidad de adquirir una cultura científica y literaria la más completa posible.

Y bien: esa aristocracia es superior a las otras y ejerce sobre todas una influencia incontrastable, porque se halla en posesión de los poderes más formidables a saber: la idea y la palabra. ¡Ah! Yo convengo y tengo que convenir con vosotras en que es grande, muy grande el poder de la aristocracia de la sangre, y ante ella, por un impulso enteramente natural y espontáneo, se ha inclinado respetuosamente la humanidad doblegada por la sangre de los ascendientes ilustres; yo convengo con vosotras en que es fuertemente poderosa la aristocracia del dinero, pues la riqueza en un momento dado lo mueve todo, lo sacude todo, dispone de todo y llega muchas veces a comprar el talento; yo convengo con vosotras en que es grande la fuerza de la aristocracia del poder, pues ella manda a su arbitrio sobre las leyes, las costumbres, la riqueza, las voluntades y las naciones; yo convengo con vosotras en que la aristocracia de la virtud subyuga, arrebata, fascina, somete y se hace respetar y rendir homenaje de admiración de los ricos y de los sabios, de los grandes y de los pequeños, de los buenos y de los malos.