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sábado, 21 de septiembre de 2019

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY



9. LAS PRUEBAS INTERIORES EN GENERAL

Hemos considerado ya los bienes y los males temporales, la esencia de la vida espiritual y sus modalidades extrínsecas.

Siendo esto así, evitemos con cuidado estorbar los favores divinos; mas si Dios tuviera a bien quitarnos estos días claros en que experimentamos gustos sensibles en la oración, en la comunión, en que nuestra unión con el Amado sólo nos proporciona encantos y delicias, no echemos de menos las dulzuras, porque Dios nos las quita sin culpa nuestra; han desempeñado su misión y no ofrecen ya la misma utilidad.
¡Qué preciosos son bajo otro aspecto el martirio y la agonía de los días presentes! Si se supiera aceptar, estimar y amar está feliz abyección interior, se la querría sentir siempre y permanecer siempre en ella, porque en ella el alma se hallaría más cerca de Dios.
Muchos santos, impulsados por particular inspiración, decían a Dios en sus sufrimientos: Más, Señor, más. Según el P. Caussade, es por lo regular presunción e ilusión pretender seguir estos ejemplos, y juzga que somos demasiado pequeños y demasiado débiles para llegar hasta ahí, a menos de una certeza moral de que Dios quiere esto de nosotros.
Nunca deseó ni pidió penas y contradicciones para sí mismo, y a una de sus Filoteas prohíbe solicitar más ni menos de las que ya tiene: porque Dios sabe mejor que nosotros la justa medida de todo lo que necesitamos, y las pruebas que nos envía son suficientes, sin necesidad de desearías o procurarías uno mismo. Esperarlas y prepararse a ellas es el mejor medio de disponer de más valor y ánimo para recibirlas con fruto cuando las envíe.
Por lo demás, preciso nos será armarnos de paciencia y de humildad. Si no tenemos una naturaleza afortunada, y si Dios nos envía más pruebas a fin de reducirla, la violencia y la resistencia del combate no acarrean mal alguno al alma que lucha con la resolución de no desanimarse jamás. Lo rudo de los ataques hará crecer la fatiga y el peligro, pero, con la ayuda de Dios, dará lugar a más victorias, santidad, méritos y recompensas.
Mientras que el Médico celestial nos prodiga las lancetadas y las píldoras amargas, mirémonos, no en el engañoso espejo del amor propio, sino en el espejo fiel de la verdad, pero sin perder de vista nuestras miserias. Entonces nos humillaremos sin esfuerzo bajo la poderosa mano de Dios, y lejos de recriminar su justicia y su amor, reconoceremos que aún nos perdona, y que es muy misericordioso hasta en sus rigores.
Establezcámonos sobre todo en la santa indiferencia. «Que el navío se incline al levante o poniente, al mediodía o septentrión, sea cual fuere el viento que le empuje, nunca su aguja dejará de mirar a su hermosa estrella norte y del polo”.
De igual modo, aunque todo se revuelva de arriba abajo en derredor de nosotros, y aun en nuestro interior, esto es, que nuestra alma esté triste o alegre, entre dulzuras o amarguras, o en tranquilidad o en guerra, en claridad o en tinieblas, en tentaciones, gusto o disgustos, en sequedad o en ternura, que el sol la abrase o el rocío la refresque, siempre la cumbre del corazón y del espíritu, esto es, nuestra voluntad superior que es nuestra brújula, ha de mirar sin cesar y se ha de dirigir perpetuamente al amor de Dios.» La parte inferior de nuestra alma quizá se halle en la inquietud y agitación, mas la voluntad ha de permanecer tranquila en medio de la borrasca, vuelta hacia Dios y no buscando otra cosa que a Él, sin que nada pueda jamás separarnos de su amor: ni la tribulación, ni la angustia, ni el dolor presente, ni el temor a los males futuros. Amar a Dios y hacer su santísima voluntad, ¿no es lo esencial y nuestro mismo fin? Todo lo demás no es sino el medio de conseguirlo, lo mismo los consuelos que las aflicciones, la paz como el combate, la luz como las tinieblas.
¿Qué camino será el mejor para nosotros? Lo ignoramos; Dios lo sabe y nos ama; dejémosle, pues, disponer de nosotros como vea que nos conviene, que nuestra suerte mejor está en sus manos que no en las nuestras. Por otra parte, no nos dejará la elección, sino que dispone como dueño y soberano; por tanto, prestémonos de buena gana a su acción: El es quien nos pone en la prueba, El nos sostendrá. Los santos preferían el dolor, pues más se aprovecha padeciendo que obrando; el santo abandono es el camino más seguro y más directo.
El P. Baltasar Álvarez hacía a Dios esta admirable oración: «Dignaos disponer de mí según vuestra voluntad, que esto es todo lo que deseo y no os pediré ni otra fe, ni otros medios, ni más favores, ni menos padecimientos. Deseo permanecer tal como me habéis hecho, y ser tratado como lo he merecido.
Me contentaré con los consuelos que me diereis, y no me quejaré de las desolaciones que me enviareis. Ejecutad, Señor, vuestros designios sobre mí con toda libertad, que tan sólo así puede hallar mi alma el reposo que tanto desea.
Cuando las penas vengan a caer sobre nosotros duras y persistentes, abandonémonos sin reservas a Aquel de quien nos creemos quizá abandonados, y digámosle con ánimo resuelto: «Vos lo queréis, Dios mío, también lo quiero yo y por todo el tiempo que quisiereis.» Nada mejor podemos hacer entonces, en el coro, en la oración, en la Misa, en la Sagrada Comunión, que repetir dulcemente y sin esfuerzo nuestro fiat -hágase-; repetir con frecuencia durante el día, según lo encomienda San Francisco de Sales: «Sí, Padre celestial, si y siempre si», y conservarnos en esta disposición habitual de completo abandono. Ved ahí una corta y sencilla práctica, y no sería necesario más para adquirir esa perfección que frecuentemente vamos a buscar muy lejos. El simple fiat en todas nuestras penas interiores y exteriores, bastará para conducirnos a una elevada santidad.
Sin duda podemos pedir a Dios que aligere nuestras pruebas, o nos las quite, pero no estamos a ello obligados; lo más conveniente para su gloria y para nuestro bien sería que El se dignare aumentar nuestra paciencia. San Alfonso nos enseña a decir: «¡Heme aquí, Señor! Si queréis que permanezca en la desolación y en la aflicción toda mi vida, dadme gracia, haced que os ame, y disponed de mí como os plazca.» Evitemos por lo menos la inquietud y el apresuramiento, que denotaría un deseo desarreglado.
Suframos en paz sin ir a mendigar las consolaciones en las criaturas. Para no condolernos de nosotros mismos, hablemos de nuestras penas lo menos posible, evitando aun ocupar demasiado en ellas nuestro espíritu, pero pidamos consejo y esfuerzo a un hombre de Dios; sobre todo, refugiémonos en la oración, a fin de implorar la fortaleza y aceptar la cruz, fijos amorosamente los ojos en nuestro Amado Jesús, que nos amó y se entregó por nosotros. Nunca como en estas circunstancias  necesitamos perseverar en la oración, llamar al Señor en nuestra ayuda y apoyarnos sólo en El.

10. LAS TENTACIONES

«Para un alma que ame a Jesucristo -dice San Alfonso-, no hay mayores penas que las tentaciones, pues todos los otros males le facilitan la unión más íntima con Dios, recibiéndolos con resignación; empero, las tentaciones le exponen a separarse de Jesucristo, siendo por lo mismo mucho más amargas que cualquier otro tormento.»

No todas las tentaciones vienen del demonio: «Cada cual es tentado por su concupiscencia que le arrastra y seduce», y este fuego maldito es atizado por el escándalo de los perversos y de los imperfectos. La mayor parte de los hombres se exponen personalmente al peligro, o se precipitan en él unos a otros. El demonio no ha de hacer sino cruzarse de brazos, contemplándoles realizar su obra; mas al contrario, no cesa de agitarse alrededor de las almas que no le son adictas. Así, un padre del desierto vio al diablo sentado tranquilamente sobre la puerta de la ciudad de Alejandría, mientras que las legiones infernales acometían impetuosamente a los santos de la soledad.
«El demonio nos ataca de diferentes maneras -dice el venerable Luis de Blosio-. Ora viene secretamente y al parecer sin hacer nada, o aun bajo el exterior de piedad, a fin de hacernos caer más fácilmente en sus lazos; ora de una manera brutal se abalanza sobre nosotros, para hacernos sucumbir a los violentos y numerosos golpes que descarga sobre nuestra persona; en ocasiones, se desliza de un modo insensible a manera de serpiente, intentando arrastrarnos a faltas mayores por el desprecio de las más pequeñas y pisoteando ciertos remordimientos y ciertas dudas, para formarnos una conciencia falsa y endurecida. A tiempos, sin guardar estas consideraciones, preséntase bajo todas las formas y con todos los horrores, y propone los mayores crímenes. Unas veces emplea los consuelos espirituales o las penas interiores con la mira de engreírnos o de abatirnos; otras, sírvese de la prosperidad o de la adversidad temporal para inclinarnos a la pereza o precipitarnos en la desesperación... ¿Qué diremos de los asaltos que os darán los malignos espíritus? Semejantes a reiteradas olas de mar embravecido, sacudirán con violencia vuestro corazón y os creeréis a cada instante a punto de padecer triste naufragio.


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