LA EMBRIAGUEZ DE LA REVOLUCIÓN
La revolución continúa siendo en todas partes una
verdadera orgía de cafres. No hay a donde volver los ojos, en nuestro país, sin
encontrar las hogueras encendidas, sin oír el vocerío estridente de los
caníbales y sin asistir a la inmolación, sobre la piedra de los sacrificios y
el tradicional cuchillo de pedernal de la Ley, del ciudadano y de todas las
altas e inviolables prerrogativas del hombre.
Hace apenas unos cuantos días el secretario de la
Sagrada Mitra de Jalapa, fue asaltado y apedreado y arrojado al agua. Se
asegura que ha enfermado de gravedad. Las autoridades, como siempre que se
trata de atentados contra católicos, han dejado en plena impunidad el
atropello.
En Ocotlán el Presidente Municipal se dio a la tarea
de vejar al sacerdote católico Salvador Morán y sin llenar requisito alguno de
la Ley lo aprehendió, lo retuvo en la cárcel toda una noche y sólo bajo la
presión de pueblo lo puso en libertad.
Y como este hecho, se efectúan todos los días a
millares.
La revolución padece de ebriedad, de despotismo, ha
tocado los límites a que llegó Calígula, el día en que hizo senador a su
caballo y le decretó honores de Dios.
Y no hay principio alguno de ningún género, respetable
ni respetado por los revolucionarios y por el diluvio de tiranuelos salidos de
la revolución.
Cualquiera que lea, por ejemplo, la Constitución de
diecisiete y fije un poco su atención en el capítulo de garantías individuales
y haga abstracción del desbordamiento antirreligioso de ciertos artículos,
llegará a pensar, al leer las prerrogativas consagradas respecto a la
inviolabilidad del pensamiento, de la palabra, de la manifestación de las
ideas, del domicilio y de la libertad individual, que con ese monumento de
legislación apenas habrá quien se atreva a profanar la majestad del hombre y
quien llegue al extremo de violar los atributos fundamentales de la persona
humana.
Pero basta asomarse a la vida real, a la pesadilla que
atormenta espíritus, conciencias, voluntades, individuos y familias, para
convencerse de que los conceptos más altamente sintéticos, representativos y
respetables, como los de humanidad, libertad, ciudadanía, garantías
individuales, se hallan colgados de la punta de las bayonetas y se retuercen
sobre el potro levantado por los grandes y pequeños sátrapas que apuñalean
todos los días, leyes, principios, derechos, todo lo que encuentran a su paso.
La revolución es una ebria y su embriaguez es de
barbarie, de salvajismo, de retroceso a la edad de las cavernas. Ha perdido el
sentido de las relaciones humanas, ha vuelto al caos donde se entrecruzaban los
cuchillos de piedra y cuando la significación de la vida humana y de todas sus
prerrogativas apenas era una vislumbre naciente y lejana que empezaba a abrirse
paso a través de la mentalidad primitiva. Solamente así se explica que la
libertad de un hombre, que su palabra, que su prerrogativa de hombre, sean
ajadas, estrujadas, desgarradas con la misma naturalidad y la misma actitud
tranquila con que se amarra y se apergolla un perro o cualquiera bestia. Y esto
es señal inequívoca de una vuelta al imperio brutal de la fuerza física y de la
ruina de los valores morales.
Si hoy nos sublevamos y cerramos nuestros puños
crispados de ira, sobre las páginas de la historia, cuando desfilan delante de
nosotros todos los que embriagados de victorias y con el acero en la mano
rompieron entre sus dedos toda la majestad del hombre y se precipitaron ciegos
de orgullo y engreídos de poder sobre los cuerpos y sobre las almas para borrar
de todas partes las prerrogativas y los derechos de la humanidad, es porque
siempre que alguien corta con el filo de su espada la carne y ríe ante la
sangre que borbota, no más porque es fuerte, porque se “llama león”, como en la
fábula de Fedro,[1]
sobre todo si sabe que su víctima se halla inerme atada al poste de su
impotencia; irrumpe desde lo más hondo de nuestra estructura humana un grito de
maldición y de anatema, en que truenan, en que rugen todas las libertades y en
que resalta, sobre todo, esta palabra que han merecido todos los tiranos:
“cobarde”.
En efecto, hay en esta actitud despreciativa hacia la
vida humana, que es la actitud característica de todos los opresores de hombres
y de pueblos, un fondo muy marcado, muy saliente de cobardía. Porque el sátrapa
sabe que él se halla rodeado de legiones, como una antigua Roma; que su
impunidad está asegurada; que el poder de la Ley no existe; que puede
ensañarse, saciarse de sangre, embriagarse con el hedor de la carne de los
oprimidos y que éstos no podrán hacer otra cosa que ver retorcerse sus brazos,
descoyuntarse sus piernas, quebrarse su cuello bajo el puño cerrado de los
verdugos, y esto, en el lenguaje de todos los siglos, es cobardía.
El día en que guía despavorido Nerón, buscaba
ansiosamente la punta de la espada de su esclavo, para que lo matara antes de
caer en manos de sus enemigos. Temblaba todo entero, porque carecía de la
conciencia de su propia responsabilidad y porque le faltaron las espadas de sus
legionarios.
La revolución al extender todos los días su mano
armada y su brazo forrado de hierro para profanar al hombre con todas sus
prerrogativas y para reírse de él, en los calabozos, padece de incurable
ebriedad de barbarie y de violencia bruta y como Nerón, rompe y taja carne de
esclavos, porque ha perdido o jamás ha tenido la noción de que la fuerza
física, cuando se halla dentro del puño de los que gobiernan, es para hacer
respetar al hombre en todos su plenitud; no para encarcelar, para profanar
conciencias ni para poblar la tierra de verdugos.
[1] FEDRO
(10-70). Fabulista latino de esmerada formación, elevó la fábula a la categoría
literaria más refinada, si bien siguiendo a Esopo.
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