LAS ALFORJAS VACIAS
Es preciso poner el alma de rodillas hasta para escribir la palabra
caridad. Porque se trata de un vocablo que por antecedentes históricos, que por
su significado y su contenido nada tiene de humano.
Si las estrellas son la señal inequívoca de que Dios ha pasado por
encima del caos para encender con su dedo luminoso los ojos serenos y
transparentes de la noche, la caridad es una huella de lumbre que ha eclipsado
todas las rutas de la historia y que jamás podrá ser borrada por nada ni por
nadie.
Pascal con sus largas y penetrantes miradas de solitario asomado a las
honduras y repliegues del cristianismo y del corazón humano, al encontrarse
delante de la caridad, con la intuición misma con que descifraba los problemas
de física y de matemáticas, comprendió que la caridad no es, no puede ser más
que de origen directamente divino.
Ante todo, la caridad es un rapto de superelevación vital.
Solamente así se explica la inmensa e incontrastable superioridad de la obra
del Cristianismo sobre la obra de todas las filosofías, de todas las religiones
de todos los estadistas y de todos los arquitectos de individualidades y de
pueblos. Sócrates y Marco Aurelio[1]
son la expresión de los valores más altos fundidos en la hornaza del paganismo.
En su gesto, en su actividad, hay indiscutiblemente rasgos de altura iluminada
y ganada con el pie ensangrentado y con la sandalia rota en las asperezas del
camino. Y cuando uno toma y apura la copa de la cicuta y el otro invoca a
Epicteto y aprieta reciamente el puño para ser más fuerte que el dolor, se
siente la tentación de pensar que de allí nadie pasará.
Sin embargo, han hecho su aparición los valores humanos salidos del
crisol encendido del Cristianismo y antes que nadie, Jesús, el valor histórico
más fuerte, más vivo, más pujante de todos, como lo reconoció apenas hace unos
cuantos meses el mismo Herbert Wells[2]
y la historia, aparte de haber cambiado de ruta, con una desviación estrepitosa
e innegable, ha venido, en fuerza de una síntesis inesperada y luminosa, a
enseñar que la figura del maestro es el nudo central de la vida humana.
Todo lo pasado, el presente, el porvenir, se le han incorporado y El
aparece ya en estos instantes en que aún no han sido escritas las páginas de
todas las vidas ni de todos los pueblos, la clave inmensa y luminosa que lo
aclara todo. El milagro supremo de Cristo no es el de los ciegos, ni el de los
paralíticos, ni el de los mares allanados y sometidos: su milagro supremo,
inconfundible y fundamental es la caridad. Y la señal más clara, más innegable;
la vitalidad portentosa, insuperable de todo y de todos, lleva la infiltración
honda y fuerte del cristianismo.
Más aún, el milagro soberano, el milagro por excelencia, el que
sobrepuja en alcance y significación al desentumecimiento de los párpados de
los ciegos, de las piernas alargadas y muertas de los paralíticos y aun al
despertar de Lázaro, es la resurrección de la certidumbre acerca de los
destinos de hombres, de pueblos y de espíritus.
Nuestra época en este punto es la más alta y la más firme comprobación
de este milagro. Juan Papini,[3]
como los leprosos que pasan por las páginas del Evangelio, era un desahuciado.
Todas las filosofías lo habían dejado cansado, roído, con los ojos ansiosamente
abiertos delante de la sombra y con la inquietud devoradora del espíritu hecha
garfio y hundida hasta la médula del espíritu. Pero vio pasar a lo largo del
camino al Cristo, y hoy vive la vida, la más alta, la más honda, han caído de
sus ojos de ciego las vendas de la noche, de su lengua las ligaduras que lo
tenían enmudecido y sus piernas marchan rápidamente por la ruta por donde se
hace, en plena luz y victoria, el viaje verdadero y definitivo. Como este
desahuciado había muchos: Chesterton, Jorgensen,[4]Gheon[5]
y otros, todos han visto, todos han sanado, todos cantan la vida.
Nuestra época está enferma: celebró en un instante de locura y de odio,
sus nupcias con la sombra a la mitad de la noche que es la hora misteriosa del
error y del mal. y hoy, al sentir que las garras afiladas de todas las crisis
se clavan para despedazar carne y espíritu, vuelve en vano sus ojos angustiados
a todos los oráculos que le dieron a beber el brebaje maldito. Y ha encontrado
por todas partes charlatanes que disecan cuerpos y desarticulan pensamientos y
almas, pero nadie ha podido entre sus maestros, decir el conjuro salvador.
Más aún, el contagio, la epidemia penetra hasta en la carne y los huesos
de los que se atreven a acercarse al enfermo y de allí se levantan tocados de
la misma enfermedad y con el alma rota por el pesimismo y el desaliento.
Tocar una pierna entumecida de paralítico, el párpado echado
definitivamente hacia debajo de un ciego, el nervio muerto de un sordo y
encender la luz y la vida, es un milagro, cuando esto se hace en las páginas
del Evangelio.
Y la filosofía y la ciencia no harán más que discutir el caso e intentar
explicarlo, pero realizar lo nunca. Abrir los ojos, desatar la lengua y las
piernas de los paralíticos, de los ciegos y de los mudos del espíritu, es algo
que ni siquiera comenzará a entender ni la filosofía ni la ciencia, que no
supieron hacer más que ciegos, paralíticos, y muchos de alma. Y hoy, a despecho
de todo y de todos, se repite a la letra, sobre todo en el orden de los
espíritus, página a página, el Evangelio. Los ojos del espíritu ven, los
paralíticos del pensamiento se levantan y andan, los sordos de la vida
interior, la única verdadera vida del hombre, oyen. Y, sobre todo, son
evangelizados los pobres, los más pobres de todos, los pordioseros, los
mendigos de la verdad, los desposeídos de certidumbre y de luz, todos los que
vieron apagarse y caer la última antorcha que señala infaliblemente la ruta a
lo largo de la peregrinación. El milagro supremo de la caridad es evangelizar.
Y este milagro hoy como ayer se realiza bajo la presencia real de Cristo en la
historia y en nuestra vida. Y solo El podrá sanar a nuestra época, como
solamente El ha podido sanar la pobreza de Papini, de Chesterton y de los
grandes convertidos.
Nuestra época, al parecer, vivamente preocupados por los hombres, no
tiene ni siquiera un harapo para disimular su propia inmensa pobreza, que es la
pobreza de vitalidad interior. La vitalidad interior es perpetuo índice que
señala con su luz el rumbo y el puerto y es inacabable aliento que se renueva y
robustece todos los días en la sangre de los viajeros. Ya se escuchan gritos
penetrantes en que se llama angustiosamente al Maestro, las camillas de los
paralíticos comienzan a aparecer en el borde de todos los caminos, el cuerpo
ennegrecido de los leprosos se destaca a lo lejos. Ojalá que pronto nuestra
época se tienda al paso de Jesús y le pida que le toque con su mano ¿sanará?...
Es indispensable poner en la obra inmensa de evangelizar a nuestra época,
la particular, la levadura, que movida y fermentada por el dedo de Dios llene
las alforjas vacías de nuestro siglo con el pan fuerte, vivo y salvador de la
palabra eterna.
Marzo de 1926.
[1] MARCO
AURELIO (121-180). Emperador (161-180) y filósofo estoico romano,
gobernó el imperio conjuntamente con su hermano adoptivo Vero.
[2] WELLS, Herbert
George (1886-1946). Novelista y ensayista británico de ideas socialistas;
fue también precursor del género de ciencia ficción. Autor de La guerra de los mundos.
[3] PAPINI,
Giovanni (1881-1956). Escritor italiano; convertido al catolicismo, escribió
con ese motivo una intensa Historia de Cristo. En general, su estilo es
mordaz, incisivo y hasta crudo.
[4] JORGENSEN, Jens Johannes (1866–1956). Poeta y escritor religioso danés. Su obra lírica está
cargada de simbolismo y emoción. Su conversión al catolicismo en 1896 la
describe él mismo en su Autobiografía. Es autor de San Francisco de
Asís (1907) y Santa Catarina de Siena (1915).
[5] GEON, Henri (1875-1944). Dramaturgo francés, cofundador de la Nouvelle Revue française
(1909), sus obras se inspiran en el teatro popular medieval. Obras: Le Pauvre sous l'escalier, 1921; les Trois Miracles de
sainte Cécile, 1922.
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