“Hijos de un mismo Padre; todos
miembros de un solo Cuerpo Místico, el cuerpo de una sola cabeza que es Jesucristo”
No puedo olvidar que, como católicos,
las fronteras geográficas, la diferencia de raza, costumbres o lenguas, son
nada para nosotros, todos hermanos, hijos de un mismo Padre; todos miembros de
un solo Cuerpo Místico, el cuerpo de una sola cabeza que es Jesucristo; que es
la Santa Iglesia Católica; ni puedo olvidar el consolador dogma católico de la
Comunión de los Santos. Los dolores de cualquiera de los miembros de este gran
Cuerpo Místico son nuestros propios dolores, pero la gloria y grandeza de uno de
ellos tan sólo, es nuestra grandeza y nuestra gloria.
Pero evidentemente por haber sido el
principio de la epopeya, hace exactamente veinticinco años, la tragedia sublime
de nuestra Patria, tengo que comenzar por ella, y hablar de las gestas de
nuestros mártires mexicanos en primer lugar. Pretendo así, contribuir al
regocijo propio de unas Bodas de Plata. Y a nadie extrañará, ni siquiera a los
padres, hermanos, viudas, hijos y parientes de los que perecieron en aquella
hecatombe, que hable de regocijo, al recordar tan gloriosas muertes. ¿Qué valen
todos los tormentos y todas las muertes de este mundo pasajero y deleznable,
comparados con los timbres de gloria, que por ellos alcanzaron nuestros
mártires, y que ahora en la morada eterna de los justos, "los hacen
brillar como estrellas por perpetuas eternidades", según dice la Sagrada
Escritura? Y, ¿por qué no hemos de regocijarnos de esto?
No han faltado mártires en la historia
de la Iglesia Católica, y también los encontraremos entre los nuestros, que al
recibir los golpes mortales de sus verdugos les daban las gracias más
vehementes, porque por ellos les abrían inmediatamente la patria feliz de la
bienaventuranza. Con ellos, pues, nos regocijaremos también al recordar sus
martirios, y si, como es evidente, ellos si ven al mismo tiempo de oprobio para
sus verdugos, prescindamos de las personas muchísimas de ellas engañadas, para
reservar toda nuestra repugnancia y toda nuestra reprobación a esa conspiración
contra el orden cristiano, a ese comunismo monstruoso, que encarna, como decía
Pío XI, a las fuerzas del mal, que es el ateísmo militante, y que engañó
vilmente a los unos y a otros los cubrió de gloria inmarcesible, entre nuestros
hermanos.
Antes de seguir adelante creo
pertinentes algunas observaciones. Y la primera es acerca del mismo nombre de
Mártires, con que frecuentemente calificaré a los que sucumbieron en la
tragedia. No es mi ánimo, ni mucho menos, prevenir el juicio de la Iglesia
Católica docente, la única autorizada para declarar, e infaliblemente, la
realidad de un verdadero martirio. Uso ese nombre en el sentido vulgar que le
damos, no como ya digno de los honores del culto cristiano; en el mismo sentido
que le daba nada menos que S. S. el Papa Pío XI de feliz memoria. En efecto, el
31 de enero de 1927, Su Santidad el Papa recibía en audiencia especial a un
grupo de jóvenes mexicanos, y les dirigió este saludo, que debemos todos
guardar en el fondo de nuestro corazón, burilado por el agradecimiento, como el
buril de acero graba las frases inmortales en los bronces de las lápidas:
"¡salve, flores de mártires ¡Honor a vosotros y a vuestro país, a vuestros
Obispos y a todos vuestros Pastores, a vuestros sacerdotes, a todos los
vuestros que sostienen un combate tan glorioso, por el honor de Dios, por el
reino de Cristo, por el honor de la Iglesia, por la dignidad y la salvación de
las almas! ¡Salve, hijos y hermanos de mártires" Sí; fueron mártires, no
lo dudo, y todos, aún los que murieron con las armas en la mano en la lucha
llamada cristera, pero en el sentido de mártires coram Deo, de que hablé al
principio. Ninguno hasta ahora, ni los nuestros, ni los de los otros pueblos,
es mártir en el sentido también explicado de coram Ecclesia, porque ninguno
hasta ahora ha sido elevado al honor de los altares. Es aún muy pronto, para
esa declaración infalible, que la Iglesia prepara con suma prudencia, muchas
oraciones, y mucha investigación. ¡Oh!, esta declaración llegará, tampoco lo
dudo, al menos para algunos, pero ahora es muy temprano todavía. He dicho que
fueron mártires coram Deo, aún los que murieron en los campos de batalla de la
lucha cristera, y esto acredita una segunda observación. Nunca se puede usar un
medio en sí ilícito, para obtener un fin bueno. Ese principio de que el fin
justifica los medios, es precisamente la norma capital del comunismo, como
desde el principio de la conspiración contra el orden cristiano, han venido
propalándolo hasta Lenin y Stalin en sus escritos y proclamas; principio
absolutamente reprobable e inmoral.
Si, pues la campaña cristera hubiera
sido ilícita; aun por el noble fin de defender los derechos de Jesucristo y su
reino sobre la tierra, ilícita se hubiera quedado; y tal fin nunca le hubiera
lavado de tal reprobación. Ahora bien, el que emplea un medio ilícito
para obtener un fin, aunque sea bueno, peca y ofende a Dios, y si en el
desarrollo de su ilícita empresa muere, muere en pecado y mucho menos puede ser
considerado como mártir, ni aún en el sentido de martirio coram Deo. Por otra parte,
toda rebelión armada contra una autoridad legítima o contra sus leyes que
tengan el carácter de verdaderas leyes, es decir, dadas en bien de la sociedad,
aunque sea penoso su cumplimiento por parte de los súbditos, es ilícita y
condenada por la Iglesia de Jesucristo. Esta clase de empresas es la que se
llama rebelión propiamente, o una revolución. Hay casos, sin embargo, en que
una autoridad, aún legítima, abusando del poder de la fuerza que tiene en sus
manos, da disposiciones contrarias al bien de la sociedad, de sus derechos más
sagrados, por ejemplo en contra de su
religión, y que de suyo tienden no digo al bien común, sino a la destrucción misma
de la sociedad. En este caso se encuentra la conspiración contra el orden
cristiano, entronizada en el poder civil, y poseedora de toda su fuerza bruta,
y su obra debe considerarse como una verdadera agresión injusta.
En nuestros mismos días, todos los
hombres de juicio, aún no católicos, sabemos, que han condenado y condenan la
agresión injusta, y no sólo permiten resistir a ella, sino que juzgan
obligatoria esa resistencia en ciertos casos, de parte de los ciudadanos de un
pueblo. Pero todavía, para que sea lícita esa resistencia, tiene absolutamente
que ser primero pasiva y por medios legales y pacíficos; y sólo en el caso de
que se hayan intentado en vano todos esos medios, es lícito, y en casos
obligatorio, el acudir a las armas, lo que no será agresión, ni rebelión, sino
defensa contra una agresión injusta, perfectamente aprobada, aun por el simple
derecho natural. Este fue el caso de la resistencia armada cristera. El mismo
general Calles, instrumento de la conspiración anticristiana, en célebre
entrevista con dos señores obispos mexicanos, quienes después de la resistencia
pasiva de todo el pueblo por el famoso "boycot", se dirigieron a él pidiéndole
cortésmente la revocación, de las disposiciones impías, les dijo que "él
tenía que cumplir la ley y hacerla cumplir (esto es, las consignas de la
conspiración) y que a los Obispos y católicos mexicanos, no les quedaba más que
dos medios a su disposición: acudir al Congreso (medio legal), o tomar las
armas". Los católicos en un memorial firmado por dos millones de personas
se dirigieron al Congreso, y éste bajo las mismas consignas de la conspiración,
se negó aún a leer el memorial. Entonces no hubo más remedio que acudir al otro
medio indicado por el Gral. Calles.
Pero realmente, ¿la situación de los
católicos, es decir, del noventa por ciento de los habitantes de México, era
tan terrible allá por los años de 1925 y 1926, que acreditara una resistencia a
las consignas de la conspiración contra el orden cristiano, traducidas en forma
de leyes y disposiciones gubernativas, y que se pudiera llegar lícitamente a la
resistencia armada, en defensa legítima contra una agresión injusta? Muchos de
mis lectores lo vieron así, y yo mismo fui testigo de aquella situación
intolerable, pero como parte agraviada, no me parece conveniente alegar mi
testimonio, que pudiera parecer parcial. Voy, pues, a traducir algunos párrafos
de un célebre artículo que publicó en París el Periódico La Croix el 12 de
octubre de 1927, debido a la pluma del escritor americano, Mr. Francis MacCullagh,
bien conocido como exacto y fidelísimo en los hechos que narra. "Acabo de
pasar seis semanas en México, escribe, absolutamente dueño XVI de mis
movimientos, usando el mismo método que usé cuando recorrí en 1919 y 1920 la
Rusia Soviética. "El cuadro que descubrí detrás del velo espeso de una
censura severa, es sin duda, más terrorífico, que el espectáculo que he visto
en Rusia. "Los aspectos internacionales y económicos del cuadro mexicano,
vuélveme insignificantes, ante el martirio de millones de mexicanos. Nadie
sabrá jamás el número de las víctimas, que han pagado con su vida la
resistencia a un régimen que hace imposibles esas mismas vidas. Aquí el cuadro toma
un matiz de sangre, pues ésta es la más cruel persecución que los cristianos han
tenido que sufrir desde los días de Nerón. "Yo he visto con mis propios
ojos esos métodos. No he aceptado de nadie una comisión de propaganda: y esto
lo puedo probar. "En la calle resuena de repente un estruendo 'sordo de
pisadas... personas rodeadas de policías y soldados... parece una cuadrilla de
prisioneros, que llega (a la Inspección de Policía) ...noto que esa muchedumbre
está compuesta de elementos sumamente heterogéneos. Hay dos muchachas con sus
velos blancos y sus ramos del día de su primera Comunión: pero los velos ya
están desgarrados y sus flores marchitas: tienen los ojos enrojecidos por el llanto,
y las mejillas por el rubor. Cerca de estas niñas puras, va la hez de los
sitios nefandos; algunas malas mujeres, ebrias aún. Que blasfeman... Codo con
codo de las hijas de las familias decentes... marchan algunos criminales de
orden común... "¿Cómo se ha podido reunir un grupo tan heterogéneo? Me
informo con un civil y él me lo explica amablemente. Los domingos por la mañana
tiene la costumbre el Inspector de Policía a esta hora y aún desde el alba, de
enviar sus esbirros con orden de detener a los católicos que van a misa... Sus policías
invaden las casas particulares, donde se celebra la Misa, y traen a todos los
asistentes, a la Inspección General, mezclados, para mayor escarnio con los
escandalosos, rateros y borrachínes que han arrestado durante la noche. . "Las
víctimas de la persecución religiosa, no son solamente mujeres jóvenes y
mujeres en la plenitud de la edad y aún personas ancianas: hay varones jóvenes
con sus ojos profundos y brillantes, con sus mejillas bronceadas, pintada en
sus labios y en su barba la expresión de la nobleza v el valor; hay también
ancianos de silueta fina, que respira la singular dignidad castellana pintada
por Velázquez en sus cuadros... La persecución religiosa es sobre todo un modo
de rapiña. Se imponen ¿legalmente grandes multas a las personas que van a misa...,
etc., etc.".
Y todavía mis lectores recordarán, que
hubo situaciones mucho más terribles, que la descrita en estas líneas por el
escritor americano. Sí; sin duda, la situación de los mexicanos, católicos en
su inmensa mayoría, acreditaba la resistencia contra esas agresiones injustas.
Se recurrió primero, como sabemos, a la resistencia pasiva del "boycot";
luego a los medios legales de petición a las Cámaras legislativas. Nada dio
resultado. No quedaba otro recurso que la resistencia armada, y por todo ello,
perfectamente lícita. Imposible pasar en silencio un testimonio de la Sagrada
Escritura, que es al mismo tiempo un ejemplo propuesto por el Espíritu de Dios
inspirador de la Biblia, acerca de la licitud y obligatoriedad, en ciertos
casos, de una defensa armada contra una agresión injusta.
Ciento cincuenta años hacía que los
judíos estaban sometidos a los Seléucidas, cuando la tiranía de Antioco
Epifanes, les obligó a tomar las armas para defender su fe. Refugiados en el
desierto, en donde se creían seguros de todo ataque, Judas y los suyos,
supieron que millares de sus conciudadanos, sorprendidos durante el descanso
sabatino, acababan de dejarse matar heroicamente, sin lanzar siquiera una
piedra. El libro I de los Macabeos (cap. II), dice: Y cada uno de ellos dijo a
su prójimo: si todos obramos como han procedido nuestros hermanos y no luchamos
contra los gentiles para defender nuestras vidas y nuestra ley; en poco tiempo
nos borrarán los enemigos de sobre el haz de la tierra. Y tomaron ese día esta
resolución: luchemos contra cualquiera que venga a hacernos guerra el sábado, y
no muramos todos como murieron nuestros hermanos sin combatir... Y Judas
Macabeo dijo (cap. III): Combatiremos pues, para salvar nuestras vidas y
nuestra ley; y el pueblo exclamó: Reconstruyamos las ruinas de nuestro pueblo y
luchemos por nuestro pueblo y nuestro santuario. Y todos clamaron al cielo con
voz potente.
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