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miércoles, 26 de julio de 2017

JUANA TABOR 666. HUGO WAS



—Pero ni ese imperio ni ese emperador existen. Hay un Imperio Romano sobre el cual manda Carlos Alberto, y hay un Imperio Germánico que tiene por soberano a Adolfo Enrique.
—Antes de diez años no formarán más que uno —respondió Voltaire—. Berlín y Roma serán ciudades de un solo imperio, bajo el cetro del sucesor de Adolfo Enrique, quien preparará el advenimiento del séptimo rey, que será rey de Roma, el undécimo cuerno del Dragón...
— ¡El Anticristo!
—Yo volveré a visitarte dentro de diez años y dentro de veinte.
— ¿Y yo estaré vivo aún? Piensa que he nacido el primer día de este siglo.
—Tú, que vives ahora bajo el Pastor Angélico, verás pasar como ondas de un río a los últimos papas, a Gregorio XVII, a Paulo VI, a Clemente XV. Tú concurrirás al cónclave que elegirá a León XIV, judío, hijo de Jerusalén, convertido al Infame y bajo cuyo reinado se convertirán los judíos, y tú verás florecer el lapacho y al último Papa, Petrus Romanus.
Fray Plácido escuchaba y temblaba.
— ¿Seré cardenal, por ventura?
—No necesitarás serlo. Reinará en Roma la sexta cabeza, que hará morir a un papa; y tú habrás conocido a la Bestia de la Tierra, el falso profeta del Anticristo, y vendrá la hora de la séptima cabeza, que será una mujer, y del undécimo cuerno, el rey de los romanos, el propio Anticristo.
— ¿Y la orden gregoriana existirá entonces?
—Dentro de diez años te contestaré. Te baste saber que de la orden saldrá un astro resplandeciente, cuyo nombre está en el Apocalipsis. ¿Podrías descubrirlo?
— ¡Ajenjo! —murmuró fray Plácido con un hálito de voz.
— ¡Creí que no fueses capaz de nombrarlo! ¿Por qué el superior de los gregorianos dijo aquel nombre, que significa en el Apocalipsis una estrella caída? ¿En quién pensó? ¡En nadie! ¡Dios era testigo de que en nadie pensó! Para aturdir su nquietud se puso a repetir el texto del Apocalipsis. “Y el tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella ardiendo como un hacha; y cayó en la tercera parte de los ríos y en la fuente de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo, y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y murieron muchos hombres que las bebieron, porque se tornaron amargas.”
Aquel símbolo había sido interpretado como alusión al fraile apóstata Lutero, cuyas doctrinas envenenaron a tantos millones de hombres.
¿Podría aplicarse 500 años después a otro personaje? Quiso pedir aclaración pero Voltaire había desaparecido. La puerta de la celda estaba cerrada. Por los vidrios de las entornadas ventanas llegaban torrentes de luna.
Fray Plácido abrió de par en par la puerta y la ventana, porque el hedor de la habitación era insufrible.
— ¡Qué extraño sueño! —se dijo cogiendo un hisopo y rociando con agua bendita el suelo y las paredes.
Era noche de plenilunio. Todo aparecía envuelto en un cendal de plata. No había para qué encender la luz.
Se acodó sobre el alféizar y respiró a pleno pulmón el aire sutil y purísimo. Contó dos, tres, cinco cruces entre los matorrales; vio las ramas yertas del lapacho, sintió sueño y se recogió. Pero al encaminarse a la tarima su pie tropezó con un obstáculo Se agachó; era una plasta de bronce fundido.
— ¡El candelero! —exclamó con espanto.
Se santiguó, se acostó de nuevo y se durmió en el acto.
Ya en las campiñas lejanas cantaban los gallos presintiendo el alba.
CAPÍTULO II
El Satanismo
Pasaron efectivamente diez años. Fray Plácido de la Virgen cumplió los 88 en pleno vigor mental y físico, Tal vez los que le veían de tarde en tarde notaban que se iba encorvando y que se dormía más a menudo en la lectura o en el coro.
Las vocaciones gregorianas no aumentaban; la orden parecía condenada fatalmente a la extinción. Sin embargo, la fama de fray Simón de Samaria crecía como las olas en la pleamar. Llamábanlo a predicar de los puntos más remotos de la tierra en todas partes del mundo se le escuchaba por radio y se le veía por televisión; pero a las gentes no les bastaba televerlo o teleoírlo, y querían sentirlo cerca y departir con él.
Sus sermones se entendían por igual en Buenos Aires que en Moscú, Nueva York o Pekín, pues predicaba en esperanto, el idioma universal inventado por el lingüista judío Zamenhof y adoptado por todas las naciones, que abolieron bajo severas penas los demás idiomas, contrarios al espíritu de unión que pregonaba la humanidad.
El inglés, el castellano, el ruso, el árabe, el griego, el japonés, el chino, eran ya lenguas muertas.
Apenas las hablaban algunos viejos incapaces de aprender el esperanto, y algunos eruditos autorizados por los gobiernos para estudios literarios. Solamente la Iglesia Católica se negó a acatar la innovación, y mantuvo el latín como su lengua oficial; esto dio al idioma de Horacio una difusión enorme, ya que muchísimos católicos lo aprendieron por no usar el esperanto, la lengua que hablaría el Anticristo.
Ocurrió, pues, que para llegar al corazón del pueblo fue indispensable que los predicadores aprendiesen el esperanto, y fray Simón de Samaria llegó a hablarlo con tal fluidez y elegancia que se le consideró un clásico en ese idioma.
En cambio fray Plácido de la Virgen no lo habló nunca, excusándose con su avanzada edad, y fue aislándose de la gente tanto, que en los últimos años no pudo alternar sino con los que sabían latín y con tres o cuatro viejos amigos seglares que no abandonaron su castellano. Los demás no le entendían.
Muchas otras novedades advertíanse en las vísperas del año 2000. La higiene y la ciencia de curar las enfermedades habían progresado de tal modo que se logró duplicar el promedio de la vida humana, y con frecuencia se hallaban viejos de edad asombrosa en buena salud.
Se había descubierto la manera de rebajar el tono nervioso del organismo y hacer que el reposo del cerebro y del corazón fuera absoluto durante el sueño, como lo hacen los faquires. De este modo la tercera parte de la vida, que se pasa durmiendo, transcurría sin desgaste orgánico, con lo cual se prolongaba la existencia. Esto contuvo por algún tiempo la despoblación gradual del mundo, aunque no lo rejuveneció, porque el decrecimiento de la natalidad alcanzó cifras pavorosas.
A principios del siglo XX nacían en Europa 38 niños por cada 1.000 habitantes y morían 28 personas: el saldo era de diez por mil en favor del crecimiento de la población.
Ciento treinta años después, en 1930, nacían 19 y morían 14. El aumento se redujo a la mitad.
Medio siglo después, en 1980 —a poco de la aparición de Voltaire, que pasó por haber sido una pesadilla de fray Plácido— el promedio de nacimientos en todo el mundo no excedía de 3 por cada 1.000 habitantes, y las muertes eran 7. Es decir, la humanidad perdía cada año 4 habitantes por cada 1.000.
El globo, que durante sesenta siglos, desde los tiempos de la primera pareja humana, había visto siempre crecer su capital de sangre de carne y de cerebro, comenzó a perder cada año unos diez millones de habitantes. Este era el resultado de una tenaz y escandalosa propaganda malthusiana que se efectuaba so color de ciencia, explotando el miedo al hijo, que complica la vida y absorbe los recursos que sus padres hubieran podido destinar a sus placeres.
Desacreditáronse como anacrónicos los hogares donde nacía más de un niño. Se ridiculizaba a los padres de dos o tres criaturas. Un hijo era motivo de lástima; dos, causa de desprecio; tres..., más valía atarse al cuello una piedra de molino y arrojarse al mar.
En las naciones de antigua cultura y de viejos vicios se puso de moda la esterilización por mutuo consentimiento de los recién casados, amén de la esterilización obligatoria al menor indicio de enfermedad orgánica.
Alemania, que en 1940 llegó a 85 millones de habitantes, medio siglo después no contaba más que con 60 millones, entre los que predominaban los individuos de 50 a 150 años y escaseaban los niños. El poderoso imperio germánico empezaba a secarse como la vid mordida por la filoxera. ¡Eugenesia! Idéntico fenómeno advirtióse en otras naciones de mucha instrucción y poca religión.
Francia, en la que se había restaurado el trono de San Luis, empezaba a rehacer su población de 20 millones de habitantes, en su mitad viejos. Inglaterra a duras penas se mantenía en los 30. Estados Unidos había caído por abajo de los 80. ¡Malthus! Sólo Italia, que conservaba la fecundidad —esa única bendición de que la sociedad humana no fue despojada ni por el pecado original, ni por el diluvio—, alcanzó a contar doscientos millones de habitantes en todo el imperio, que tenía provincias en Europa, África, Asia y Oceanía.
El Japón también era fecundo; aspiraba a reconstruir el imperio mongólico de Gengis-Khan, y dominaba ya la mitad del Asia.
El imperio del Brasil se extendía desde las bocas del Orinoco, límite de la Gran Colombia, hasta el Río de la Plata, y se había apoderado de la Banda Oriental y el Paraguay, con lo que redondeó una población de 150 millones de habitantes, dueños de las más fértiles y variadas comarcas del globo.
En el norte de América del Sur existía la Gran Colombia, formada por Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador; y en el Pacifico, el imperio de los Incas, constituido por Perú y Bolivia.
Al sur de América estaba el pequeño reino de Chile, regido por la dura mano de un rey aliado del Brasil que aspiraba a ensanchar sus dominios, y la República Argentina.
El mapa argentino había sufrido graves modificaciones a raíz de una de las grandes guerras europeas.
Chile obtuvo la soñada salida al Atlántico, toda la Tierra del Fuego, la gobernación de Santa Cruz y las islas Malvinas que las naciones europeas no pudieron conservar.
La Argentina no estaba en condiciones ni de fruncir el ceño, y se resignó. Y según decían los estadistas, podía considerarse satisfecha de que no le hubieran quitado más tierras al sur y de conservar al norte dos provincias que podían haberle disputado los vecinos.
Finalizaba el mes de mayo de 1988...Pero ya ni en Buenos Aires ni en ninguna parte del mundo se decía mayo. Entre tantas cosas reformadas, estaba el calendario.
El año tenía ahora trece meses de 28 días.
La reforma fue resuelta en 1955, quince años después que la Sociedad de las Naciones de Ginebra se disolvió a orillas del lago de su propio nombre, cuando comenzó la guerra entre las naciones que se llamaban a sí mismas del Nuevo Orden y las que se decían de la Democracia. Terminada esta guerra hubo tres lustros de paz.
Los diplomáticos se aburrían en el ocio y las señoras de los príncipes también. Un día de aburrimiento, las cuarenta esposas de los cuarenta primeros ministros de las naciones más adelantadas tomaron sus aviones, que marchaban a la velocidad de 1.200 kilómetros por hora, y se apearon en una isla del archipiélago de las Carolinas, la isla de los Ladrones, en el Pacifico, donde se habían reunido los financieros para crear una moneda internacional en reemplazo del oro.
Mientras ellos hacían esto, ellas abolieron el calendario gregoriano, que fastidiaba a los negociantes con sus meses irregulares; uno de 28, otros de 30 y otros de 31 días. La verdad es que desde tiempo atrás algunas grandes empresas en los Estados Unidos se regían privadamente por un calendario de 13 meses, cada uno de cuatro semanas, con un día blanco al final del año, que eran dos en los años bisiestos.
Algo parecido al calendario inventado por el filósofo positivista Augusto Comte, que llamó a los trece meses con el nombre de sabios y héroes civiles.
En este punto el congreso de las cuarenta esposas anduvo dividido, pues cuando se trató del mes de junio —al cual Comte llamó San Pablo— se originó enconada disputa. Todas estaban conformes en llamar al segundo mes Homero y Bichat al decimotercero, aunque ignoraban quién fuese el uno y el otro. Pero San Pablo no les sonaba bien para tan alto honor.
Con el fin de evitar la discordia, las cuarenta esposas resolvieron prescindir de los personajes históricos, y denominaron a los meses con los nombres que les dieron los Caballeros Templarios en la Edad Media: nisan, tab, sivan, tammuz, aab elul, tischri, marshevan, cislev, tabeth, sehabet, adar, veadar; denominaciones usadas por los judíos desde hacía miles de años. Se prescindió de bautizar los días de la semana, y se les llamó por su número de orden: el primero, el segundo, etcétera, con excepción del sábado, que conservó su nombre.