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jueves, 6 de abril de 2017

LA PASION DEL SEÑOR


 

 
JUEVES SANTO
 
 
Pudo ocurrir así: Terminaron los sacerdotes de juzgar al Señor y se marcharon a sus casas. Trasladaron al Señor a otra habitación de la casa donde debían guardarle hasta la mañana siguiente. El sumo sacerdote se había ido a dormir; en la casa no quedaban ya más que los criados y guardas de ella. Todos estaban en el atrio, calentándose al fuego. Hartos y cansados ya de burlarse del Salvador, con frío, con sueño, se iban turnando en la guardia de Jesús. En estos momentos Pedro afirmó no conocerle. En torno al fuego, unos estaban de pie, otros sentados. Y Pedro, como quien está enfriado del amor de Cristo, se calentaba junto al fuego de los enemigos de Cristo. Muy pronto apetece el consuelo sensible a aquel que ha dejado el amor de Dios.
La portera que le había abierto, «al verle sentado junto al fuego», le dijo: « ¿Eres tú, acaso, de los discípulos de ese hombre?», Y, antes de que Pedro pudiera contestar, se fijó más en él y añadió: « ¡Sí, seguro que eres uno de los que andaban con Jesús Nazareno», Y vuelta a los demás les dijo: «Éste es uno de los que andaban con Él» (Le 22, 56).
Pedro, sintiéndose acosado por esa mujer ante tanta gente que le miraba, lleno de miedo, negó «ante todos» ser un discípulo de Jesús, y dijo: «No lo soy ni le conozco. Ni sé ni entiendo lo que dices, mujer» (Mt 26, 70.    In 18, 17. Le 22,57. Me 14, 68).
 
¡Pedro, Pedro! Y hace muy poco decías: «Aunque todos se avergüencen de Ti yo no me avergonzaré, y si es necesario morir contigo, yo no te negaré» (Mt 26,
33 y 35). No estás en peligro de muerte, ni te juzga el jefe de los romanos ni el sumo sacerdote de los judíos, no te amenazan los soldados, ¿Cómo entonces te asustas y no sabes responder con valentía a una portera? Presumiste sin fundamento, Pedro; eres un hombre débil, y ante una pequeña ocasión, sin la ayuda de las gracias, eres vencido.
Se pusieron en pie los que estaban allí, y Pedro, para disimular, se puso también en pie y se acercó más al fuego para calentarse. Pero no estaba tranquilo, tenía miedo, y se alejó de ellos y «salió fuera» del atrio, «al zaguán» de la casa (In 18, 18 y 25. Me 14, 68). Estando allí, el gallo cantó por primera vez.
Debía de ser grande el ruido y trajín que habría en aquellos momentos: unos entraban, otros salían, todo el mundo hablaba y daba su opinión o preguntaba sobre lo que había ocurrido aquella noche. Pedro intentaba no ser visto para que no le reconocieran, y a la vez deseaba saber qué ocurría con su Maestro. Estaba inquieto después que había mentido diciendo que no era discípulo de Jesús ni le conocía y no sabía dónde ni cómo ponerse: unas veces se sentaba, otras se ponía de pie, unas veces intentaba escuchar acercándose a los grupos de criados, otras se alejaba y salía del atrio hacia el portal, volvía a entrar, sobresaltado, nervioso.
«Poco después», una de las veces en que iba hacia la puerta del zaguán, se fijó en él otra sirvienta de la casa, y dijo a la gente que estaba allí cerca: « ¡Éste es
de los que estaban con Jesús Nazareno» Pedro se volvió a sentar entre los demás junto al fuego, y le preguntaron: «¿Es verdad que eres de los discípulos de ese hombre?». Pedro dijo: «No, no lo soy». Un criado, que le miraba fijamente, le dijo: «Seguro que eres uno de ellos». Pedro hizo como que se enfadaba: « ¡Déjame en paz, hombre, he dicho que no lo soy!». Y juró no conocer a Jesús.

Pedro debiera haberse ya marchado la primera vez que le negó, debiera haber abandonado aquella compañía y conversación que tanto mal le hacía. Pero como continuó allí, su pecado y su culpa fueron mayores. La primera vez sólo mintió, pero ya la segunda vez juró. Es un ejemplo para nuestra propia debilidad: debemos huir de las ocasiones de pecado para no caer en él. Pero Pedro se quedó junto al fuego, y su tercera negación aún fue peor que las dos primeras.
«Como una hora después» (Lc 22, 59), uno de los que estaban allí comentó: «Estoy seguro que este hombre andaba con Él, se nota que es galileo», Los demás repitieron lo mismo: «Seguro que tú eres uno de ellos, porque se nota que eres galileo, y eso no lo puedes negar porque se ve en tu modo de hablar» (Me 14, 70; Mt 26,73). Esto lo decía porque los galileos tenían un acento especial que les distinguía de los demás judíos. Pedro insistió en que no era discípulo del Señor, pero «Uno de los criados del pontífice, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, le descubrió: No lo puedes negar, yo mismo te vi en el huerto cuando estabas con Él». « ¡Pero, hombre, ¿qué dices? ¡No te entiendo!». Pero como ya no le creían, «empezó a jurar y a maldecir», y gritó: « ¡Yo no conozco a ese hombre!». «Inmediatamente, el gallo cantó». Eran como las cuatro de la madrugada.
No ocurrió lo que Pedro había dicho: «Daré mi vida por Ti», sino lo que el Salvador había asegurado: «Me negarás tres veces». Todos los evangelistas cuentan las tres negaciones de Pedro.
Jesús se acordaba de Pedro, que estaba tan olvidado de Él, y le echó una mano para que se levantara de su caída: le miró. «El Señor se volvió y miró a Pedro»
(Le 22, 61). Pudo ser que coincidiera aquel momento con la terminación del proceso y estuvieran bajando al Señor a otra habitación. Y, si no fue así, pudo ser que el mismo Pedro subiera al piso de arriba para ver qué hacían con el Señor. A pesar de que el Señor estaba sufriendo de aquella manera, le ayudó, mirándole. Miró el Señor a Pedro y, con su mirada, Pedro entendió lo que le quería decir, y se acordó de lo que había dicho y él no quiso creer: «Esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres». Y, «saliendo fuera, lloró amargamente» (Le 22, 62).
Conoció la gravedad de su culpa y la bondad del Señor a quien había ofendido. Lloró con amargura porque las lágrimas nacían de la dulzura del amor de su Maestro. El había afirmado en otra ocasión que Jesús era el Hijo de Dios vivo, y ahora, por miedo, había negado conocerle.  79
 
Lloraba amargamente porque se acordaba de todos los beneficios que había recibido del Señor, cómo le había distinguido sobre los demás compañeros; se acordaba de que le había avisado y él, en cambio, en un momento, había hasta jurado no conocerle. Aquel juramento y aquellas maldiciones que echó delante de todos le quemaban las entrañas, y por eso lloraba a lágrima viva. Fue tanto su dolor que, desde aquel día, todas las mañanas, al oír el canto del gallo se sobresaltaba y le daba un vuelco el corazón, y durante muchos días lloró al acordarse. «Empezó a lloran, dice San Marcos, como si aquel fuera sólo el comienzo y su llanto continuara mucho tiempo después.
Quedó Pedro tan herido con la mirada del Señor, que ni pudo retractarse públicamente de su mentira.
Quedó tan arrepentido que sólo pudo echarse a llorar.

Con aquella caída fue ya más humilde y menos confiado en sí mismo, no quiso poner a riesgo más veces su flaqueza. Así pudo enseñar a los demás a evitar las ocasiones de pecar, y enseñó la verdadera fortaleza, la que viene de Dios.
No quiso echarse allí mismo a los pies del Señor pidiéndole perdón, quizá le pareciera demasiado atrevimiento conseguir el perdón tan pronto, quizá quiso pedirlo primero con sus lágrimas y su penitencia. Solamente lloró y no dijo ninguna excusa, calló y lloró, y así lavó su culpa, con lágrimas. Y para llorar mejor se salió fuera. Se alejó del palacio donde había cometido el pecado. ¿A dónde iría a consolarse sino a la Virgen María, refugio de los pecadores, para contarle su tristeza y amargura? Ella le consoló y le dio la firme esperanza de alcanzar el perdón de su Hijo.
No sin motivo permitió el Señor que la piedra fundamental de su Iglesia pecara y flaqueara así. Podemos aprender con esto que nadie debe confiar presuntuosamente en sí mismo, pues un apóstol tan privilegiado y tan querido cayó. Tomemos el aviso que nos da San Pablo: «El que piensa que está en pie, fíjese bien, no sea que se caiga» (1 Cor 10, 12). También podemos aprender de lo ocurrido a Pedro que nadie debe desconfiar de Dios, por perdido que esté, pues Pedro, habiendo cometido un pecado tan grande, volvió a la primera amistad gracias a sus lágrimas y a su penitencia, y al amor de Dios. Fue hecho príncipe de los apóstoles, cabeza de la Iglesia, Pastor del rebaño de Cristo, depositario de las llaves del reino de los cielos. También San Agustín da otra razón, dice: «Me atrevo a decir que es provechoso a los soberbios caer en algún pecado claro y evidente, por el cual se vean tal como son, pecadores, pues con su soberbia ya habían pecado. Más pecador se vio Pedro cuando lloró su culpa que cuando presumía de su fidelidad». Y San Gregario aún da otra razón: «Para que aquel que iba a ser Pastor de la Iglesia aprendiese por sí mismo cómo debía comprender las debilidades ajenas y compadecerse de ellas. La misericordia que usó el Señor con él fue grande y digna de ser siempre recordaba: el Señor mira a su amigo que le ha negado para salvarle, y le da la mano para que no se pierda.
Así fue de piadoso el Señor con él para que él lo fuera con las ovejas del rebaño que le iba a encomendar, para que no desamparase a nadie por muy enfermo o rebelde o perdido que estuviese».
 
Cristo padeció por los hombres con amor
 
El Salvador pasó toda la noche entre los que se burlaban de Él y le molestaban, y, mientras tanto, les deseaba la paz y la felicidad, y no pensaba en pensamientos de venganza. Nada ni nadie era más poderoso que Él, y Él se entregaba al sufrimiento por amor a Dios y a los hombres. Estaba triste el Señor, pero, a la vez, su amor era tan grande que se puede decir que deseaba sufrir, pues su dolor salvaba a los hombres. Esta noche de dolor fue también noche de consuelo y alegría, «bañándose» -bautizándose-, como Él dijo, «con este baño» este bautismo- de sangre, «hartándose de oprobios» (Lamentaciones 3,30).
 
Este amor de Cristo «supera y está por encima de todo entendimiento» (Els 3, 19), porque la fuente de donde nace está también fuera de toda comprensión.
Porque no se basa su amor al hombre en su perfección o en sus méritos, pues es una criatura imperfecta y pecadora. No es posible amar al hombre por sí mismo, el Señor no es ciego para poner su amor en una criatura que tan poco lo merece. Este amor se funda en el amor que el Padre Eterno le tiene a Él, y en los inmensos beneficios que le concedió como hombre, tanto es así que por agradecimiento y obediencia y amor a su Padre, Dios amó a los hombres. Pero... ¿por qué ama Dios al Hombre?