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martes, 7 de marzo de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL



X.- EL APÓSTOL PEDRO Y EL PAPADO.
 CONTINUACION

Ningún razonamiento puede anular la evidencia leí hecho siguiente: fuera de Roma no hay más que Iglesias nacionales (como la Iglesia armenia, la griega), Iglesias de Estado (como la Iglesia rusa, la anglicana), o sectas fundadas por particulares (como los luteranos, calvinistas, irvingianos, etc.). Sólo la Iglesia católica románfi no es ni Iglesia nacional, ni Iglesia de Estado, ni secta fundada por un hombre. Es la única Iglesia del mundo que conserva y afirma el principio de la unidad social universal contra el egoísmo de los individuos y el particularismo de las naciones; es la única que conserva y afirma la libertad del poder espiritual contra el absolutismo del Estado; es, en una palabra, la única contra la cual no han prevalecido las puertas del infierno.
«Por sus frutos los conoceréis.» En el dominio de la sociedad religiosa, el fruto del catolicismo (para los que han permanecido siendo católicos) es la unidad y la libertad de la Iglesia. El fruto del protestantismo oriental y occidental para los que a él se han adherido es la división y la servidumbre; sobre todo la división para los occidentales, la servidumbre para los orientales. Se puede pensar y decir lo que se quiera de la Iglesia romana y del papado; nosotros mismos estamos muy lejos de ver o de buscar en ellos la perfección lograda, el ideal realizado. Sabemos que la piedra de la Iglesia no es la Iglesia, que el fundamento no es el edificio, que el camino no es el término.
Todo lo que decimos es que el papado es el único poder eclesiástico internacional e independiente, la única base real y permanente para la acción universal de la Iglesia. Este es un hecho incontestable y él basta para hacer reconocer en el Papa al único depositario de los poderes y privilegios que San Pedro recibió de Cristo. Y puesto que se trata de la monarquía eclesiástica universal que debía transubstanciar la monarquía universal política sin suprimirla por completo, ¿no es natural que la sede exterior de ambas monarquías correspondientes haya seguido siendo la misma? Si, como hemos dicho, la dinastía de Julio César debía ser reemplazada, en cierto sentido, por la dinastía de Simón Pedro —-el cesarismo por el papado—, ¿no debía éste radicarse en el centro real del imperio universal?
El traslado a Roma del soberano poder eclesiástico fundado por Cristo en la persona de San Pedro, es un hecho patente atestiguado por la tradición de la Iglesia y justificado por la lógica de las cosas. En cuanto a saber cómo y en qué formas fue transmitido al obispo de Roma el poder de Pedro, es un problema de historia que, por falta de documentos, no puede ser resuelto científicamente. Creemos con la tradición ortodoxa, consignada en nuestros libros litúrgicos, que habiendo pasado San Pedro a Roma fijó en ella definitivamente su sede y que antes de morir él mismo nombró su sucesor. Luego se ve a los Papas elegidos por el pueblo cristiano de la ciudad de Roma, hasta que hubo quedado establecido el modo actual de elección por el colegio cardenalicio. Tenemos, por otra parte, desde el siglo n (los escritos de San Irineo), testimonios auténticos que prueban que la Iglesia de Roma era ya considerada por todo el mundo cristiano como centro de la unidad, y que el obispo de Roma gozaba permanentemente de autoridad superior, aun cuando las formas en que esta autoridad se manifestara debiesen variar necesariamente según los tiempos, para hacerse más determinadas e imponentes a medida que la estructura social de la Iglesia se complicaba, diferenciaba y desarrollada de más en más.
(De hecho —habla un historiador crítico y racionalista—, en 196, los jefes elegidos de las Iglesias intentaban constituir la unidad eclesiástica. Uno de ellos, el jefe de la Iglesia de Roma, parecía atribuirse el papel de potestad ejecutiva en el seno de la comunidad y arrogarse el oficio de soberano pontífice) (1).
Pero no se trataba solamente del poder ejecutivo; el mismo escritor hace, algo más adelante, la siguiente confesión: «Tertuliano y Cipriano parecían saludar en la Iglesia de Roma a la Iglesia principal y, en cierta medida, guardiana y reguladora de la fe y de las puras tradiciones» (2). El poder monárquico de la Iglesia Universal era sólo un germen apenas perceptible, pero lleno de vida, en el cristianismo primitivo. En el siglo n el germen se ha desarrollado visiblemente, como atestiguan los actos del Papa Víctor, así como en él ni los de los Papas Esteban y San Dionisio, y en el IV los del Papa Julio I. En el siguiente siglo vemos ya a la autoridad suprema y al poder monárquico de la Iglesia romana elevarse como vigoroso arbusto con el Papa San León I. Y, finalmente, hacia el siglo IX, el papado es ya el árbol majestuoso y potente que cubre el universo cristiano con la sombra de sus ramas.
Este es el gran hecho, el hecho principal, la manifestación y el cumplimiento históricos de la palabra divina: “Tú eres Pedro, etc.” Este hecho general particulares relativos a la transmisión del poder soberano, a la elección papal, etc., dependen del aspecto puramente humano de la Iglesia, y desde el punto de vista religioso su interés es por completo secundario.
También para esto puede procurarnos una comparación el Imperio romano, que en cierto sentido prefiguraba a la iglesia romana.
Como Roma era el centro indiscutible del Imperio, el hombre proclamado Emperador en Roma era inmediatamente reconocido por el universo entero, que no preguntaba si quienes lo habían llevado al poder supremo eran el Senado, los pretorianos o los votos de la plebe. En casos excepcionales, cuando el Emperador era elegido fuera de Roma por las legiones, su primer cuidado era trasladarse a la ciudad imperial, sin cuya adhesión todo el mundo consideraba provisional su elección. La Roma de los Papas vino a ser para la cristiandad universal lo que la Roma de los Césares para el universo pagano. El obispo de Roma era, por su misma calidad, soberano pastor y doctor de la Iglesia entera, y nadie tenía que preocuparse por el modo de su elección, que dependía de las circunstancias y del medro histórico. En general, no había más motivos para dudar de la legitimidad de la elección en el caso del obispo de Roma que en el de cualquier otro obispo. Y una vez reconocida la elección episcopal, el jefe de la Iglesia central, ocupando la cátedra de San Pedro, poseía en ipso todos los derechos y poderes otorgados por Cristo a la piedra de la Iglesia.
Hubo casos excepcionales en que la elección podía ser dudosa; la historia ha conocido antipapas. Los falsos Demetrios y Pedros III en nada disminuyen la autoridad de la monarquía rusa. Tampoco los antipapas pueden procurar objeción alguna contra el papado. Todo lo que puede parecer anormal en la historia de la Iglesia pertenece a las especies humanas y no a la substancia divina de la sociedad religiosa.
Si ha podido ocurrir que se empleara vino falsificado y aun envenenado para el sacramento de la eucaristía, ¿en qué ha afectado tal sacrilegio al mismo sacramento? Al profesar que el obispo de Roma es el verdadero sucesor de San Pedro y, como tal, la piedra inquebrantable de la Iglesia y el portero del Reino de los Cielos, hacemos abstracción de si el príncipe de los apóstoles estuvo corporalmente en Roma. Es éste un hecho atestiguado por la tradición de la Iglesia, así la oriental como la occidental, y que, personalmente, no nos ofrece duda alguna. Pero si existen cristianos de buena fe más sensibles que nosotros a las aparentes razones de los sabios protestantes, no discutiremos el punto con ello. Aun admitiendo que San Pedro nunca hubiera ido corporalmente a Roma, desde el punto de vista religioso puede afirmarse la transmisión espiritual y mística de su poder soberano al obispo de la ciudad eterna. La historia del cristianismo primitivo nos ofrece un brillante ejemplo de otra comunicación análoga. San Pablo no se vincula a Jesucristo en el orden natural, no fue testigo de la vida terrestre del Señor ni recibió su misión en forma visible o manifiesta, y, sin embargo, todos los cristianos lo reconocen como uno de los más grandes apóstoles. Su apostolado era un ministerio público en la Iglesia, y, sin embargo, el origen de este apostolado (la comunicación de Pablo con Jesucristo) es un hecho místico y milagroso. Así como un fenómeno de orden sobrenatural formó el lazo primordial entre Jesucristo y San Pablo e hizo de éste e! vaso de elección y el apóstol de los gentiles, sin que su milagrosa misión impidiera a la actividad ulterior del apóstol participar de las condiciones naturales de la vida humana y de los acontecimientos históricos, de igual modo el primer vínculo entre San Pedro y la cátedra de Roma —vínculo del que nació el papado— pudo muy bien depender de un acto místico y trascendental, lo que no quita en modo alguno al papado, una vez constituido, el carácter de institución social regular que se desenvuelve en las condiciones ordinarias de la vida terrestre.
El potente espíritu de San Pedro, dirigido por la voluntad omnipotente de su Maestro, para perpetuar el centro de la unidad eclesiástica bien podía radicarse en el centro de la unidad política preformado por la Providencia y hacer al obispo de Roma heredero de su primado. En esta hipótesis (que, no lo olvidemos, sólo sería necesaria si quedara positivamente demostrado que San Pedro no estuvo en Roma), el Papa debería ser considerado como sucesor de San Pedro en el mismo sentido espiritual, pero plenamente real en que (mutatis mutandis) debe reconocerse a San Pablo como verdadero apóstol elegido y enviado por Jesucristo, a quien, sin embargo, sólo conoció en una visión milagrosa.
El apostolado de San Pablo está atestiguado en los Hechos de los Apóstoles y consta de las mismas Epístolas de San Pablo. El primado romano, como sucesión de San Pedro, está atestiguado por la tradición constante de la Iglesia Universal. Para un cristiano ortodoxo esta última prueba no es substancialmente inferior a la primera.
Podemos, sin duda, ignorar cómo fue transportada de Palestina a Italia la piedra fundamental de la Iglesia; pero que haya sido en verdad trasladada y fijada en Roma, es un hecho inamovible que no puede ser desechado sin negar la tradición sagrada y la misma historia del Cristianismo.
Este punto de vista que subordina el hecho al principio y que atiende más a una verdad general que a la exterior certeza de los fenómenos materiales, no nos es personal en modo alguno; es la opinión de la misma Iglesia ortodoxa. Citemos un ejemplo para aclarar nuestro pensamiento. Es históricamente cierto que el primer concilio ecuménico de Nicea fue convocado por el Emperador Constantino y no por el Papa San Silvestre. La Iglesia grecorrusa, empero, en el oficio del 2 de enero con que celebra la memoria de San Silvestre, le discierne especiales alabanzas por haber convocado los 318 Padres de Nicea y por haber promulgado el dogma de la fe verdadera contra el impío Arrio. No se trata de un error histórico, porque la historia del primer concilio era muy conocida en la Iglesia oriental, sino la manifestación de una verdad general que, para la conciencia religiosa de la Iglesia, era mucho más importante que la exactitud material.
Toda vez que el primado de los Papas era reconocido en principio, se consideraba natural referir a cada Papa todo hecho eclesiástico que tuviera lugar bajo su pontificado. Y así, tomando en cuenta la regla general y constitutiva de la vida eclesiástica y no los detalles históricos del caso particular, se atribuyó al Papa San Silvestre los honores y funciones que le pertenecían según el espíritu y no según la letra de la historia cristiana. Y se obró con razón al hacerlo, si es cierto que la letra mata y el espíritu vivifica.
(1) B. Aubé. Les chrétiens dans l'Empire Romain, de la fin
des Anlonins au mi.lip.it du Ule. siecle, p. 69.
(2) Ibid., p. 146.


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