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sábado, 4 de marzo de 2017

DEL CONOCIMIENTO QUE LOS ANGELES TIENEN DE LAS COSAS INMATERIALES.( q. 56)



2. "Un ángel conoce a otro por la especie del otro que hay en su entendimiento" (a. 2 ad 3)  pues "las razones de las otros naturalezas, lo mismo espirituales que corporales le fueron impresas solamente en cuanto al ser inteligible con objeto de que por ellas conociesen las criaturas tanto las espirituales como la corporales" '(a. 2).

Dice Santo Tomas:
En el libro De causis se dice que toda inteligencia conoce las cosas incorruptibles.
Como dice San Agustín, las cosas que pre-existieron en el Verbo de Dios desde la eternidad, emanaron de El de dos maneras: una, para que existiesen en el entendimiento angélico, y otra, para que subsistiesen en sus propias naturalezas, En el entendimiento angélico procedieron por cuanto Dios imprimió en la mente del ángel las semejanzas o especies de las cosas que produjo en su ser natural. Pero en el Verbo, de Dios existieron desde la eternidad no sólo las 'razones de los seres corpóreos, sino las de todas las criaturas espirituales. Por consiguiente, en cada una de las criaturas espirituales fueron impresas por el Verbo de Dios todas las razones de todos los seres, tanto de  los corporales como de los espirituales. Mas con la particularidad de que en cada ángel fue impresa la razón de su especie según el ser natural y a la vez según el ser inteligible, de modo que subsistiese en la naturaleza de su especie y por
ella se entendiese a sí mismo. En cambio, las razones de las otras naturalezas, lo mismo espirituales que corporales, le fueron impresas solamente en cuanto al ser inteligible, con objeto de que por ellas conociese las criaturas, tanto las espirituales como las corporales.

El hecho de que un ángel conozca naturalmente a otro es indudable, pues cada ángel es substancia actualmente, inteligible, por cuanto ,eS perfectamente inmaterial, y ya se ha repetido que la inmaterialidad es raíz de la intelectualidad y medida de la inteligibilidad de las cosas. ¿Podría; por otra parte, darse nada más absurdo que la ignorancia mutua en la sociedad angélica? Establecida ya la necesidad absoluta de las especies infusas en 10s ángeles (véase introducción a la cuestión 55, 1II)
b) como medio para el conocimiento de las demás, cosas, tanto, materiales como inmaterial es (q. 55, a. 2), limitase aquí Santo Tomás, apoyándose nuevamente en San Agustín, a insistir en cómo dichas especies fueron impresas en la mente angélica.
 Para tal conocimiento, como se hace constar en la dificultad tercera, no puede ser medio la esencia del ángel que conoce, pues "un ángel no es semejante a otro más que en lo común a ambas naturalezas, y se seguiría que uno no tendría del otro conocimiento perfecto" (De veritate, q. 8, a. 7).
Ni tampoco la esencia del ángel conocido, pues no basta para el hecho del conocimiento la inteligibilidad en sí de su substancia, sino que además es necesaria la unión informativa intencional, y el ángel conocido no puede hacerse una misma cosa con el que conoce ni informarle directamente por su esencia (íbíd.), Precisamente, el porqué un ángel puede por su esencia conocerse a sí mismo y no a los otros está en la unión íntima, por identidad radical, de su entendimiento con su propia esencia, y en que "en cada ángel fue impresa la razón, de su especie según el ser natural y a la vez según el ser inteligible, de modo que subsistiese en la naturaleza de su especie y por ella se entendiese a sí mismo" (a. 2), pero no a las o ras cosas.

3. Los ángeles pueden adquirir algún conocimiento de Dios con sus recursos naturales”, siendo dicho conocimiento algo intermedio entre la visión intuitiva y la especulativa, aunque se aproxima más a esta que a aquella (a. 3)
Así lo explica Santo tomas:

El acto de conocer del ángel es más poderoso que el del hombre. Pero los hombres pueden con sus medios naturales conocer a Dios, como enseña el Apóstol cuando dice: Lo cognoscible de Dios les es manifiesto. Luego con mucha mayor razón lo conocen los ángeles.
-Los ángeles pueden adquirir algún conocimiento de Dios con sus recursos naturales. Para explicarlo tómese en cuenta que una cosa puede ser conocida de tres maneras. Una es por la presencia de su esencia en el cognoscente, como si la luz se viese en el ojo, y ésta hemos dicho que es la manera como el ángel se entiende a sí mismo.
-Otra, por la presencia de la imagen del objeto en la facultad cognoscitiva, y así una piedra es vista por el ojo, debido a que en él está su semejanza. La tercera es el caso en que la semejanza del objeto conocido no se toma inmediatamente del mismo objeto, sino de otra cosa en la que aparece, como sucede cuando vemos a un hombre en un espejo.
Pues bien, el conocimiento de Dios, que consiste en ver por su esencia, tiene parecido con el primer modo de conocer, y hemos visto que esta clase de conocimiento de Dios no puede ser obtenido por ninguna criatura con sus fuerzas naturales.
- Al tercer modo pertenece el conocimiento que tenemos de Dios en esta vida, cuando le conocemos por semejanza divina reflejada en las criaturas, conforme a lo que dice el Apóstol: Lo invisible de Dios se alcanza a conocer entendiendo la cosas que fueron hechas ; y de aquí la frase de que vemos a Dios en un espejo.  En cuanto al conocimiento que el ángel adquiere de Dios con sus medios naturales, es algo intermedio entre las dichas maneras, y se parece al modo de conocer por el cual se ve el objeto por medio de especies obtenidas de él, puesto que, como en la naturaleza del ángel está impresa la imagen de Dios, el ángel conoce a Dios por su propia esencia, en cuanto ésta es una semejanza divina… y, sin embargo, no ve la esencia divina, porque ninguna semejanza criada es suficiente para representar la esencia de Dios. De aquí que este conocimiento más bien se aproxime al conocimiento especular, ya que la misma naturaleza angélica es un a modo de espejo que reproduce la imagen de Dios [57].
ES DICIR en otras palabras:
Dios, que está en el sumo grado de inmaterialidad, posee por ello, no, sólo el supremo grado de inteligencia, sino también de inteligibilidad al contrario d las criaturas que no tienen ese sumo grado Pero precisamente por eso mismo, es decir, por ser infinita su esencia y perfección, idénticas formalmente con su ser y su entender, no puede ser objeto propio y connatural de ningún entendimiento creado y finito, pues la eminencia divina sobrepasa y trasciende infinitamente el poder natural de todo entendimiento creado y creable, no sólo humano, sino también angélico, por muy perfecto que se le suponga. En este sentido tiene pleno valor la dificultad.
El conocimiento inmediato de la esencia divina no puede, por ende, ser connatural más que al mismo Dios (1.' p., q. 12, aa. 1, 4 Y 11; q. 14, aa. 1 y 2; Cont, Gent., lib. HI, cap. 52),  en el 'cual se da absoluta identidad formal y entitativa entre el que conoce y lo conocido (II Seni«, disto 23, q. 2, a. 1).
Mas, aparte de la visión inmediata e intuitiva de la esencia divina, está la visión o conocimiento mediato, que podemos imaginar aún de cuatro clases: 1, por una representación de Dios infusa en el entendimiento angélico como para las demás cosas: 2, por la semejanza de Dios existen te en las otras criaturas, como primera causa eficiente de ellas; 3,por las representaciones de las cosas existentes de modo inteligible en la mente angélica, derivadas de la ejemplaridad divina, pues siendo las cosas efectos de Dios, han de asemejarse a la causa, y esa semejanza ha de estar con tenida también en las especies inteligibles angélicas impresas por Dios en su entendimiento , y 4, por la misma esencia      del ángel que conoce.    
De estos cuatro modos, el primero no podría representar su substancia, sino que además es necesaria la unión informativa intencional, y el ángel conocido no puede hacerse una misma cosa con el que conoce ni informarle directamente por su esencia (Íbid.).
Precisamente, el porqué un ángel puede por su esencia conocerse a sí mismo y no a los otros está en la unión íntima, por identidad radical de su entendimiento con su propia esencia, y en que "en cada ángel fue impresa la razón de su especie según el ser natural y a la vez según el ser inteligible, de modo que subsistiese en la naturaleza de su especie y por ella se entendiese a sí mismo" (a. 2), pero no a las otras a Dios perfecta y quiddítativamente, pues "ninguna especie impresa en el .entendimiento bastaría para que se conociese la esencia divina, por exceder infinitamente a cualquier imagen creada ; por lo cual Dios no puede ser asequible al entendimiento por especies creadas" (In lib. Boetili "De Trinitate", q. 1, a. 2, ed. MANDONNiET, O. P., t. III, p. 31).
,El segundo modo de conocimiento no es posible en el ángel, por no tener éste facultad abstractiva, y de ahí que su conocimiento natural de (Dios no es especular, como el que el hombre puede tener en, esta vida por sus propias fuerzas naturales (1: p., q, 12, a. 12), que, además, es el conocimiento más imperfecto.
Siendo el ángel más perfecto que el hombre, ha de tener de Dios un conocimiento natural también más perfecto, quedando parra ello el tercero y cuarto modo arriba indicado, esto es, las especies infusas de todas las cosas creadas y su propia esencia.
El primero de estos dos últimos modos, tercero de los sobredichos, no lo afirma aquí expresamente Santo Tomás, pero tampoco. lo niega, y su posibilidad es lógica consecuencia de la misma existencia y naturaleza de las especies inteligibles en la mente angélica. Mas el modo propio y connatural de conocer el ángel a Dios es por su propia esencia angélica, en cuanto que ésta es también una semejanza, más perfecta que ninguna otra, de la esencia divina (De veritate q. 8, a. 3), haciendo en el
ángel las veces de especie inteligible inmediata para el conocimiento de el mismo Y mediata para el conocimiento natural de Dios.
Pero este mismo conocimiento angélico de Dios, intermedio entre el intuitivo y facial de los bienaventurados y el especular del hombre, dista infinitamente de aquél y se aproxima más a éste, conviniendo con él en que también la esencia angélica es efecto de Dios, y en este sentido la substancia del ángel es como espejo de su causa creadora, siendo especular también el conocimiento que por ella tiene, pero superando al del hombre en cuanto que no es conocimiento discursivo (La p., q. 58, a. 3; De veritate, q. 8, a. 15), pues por el mismo acto y el mismo medio el ángel conoce a sí mismo y conoce que es imagen de Dios, principio del que recibe inmediatamente su naturaleza en cuanto substancia Intelectiva e inteligible, clara y perfectamente representativa de sí mismo y de su causa, aunque no comprensiva de ésta.          
De esta mayor perfección del conocimiento natural angélico se sigue que para el ángel la existencia de Dios como autor de su naturaleza es evidente. Y este conocimiento natural perfecto de Dios como primer principio y de los, atributos que natural y necesariamente le convienen como primera causa, persiste aun en los ángeles malos después del pecado (L. p., q. 64, a. 1; Ir Sent., dist. 7, q, 2, a. 1), y acerca de ese conocimiento natural no puede darse en ellos error en modo alguno, según enseña el Doctor Angélico (1. p., Cf. 58, a. 5; Cant. Gent; lib. III., cap. 108; De malo, q. 16, a. 6).
Este conocimiento natural de Dios propio de los ángeles es común a todas las substancias inmateriales separadas, y se dará también en el alma humana separada del cuerpo, no dándose en el estado de unión en el hombre, porque en tal estado el alma no se conoce directamente a sí misma, sino por reflexión y dependiendo del fantasma de la imaginación. En el estado de separación, el conocimiento del alma se equipara al de los ángeles, guardando la proporción de naturaleza y grado intelectivo, siempre inferior al de las substancias angélicas (1." p., q. 89, aa. 1 y 2).

Este conocimiento natural perfecto de Dios como primer principio y de los, atributos que natural y necesariamente le convienen como primera causa, persiste aun en los ángeles malos después del pecado (L. p., q. 64, a. 1; Ir Sent., dist. 7, q, 2, a. 1), y acerca de ese conocimiento natural no puede darse en ellos error en modo alguno, según enseña el Doctor Angélico (1. p., Cf. 58, a. 5; Cant. Gent; lib. III., cap. 108; De malo, q. 16, a. 6).