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viernes, 13 de enero de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

El papado es un principio positivo, una institución real, y si los cristianos orientales creen que ese principio es falso, que esa instrucción es mala, a ellos corresponde realizar la deseable organización de la iglesia.


"En lugar de sueño se nos remite a recuerdos arqueológicos, sin dejar de confesar la imposibilidad de darles alcance práctico. Pero no sin motivo van tan lejos nuestros anticatólicos a buscar un punto de apoyo para su tesis; Se atreverían, en efecto, a exponerse a las risas del mundo entero declarando al sínodo de San Petersburgo o al patriarcado de Constantinopla verdaderos representantes de la Iglesia Universal? Pero ¿cómo hablar de recurrir tardíamente a los concilios ecuménicos cuando debe confesarse por fuerza que ya no son posibles? Descubre por completo el punto débil de esta ortodoxia anticatólica. Si la organización normal de la Iglesia Universal y la forma verdadera de su gobierno dependen de concilios ecuménicos, es evidente que el Oriente ortodoxo, fatalmente privado de ese órgano indispensable de la vida eclesiástica, no tiene ya la verdadera constitución ni el gobierno regular de la Iglesia. Durante los tres primeros siglos del cristianismo, la Iglesia, cimentada por la sangre de los mártires, convocaba concilios universales porque no lo necesitaba.

La Iglesia oriental de hoy, paralizada y desmembrada, no puede hacerlo a pesar de que lo necesita. Nos vemos puestos, así, en la siguiente alternativa: o confesar, con los sectarios avanzados, que la Iglesia ha perdido desde hace cierto tiempo su carácter divino y ya no existe sobre la tierra, o bien, para evitar tan peligrosa conclusión, reconocer que la Iglesia Universal, privada de órganos gubernamentales y representativos en Oriente, los posee en su parte occidental. Esto importaría reconocer una verdad histórica confesada en nuestro tiempo por los mismos protestantes, a saber: que el actual papado no es una usurpación arbitraria, sino el desarrollo legítimo de principios que se hallaban en actividad manifiesta antes  de la división de la Iglesia y contra los cuales esta Iglesia no ha protestado nunca. Pero, sí se reconoce al papado como institución legítima, ¿qué será de la «idea rusa» y del privilegio de la ortodoxia nacional? No pudiendo fundarse nuestro porvenir religioso en la Iglesia oficial, ¿no se podría encontrarle bases más profundas en el mismo pueblo ruso?

IV. LOS DISIDENTES RUSOS.
VERDAD RELATIVA DEL «RASSKOL».
MONSEÑOR FILARETO, DE MOSCÚ, Y SU
IDEA DE LA IGLESIA UNIVERSAL,

Cuando se quiere reducir la ortodoxia a la idea nacional rusa, débese lógicamente buscar la verdadera expresión de esa idea entre nuestros sectarios indígenas y no en los dominios de la Iglesia oficial, griega eje origen y organizada a la alemana por Pedro el Grande. Privada de todo principio determinado y de toda independencia práctica, este “ministerio de negocios espirituales de la confesión ortodoxa» no hace más que reproducir el clericalismo imperial bizantino atemperado por la bondad e indiferencia de nuestra raza y por la burocracia alemana de nuestra administración. Abstracción hecha de las causas particulares que han producido el rasskol (1) y que sólo tienen importancia histórica, se puede afirmar sin temor de equivocarse que la razón de ser permanente de este cisma nacional es la manifiesta insuficiencia del gobierno eclesiástico ruso unida a sus exorbitantes pretensiones. Sometida sin reservas al poder secular y privada de toda fuerza interior, esta Iglesia, «establecida » por el zar, no deja por eso de abusar del principio jerárquico arrogándose sobre el pueblo una autoridad absoluta que sólo pertenece de derecho a la Iglesia Universal e independiente fundada por Cristo. La inanidad de tales pretensiones, sentida más que reconocida, ha inducido a una parte de nuestros disidentes a hacer tentativas infructuosas para constituir una Iglesia ortodoxa rusa independiente del Estado, en tanto que otro más numeroso partido proclamó, sencillamente, que la verdadera Iglesia ha desaparecido del mundo desde 1666 y que nosotros vivimos bajo el reino espiritual del anticristo que reside en San Petersburgo. Ya se comprende por qué razón los partidarios de «la idea rusa» se guardan bien de registrar el rasskol para ver si contiene esa idea enigmática. Una doctrina que proclama que la monarquía y la Iglesia rusas se hallan bajo el imperio absoluto del anticristo y que remite al fin del mundo toda esperanza de mejoramiento, es evidentemente poco propicia para con el patriotismo excesivo que ve en la Rusia tal como es, el segundo Israel, el pueblo escogido del porvenir. No carece, empero, de interés advertir que, precisamente aquellos que querrían imponer a Rusia una misión particular (los eslavófilos) están condenados a ignorar o desconocer el único fenómeno histórico en que el espíritu religioso del pueblo ruso haya manifestado cierta originalidad.

Por otro lado, ciertos círculos de nuestros liberales y radicales «occidentalistas» (2) toman de buen grado bajo su protección a nuestro protestantismo nacional, a pesar de sus formas bárbaras, creyendo descubrir en él el pensamiento de un mejor porvenir para el pueblo ruso. En cuanto a nosotros, no teniendo motivo alguno para depreciar ni para encarecer este característico fenómeno de nuestra historia religiosa, podemos juzgarlo más objetivamente. No desconocemos la gran parte que cabe a la profunda ignorancia, a las tendencias ultrademocráticas y al espíritu de rebelión en los orígenes del rasskol. Por eso no buscaremos en él ninguna verdad superior, ningún ideal religioso positivo. Y, sin embargo, debemos convenir que hubo siempre una chispa del fuego sagrado en esa agitación grosera y aun absurda de las pasiones populares. Había allí una ardiente sed de verdad religiosa, la necesidad urgente de una Iglesia verdadera y viva. Nuestro –protestantismo nacional dirige sus tiros contra una manifestación parcial e imperfecta del gobierno eclesiástico y no contra el principio de la Iglesia visible. Aun para la fracción más avanzada de nuestros viejos creyentes, es de tal modo indispensable una Iglesia real y organizada, que, privados de ella, se creen ya bajo el reinado del anticristo. Excluyendo la ignorancia que les induce a confundir a Rusia con el universo, en el fondo de todos estos extraños errores se encuentra la idea o el postulatum de una Iglesia independiente del Estado e íntimamente ligada a toda la vida social y privada del pueblo, de una Iglesia libre, potente y viva. Y si, a la vista de la Iglesia oficial, rusa o griega, sin independencia ni fuerza vital, nuestros disidentes declaran que no es la verdadera Iglesia de Cristo, tienen perfecta razón.


La verdad negativa del rasskol es inconmovible.

Ni las sangrientas persecuciones de siglos pasados, ni la opresión burocrática moderna, ni la polémica oficial de nuestro clero han podido modificar la tesis irrefutable: No existe verdadero gobierno espiritual en la Iglesia greco rusa. Pero la verdad de nuestro protestantismo nacional se limita a eso. En cuanto los viejos creyentes, dejando la simple negación, pretenden hallar una salida para sus necesidades religiosas y realizar su ideal eclesiástico, caen en contradicciones y absurdos manifiestos y hacen el juego a sus adversarios. Fácil les es a éstos probar contra los popovtsi (3), que una sociedad religiosa que ha estado privada por siglos del episcopado y que sólo ha restablecido en parte esa institución fundamental mediante procedimientos anticanónicos, no puede ser continuación auténtica de la antigua Iglesia ni custodia única de la tradición ortodoxa. No es menos fácil establecer, contra los bespopovtsi (4), que el reino del anticristo no puede tener una duración indefinida y que, para ser consecuentes, los disidentes deberían rechazar, junto con la Iglesia actual, a la antigua que, según su opinión, fué destruida el año de gracia de 1666; porque una Iglesia contra la cual han prevalecido las puertas del infierno no puede haber sido la verdadera Iglesia de Cristo.

Como hecho histórico, el rasskol manifiesta en sus millares de mártires  y en eso estriba su importancia—la profundidad del sentimiento religioso en el pueblo ruso, el vivo interés que le inspira la idea teocrática de la Iglesia. Si, por una parte, es un hecho feliz que la mayoría de la población haya permanecido fiel a la Iglesia oficial, la cual, no obstante la ausencia de legítimo gobierno eclesiástico (5), ha conservado con todo la sucesión  apostólica y la validez de los sacramentos, sería deplorable, por otra, que todo el pueblo ruso se contentara con esta Iglesia oficial tal como se encuentra; ello probaría sin lugar a dudas que toda esperanza de renovación religiosa está perdida. La vehemente y tenaz protesta de esos millones de campesinos nos hace prever la regeneración de nuestra vida eclesiástica. Pero el carácter esencialmente negativo de ese movimiento religioso es prueba suficiente de que el pueblo ruso, así como cualquier otro poder humano abandonado a sus recursos, es incapaz de realizar su supremo ideal. Todas esas aspiraciones y tentativas por lograr una Iglesia verdadera nada denotan fuera de una capacidad religiosa pasiva que, para realizarse efectivamente en determinada forma orgánica, espera un acto de regeneración moral de procedencia más alta que el elemento puramente nacional y popular. Si la Iglesia oficial gobernada por un empicado civil no es más que una institución de Estado, rama secundaria de la administración burocrática, la iglesia soñada por nuestros disidentes tampoco sería a lo sumo más que una Iglesia nacional democrática. A ambos partidos falta la idea de la Iglesia Universal. El artículo del símbolo relativo a la Iglesia una, santa, católica y apostólica, por más que es cantado en cada misa y recitado en cada bautizo, sigue siendo letra muerta para los viejos ortodoxos, así como para «la Iglesia dominante». Para los primeros la Iglesia es el pueblo ruso, en su totalidad hasta los tiempos del patriarca Nicon, y, después de él, en la parte que permaneció fiel al viejo rito nacional. En cuanto a los teólogos de la Iglesia oficial, tienen ideas tan vagas como contradictorias sobre el particular. Pero lo que se halla en todas sus variaciones y lo que les es común, no obstante todas sus diferencias, es la carencia de fe positiva en la Iglesia Universal. He aquí —para no considerar sino un solo escritor que vale por muchos—la teoría de la Iglesia expuesta por el hábil Filareto, arzobispo metropolitano de Moscú, en una de sus más importantes obras (6): «La verdadera Iglesia cristiana comprende todas las Iglesias particulares que confiesan a Jesucristo «venido en la carne». La doctrina de todas esas sociedades religiosas es en el fondo la misma verdad divina, pero puede hallarse mezclada con opiniones y errores humanos.

De ahí resultan, en la enseñanza de esas Iglesias particulares, diferencias en cuanto al grado de pureza. La doctrina de la Iglesia oriental es más pura que las otras y aun puede considerársela completamente pura, puesto que  no mezcla ninguna opinión humana a la verdad divina. Pero como, por lo demás, cada comunión religiosa tiene idénticas pretensiones de pureza en cuanto a fe y doctrina, no nos conviene, juzgar a los otros, sino abandonar el juicio definitivo al Espíritu de Dios que gobierna las Iglesias». Tal es el sentimiento de Mons. Filareto y la mejor parte del clero ruso piensa como él. Lo que esta manera de ver tiene de amplio y conciliador no debe ocultarnos sus defectos esenciales. El principio de unidad y de universalidad en la Iglesia está referido allí al solo fondo común de la fe cristiana, el dogma de la Encarnación. Pero esta fe verdaderamente fundamental en Jesucristo, el Hombre-Dios, no es considerada como germen vivo y fecundo de ulterior desarrollo; el teólogo moscovita quiere ver en él la unidad definitiva del mundo cristiano y la única que le parece necesaria.

Se contenta con hacer abstracción de las diferencias que existen en la religión cristiana, y se declara satisfecho con la unidad puramente teórica obtenida en esa forma. Es la unidad de la indiferencia amplia, pero hueca, que no supone lazo orgánico alguno ni exige ninguna comunidad efectiva entre las Iglesias particulares. La Iglesia Universal es reducida a un ser de razón; sus partes son reales, pero el todo no es más que una abstracción subjetiva. Si no ha ocurrido siempre así, y si la Iglesia en su totalidad fue otrora un cuerpo vivo, este cuerpo es hoy presa de la muerte y de la descomposición; lo único que se manifiesta actualmente es la existencia de las partes separadas, en tanto que su unidad substancial ha desaparecido en las regiones del mundo invisible. Y tal idea de la Iglesia muerta no es sólo una consecuencia que nos parece contenida implícitamente en la tesis de nuestro ilustre teólogo; él ha cuidado de describirnos la Iglesia Universal según la concibe con la imagen de un cuerpo inanimado compuesto de elementos heterogéneos y desunidos. Tuvo, en efecto, la inspiración de aplicar a la Iglesia de Cristo la visión del gran ídolo, referida en el libro de Daniel. La cabeza de oro del ídolo es la Iglesia cristiana primitiva, el pecho y los brazos de plata son “la Iglesia que se fortifica y extiende» (época de los mártires); el vientre de bronce es «la Iglesia abundante» (triunfo del Cristianismo, época de los grandes doctores). Por fin, la Iglesia actual, (la Iglesia dividida y fraccionada», está representada por los dos pies con los dedos en que la arcilla ha sido mezclada el hierro por mano de hombre. Aceptar seriamente este símbolo siniestro es negar la Iglesia de Dios fundada para todos los siglos, la Iglesia una, infalible e inquebrantable. El autor lo ha comprendido muy luego, y en las ediciones ulteriores de su obra ha excluido toda esa alegoría, si bien no ha encontrado con qué reemplazarla. Por lo demás, si limitamos la aplicación de dicha imagen a la Iglesia oficial greco-rusa, se debe confesar que el eminente representante de esta institución no carece de ingenio ni de imparcialidad. El hierro y la arcilla, confundidos por mano de hombre, la violencia y la impotencia y una ficticia unidad que sólo espera un choque para deshacerse en polvo: no se podría pintar mejor el estado actual de nuestro establecimiento eclesiástico.

(1) El nombre genérico de rasskol (cisma) se emplea entre nosotros para designar especialmente a los disidentes que se separaron de la Iglesia oficial por cuestiones rituales; también se les llama starovews (viejos creyentes). La separación se consumo' en los años de 1666 y 1667, cuando un Concilio reunido en Moscú anatematizó los viejos ritos.

(2) En ruso, zapadniki, nombre que se da al partido literario opuesto a los eslavófilos y que defiende los principios de la civilización europea.

(3) Partido moderado que, por medios ilegítimos, dispone de un sacerdocio y aun desde 1848, de un episcopado, que tiene centro en Austria, en Fontana Alba.

(4) Partido radical que cree que el sacerdocio y todos los sacramentos, excepto el bautismo, desaparecieron completamente desde 1666.

(5) El nombramiento de todos nuestros obispos se hace en forma absolutamente prohibida y condenada por el canon III del Séptimo Concilio ecuménico, canon que, desde el punto de vista de nuestra misma Iglesia, nunca ha podido ser abrogado, por falta de concilios ecuménicos ulteriores. Más adelante volveremos sobre este punto.  

(6) Conversación entre un examinador y un convencido sobre la verdad de la Iglesia Oriental.