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jueves, 24 de noviembre de 2016

La Santísima Eucaristía combatida por el Satanismo - Por el Beato Clemente Marchisio

III
Lucha contra el hombre
«Pisarás sobre el áspid y la víbora,
hollarás el leoncillo y el dragón»
(Sal 91,13)


[El Satanismo contra el hombre]

Para combatir a Jesucristo, el Satanismo combate también al hombre, hermano de Jesucristo y tiene odio a esta humanidad que ocupó el lugar por él ambicionado en la unión hipostática con el Verbo eterno. Proponiéndome yo tratar en este opúsculo de la guerra que el Satanismo hace a la Santísima Eucaristía, esto es al Verbo encarnado Sacramentado, que vive y reina en medio de nosotros mientras vive y reina en el cielo, no parecería del caso notar la guerra que el Satanismo hace al hombre; pero, dado que es mi intención hacer una inducción como «de lo conocido a lo desconocido», es decir, de la guerra que hace al hombre, deducir la guerra que hace a Jesús Sacramentado, séame permitido describir, a grandes rasgos, esta guerra que hace el Satanismo contra el hombre. No hablaré de las tentaciones y los engaños; expondré solamente algunos hechos. Ciertamente el inconmensurable poder que Dios, en sus inescrutables designios, deja que los demonios ejerzan en este mundo, es y será siempre para nosotros un misterio. Teniendo ellos siempre la inteligencia, voluntad y poder que tuvieron en su creación y que no podía serles quitada sin destruirlos, bien los define san Pablo llamándolos «potestades de las tinieblas». Sin embargo el Creador, cuya sabiduría había unido la felicidad espiritual de los ángeles a un esfuerzo meritorio, ¿estaba obligado a crear al hombre impecable o a coronarlo sin combate? Pero tenemos también los ángeles buenos, más poderosos que los ángeles rebeldes, que nos custodian y defienden. Dice santo Tomás: «La providencia divina conduce al hombre a su fin de dos maneras. Directamente, llevándolo al bien o alejándolo del mal, lo que se hace por el ministerio de los ángeles buenos. Indirectamente, ejercitándolo a la lucha, contrariándolo en el querer hacer el bien. Convenía que esta segunda manera de procurar el bien del hombre se confiase a los ángeles malos, para que ellos, después del pecado, no fueran del todo inútiles al orden del universo. De aquí deriva que hay para ellos dos lugares de tormento: uno por razón de su culpa, y es el infierno; otro por razón del ejercicio que deben procurar al hombre, y es la tenebrosa atmósfera que los circunda. Ahora bien, el procurar la salud del hombre debe durar hasta el día del juicio. Por eso durará hasta ese entonces el ministerio de los ángeles buenos y la tentación de los malos. Así los ángeles buenos seguirán siéndonos enviados hasta el último día del mundo y los malos seguirán habitando las regiones inferiores del aire». Además, hay algunos de ellos que permanecen en el infierno para atormentar a los que allí fueron arrojados; como también una parte de los ángeles buenos permanecen en el Cielo con las almas de los Santos. Pero después del juicio, todos los malos, tanto hombres como ángeles, estarán en el infierno, y todos los buenos en el Cielo. ¿En qué consiste esta guerra del Satanismo contra el hombre? En arruinarlo tanto en el alma como en el cuerpo; destruirlo, si pudiera, es decir, destruir la especie humana.

[Paganismo y satanismo]

Saben mis hermanos sacerdotes que el paganismo en sus mil formas de divinidades no fue otra cosa que el Satanismo destructor del alma y cuerpo de los hombres. Mucho más extendido antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, también hoy en día el paganismo abarca las dos terceras partes de la humanidad. Y con el culto que pretende lo arruina en el alma y en el cuerpo. Satanás, mona de Dios, quiere ser adorado; y lo es. Y, así como en el antiguo Testamento Dios dictó a Moisés las más precisas disposiciones para las cosas del culto, y continúa siendo ley sagrada en la Iglesia todo lo que se refiere al culto católico, no solamente con relación a la materia y forma de los sacramentos, sino también en lo que respecta a los hábitos de los Sacerdotes, la materia de los vasos sagrados, el uso del incienso, etc., así también Satanás prescribió y prescribe todos los detalles de su culto. Así las fórmulas sagradas del Paganismo, sus ritos misteriosos, sus prácticas ya vergonzosas, ya crueles o ridículas, la distinción entre los días favorables y los nefastos, lo mismo que la forma extravagante, espantosa y lasciva de sus ídolos, no deben ser atribuidos a malicia natural del hombre, a los caprichos de los sacerdotes paganos o a la imaginación e incapacidad de los artistas: todo viene de sus dioses: (ángeles rebeldes) «y todos sus dioses son demonios» que, mientras se hacían adorar, rebajaban al hombre haciéndole adorar imágenes horrendas y despreciables. Pero, si en los distintos lugares y tiempos el Satanismo prescribió diversos ritos, en una cosa fue siempre y en todas partes uniforme; y esto muestra el odio que tiene contra el hombre.

 [Homicida]

Siempre y en todas partes Satanás, en odio al Verbo Encarnado, quiso que le fuera sacrificado el hombre y tanto mejor la virgencita o el niño, como seres más inocentes. ¡Con cuánta razón, pues, San Juan en el S. Evangelio lo llama «homicida desde el principio» (Jn 8,44)! Caín fue su primer ejecutor y Abel su primera víctima. Comenzó Satanás por inducir a Caín al desprecio de Dios con el ofrecimiento de dones mezquinos y después lo indujo a matar a su hermano. Fue el Satanismo quien mató a los profetas y justos del antiguo Testamento, imágenes proféticas del Verbo Encarnado. En ellos es él quien persigue, tortura, mata. Homicida de los Apóstoles y de millones de mártires, continuación viviente del Verbo Encarnado. En ellos todavía es él, siempre él, el que insulta, ultraja, flagela, destroza, mutila, quema, mata y matará hasta el fin de los siglos. No hay muerte de la cual no sea él el inspirador. Los envenenamientos, los asesinatos, las guerras, los combates de gladiadores, los sacrificios humanos, la antropofagia, vienen de él. Homicida especialmente del niño, imagen más perfecta y más amada por el Verbo. Se cuentan por millares los pequeños que Satanás ha hecho inmolar a su odio, en todos los pueblos de Oriente y Occidente y que continúa haciendo inmolar.

[Suicidio]

Homicida, no sólo impulsando al hombre a matar a su semejante, sino también excitándolo a matarse sí mismo. El suicidio es obra suya, y algunas veces él mismo ayuda a apretar el gatillo del arma homicida o tira de la cuerda del que quiere ahorcarse. He aquí un testimonio de monseñor Verolle, Obispo de Manchuria: «Cuántos hechos tendría yo para contarles, para demostrarles más, si pudiera dudarse, el poder de Satanás sobre los infieles. Entre mil, vaya uno que es común en China, como también en Su-Tehuen y aquí en Manchuria y que es atestiguado por millares de testimonios. Cuando por cualquier pelea con su suegra o con su marido, por golpes recibidos o palabras ofensivas, le da a una mujer ganas de ahorcarse -y el caso es frecuente en este Imperio-, muchas veces no es necesario recurrir a la suspensión. La pobre desgraciada se sienta sobre una silla o sobre su Kango (especie de banqueta), se envuelve al cuello la cuerda fatal y aquel que fue homicida desde el principio se encarga de lo demás... y ajusta el nudo». De dónde viene en el seno mismo del Cristianismo la funesta tendencia, y siempre más general, que impulsa a tantos millones de hombres al suicidio? No pudiendo ser tal tendencia del Espíritu Santo, es ciertamente siempre del eterno homicida.
                        

        [Lucha contra la vida del hombre]

Tal es la guerra encarnizada, despiadada, que Satanás hace al Verbo Encarnado, y que le merece el nombre de «homicida». Y, como el Satanismo suspira por perder a todas las almas, así, si Dios se lo permitiera, haría una horrenda matanza de todas las vidas humanas. El odio de Satanás llega hasta la destrucción del ser odiado, es decir, del hombre, como hermano de Jesucristo. Y el sacrificio humano en los tiempos del paganismo dio la vuelta al mundo, y todavía hoy se usa donde este espíritu de las tinieblas tiene sus Pagodas, o sea, en dos tercios del orbe terráqueo. Y notemos bien que los sacrificios humanos han existido en todas partes durante dos mil años; que han sido practicados en gran escala; que en los juegos del anfiteatro comparecían en un sólo día centenares de víctimas; que bajo los Césares estos juegos o fiestas religiosas, se repetían muchas veces por semana; que había anfiteatros en todas las ciudades importantes del Imperio Romano; que el sacrificio humano tenía lugar también más allá de sus fronteras; que los Hebreos mismos, cuando abandonaban a Yahvé, caían en el culto de Moloch y le sacrificaban sus hijos e hijas; que en América ha superado todas las proporciones conocidas. Finalmente, que la misma carnicería continúa también hoy en todos los lugares que han quedado bajo la entera dominación del príncipe de las tinieblas. ¿Quién no ha leído las terribles carnicerías practicadas en México, que indujeron a Hernán Cortés a conquistarlo? Cuentan los historiadores indígenas –no acusables ciertamente de ignorancia o parcialidad-, que en el año 1447, tres o cuatro años antes de la conquista, para la consagración del «Teócali», o sea, «Templo del dios de la guerra», el rey Ahuilzott hizo degollar ochenta mil víctimas humanas. Durante cuatro días el rey y los sacerdotes, con el rostro teñido de negro y las manos de rojo (imágenes vivientes del demonio), no hicieron otra cosa que abrir con cuchillos los pechos y arrancar los corazones. Ateniéndonos a las memorias contemporáneas, la sangre corría a lo largo de las gradas del templo, como el agua en tiempos de chaparrones de lluvia, y parecía que el rey y los ministros estaban vestidos de escarlata por la sangre que había salpicado sus vestiduras. Y en estos últimos tiempos, en que fue conquistado Dahomey, en el África Occidental, ¿quién no ha sabido de la continuidad de los sacrificios humanos, hasta 600 víctimas diarias, bastantes para despoblar aquel reino, si no se hubieran servido de la compra de negros y de las razzias de hombres y mujeres de tribus vecinas para tener víctimas suficientes?

[Antropofagia]

Pero no se contenta el Satanismo con las víctimas humanas que le son sacrificadas. Si él pudiera, es decir, si Dios se lo permitiese, haría una matanza general de todos los hombres que tanto odia; pero no pudiendo conseguir que esta creatura humana por él tan aborrecida sea sacrificada en la totalidad de su raza, quiso que al menos los que no hubieran de ser sacrificados, participando en el sacrificio al comer tales víctimas, manifestasen con tal acto religioso ser sus víctimas: y he aquí de donde vino la antropofagia. Podría aducir mil hechos, sacados de los relatos de los misioneros católicos o de los exploradores. Sin hablar de la China, del Perú, de Java o de los pueblos de Indochina, baste mencionar que en el descubrimiento de América encontró que era uso universal en aquellos pueblos salvajes el sacrificio del hombre y la antropofagia; costumbre que hasta hoy se practica en Oceanía y África central. De manera que se puede decir que el sacrificio humano y el devorar la víctima humana no es producto de la imaginación ni el resultado de una deducción lógica, ni un asunto de raza, de clima, de época, de civilización o de circunstancias locales: es un asunto del culto querido por el Satanismo por odio al Verbo Encarnado y al hombre, su hermano. Por lo tanto, es cosa evidente que el Satanismo odia y persigue al Verbo Encarnado en su hermano el hombre, haciéndolo matar y haciéndolo matar como sacrificio en su honor (in suo sacrificio), haciéndole comer a su semejante y humillándolo en todos los modos más ignominiosos.

[Desfigura la imagen de Dios en el hombre]

Pero, si no siempre él obtiene este último resultado, siempre se dirige a eso; cuando no le es posible destruir la imagen del Verbo, la desfigura; cuando no logra una completa victoria, busca un éxito parcial. Siendo éste mi punto de apoyo para la conclusión que quiero deducir, y comenzando aquí, por así decir, mi argumentación, ruego al lector que ponga especial atención. Me referiré concretamente al tatuaje, o sea la desfiguración del hombre. No pretendo aquí hablar de la desfiguración hecha con disfraces como se acostumbra entre nosotros en tiempo de carnaval, la cual, sea dicho de paso, es también un resabio del paganismo y refleja de algún modo la desfiguración del cuerpo humano de la cual quiero hablar.

[Los tatuajes]

La manera de transfigurarse, o sea de deformarse físicamente, se halla en toda parte donde no reina el Cristianismo. Está de más agregar que ella es propia del hombre; el animal, cualquiera que sea, está exento de ella. Si recorremos las distintas partes del globo, encontramos en todas las épocas y en una amplia escala las siguientes deformidades: la deformación de los pies mediante la compresión; la deformación de las piernas y de las costillas con ligaduras; deformación del pecho y de los brazos, de las piernas y del dorso con espantosos crecimientos de carne provenientes de incisiones hechas con conchillas; otra deformación del pecho y de los brazos (y ésta es hoy la más usual) pintándose el cuerpo de modo indeleble, que es lo que se llama propiamente tatuaje; cubriéndose de feas imágenes, de jeroglíficos y especialmente con la figura de serpiente; deformación de las uñas pintándolas con colores; deformación de los dedos por medio de la amputación de la primera falange; deformación de la boca mediante el desgarramiento del labio inferior; deformación de las mejillas ahuecándolas y coloreándolas; deformación de la nariz aplastándola y perforándola de un extremo a otro, colgándole una ancha placa de metal o por un alargamiento exagerado derivado de la compresión vertical de las paredes; deformación de las orejas con pesas que las estiran hasta las espaldas; deformación de los ojos pintándolos o con la presión del hueso frontal, que los hace salir de sus órbitas; deformación de la frente con caracteres obscenos, grabados en rojo con madera de sándalo. Qué espíritu sugirió al hombre que él no está bien hecho como Dios lo hizo? ¿De dónde le viene esta imperiosa manía de deformar en su persona la obra del Creador? Dar por causa los celos de los hombres o la coquetería de las mujeres, no es resolver la dificultad sino rechazarla. Se trata de saber qué principio inspira esta vanidad brutal, esta coquetería repulsiva; porque una y otra proceden mediante la deformación, es decir, en sentido contrario a la belleza, y se encuentran en todas las partes del globo. Podría pasar, y es una coquetería, aquella deformación de los pueblos cristianos: el colorete, los cosméticos y con las ridículas modas de vestir; pero el verdadero tatuaje indeleble que se hace en el cuerpo con la punta de agujas impregnadas en colores como acostumbran los gentiles (y también algunos cristianos), que forman sobre su cuerpo signos simbólicos y figuras de animales, especialmente de serpientes, para las cuales los mismos paganos reconocen la influencia de sus dioses y las practican y las exhiben como un talismán de protección divina, ésta debe considerarse satánica. En cuanto a las mujeres australianas, escribe un misionero, es menor el gusto del propio arreglo que la idea de un sacrificio religioso que las induce a mutilarse y a teñirse parte del rostro. Y nosotros mismos hemos visto en la comitiva árabe que permaneció quince días en Turín en septiembre de 1892, los niños de pocos meses, y mucho más las niñas, tatuados en la cara y en los brazos, para volver propicio a su Alá, como respondió una madre preguntada sobre el particular. Y si la deformación y el tatuaje no fueran ritos satánicos religiosos, ¿cómo explicar que el pueblo Hebreo nunca practicó la deformación ni el tatuaje? ¿Cómo explicar que cuanto más se alejan las naciones del cristianismo tanto más se generaliza la tendencia a la deformación, y por el contrario, cuanto más cristianas se hacen, tanto más disminuye? Hablando de los habitantes de Colombia, el señor Doflot de Mofras hace notar (en su obra Gosse) que allí donde se ha introducido el Catolicismo, la deformación ha desaparecido. Si no queremos contentarnos con puras palabras y llegar al secreto de tan deplorable costumbre, debemos recordar dos cosas igualmente ciertas: primero, que el hombre ha sido creado en su cuerpo y en su alma a imagen del Verbo Encarnado; segundo, que el fin de todos los esfuerzos de Satanás es matar y perder a todos los hombres, si pudiera, y en aquellos en quienes no puede llegar a tanto, hacer por lo menos desaparecer del hombre la imagen del Verbo Encarnado. Y por eso podemos considerar como cosa cierta que la deformación y el tatuaje son el efecto de una maniobra satánica. En los pueblos, y tanto más en las ciudades incivilizadas, si ha cesado en algo la deformación, ha aumentado mucho el tatuaje. No hace mucho tiempo leímos en los diarios que un príncipe alemán fue tatuado íntegramente, a excepción de la cara y las manos. Queda en pie, pues, la afirmación de que el Satanismo, no pudiendo siempre destruir al hombre, lo deforma en su imagen exterior.