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sábado, 1 de octubre de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales

FIN DEL LIBRO II DEL TRATADO DEL AMOR DE DIOS

Podemos, pues, muy bien afirmar, mi querido Teótimo, que la penitencia es una virtud enteramente cristiana, y en ella estriba casi toda la filosofía evangélica, según la cual, el que dice que no peca, es un insensato, y el que cree que puede poner remedio al pecado sin penitencia es un loco; porque ésta es la exhortación de las exhortaciones del Señor: haced penitencia. Ahora bien, ved una breve descripción del proceso de esta virtud. Comenzamos por sentir profundamente que, en cuanto de nosotros depende, ofendemos a Dios con nuestros pecados, despreciándole Y deshonrándole, desobedeciéndole y rebelándonos contra el Señor, quien, a su vez, se siente ofendido, irritado y despreciado, y reprueba y abomina la iniquidad. De este verdadero sentimiento nacen muchos motivos, los cuales, o todos, o en parte, o cada uno en particular, pueden movernos a arrepentimiento arrepentimiento. Otras veces, consideramos la fealdad Y la: malicia del pecado, tal como la fe nos lo enseña; por ejemplo; consideramos que, por el pecado, la semejanza o la imagen de Dios que resplandece en nosotros, queda manchada y desfigurada, y deshonrada la dignidad de nuestro espíritu.  También, en algunas ocasiones, nos mueve a penitencia la hermosura de la virtud., que nos acarrea tantos bienes, como males el pecado, y nos excitan, muchas veces, los ejemplos de los santos, pues la sola lectura de su vida conmueve a aquellos que no están del todo embrutecidos.

Que la penitencia sin el amor es imperfecta.

El temor y los demás motivos de arrepentimiento de que hemos hablado, son buenos en cuanto son el principio de la, sabiduría cristiana que consiste en la penitencia; pero el que, con propósito deliberado no quisiera, en manera alguna, llegar al amor, que es la perfección de la penitencia, ofendería gravemente a Aquel que todo lo ha vinculado a su amor, como al fin de todas las cosas.  El arrepentimiento que excluye el amor de Dios, es infernal y parecido al de los condenados.  El arrepentimiento que no rechaza el amor de Dios, aunque todavía no lo contenga, es bueno y deseable, pero es imperfecto, y no puede salvarnos, hasta que llegue a dar alcance al amor y ande mezclado con él, porque, así como dijo el gran Apóstol, que, aunque entregase su cuerpo a las llamas y diese todos sus bienes a los pobres, todo sería inútil sin la caridad, de la misma manera podemos decir, con verdad, que, aunque nuestra penitencia sea tan grande, que su dolor haga derretir en lágrimas nuestros ojos y parta nuestros corazones de pesar, de nada servirá para la vida eterna, si no tenemos un santo amor de Dios.       

Cómo la mezcla del amor con el dolor se realiza en
la contrición

Entre las tribulaciones y los pesares de un vivo arrepentimiento, Dios introduce, con mucha frecuencia, en el fondo de nuestro corazón, el fuego sagrado de su amor; después este amor se convierte en agua de muchas lágrimas, las cuales, en virtud de una nueva transformación, se convierten de nuevo en un mayor fuego de amor.  De esta manera, la célebre amante arrepentida amó primero a su Salvador, y este amor se convirtió en llanto, y este llanto en un más excelente amor; por lo cual dijo nuestro Señor que se le habían perdonado muchos pecados porque había amado mucho. La penitencia es un verdadero desagrado, un dolor real, un arrepentimiento, pero, con todo, encierra la virtud y las propiedades del amor, como que proviene de un motivo amoroso, y, por esta propiedad, da la, vida de la gracia. Por esta causa, la perfecta penitencia produce dos efectos diferentes: porque, en virtud de su dolor y de la detestación que incluye, nos separa del pecado y de las criaturas, a las cuales el deleite nos había unido; y, en virtud del motivo amoroso del cual trae su origen, nos reconcilia y nos une con  Dios, del cual nos habíamos alejada por el desprecio; de forma que, al mismo tiempo que nos aparta del pecado, en su calidad de arrepentimiento, nos une con Dios, en su calidad de amor.

Este arrepentimiento amoroso se practica, ordinariamente, por ciertas aspiraciones o elevaciones del corazón a Dios, parecidas a las de los antiguos penitentes: vuestro soy, Señor, salvadme; Tened piedad, de mi, Dios mío, tened piedad de mí, ya que mi alma tiene puesta en Vos su confianza. Sálvame, oh. Dios, porque las aguas han entrado hasta mi alma:". Trátame como a uno de tus jornaleros Dios mío, ten misericordia de mi, que soy un pecador". No sin razón han dicho algunos que la oración justifica, porque la oración penitente, o el arrepentimiento suplicante al levantar el alma hacia Dios y al unirla de nuevo con su bondad, obtienen, indudablemente, el perdón, en virtud del santo amor producido por aquel santo movimiento. Debemos, por lo mismo, echar mano de aquellas  jaculatorias que suponen un amoroso arrepentimiento y un deseo ansioso de reconciliación con Dios, para que, presentando, por su medio, al Salvador nuestra tribulación  derramemos nuestras almas delante y dentro de su compasivo  corazón, que las escuchará con benevolencia.

Cómo los llamamientos amorosos de Dios nos ayudan y nos acompañan hasta conducirnos a la fe y a la caridad

Entre el primer despertar del pecado o de la incredulidad y la resolución última de creer perfectamente, transcurre, con frecuencia, mucho tiempo, durante el cual se puede orar, como lo hizo el padre del pobre lunático, el cual, según refiere San Marcos, al confesar que creía, es decir, que comenzaba a creer, reconoció, a la vez, que no creía bastante, pues exclamó: Creo, señor, pero aumentad mi fe. La inspiración celestial viene a nosotros y nos previene moviendo nuestras voluntades al santo amor de Dios. Si nosotros no la rechazamos, nos envuelve y nos mueve, y nos impele continuamente hacia adelante; si no la dejamos, ella no nos deja sin dejarnos antes en el puerto de la caridad santísima, desempeñando por nosotros los tres oficios que el ángel San Rafael hizo por su amado Tobías: nos guía en nuestro viaje, por la santa penitencia; nos guarda de los peligros y, de los asaltos del demonio, y nos consuela, anima  y fortalece en las dificultades. Has visto, Teótimo, de qué manera Dios, mediante un proceso lleno de suavidad inefable, conduce al alma, a la que Él mismo hace salir del Egipto del pecado, de amor en amor, como de mansión en mansión, hasta hacerla entrar en la tierra prometida, es decir, en la caridad santísima, la cual, por decirlo con una sola palabra, es una amistad, y no un amor interesado; no es una simple amistad, sino una amistad de dilección, por la cual escogemos a Dios, para amarle con un amor particular: porque la caridad ama a Dios por una estima y una preferencia de su bondad, tan alta y tan encumbrada sobre toda otra estima, que es un amor que las fuerzas de la naturaleza, ni humana ni angélica, no pueden producirlo, sino que es el Espíritu Santo quien lo da y lo derrama sobre nuestros corazones.

Esta es la causa por la cual la llamamos amistad sobrenatural; pero también la llamamos, así, porque se refiere a Dios y tiende hacia Él, no según la ciencia natural que tenemos de su bondad, sino según el conocimiento sobrenatural de la fe. Por lo cual, junto con la fe y la esperanza establece su morada en la cumbre más alta del espíritu y, como reina llena de majestad, se sienta en la voluntad, como en su trono, y desde allí derrama sobre toda el alma sus suavidades y dulzuras, haciéndola, por este medio, toda hermosa, grata y amable a la divina bondad, de suerte que, si el alma es un reino en el cual el Espíritu Santo es el rey, la caridad es la reina, sentada a su diestra, con vestido bordado en oro y engalanada can varios adornos»,  Luego, la caridad es UD amor de amistad; una amistad de dilección, una dilección de preferencia pero  de preferencia incomparable, soberana y sobrenatural, la cual es como un sol en el alma para embellecerla con sus rayos, en todas sus facultades espirituales para perfeccionarla, en todas las potencias para regirla, pero, en la voluntad, como en su trono, para residir en ella y hacer que quiera y ame a Dios sobre todas las cosas.

¡Oh! ¡Bienaventurado el espíritu en el cual se hubiere derramado este amor, pues, juntamente con el recibirá todos los bienes.