utfidelesinveniatur

martes, 25 de octubre de 2016

Los Martires Cristeros

Don Luis Bátiz

El Pastor, las Ovejas y el Vengador


Chalchihuites del estado de Zacatecas en lo civil, y de la Arquidiócesis de Durango en lo eclesiástico, estaba de plácemes allá por los años de 1925. El nuevo párroco, Don Luis Bátiz, ya era conocido por su celo apostólico, su piedad y sus vastos conocimientos de teología y ciencias humanas. Había sido párroco en Canatlán, y luego como el señor Arzobispo se diera cuenta de las cualidades de aquel modesto y virtuoso sacerdote, lo llevó de padre espiritual de los seminaristas de Durango, y al mismo tiempo Secretario de la Mitra. Pero habiendo quedado vacante la parroquia de Chalchihuites, pueblecito perdido en la sierra de su nombre, pero con una población minera bastante cultivada, muy católica y muy digna, el señor Arzobispo se vio precisado a prescindir de la valiosa ayuda de su secretario, para proveer de pastor a aquella tan importante parte de su grey. Y el señor cura Bátiz fue recib: do en la parroquia con los brazos abiertos, pues todos se daban cuenta de que soplaban ya en la República vientos de fronda, y aquellas ovejas necesitaban un pastor virtuoso y capaz de defenderlas contra el inminente temporal. Su primera atención se dirigió a la juventud, porque si en los jóvenes lograba infundir su celo apostólico, ellos le ayudarían con el vigor propio de esa edad, en las demás obras urgentes de la organización de la parroquia.

Desde el año de 1924 se había fundado allí un grupo de la gloriosa A.C.J.M., pero a pesar de los esfuerzos de sus tres fundadores, David Roldán Lara, Salvador Lara Puente y Manuel Morales Cervantes, llevaba una vida un poco lánguida, por falta de iniciativa del antiguo y anciano Asistente Eclesiástico. Pero llegar el padre Bátiz a la parroquia y adquirir nueva vida la Asociación, todo fue uno. Los tres fundadores comprendieron luego el refuerzo que la Divina Providencia les enviaba, en la persona de aquel santo y activo sacerdote y se unieron íntimamente a él para secundarle en todas sus empresas. Desde luego la A.C.J.M., vio acrecentarse el número de sus socios hasta 56, número extraordinario si se tiene en cuenta la escasa población de la parroquia; y aquellos jóvenes, en seguida, guiados por su pastor, comenzaron a ocuparse de los obreros de las minas, para desarrollar en medio de ellos la acción social, que exigía la condición de nuestros tiempos. En poco menos de un año, la parroquia era otra; la piedad, el orden, la caridad brillaban por doquiera; era el verdadero redil del Buen Pastor. Manuel Morales Cervantes, el brazo derecho del señor cura, había nacido en Mesillas, ranchería de Sombrerete. Después de sus estudios de primaria en San Andrés del Teúl, entró al seminario de Durango. en donde pasó cuatro años, teniendo que abandonar los estudios, para sostener a su abuelita, la única que sobrevivía de su familia, y que era la que le había inculcado desde niño los principios cristianos. Radicóse con ella, en Chalchihuites y allí en 1921 contrajo matrimonio con una virtuosísima señorita de la localidad, de la que tenía en 1926, tres hijos. Iba a fundarse la A.C.J.M. y entró en ella desde luego, como miembro del grupo fundador.

David Roldan Lara había nacido en la misma población de Chalchihuites y allí cursó, en una escuelita católica regenteada por la señorita profesora Constancia Silva, la primaria; pero ya no pudo seguir estudiando, pues muerto su padre, y siendo él el primogénito de la familia, tuvo que trabajar desde muy niño para sostenerla con su ayuda. Era dependiente en la tienda de raya de la mina '"El Conjuro" y por su constancia, su honradez y habilidad fue ascendiendo hasta llegar a tenedor de libros de la negociación. Fue también, como Morales, del primer grupo fundador de la A.C.J.M. y en 1925 era su presidente. Salvador Lara Puente, nacido en la "Hacienda de la Bolsa", en el estado de Durango, asistió a la misma escuela de la señorita Silva, desde los ocho años y fue condiscípulo y amigo íntimo de David Roldan. Luego entró en el seminario de Durango, donde encontró a Morales y fue también su buen ami°;o. Como éste, pero por motivos de salud, sólo estuvo cuatro años en él. Volvió al seno de su familia, y una vez restablecido entró a trabajar en la mina "El Conjuro" en donde encontró a Roldan Lara, reanudando su antigua amistad, y con él y Morales, formó el primer núcleo de la A.C.J.M. de Chalchihuites. Y después los tres establecieron allí mismo un grupo de la Liga de la Libertad Religiosa, bajo la dirección del señor cura Bátiz, del cual grupo el Delegado Regional era Morales, y Salvador Lara el Secretario.

El señor cura tenía así en estos tres jóvenes llenos de grandes y nobles ideales, esas segundas manos, que son tan difíciles de encontrar por cualquier hombre de empresa; y ellos, para comunicar esos ideales cristianos a sus compatriotas de la patria chica, formaron también en las filas de la Unión de Obreros Católicos de Chalchihuites, adherida a la Confederación Nacional Católica del Trabajo. Pero, como se temía, aquellos vientos de fronda, que desde la época del Presidente Carranza soplaban intensamente sobre nuestra República Mexicana, alcanzaron los furores de deshecha tempestad, cuando al entrar en vigor la funesta "ley Calles" se suspendieron los cultos religiosos públicos en todo el país el l9 de agosto de 1926. Los vecinos de Chalchihuites, alarmados por las noticias que llegaban de los martirios y vejaciones a los católicos y a sus sacerdotes, en teda la extensión de la patria, temieron por la vida de su pastor, y los jóvenes organizaron una especie de guardia para cuidarlo, mientras él, que no quiso abandonar ni un momento a sus ovejas, en medio de tan deshecho huracán de la persecución anticristiana, ora en una, ora en otra casa de los católicos habitantes, celebraba diariamente los Santos Misterios y repartía incansable los Santos Sacramentos. Siempre será verdad que la sangre de los mártires es semilla de cristianos, y que la persecución anunciada por el mismo Jesucristo Señor Nuestro a sus fieles discípulos, es contraproducente para los fines de los perseguidores, sobre todo si adquiere la violencia que distinguió a la desarrollada por los servidores del demonio en nuestra patria.

En México, como lo sabemos y hemos ido recordando en estas breves semblanzas de los mártires mexicanos, la persecución produjo los mismos efectos que en todas partes, a lo largo de la historia de la Iglesia ha producido. Los católicos, lejos de amilanarse y huir ante el enemigo, se enfrentaron a él. Haciendo vanas sus esperanzas de descatolización de la Patria. Por el contrario el fervor cristiano aumentó, el respeto humano desapareció casi por completo, fuera de algunos casos rarísimos en que los cobardes demostraron, con su cobardía, no ser dignos del nombre de cristianos que llevaban; y si el esplendor de las solemnidades religiosas de otros días, ya no podía verse en nuestras iglesias, el culto privado era más intenso y -sobre todo más sincero y agradable a Dios Nuestro Señor, precisamente por esa amenaza de perder aun la misma vida a los que a él se entregaban con entusiasmo. La perspectiva del martirio era un acicate poderoso para los que, como la inmensa mayoría de los mexicanos, por la misericordia de Dios, teníamos la fe cristiana, y deseábamos confesarla varonil y santamente. Para el pastor de Chalchihuites, profundamente adolorido y angustiado por los desacatos que se cometían en nuestra patria contra la Majestad Divina, de la que era el representante en medio de aquella porción de la grey cristiana, la persecución sirvióle de ayuda poderosísima para la reorganización cristiana de su parroquia, que había comenzado con tan buenos auspicios. Después de la administración de los Sacramentos durante todo el día, por la noche, con conocimiento de todo el vecindario, se multiplicaban las juntas de las Asociaciones establecidas: la A.C.J.M., la Unión obrera, las Congregaciones Marianas, la Unión de Padres de Familia que trabajaban con sumo cuidado en procurar la enseñanza católica a sus hijos en las mismas narices de los enemigos, y el Apostolado de la Oración. Como esto no podía calificarse de cuitó externo, se pensaba que no atraería las iras de los perseguidores, y no se disimulaba en aquellas catacumbas modernas de los hogares cristianos, como la celebración de la Santa Misa.

El señor cura presidía todas esas juntas y en ellas cumplía con su deber de predicación e instrucción cristiana a sus ovejas, alentando a todos con fervorosísimas palabras a la confesión de su fe cristiana sin dejarse dominar por el miedo o las conveniencias e intereses terrenos. Y así fue cómo, en medio de la tempestad, dio casi por completo cima a la formación cristiana de la grey que Dios le había encargado para su vida espiritual. Aun tuvo la dicha de ver volver al redil, con sincera conversión, en aquellos días, a alguna oveja extraviada, a la que las injusticias y los crímenes de los que podían creerse sus amigos, disgustaron profundamente. Pero, si para el pueblo cristiano aquello fue una bendición, para los enemigos de Dios fue un incentivo de su odio y furor, y en sus conventículos secretos juraron la pérdida de aquel buen pastor y de sus mismas ovejas escogidas entre las más fieles y generosas con Dios. Era jefe de las armas en Zacatecas el tristemente célebre general Eulogio Ortiz, y eso prenunciaba una tragedia para Chalchihuites. La mañana del 15 de agosto de 1926, fiesta de la Asunción de María Santísima, en una cantina del centro de Chalchihuites se encontraba conversando con varios amigos, Don Pedro Quintanar, ranchero, que había ostentado el grado de coronel en la revolución "de la huertista", pero que entonces pacíficamente se dedicaba a su rancho, y había venido a Chalchihuites desde Huejuquilla para vender una partida de ganado. La conversación giraba en torno de los sucesos de la pasada noche. Un tal Refugio García, secretario del juzgado de la población, había presentado una denuncia al general Eulogio Ortiz, de Zacatecas, diciendo que un grupo de varias .personas, cuya lista enviaba, estaban preparando un complot contra el gobierno. El tal complot imaginado por García, no era otra cosa que las juntas de las asociaciones de la A.C.J.M. y los obreros católicos, en que el señor cura Bátiz predicaba a sus ovejas la doctrina cristiana y los exhortaba a ser siempre hombres de fe y caridad, y a no dejarse nunca vencer por el respeto humano en las difíciles circunstancias por que atravesaba la nación.

Pero el general Ortiz, que andaba a caza de católicos a quienes molestar, aparentó creer en el complot, que le denunciaba el secretario de Chalchihuites, e inmediatamente envió al teniente Blas Maldonado Ontiveros con un piquete de doce soldados tan sólo, para arrestar a los terribles complotistas (!) que ponían en peligro la seguridad de la nación. El ridículo número de soldados de aquella patrulla, daba a conocer claramente que el general Ortiz sabía a qué atenerse acerca de la "enormidad" del complot. Maldonado entró a eso de las nueve áz la noche en la pacífica y recogida población, y dio orden a sus soldados de que dispararan al aire todas sus armas, con lo que alarmó a los pacíficos habitantes, despertando a muchos que ya dormían y salieron a las puertas de sus casas para informarse de lo que sucedía. Acto continuo dirigióse a unas casas cercanas a la parroquia, en busca del gran criminal: el señor cura Bátiz; pero allá sólo encontró a un anciano y a dos mujeres, a las que el caballeroso milite, sin motivo alguno, abofeteó lindamente, al preguntarle? dónde vivía el cura. Las mujeres, que no se daban bien cuenta de la significación de aquel asalto. le dijeron cuál era la morada del sacerdote, pues nunca se había ocultado a nadie. Marchó el iracundo teniente a dicha casa, y encontró la puerta cerrada ya, comenzando a golpearla y dando gritos de amenaza y aun disparando al aire su pistola. Abrióle asustado el portero, al que sin más ni más, derribó a golpes hasta privarlo de sentido, y se coló victorioso hasta la recámara del señor cura, quien ya se encontraba acostado, muy ajeno de lo que iba a suceder. El servidor de una "Ley" que entre todas sus barrabasadas, concede no obstante la inviolabilidad del domicilio privado, violabala así, tan descaradamente, en los mismos momentos en que en nombre de esa ley ordenaba al padre Bátiz se levantara y se vistiera, para lo que se dignaba concederle cinco minutos, y lo acompañara a !a cárcel. Mientras el buen sacerdote se vestía apresurado, el tenientillo abrió los cajones de la misa y un armario, se apoderó del reloj, de cuanto papel encontraba, y de una usada máquina de escribir, y encargó a uno de los soldados se la llevara hasta Zacatecas, sin duda porque consideraba todas esas cosas, como un legítimo botín de guerra. Llevóse consigo al sacerdote y lo encerró en la sala del Juzgado, y en seguida volvió a salir, para ir derecho a la parroquia, en donde arrambló con todo cuanto pudo, para encontrar de plata y oro, porque formaba parte del botín ganado con tanto valor en ese descomunal combate ( !) . Luego salió a aprehender valientemente a los complotistas, penetrando en las casas en busca de los ya señalados en su lista, la mayor parte jóvenes de la A.C.J.M., y obreros católicos, entre los que se encontraban Manuel Morales, David Roldan y Salvador Lara y completó el número de 22 personas, a quienes llevó al juzgado, de donde había de sacarlas al día siguiente para ofrendarlas como prisioneros de guerra al general Ortiz.

Los vecinos y familiares de los presos acudieron desde las primeras horas del día 15 al juzgado en donde el teniente Maldonado se había constituido, por si y ante sí, juez de aquella causa, e interrogaba a los detenidos. De vez en cuando salía del tribunal para dirigirse a la pieza en que tenía cautivo al señor cura, para amenazarle y maltratarle; lo sacaba a empellones y llenándolo de insultos, lo llevaba hasta la tapia de un corral adyacente, y desenfundando la pistola lo amenazaba con la muerte inmediata, si no denunciaba a los complices en el complot. El señor cura, con toda paciencia y mansedumbre, recibía los golpes, y una y otra vez aseguraba al militar que no había tal complot, ni jamás habían pensado en Chalchihuites rebelarse contra los perseguidores. El milite volvía al preso a su sala; y él a la del juzgado para seguir las investigaciones. Ante la indignación creciente del pueblo cada instante engrosado por nuevos vecinos, Maldonado, haciendo gala de justiciero, fue dando por libres a los detenidos, en los que de antemano sabía no se encontraba culpa alguna. Llegó el turno a la esposa de Manuel Morales, la que se echó de rodillas ante el verdugo, rogándole con las lágrimas en los ojos, por caridad, diera la libertad a su inocente esposo y padre de sus tres pequeños hijos. Pero el teniente, después de llenar a la señora de improperios, le dijo que tenía órdenes precisas de llevarlo a Zacatecas con otros tres, para ser allí juzgado y que le juraba que se lo devolvería a las tres semanas, o añadió por lo bajo, "a las tres horas". Por supuesto que el teniente estaba tan convencido de la inocencia de Morales y de los otros tres, que eran el señor cura, David Roldán y Salvador Lara, como de las otras personas a quienes había dado la libertad en aquella infame comedia, pero respecto a estos tres tenía órdenes precisas, porque eran los líderes católicos de la población, y no por otra causa. Todos estos tristes sucesos eran comentados en el colmo de la indignación, por Don Pedro Quintanar y sus amigos, en la cantina, como a las diez y media de la mañana del día de la Asunción, deliberando qué era lo que podía hacerse para impedir tantos desmanes. De pronto por la calle comienza a fluir una multitud furiosa, rumbo a la estación de Walterio en donde comienza el camino hacia Zacatecas. Mujeres y hombres gritan angustiados: "¡Se llevan al señor cura y a los muchachos! ¡Se los llevan los bandidos...! ¡Vamos a estorbarlo!... ¡Vamos a libertarlos!" Y algunos invitaron formalmente a Quintanar. y a sus amigos para que se armaran y por la fuerza rescataran a los cautivos.

En efecto, en dos autos que habían traído los soldados y otro que requisaron a uno de los vecinos, se habían ya acomodado el teniente, su patrulla y los cuatro prisioneros, que eran el señor cura Bátiz. Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara, y comenzaba ya la marcha, cuando la multitud, rodeando los autos, comenzó a impedirlo, poniéndose ante los vehículos y gritando Salvador Lara Puente. enfurecida contra los aprehensores. Maldonado las vio muy negras, y obligó al señor cura a que bajase del coche. Este se dirigió a sus ovejas, procurando calmarlas con buenas y suaves palabras, pidiéndoles que no hicieran mal a unos hombres que no hacían sino obedecer a sus superiores; que todo se arreglaría por la buena: que tuvieran confianza en Dios, y otros discursos de paz y templanza. Ciertamente, el aspecto que presentaba el amado pastor, no era para tranquilizar los ánimos, con el rostro inflamado y amoratado por las bofetadas que le había propinado el sacrílego milite, la sotana rasgada y la voz doliente. Sin embargo, a las indicaciones del padre Bátiz trataron de contenerse, pero se negaron a apartarse del camino, para impedir la marcha de los coches. Y entonces el tenientillo dio la orden "¡Maten a tanta vieja. . .! ¡Disparen!" Los soldados descargaron sus rifles sobre la multitud. De las doce balas siete derribaron a otras tantas personas, y como viesen que los soldados se disponían a disparar de nuevo, el pánico se apoderó de aquellos pobres, v comenzaron a huir a la desbandada. Quintanar y sus amigos oyeron la balacera, y el antiguo militar sintió de nuevo arder su sangre ante tanta infamia, y dirigiéndose a sus compañeros les dijo: "Amigos, es una vergüenza que estando aquí nosotros armados, dejemos que asesinen a nuestras mujeres y hermanos. Vamos a ellos y hagámosles pagar caro su atrevimiento y ferocidad". Y diciendo y haciendo desenfundaron sus pistolas y salieron a la calle al encuentro de los soldados que habiendo entrado de nuevo en los coches, por las ventanillas asomados, los recibieron con una descarga cerrada, la que por fortuna no hizo en ninguno blanco; pero Quintanar y los suyos contestaron con sus armas y los agujerados coches, despejado el camino, comenzaron la retirada, aunque por lo malo del piso, no podían avanzar con la velocidad requerida. Y se vio entonces aquella estupenda cacería de unos pocos hombres a pie, corriendo tras los coches, que contestaban por las bocas de fuego de los rifles, al tiroteo de los vengadores. Pero aquello no podía durar mucho. A pesar de los baches y pedruscos del camino, los coches se adelantaron poco a poco, y cuando ya no estaban al alcance de las pistolas de los perseguidores, llegados a un punto denominado "El Baluarte" el teniente creyó que ya era hora de cumplir con aquellas órdenes precisas, y deteniendo los coches hizo bajar a los prisioneros.

El señor cura comprendió luego de lo que se trataba, y encarándose con el milite, que desenfundaba su pistola, le dijo: "Teniente, si usted quiere víctimas aquí estoy yo. Sé que muero por ser sacerdote del Dios de misericordia y bondad, no por crimen alguno. Así que yo moriré gustoso, pues sus balas me abrirán el camino del cielo. Pero a estos jóvenes, no les haga mal: Morales es padre de tres pequeñuelos. Los otros dos son los únicos sostenes de sus familias. No haga usted un crimen tan horrendo. Sacie su ira conmigo".

— ¡No señor cura! no —gritó Morales—, si usted muere nosotros queremos morir también por Cristo, junto con nuestro pastor. Mis hijos y nuestras familias quedan en las manos de Dios, que son buenas manos. . .


Y Maldonado apoyando la pistola en la frente del señor cura le disparó aquel tiro, que le abrió en efecto las puertas del cielo. . . Y luego hizo lo propio con Morales, Roldan y Salvador. . . Sus cadáveres quedaron en el camino, bañados en su sangre derramada por Cristo Rey. . . y el teniente y los soldados volvieron a los coches para huir, pues llegaban ya, jadeantes, sus perseguidores. Don Pedro Quintanar cayó de rodillas ante aquellos cadáveres, y mojando su mano en la sangre que corría de sus heridas, se signó con ella v levantando la voz dijo: "¡Juro, Dios mío, que he de vengar la sangre de estos mártires tuyos!" Y en efecto, fue según algunos, el primero de todos los mexicanos, que inició el movimiento cristero, del que llegó a ser unos meses más tarde, uno de los mejores generales.