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viernes, 1 de julio de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

Equivocación Providencial


En el centro geográfico de México, el Cerro del Cubilete, se había levantado un insigne monumento a Cristo Rey. Era un homenaje ferviente del amor y pleitesía de los mexicanos a Jesucristo. Aquello no podían perdonarlo, ni lo perdonarán nunca los conspiradores masónicos, que creían haber ya adelantado tanto, en su conquista para las fuerzas del mal de nuestra patria. Ya sabemos lo que sucedió. Desde el primer momento, desde la colocación de la primera piedra del pedestal para la estatua de Cristo Rey, el gobierno de Obregón irritado expulsó, contra toda justicia y decencia, al Delegado Apostólico Mons. Filippi, por haber asistido a la solemnidad, dando gran realce a aquella manifestación mexicana de vasallaje a Jesucristo.

Poco tiempo después, cuando ya estaba terminado el monumento, un infeliz aviador por orden del gobierno, lo dinamitó desde el aire. .El dolor de los mexicanos heridos por su propio gobierno en lo más caro de sus sentimientos no tuvo límites...Venía esto después del infame atentado contra la Virgen María de Guadalupe, en su propia Basílica en enero de 21, y naturalmente, los católicos alarmados, veían con horror y temor la preparación solapada de la persecución general contra el catolicismo, profesado por los ciudadanos de toda la nación, con excepción de una ínfima y desacreditada minoría. Así pues, los católicos de todo México se esforzaron por protestar como podían contra tales villanías; y se organizaron peregrinaciones de desagravio tanto a la Basílica de Guadalupe como al cerro del Cubilete, a donde iban a jurar, que pesara a quien pesara, habían de reconstruir el destruido monumento a Jesucristo Rey.

Primer monumento a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete.

Entre los que no faltaron nunca a la peregrinación de desagravio que periódicamente se organizaba al cerro del Cubilete, para orar ante las ruinas del monumento, se encontraban D. Rafael Chowell y sus tres hijas, personas de la mejor sociedad de Guanajuato, y sumamente estimadas por sus virtudes. Don Rafael trabajaba en sus asuntos, y oraba con sus hijas; aunque cuando estalló la persecución temida, y se formó la Liga de Defensa, era profundamente partidario de ella y de la causa cristera, nunca formó parte activa, ni de una, ni de otra; se contentaba con orar por sus hermanos en peligro... Nada, ningún pretexto podía alegarse en contra suya, ni de su familia; pero sí tenía sobre su persona el gran delito de ser católico a macha martillo. Alguna vez los soldados del gobierno, enviados al cerro del Cubilete para dispersar a los peregrinos, se enfrentaron con él y sus hijas, dándoles la orden arbitraria de que se retiraran. Don Rafael serenamente respondió al soldado.

—En seguida, que terminemos nuestras oraciones. No hay ley alguna que nos prohíba esto.

Y como era verdad, y como los peregrinos no armaban ningún alboroto, ni lanzaban gritos, ni hacían nada que pudiera calificarse de rebeldía o ataque al gobierno, los soldados se contentaban con decirle:

—Pues acabe usted pronto...Pero allí los jefecillos lo sentenciaron, para cuando les llegara su hora de maldad diabólica.

Y así fue como en los primeros días del mes de mayo de 1927, cuando ya se había desatado el huracán antirreligioso, se presentaron en la casa de D. Rafael una patrulla de milites gobiernistas, y sin más ni más lo aprehendieron. Y al mismo tiempo hacían lo propio en sus respectivas casas, con Don Juan Almaguer y Don Juan Chagolla. Inmediatamente y antes de que en Guanajuato corriera la noticia, se apresuraron los verdugos de la tiranía, a meter en el ferrocarril a los tres católicos para llevarlos a León. Las señoritas hijas de Don Rafael lo supieron y desaladas se encaminaron desde luego a la misma ciudad, para ver qué podían hacer por su buen padre. Llegaron a León y ellas también al presentarse en busca del autor de sus días fueron apresadas y encerradas ¡por ese enorme delito! Imagínense ustedes, queridos lectores, ¡qué crimen tan horrendo es el tratar de salvar a un católico, que era al mismo tiempo un padre de familia excelente, un ciudadano honrado y estimado por todos, y eso por sus mismas hijas!!!!! No; aquello no podía perdonarse, por esa especie de cafres, que levantó en nuestra pobre patria, el viento del infierno.

¡A la cárcel con ellas! . . .Pero, ¿acaso no sabemos que eso mismo, eso mismo, está sucediendo ahora en los desdichados países donde se ha logrado infiltrar el comunismo? ¿No sabemos, que las leyes de ese engendro diabólico, hacen responsables del supuesto crimen de una persona a todos sus familiares, más aún a todos sus simpatizadores?.. Dirá alguno todavía que nuestra persecución no tenía nada que ver con el comunismo de nuestros días! La realidad era que se llegaba el 5 de mayo, fiesta nacional, como sabemos, y para celebrarla dignamente al estilo de cafrería o de Moscú, que viene a ser lo mismo, muy tempranito iban a comenzar la solemnidad con fusilar en las afueras de León a los tres católicos guanajuatenses, desagraviadores constantes de la injuria hecha en el Cubilete a Jesucristo Rey, por aquellos masonetes. Y no querían que nadie, ni las hijas y familiares de los católicos, impidieran de modo ninguno la fiesta. ¿Proceso? ¿Juicio sumario tan siquiera?... Pero ¿acaso eso es costumbre entre los cafres o bolcheviques?. . .Se contentaron pues, con fusilar a los tres, en la mañanita del 5 de mayo.

La fiesta comenzaba bien.

Pero la indignación de toda la ciudad de Guanajuato fue enorme, y los verdugos para calmarla dieron una excusa a la ciudad. ¡Se habían equivocado! Los soldados buscaban a otras dos personas, llamadas también Rafael Chowell y Juan Almaguer, reos de auténticos delitos. Y los pobrecitos soldados al buscarlos en Guanajuato dieron ¡qué casualidad! con otras dos personas, que se llamaban exactamente, sin faltarles una letra, lo mismo que los inocentes católicos... ¡Qué sarcasmo! Pero sí, decían verdad sin saberlo ni pretenderlo, aquellos hombres malvados. Su equivocación era enorme. Creían que con eso acabarían con el amor y reverencia a Jesucristo Rey de parte de los mexicanos. . . creían que se olvidarían del Monumento a Cristo Rey. . . creían triunfar. Y ya sabemos que en todo se equivocaron. Pero la Providencia de Dios, que de los males sabe sacar bienes, se valió de esa supuesta equivocación, para honrar para siempre a los católicos de Guanajuato, dando a tres de sus mejores hijos, en premio de una vida toda cristiana, la más apetecible de todas las coronas, la corona de la gloria, y las tres palmas del martirio.

EL MARTIR DE ZACATECAS

Hacia fines del mes de abril de 1926 la Ciudad de San Luis Potosí fue teatro de graves disturbios. Los pacíficos potosinos se habían echado casi todos a la calle, porque al amanecer de aquel día, una noticia propagada con la rapidez del fuego en un cañaveral, había sido la gota de agua que haría rebosar el vaso de su indignación por tantos atropellos, como en todas las partes de la República, habíanse venido cometiendo desde el año pasado, en contra de los católicos mexicanos. Algunos soldados habían entrado a caballo en el templo de San José, mientras se celebraba la santa misa, habían arrojado a culatazos, hiriendo a algunos, a los fieles que asistían devotamente a los sagrados misterios, habían impedido terminar al sacerdote el santo sacrificio, sacándolo, revestido como estaba con los ornamentos sagrados, fuera del templo y clausurando éste. Después se habían dirigido a la capilla del seminario o de Nuestra Señora de Guadalupe, y habían hecho lo mismo, mientras el Padre Moctezuma celebraba también, y como éste no había aun consumido las Sagradas Especies, habían dejado encerrado en el templo, sobre el altar, al Santísimo Sacramento; y finalmente se habían dirigido al obispado, arrestando al Excmo. Sr. Obispo D. Miguel de la Mora, sumamente estimado por sus virtudes, de los potosinos, dándole por prisión su misma casa. — ¡Eh! ¡Basta ya! —se dijeron casi unánimemente los buenos potosinos, y sin previo acuerdo, se lanzaron a una a la calle rumbo al obispado, para impedir como se pudiera, cualquier otro atentado contra su obispo.

La multitud crecía por momentos. De todos los rumbos de la ciudad oleada de gente, hombres, mujeres y joven de ambos sexos, llegaban y llegaban ante el palacio episcopal, para enfrentarse con los soldados de la guardia y exigir la libertad inmediata del prelado. Los soldados, asustados, avisaron a la jefatura, y ésta envió camiones cargados con refuerzos militares, lo que aumentó la indignación del pueblo. Pronto sonaron los primeros tiros; los soldados llevaban ametralladoras, algunos del pueblo sacaron sus pistolas y empezó la lucha. Heridos, contusos y muertos comenzaron a quedar en la calle y sus aledaños. Entre ellos había ya no pocos soldados, pues entre ellos mismos se entablaron algunas riñas en pro y en contra de lo que tenían órdenes de hacer.

1 Los sucesos que voy a referir los he tomado de un largo relato que se sirvió enviarme una persona muy digna de crédito de la ciudad de San Luis Potosí. No se contentó con darme estas noticias, sino que añadió una lista de honorabilísimas personas radicadas ahora en San Luis, en México, en Aguascalientes, en Puebla, en Zacatecas y hasta en Nogales (EE.UU.) que podían testificar, si creía conveniente preguntarles, para lo que me daba sus direcciones, sobre la verdad del relato. Esta última precaución no dejó de llamarme algo la atención, porque bien sabía mi honorable corresponsal, que había yo de creerlo. Aunque en el curso del relato, él mismo me daba algunos indicios, de que había algunas personas en San Luis, a quienes no les gustaba se tratara de todo este asunto. En efecto pocos días después de haber salido impresa en la revista Unión esta semblanza, un compañero mío recibió una tarjeta postal, en que se le decía, que en mi semblanza había inexactitudes y exageraciones, y la firmaba otra persona honorabilísima de San Luis. Mi compañero, a petición mía, contestó a la tarjeta, rogando a dicha persona se sirviese indicarme cuáles eran los defectos y exageraciones de la semblanza, para corregirlos al imprimir este libro; pero hasta la fecha no he recibido la rectificación deseada, por lo que tengo que sujetarme a lo dicho en el primer relato, esperando que cuando por fin se abran los procesos de nuestros mártires, en el proceso de Fidel Muro, se pondrá en claro toda la verdad. Ese es precisamente el fin de esos procesos canónicos. Pero por lo pronto he sacado la consecuencia de que aún persiste desgraciadamente entre los católicos la discordia que surgió a raíz de los últimos arreglos con el gobierno, que dieron fin a la lucha cristera. Lo lamento profundamente porque para nada es útil, y sí peligrosa y reprobable toda discordia entre católicos. ¡Cuántos de nuestros males nacionales vienen en ella!

En efecto, testigos presenciales refieren que uno de aquellos soldados apostados en la calle, miraba con repugnancia los excesos de sus compañeros de armas. Llegóse a él un capitancillo y le dijo:

—Disperse a esa gente.

—Mi capitán —respondió el soldado—, no se puede. Mire, yo soy soldado para defender a la patria, y no para asesinar mujeres y niños... Mire a esa pobre mujer allí tirada. No hacía otra cosa que levantados los brazos en cruz, rezar para que se calmara el tumulto... y ¡recibió toda una descarga de ametralladora en el pecho!... ¡Mire a ese niño, que gritaba entusiasmado ¡Viva Cristo Rey!, y un compañero le disparó un tiro en frente...! ¡Mire a esa niña que se asomaba curiosa y temerosa a la puerta de ese zaguán...! Y por eso, otro compañero le descerrajó un tiro en el pecho... ¡No. capitán!... para eso no soy soldado de la patria. ¡Eso deshonra a nuestro ejército...!


El capitán, furioso, se lanzó sobre el soldado y lo abofeteó, sin más...Pero el soldado entonces, que era hombre de malas pulgas, lo rechazó con el arma que llevaba, atravesándolo de parte a parte con la bayoneta, y al verle caer, dejóle tirado y emprendió la fuga. La multitud que había presenciado aquello, se lanzó sobre el caído para rematarlo a golpes. La ira del pueblo se exacerbaba con tales sucesos, y parecía un mar encrespado, que avanzaba amenazador contra los camiones militares y los centinelas del palacio. Avisóse al general Cedillo, y éste, para no dar que decir, subió a su automóvil dizque para ir al lugar de los sucesos e imponer el orden, pero desde lejos oyó la gritería y los estampidos de las armas de fuego, y muy "prudentemente" dio orden al chofer para que pasara por tres calles atrás de aquella en que se desarrollaba el combate con mayor intensidad. No le valió completamente su gran acto de valor, porque algunos hombres, que reconocieron su automóvil, se lanzaron en su persecución y una verdadera granizada de piedras lo aboyó por todos lados, salvándose el general gracias a la velocidad que imprimió su conductor al vehículo. Pálido, desencajado, Cedillo, ya en las afueras de la población tomó un teléfono y se comunicó con el obispo, exigiéndole se pusiera al habla con él.