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miércoles, 6 de julio de 2016

Ite Missa Est

6 DE JULIO
OCTAVA DE LOS SANTOS APOSTOLES
SAN PEDRO Y
SAN PABLO




A DIOS POR JESÚS Y A JESÚS POR LA IGLESIA. — Apoyada firmemente en Pedro, la Iglesia, se dirige hacia el que Jesucristo la dió por jefe, y le tributa obediencia y fe, veneración y amor. Es que siente la necesidad de ser agradecida. Por otra parte, no ignora, que, según el dicho de San Pedro Damiano, "nadie puede pretender la intimidad con el Señor, sin ser a la vez íntimo de Pedro". ¡Admirable unidad de los pasos de Dios hacia su criatura! Pero al mismo tiempo, ley absoluta del avance de ésta hacia la vida divina: a Dios sólo se le encuentra en Jesús, lo mismo que a Jesús en la Iglesia y a la Iglesia con Pedro. Si me conocieseis, decía el Señor, acaso conoceríais también a mi Padre2; pero los Judíos buscaban a Dios fuera de Jesús y sus esfuerzos resultaban inútiles. Después vinieron otros que pretendieron hallar a Jesús prescindiendo de su Iglesia, pero lo que Dios ha unido, ¿lo va a separar el hombre?. Y esos hombres, en seguimiento del Cristo que imaginaron, no hallaron ni a Jesús ni a su Iglesia. Finalmente, otros son hijos de la Iglesia, pero están convencidos de que no tienen que buscar sino al Divino Pastor que reside en el cielo; y no obstante eso, Jesús ciertamente no quiso que las cosas fuesen así, al encomendar a otro el cuidado de apacentar los corderos y ovejas por estas palabras se ve, que el Pastor celestial confiaba a Simón, hijo de Juan el alimento, la dirección, el aumento y la conservación, no sólo de algunos, sino de todos, pequeños y grandes.

JESÚS PRESENTE EN EL PAPA. — Alma que estás hambrienta de Dios, aprende pues a ir a Pedro; no creas que vas a llegar por otro camino a saciar el hambre que te acosa. Formada en la escuela de la sagrada Liturgia, ciertamente no eres de las que se desentienden de la humanidad en el Hijo de María, para llegar más pronto, dicen, y de un modo más seguro al Verbo; pero tampoco pretendas soslayar al Vicario de Dios. No menos está Jesús deseoso que tú del encuentro; ten, pues, por seguro que lo que pone en el camino, entre ti y El, no es dilación, sino ayuda. Como en la Sagrada Eucaristía, las sagradas especies tienen la finalidad de indicarte dónde te espera al que tú no sabrías buscar por ti mismo en la tierra, de igual manera el misterio de Pedro no tiene otro objeto que el señalarte de un modo cierto dónde está para ti, con su autoridad y con su infalible dirección, el que reside para ti en el Divino Sacramento en su propia sustancia. Los dos misterios se completan; van a la par y cesarán a la vez, cuando nuestros ojos puedan contemplar directamente a Jesús; pero desde este mundo, la Iglesia ve en ello no tanto un intermediario o un velo, como el signo mil veces precioso del Esposo invisible. Por eso no te debe asombrar que los honores que a Pedro tributa, rivalicen con los que prodiga a la Hostia; en esas genuflexiones tan repetidas por ambas partes, la Iglesia en efecto, reverencia y adora lo mismo: no ciertamente al hombre que se ve sentado en el trono apostólico, ni tampoco a las especies que los sentidos perciben en el altar; sino, en una y otra parte, al mismo Jesús, que guarda silencio en el Sacramento y que habla y manda en su Vicario.

EL PAPA, CABEZA DE LA IGLESIA. — Por lo demás, la Iglesia sabe que sólo Pedro puede poner en sus manos la Hostia. El bautismo que nos hace hijos de Dios y todos los Sacramentos que multiplican en nosotros las energías divinas, son un tesoro del cual sólo él puede disponer legítimamente por si o por otros. Su palabra es la que, en todo el mundo y en todos los grados de la enseñanza autorizada, hace nacer en el fondo de las almas la fe, principio de la salvación, y la desarrolla en ellos, desde estos modestos principios, hasta las cimas más luminosas de la santidad. Y como, por estar en las alturas, la vida de los consejos evangélicos es el jardín que de un modo más particular se reserva el Esposo, Pedro también se reserva el gobierno y protección más especial de las familias religiosas, deseando poder siempre ofrecer directamente él mismo a Jesús las flores más bellas de esta santidad de la que es el principio y sostén su alto ministerio. Y santificada de esa manera, la Iglesia sigue dirigiéndose a Pedro para aprender de él el modo de ir al Esposo, en sus homenajes y en su culto: le repite, como los discípulos antiguamente al Salvador: Enséñanos a orar y Pedro, inspirándose en lo que sabe de la Liturgia del cielo, determina para este mundo los ritos sagrados y dicta a la Esposa el tema de sus cantos. Y finalmente ¿quién, sino Pedro, es el que a su Santidad añade los caracteres de unidad, de catolicidad, de apostolicidad, que para ella son, ante el mundo, el título irrefragable de sus derechos al trono y al amor del Hijo de Dios?

DEVOCIÓN AL PAPA. — Si somos de verás hijos de la Iglesia, si vivimos de los sentimientos del corazón de nuestra Madre, comprendamos cuál debe ser el agradecimiento, el respeto lleno de amor, la tierna confianza, la entrega absoluta y rendimiento de todo nuestro ser al hombre, de quien, por la amabilísima voluntad de Dios, nos vienen todos estos bienes. Pedro debe ser el objeto constante de nuestro culto filial en su persona y en sus sucesores, y sobre todo en el que hoy lleva el peso del mundo y nuestras propias cargas. Nuestros deben ser sus sufrimientos, sus glorias, sus intenciones. No olvidemos que Aquel de quien es representante visible el Romano Pontífice, quiso que todos sus miembros tuviesen parte de un modo invisible en el gobierno de su Iglesia: la responsabilidad que a cada cual incumbe en un punto de tan gran importancia, se da claramente a entender por el deber de la oración, que ante Dios vale más que la acción, y a la que el amor hace más fuerte que el infierno’.

LA GLORIA DE ROMA. — En este último día de la Octava dedicada al triunfo de los dos príncipes de los Apóstoles, saludemos una vez más a la ciudad que fué testigo de sus postreras luchas. Ella conserva sus sepulcros y allí permanece la Silla del sucesor de Pedro; por este doble motivo es el vestíbulo de los cielos y la capital del imperio de las almas. El pensamiento de los trofeos augustos que se levantan a un lado y otro de su río, y de los recuerdos gloriosos que abundan en su alrededor, estremecía a San Juan Crisóstomo, bajo el cielo de Oriente. "No, exclamaba en una homilía a su pueblo; el cielo, cuando el sol le ilumina con todos sus rayos, no se puede comparar en nada al esplendor de Roma que proyecta sobre el mundo la luz de estas dos lumbreras. De allí se levantará Pablo y de allí Pedro. Reflexionad y estremeceos al pensar en el espectáculo que presenciará Roma cuando Pablo juntamente con Pedro se levanten de sus sepulcros y sean llevados al encuentro del Señor. ¡Espléndida rosa la que Roma presenta a Cristo! ¡Qué coronas más brillantes ciñen a esta ciudad! ¡De qué cadenas de oro está rodeada! ¡Qué fuentes las suyas! Admiro a esta famosa ciudad, no por el oro que en ella abunda, ni por sus pórticos fastuosos, sino porque conserva en su recinto estas dos columnas de la Iglesia'". Y el ilustre predicador expresaba en términos encendidos el deseo que tuvo de visitar los famosos sepulcros, tesoro del mundo y muro seguro de la ciudad reina.


LA PEREGRINACIÓN A ROMA. — Hoy día, de todas las diócesis del mundo tienen que acudir los Obispos, a intervalos que señala el derecho, a visitar las basílicas que se construyeron sobre los restos preciosos de los dos grandes Apóstoles. Lo mismo que San Pablo durante su vida mortal, tienen ellos también que venir a ver a Pedro que vive siempre en el Pontífice heredero de su primacía. Si los simples cristianos no están sometidos a una obligación, que para sus Obispos es el objeto de un juramento solemne, no obstante eso, todo verdadero católico dirigirá con frecuencia su pensamiento hacia las cumbres gloriosas de donde brotan para el mundo entero las fuentes de la salvación. Una de las señales más consoladoras en nuestros malhadados tiempos es el movimiento que agita a las turbas y las arrastra en número cada vez más creciente, a la Ciudad eterna; es la continuación de una de las tradiciones más antiguas y más sanas de nuestros padres. Eso no obstante, si no todos pueden apropiarse en este sentido la palabra del Salmo: "Me regocijé cuando me dijeron: Iremos a la casa del Señor", sepan todos, al menos, tan bien o mejor que el Judío, repetir estos acentos del verdadero patriotismo de las almas: "¡Todos los bienes sean para los que te aman, oh Jerusalén verdadera! Reine la paz en tus defensas y la abundancia en tus fortificaciones. Por amor de mis hermanos que en ti moran, te deseo la paz; por amor de la casa de Yavé, nuestro Dios, te deseo todo bien'