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jueves, 14 de julio de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral n° 38
UN POCO DE LUZ SOBRE
LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA


Se me pide que defina y describa de manera más explícita el mal que en nuestra época se ha introducido en la Iglesia. Bien comprendo ese deseo de parte de numerosos católicos o no católicos que permanecen estupefactos, indignados o consternados al ver difundirse en el seno de la Iglesia —y por medio de sus ministros— doctrinas que ponen en duda las verdades hasta ahora consideradas fundamentos inmutables de la fe católica. Mientras que la inteligencia de esos pastores indignos se rebela contra la autoridad del magisterio infalible de la Iglesia, su voluntad se rebela igualmente contra los depositarios del poder en la Iglesia. Si es verdad que toda autoridad, sea cual fuere, es una participación en la autoridad de Dios, ¡cuánto más evidente se vuelve eso cuando se trata de la autoridad que le fue conferida a Pedro y a los apóstoles! El Señor lo dijo: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os elegí a vosotros” (I Juan, XV, 15). Así ha sucedido siempre en la Iglesia. Aún cuando la designación del sucesor de Pedro se hace por vía de elección, no por ello su autoridad depende de sus lectores. Toda autoridad tiene, en cierta medida, los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Los obispos poseen esos tres poderes en la medida de su cargo o de su servicio, es decir, para santificar, predicar y gobernar. La estructura de la Iglesia es una institución admirable, verdaderamente divina, ya que responde a la vez a la centralización, a la unidad necesaria y a la descentralización con grandes posibilidades y libertad de acción. Sumado a ello todos los organismos de consulta, de mutua ayuda fraternal entre los obispos —y entre los obispos y el Papa— previstos por el Derecho Canónico, la divina institución de la Iglesia ha atravesado los siglos siempre fiel a sí misma pero adaptada a todos los lugares y a todas las circunstancias con un realismo y una unidad notables.

Esa unidad en la multiplicidad es la que permite a su magisterio, a su palabra, difundirse en todos los tiempos y en todos los lugares con una permanencia doctrinal asombrosa. Ramas enteras se han separado del tronco, pero eso no ha lesionado la estructura y la sustancia doctrinal. Graves errores y herejías han parecido poner a la Iglesia en peligro, pero con el auxilio del Espíritu Santo, la institución y la palabra no han variado. Justamente es eso lo que disgusta soberanamente no sólo a los enemigos tradicionales de la Iglesia inspirados por el Príncipe de este mundo, sino también, seamos francos, a la naturaleza humana caída, que siempre vuelve a descubrir en sí ese miserable sobresalto de rebelión contra la autoridad, vale decir, contra Dios. El “Non serviam” todavía lo tenemos todos en el alma, aún después del bautismo. Cuando los asaltos de los adversarios de Nuestro Señor y de su obediencia encuentran eco en las filas de los fieles y de los pastores de la Iglesia, entonces se prepara un nuevo desgarramiento en la Iglesia, una nueva herejía, un nuevo cisma. 
Ya lo dijo con todo acierto Garaudy años atrás en Lovaina, dirigiéndose a los estudiantes de la universidad: “No podremos colaborar de verdad hasta que la Iglesia haya modificado su magisterio y su género de autoridad”. Imposible decirlo más claro. Y cuando sabemos que, en lo que respecta a los que buscan dominar el mundo —los comunistas y los tecnócratas de la finanza internacional—, el único obstáculo verdadero para el sostenimiento de la humanidad es la Iglesia Católica Romana, no tienen por qué sorprendernos los esfuerzos conjugados de comunistas y masones para modificar el magisterio y la estructura jerárquica de la Iglesia.

Ganar una victoria en el Cercano Oriente o en el Extremo Oriente es apreciable, pero paralizar el magisterio de la Iglesia y modificar su Constitución representaría un triunfo sin precedentes, porque no basta conquistar los pueblos para abolir su religión; a veces, por el contrario, se arraiga más. Pero al arruinar la fe corrompiendo el magisterio de la Iglesia, al sofocar la autoridad personal haciéndola depender de diversos organismos que resultan mucho más fáciles de influir y de copar, hace que el fin de la religión católica parezca cosa posible. Mediante ese magisterio de asambleas se podrá introducir dudas sobre todos los problemas de la fe, y el magisterio descentralizado paralizará al magisterio de Roma. Resulta fácil advertir que esos eruditos ataques llevados a cabo por la prensa mundial, incluso la católica, permitir difundir por todo el mundo campañas de opinión que perturbarán los espíritus. Todas las verdades del Credo se bambolearán, todos los mandamientos de Dios, los sacramentos, en una palabra, todo el catecismo se dará vuelta. De eso tenemos ejemplos sonados. El magisterio descentralizado pierde el control inmediato de la fe; las numerosas comisiones teológicas de las asambleas episcopales demoran en pronunciarse, porque sus miembros están divididos en cuanto a opiniones y métodos. Hace diez años —y con mayor razón hace veinte—, el magisterio personal del Papa y de los obispos habría reaccionado inmediatamente, aún cuando entre los obispos y teólogos hubiera algunos que disentían. Ahora, el magisterio se halla sujeto a las mayorías. Es la parálisis que impide la intervención inmediata o la vuelve débil e ineficaz para contentar a todos los miembros de las...

Comisiones o de las Asambleas.

Ese espíritu de democratización del magisterio de la Iglesia es un peligro mortal, si no para la Iglesia a la que Dios siempre protegerá, al menos para millones de almas desamparadas e intoxicadas, en cuya ayuda no acuden los médicos. Basta leer los informes de las Asambleas a todos los niveles para reconocer que lo que puede llamarse “colegialidad del magisterio” equivale a la parálisis del magisterio. Nuestro Señor pidió a las personas que apacentaran su rebaño y no una colectividad; los Apóstoles obedecieron las órdenes del Maestro y hasta el siglo XX todo estuvo así. Había que llevar a esta época para oír hablar de la Iglesia en estado de Concilio permanente, de Iglesia en continua colegialidad. Los resultados no se han hecho esperar mucho. Todo está patas arriba: la fe, las costumbres, la disciplina. Podríamos seguir citando ejemplos infinitamente. 

Parálisis del magisterio y desabrimiento del magisterio: esto último se manifiesta por la falta de definición de las nociones, de los términos empleados, por la ausencia de puntualizaciones, de distinciones necesarias, de suerte que ya no se sabe qué se quiere decir cuando se habla: pensemos, si no, en palabras como dignidad humana, libertad, justicia social, paz, conciencia, etc. De ahora en adelante, en la Iglesia misma, se puede dar a estas palabras un sentido marxista o un sentido cristiano con igual convicción. A la democratización del magisterio le sigue, naturalmente, la democratización del gobierno. Las ideas modernas sobre este punto son tales que resultó aún más fácil obtener ese resultado. Se tradujeron en la Iglesia por el famoso lema de la “colegialidad”. Había que colegializar el gobierno: el del Papa o el de los obispos con un colegio presbiteral; el del cura con un colegio pastoral de laicos; todo ello acompañado de comisiones, consejos, sesiones, etc., antes de que a las autoridades se les ocurra dar órdenes y directivas.

La batalla de la colegialidad, apoyada por toda la prensa comunista, protestante y progresista, pasará a la historia en los anales del Concilio. ¿Se puede decir que se la haya hecho fracasar? Sería exagerado afirmarlo. ¿Ha tenido pleno éxito, como deseaban sus autores? Tampoco se podría afirmarlo ya que hemos sido testigos del descontento manifestado a causa de la famosa “nota explicativa” agregada a la Constitución dogmática sobre la Iglesia, y últimamente en ocasión del Sínodo episcopal, el cual querían que fuese deliberativo y no consultivo. Pero si el Papa personalmente ha conservado cierta libertad de gobierno, ¿cómo no advertir que las Conferencias episcopales la limitan singularmente? Se pueden citar varios casos, en estos últimos años, en que el Santo Padre ha revisado una decisión bajo la presión de una Conferencia episcopal. Ahora bien, su gobierno se extiende no sólo a los pastores, sino también a los fieles. El Papa es el único cuyo poder de jurisdicción abarca el mundo entero.

Una consecuencia mucho más aparente del gobierno colegiado es la paralización del gobierno de cada obispo en su diócesis. ¡Cuántas reflexiones no han hecho los mismos obispos al respecto, y qué instructivas! Teóricamente, el obispo, en muchos casos, puede actuar contra el voto de la Asamblea, a veces hasta en contra de una mayoría si el voto no es sometido a la Santa Sede; pero en la práctica, esto resulta imposible. A partir de la finalización de la Asamblea, los obispos publican las decisiones. Llegan a conocimiento de todos los sacerdotes y fieles. ¿Qué obispo podrá de hecho oponerse a esas decisiones sin mostrar su desacuerdo con la Asamblea y sin encontrar espíritus revolucionarios que le salgan al paso y pongan a la Asamblea en su contra? El obispo es prisionero de esa colegialidad que debiera haberse limitado a ser organismo de consulta, de cooperación, pero nunca de decisión.

Es verdad que San Pío X ya aprobó algunas Conferencias episcopales, pero les había dado una definición exacta que justificaba plenamente la existencia de esas Asambleas: “Estamos persuadidos de que esas Asambleas de obispos son de la mayor importancia para mantener y desarrollar el reinado de Dios en todas la regiones y en todas las provincias. Cuando los obispos, custodios de las cosas santas, reúnen de ese modo sus luces, de ello resulta que no solamente perciben mejor las necesidades de sus pueblos y eligen los remedios más convenientes, sino que también estrechan los lazos que los unen entre sí” (A los Obispos de Perú, 24 de septiembre de 1905).

Ese colegialismo se aplica también en el seno de las diócesis, de las parroquias, de las congregaciones religiosas, de todas las comunidades de la Iglesia, de suerte que el ejercicio del gobierno se vuelve imposible: la autoridad se ve constantemente tenida en jaque. Quien dice elecciones dice partidos y, por lo tanto, divisiones. Cuando el gobierno habitual está sometido a votos consultivos en su ejercicio normal, se vuelve ineficaz. Entonces la que sufre las consecuencias es la colectividad, porque el bien común ya no puede perseguirse eficaz y enérgicamente.

La introducción del colegialismo en la Iglesia es un notable debilitamiento de su eficacia, tanto más que el Espíritu Santo es contristado y contrariado menos fácilmente en una persona que en una Asamblea. Cuando son las personas las responsables, actúan, hablan, aunque algunas se callen. En la Asamblea, lo que decide es el número, mientras que en el Concilio el Papa es quien decide, aún en contra de la mayoría si así lo considera prudente. El número no hace la verdad. De esa manera, la dialéctica se introduce en la Iglesia por el colegialismo o por la democratización y, por consiguiente, la división, el malestar, la falta de unidad y de caridad. Los adversarios de la Iglesia pueden regocijarse por ese debilitamiento del magisterio y del gobierno colegializados. Es una victoria parcial. Por cierto que desearían que fuese más completa, pero ya se dejan sentir sus efectos en su favor: el poder de resistencia de la Iglesia al comunismo, a la herejía, a la inmoralidad, ha disminuido notablemente.

Esos son los hechos que podemos comprobar y que provocan en la Iglesia una crisis muy grave. Pero los funestos efectos de esta situación ya están suscitando saludables reacciones. La Conferencia episcopal española acaba de devolver nuevamente la responsabilidad de la Acción Católica a los Obispos de las diócesis, suprimiendo los poderes de dirección del organismo nacional, el cual es llevado a su justa función, o sea, un vínculo de unión, un encuentro.

El realismo, el sentido común y, sobre todo, la gracia del Espíritu Santo contribuirán a dar a la Iglesia aquello que siempre constituyó su vigor y su adaptación: apóstoles para el magisterio y para el gobierno personales que actúen según las normas de la santa prudencia y del don de consejo. Así pudieron salvar a la Iglesia los Agustines, los Atanasios, los Hilarios y tantos otros.

Monseñor Marcel Lefebvre

(7 de marzo de 1968)