utfidelesinveniatur

lunes, 20 de junio de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE


PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE

ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN

Hefesto: Vendrá la noche, ansiada de ti, y te ocultará la luz con su estrellado manto; de nuevo enjugará el sol el rocío de la mañana; pero el dolor del presente mal te abrumará sin tregua, que aún no ha nacido tu libertador. ¡He aquí lo que te has granjeado con tu actitud de amor por los hombres! Dios como eres, sin temer la cólera de los Dioses, honraste a los mortales más de lo debido, y en pago guardarás esta desapacible roca, de pie, sin dormir, sin tomar descanso, y vano será que lances muchos lamentos y gemidos; que son recias de mover las entrañas de Zeus.


Prometeo: No puedo hablar de mis desdichas, ni soy poderoso para callarlas. Sin ventura yo, que dispensando favores a los mortales, sufro ahora el yugo de este suplicio. Tomé en hueca caña la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestro de toda industria, auxilio grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de mis delitos, puesto al aire y encadenado. ¡Ay de mí! Esquilo, Prometeo encadenado 



CAPÍTULO I
QUÉ FUE EL CONCILIO
VATICANO II
Primera parte


A la pregunta Quid est? se responde con una definición. Si la definición es buena, implicará en sus partes las causas principales de la cosa, iluminando así sus demás propiedades y consecuencias. El presente capítulo contará, entonces, con tres partes. En la primera buscaremos la definición del Concilio, en la segunda pondremos al descubierto las causas principales y en la tercera señalaremos sus propiedades fundamentales.

Las consecuencias, por lo tanto, quedan para los capítulos restantes.

A. DEFINICIÓN DEL CONCILIO

El complejo de inferioridad del pensamiento moderno le lleva a desconfiar de las definiciones, como si le fuera muy difícil a la inteligencia entender las esencias en las apariencias de las cosas. Esto puede ocurrir con las cosas que se nos esconden, pero no con las que nos son muy manifiestas. El Concilio Vaticano II fue un acontecimiento enorme en la vida de la Iglesia, afectando hasta lo más íntimo todos los aspectos de la existencia cristiana. Quizás en el primer momento de sorpresa muchos no supieron en qué consistía, pero ya no es así después de cuarenta años de esta segunda dirección es donde habla del “nuevo humanismo”. Podríamos entonces preguntarnos cuál es la nota más formal y primera, si la toma de conciencia de la Iglesia que la lleva a su redefinición, o el nuevo humanismo. Para resolver esta cuestión -y es importante hacerlo para tener la buena definición- debemos considerar cuál de estos dos aspectos es anterior en su razón. Es decir, debemos considerar si la redefinición de la Iglesia es causa y fundamento del humanismo nuevo, o es éste la causa y razón de la redefinición. La conclusión del discurso de Pablo VI nos permite resolver el asunto con suficiente seguridad: “La mentalidad moderna -dice allí -, habituada a juzgar todas las cosas bajo el aspecto del valor, es decir, de su utilidad, deberá admitir que el valor del Concilio es grande, al menos por esto: que todo se ha dirigido a la utilidad humana; por tanto, que no se llame nunca inútil una religión como la católica, la cual, en su forma más consciente y eficaz, como es la conciliar, se declara toda en favor y en servicio del hombre. La religión católica y la vida humana reafirman así su alianza, su convergencia en una sola humana realidad: la religión católica es para la humanidad. Para el Papa, la religión católica se ordena a la humanidad; por lo tanto, podemos afirmar que la novedad del Concilio que ha llevado a buscar la redefinición de la Iglesia es la adopción de una nueva actitud hacia la humanidad en su condición moderna. Conviene entonces que el Concilio se defina por el humanismo, entendido como una orientación de la religión al servicio y promoción del hombre moderno. Es el espíritu del divino Prometeo.

3º Tercera partícula: «Católico»

La última nota de nuestra definición señala que el humanismo del Concilio es católico. El humanismo es la nota esencial y primera del espíritu que se ha llamado moderno. Pero esta orientación al hombre entra en conflicto con la orientación a Dios propia del espíritu católico, tendiendo a provocar el enfrentamiento con la Iglesia. Sin embargo, hay que reconocer que el humanismo, ya se valore positiva o negativamente, es una modalidad que sólo se da y se sostiene en el catolicismo, tendiendo a debilitarse y desaparecer en la medida en que se aparta de él. Por esta razón, el humanismo más auténtico - si puede usarse esta palabra - es el que quiere permanecer dentro del catolicismo. Éste es el humanismo del Concilio. Si hay algo que ha caracterizado al Concilio es su intención de conjugar nova et vetera, la novedad moderna con la antigüedad católica. Cuando el Papa actual, Benedicto XVI, sostiene que la verdadera hermenéutica del Vaticano II no es la de ruptura con la tradición sino la de continuidad, está señalando uno de sus aspectos esenciales. El humanismo conciliar ha atemperado constantemente sus novedades para mantenerlas dentro de los límites del dogma católico y ha defendido tenazmente su conexión con las doctrinas tradicionales. Nos cuesta poner en nuestra definición el adjetivo «católico» al humanismo conciliar porque, como decimos, del catolicismo aprovecha ciertos aspectos pero choca con otros muy fundamentales; por eso dudábamos si usar una expresión que indique una pertenencia más bien material, como «de ámbito católico», por ejemplo. Pero aunque hay intrínseca contradicción entre humanismo y catolicismo, nos equivocaríamos si pensáramos que la intención de permanecer católico del humanismo conciliar no es formal y primera. Baste entonces poner el humanismo como sustantivo y el catolicismo como adjetivo para dar a entender que, siendo contradictorios, sólo se participa de éste tanto cuanto puede sufrirlo la sustancia de aquél.

4º Humanismo integral

Las tres partículas de nuestra definición se refuerzan. La firme adhesión a la Iglesia católica permite al humanismo permanecer más íntegro, y no hay adhesión más firme que la de su oficialización por la jerarquía. Por eso podríamos resumir la definición diciendo que el Concilio es el humanismo integral, expresión utilizada antes del Concilio por Jacques Maritain, pensador que debe considerarse verdadero padre del Vaticano II, y adoptada oficialmente después para definir la doctrina social conciliar.

B. ACERCA DE LAS CAUSAS
QUE EXPLICAN EL CONCILIO

Cuando una definición es buena, lleva implicadas las causas primeras de la cosa definida, causas que explican sus demás propiedades y consecuencias. Pero si es relativamente fácil señalar los aspectos esenciales de una cosa manifiesta, ya no lo es tanto determinar sus causas con precisión. Y podemos prever que, para el caso que tenemos entre manos, lo será mucho menos, porque si bien todos podrían estar de acuerdo en que el Vaticano II es una oficialización del humanismo, ha provocado reacciones muy contrarias de aceptación y rechazo. Dado que lo que buscamos es explicar el Concilio, al señalar las causas verdaderas, no dejaremos de decir cómo las entendieron los que lo hicieron. Primero consideraremos, como conviene, la finalidad; luego convendrá señalar el sujeto o materia; en tercer lugar el agente; y, finalmente, la causa formal, que nos dice lo que es propiamente el Concilio.



I. ACERCA DE LA FINALIDAD DEL CONCILIO VATICANO II
1º La finalidad del humanismo conciliar según sus fautores

La finalidad declarada del humanismo es la promoción de la dignidad humana, es decir que trabaja ad maiorem hominis gloriam. Como reconoce Pablo VI en el discurso de clausura ya citado, esta es la finalidad de un “humanismo laico y profano”, que renuncia “a la trascendencia de las cosas supremas” y que se constituye en verdadera religión: “La religión del hombre que se hace Dios”. Pero afirma que es también la finalidad del humanismo nuevo del Concilio: “La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios. [...] Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre”. ¿Cómo se explica que dos movimientos, que coinciden en la misma finalidad, mantengan sin embargo sus diferencias? ¿Cuál es esta diferencia? La diferencia estaría - responde en lo que sigue el pensamiento conciliar, al que la buena educación nos pide dejar hablar primero - en que en la época moderna se dio ciertamente un humanismo ateo (al menos de hecho), pero fue mucho por reacción contra el deísmo inhumano que se dio (de hecho al menos) en el medioevo. La fuerte orientación teocéntrica del hombre antiguo llevó, aún en el catolicismo medieval, no sólo a la inconsideración, sino hasta el desprecio de los valores humanos. Esta exageración, que culmina en el horror de la peste negra y sus flagelantes, provocó la reacción con la que comienza la época moderna en el Renacimiento. Pero como suele ocurrir, llegó a ser predominante la exageración contraria que terminó despreciando el valor divino de lo humano, es decir, la dimensión religiosa del hombre, por la que trasciende los límites de su condición de criatura y se relaciona con Dios. Mas culminando este nuevo desorden en el horror de las dos guerras mundiales, habría llegado el tiempo de hallar el punto de equilibrio con el humanismo nuevo del Concilio.


Tanto a los que desprecian al hombre ad maiorem Dei gloriam, como a los que desprecian a Dios ad maiorem hominis gloriam, el Vaticano II les descubre que ambos fines se identifican en una misma realidad. Para entenderlo basta tener en cuenta la trascendencia del hombre y la liberalidad de Dios:

- La acción del Creador es de una perfectísima liberalidad, pues Dios es inmutable en su perfección y nada gana al crear. Creó sin ninguna necesidad y con absoluta libertad, por cuanto se gloría en comunicar gratuitamente su perfección por la más desinteresada bondad. Su gloria, entonces, consiste en la perfección de su obra, en la que El mismo se manifiesta como un artista en su autorretrato.

- Ahora bien, entre todas las criaturas, conviene distinguir las personas de las simples cosas, pues sólo aquéllas han sido hechas a imagen de Dios, porque sólo las personas son libres como el Creador. La perfección del hombre conviene que se mida, entonces, en términos de libertad, porque, como el pecado nos esclaviza y la verdad nos hace libres, mientras más nos libremos del pecado y más nos acerquemos a la verdad, mejores personas seremos y más semejantes a Dios. La trascendencia de la persona humana reside en su condición de imagen de Dios, que crece en dignidad en la medida en que participa más de la libertad del Creador.

Es claro entonces que, si se tiene en cuenta la liberalidad de Dios como Creador y la trascendencia del hombre como imagen del Creador, se acaban los celos entre deístas y humanistas, pues la promoción de la dignidad humana se identificaría perfecta y adecuadamente (secundum rem et rationem) con la promoción de la gloria de Dios. El antropocentrismo trascendente no deja de ser teocéntrico: “Nuestro humanismo se hace cristianismo, nuestro cristianismo se hace teocéntrico; tanto que podemos afirmar también: para conocer a Dios es necesario conocer al hombre. ¿Estaría destinado entonces este Concilio, que ha dedicado al hombre principalmente su estudiosa atención, a proponer de nuevo al mundo moderno la escala de las liberadoras y consoladoras ascensiones? ¿No sería, en definitiva un simple, nuevo y solemne enseñar a amar al hombre para amar a Dios? Amar al hombre -decimos-, no como instrumento [medio], sino como primer término [fin] hacia el supremo término trascendente, principio y razón de todo amor; y entonceseste Concilio entero se reduce a su definitivo significado religioso, no siendo otra cosa que una potente y amistosa invitación a la humanidad de hoy a encontrar de nuevo, por la vía del amor fraterno, a Dios”.