utfidelesinveniatur

jueves, 16 de junio de 2016

El problema del dolor…

El problema del dolor


Insistamos sobre este punto del dolor, cuya importancia ya queda insinuada. Sin salir del ámbito de la literatura bíblica, podemos contemplar el problema en toda su amplitud e impresionante fisonomía. Los hombres no han tenido que especular mucho para plantearlo. El dolor nos acompaña, como nuestra propia sombra, desde la cuna al sepulcro. La Historia no es más que un archivo descomunal de los dolores, desgracias, infortunios y catástrofes de los pueblos.

La realidad misma sugiere, como se ve, las preguntas obligadas, sobre el origen, la razón de ser y la finalidad del dolor. De espaldas a la Revelación, la paradoja del hombre, nacido para la felicidad-es un hecho de conciencia, pero encadenado por el dolor como lo sabemos experimentalmente, no tiene solución razonable. Más, aun dentro del campo de la doctrina revelada, el problema, inicial y parcialmente esclarecido, mantuvo estancias cerradas, que sólo se iluminaron plenamente cuando, al avanzar la Revelación, ésta alcanzó con Jesús el cenit de su carrera y el máximo apogeo de su luz.



a) En el Antiguo Testamento.

La literatura del dolor en la Biblia es copiosa. Los libros llamados sapienciales, en cuyas páginas aflora con frecuencia el tema, resultan, por este lado, el mejor comprobante de aquel calificativo de "fraccíonaria" que el autor de la Carta a los Hebreos dijimos aplicaba a la Revelación del Antiguo Testamento. Esparcidos acá y allá se encuentran muchos datos que, ensamblados, proporcionan una solución no muy lejana de la de Jesús, pero todavía imperfecta. En el Salterio, muchos de cuyos salmos abordan decididamente el tema del dolor se recibe la impresión de que el difícil problema debe abandonarse en un gesto mitad de resignación, mitad de esperanza al juicio definitivo de Dios, sin empeñamos en descifrar el arcano de la Providencia. Es una salida que alguien se sentiría tentado a calificar de hábil, pero que en realidad se ha apoderado de uno de los hilos de la solución verdadera, en lo que se detuvo, como veremos. Los profetas, tan hechos a elucubrar sobre las catástrofes de su pueblo, casi no pasan de la consideración de castigo, aunque sin dejar de insinuar el matiz misericordioso que suele ofrecer casi siempre en manos de Dios.  Son datos, como se ve, que habrá que tener en cuenta.  Como excepción está el libro del Eclesiastés-bellísimo por cierto-, de tono más optimista, cuyo tema, al menos parcial, parece ha de centrarse en el disfrute razonable y morigerado por encima de la aurea mediocrita de Horacio de los bienes y placeres de la vida, la cual, ciertamente, muchísimas veces se hace más intolerable por nuestra propia culpa.  Pero en la Biblia hay un libro consagrado todo él a este problema del dolor: el poema de Job, acaso el más bello que se ha escrito hermanando el propósito didáctico con el más exquisito estilo poético; aunque a la manera oriental, con un predominio exuberante de la imaginación y un verdadero derroche de luz y de color, ropaje inimitable del lirismo y del sentimiento más ardiente y arrebatado.

El problema toma cuerpo en el protagonista, cuya historia es sobradamente conocida, y se plantea y desarrolla en forma dramática, Las prolijas y sesudas razones de los tres amigos de Job, que llenan más de dos terceras partes del poema, se hacen eco de la opinión vulgar, por lo mismo simplista y tajante: aquello no puede ser más que un castigo de pecados, que el paciente debe inquirir y reconocer. Contra esta postura se yergue, desafiante y segura, la conciencia del protagonista, atestiguando su inocencia. Es sencillamente el hecho, la realidad frente a una interpretación que, al menos en su pretendida universalidad, ha de ser falsa.  Entra en escena un quinto personaje, el joven Elíú, decididamente al lado de Job, si bien aconsejándole volver sobre algunas de sus palabras y pretensiones menos justas y prudentes. Viene como refuerzo contra la solución de la opinión de muchos críticos, parece ha de mantenerse el carácter histórico del personaje y de la terrible prueba a que fue sometido. Así lo piden las célebres alusiones de tres libros sagrados posteriores: el libro de Tobías (2,12.15), la profecía de Ezequiel (14,14.20) y la Carta del apóstol Santiago (5,11)  

De los 40 capítulos que componen propiamente el poema, 29, y los más extensos, se llenan con la disputa entre Job y sus tres amigos, o sea, del 3 al 31 inclusive, los tres primeros, y sobre todo a preparar la situación psicológica e ideológica para la espléndida e incomparable teofanía final.  Dios mismo va a ser el árbitro de la contienda. Los amigos de Job están equivocados: Job es inocente, aunque también ha podido excederse en sus lamentos, en su defensa y en su apelación a Dios. De todo el parlamento divino magnífico de fuerza descriptiva y de lirismo, sublime a veces, una magnífica lección se desprende, la misma que mencionábamos hablando del Salterio: el hombre no ha de entrar en juicio con Dios, ni escudriñar sus misteriosos caminos. Sin embargo, la solución total del libro de Job no está aquí. El lector del poema sabe de antemano, por el prólogo, que el dolor de Job no es precisamente un castigo: es una prueba, a instancia del demonio, a la que accede Dios. Job termina victorioso; declarado inocente por Dios, recibe, según el epílogo del libro, la recompensa duplicada de su paciencia y fortaleza inconcebibles. El dolor, pues, puede ser un castigo tal fue su origen, pero no lo es siempre; el dolor puede ser una traza de Dios para poner a prueba la auténtica virtud; siempre es un designio misterioso de Dios, que el hombre hará mal en inquirir, deformando los cálculos y las cosas. No va más allá la solución del problema antes de Cristo.

b) En el Evangelio.

Pasar de estos libros del Antiguo Testamento al Evangelio es como pasar de la aurora al día. En el Evangelio, repetimos, es donde el problema del dolor tiene su solución total y definitiva, y a más de esto, insospechada.  Nos sale, al paso también la idea vulgar del castigo, esta vez en labios de los mismos discípulos de Jesús, en el encantador episodio del ciego de nacimiento: "Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que él naciera ciego?" La respuesta de, Jesús, que no adelantamos, deja fuera de combate la hipótesis en su cruda universalidad, Por otro lado, aun tratándose de un castigo, tampoco podemos afirmar que el que lo sufre sea el más culpable. El pasaje de San Lucas que contiene esta enseñanza de Jesús es interesante: Lc. C.38-42.  lo. 9,2. "Por aquel tiempo se presentaron algunos, que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían, y respondiéndoles, dijo: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los otros por haber padecido todo eso? Yo os digo que no... Aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis que eran más culpables que todos los hombres que moraban en Jerusalén? Os digo que no" Pero en ambos casos citados, la respuesta del Señor, además del elemento negativo ya anotado, encierra otros elementos positivos que, en parte, descorren el velo de la Providencia divina; en el primero, indicándonos una finalidad más alta, que justifica temporalmente un dolor, trocado luego en alegría más pura: "Contestó Jesús: Ni pecó éste ni sus padres, sino para que se manifiesten: en él las obras de Dios"; en el segundo, apuntando una permisión divina que debe aprovecharse como aviso paternal a los demás, hombres: "y que, si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis"  

c) Jesús mismo es la solución.

Sin embargo, la solución divina al problema del dolor, más que, de las enseñanzas de Jesús, brota de su vida. Desde que Jesús se abrazó al dolor y lo hizo meta y emblema de su empresa, y al fin, al apurarlo en Getsemaní y sublimarlo en la cruz, lo hizo instrumento de la redención y precio de la reconciliación de los hombres con el Padre celestial, puede decirse que el dolor cambió de signo y de nombre.

Las consecuencias son claras: Jesús no eliminó de nuestra vida el dolor, pues sabía que, tras el pecado de Adán, entró para siempre en la tierra con la muerte; Jesús, empero, ateniéndose a la realidad insoslayable, recogió el dolor, primero, para dignificarlo con el contacto de su misma persona; después, para levantarlo a la categoría de instrumento de redención, y, por último, para trocarlo de castigo ¡Caricia de Dios! Las almas más puras, la de Jesús y su Madre, son las que más supieron del dolor. Desde entonces, Jesús a los suyos, a los más suyos, los invitará con el regalo de su cruz y con el dolor, y los suyos, los más suyos, llegarán a experimentar la alegría y el gozo de sufrir por Jesús y tendrán a gala ostentar en sí mismos el sello glorioso de los tormentos del Maestro y la imagen de Cristo crucificado. Los hombres que más hayan asimilado esta doctrina y este ejemplo de Cristo, ¿no es verdad que están en condiciones de restar mucho dolor al mundo? Aunque sólo esto hubiera enseñado Jesús, bien merecería el reconocimiento y la adoración eterna de la Humanidad.

Doctrina social de Cristo.

¿Y cómo prescindir del aspecto social de la doctrina de Jesús? La insistencia de los últimos papas, a partir de León XIII, sobre este problema, sin duda el más candente y el de mayor urgencia en nuestros días, y sobre todo la no interrumpida llamada del pontífice actual, Pío XII, a la conciencia del mundo, de los Estados y de los cristianos todos, sobre el problema social en toda su amplitud, nos obliga a dedicar por unos instantes la atención a las enseñanzas del Evangelio, básicas y de perenne actualidad en esta difícil y delicada materia. Es tanto lo que sobre el particular se ha escrito y se ha dicho, que a ratos se sentiría uno tentado a creer que el problema es insoluble o que los hombres nos hemos empeñado en que lo sea.


La Iglesia tiene una historia larga y densa, testigo de su actuación en este campo; y tiene, sobre todo, una doctrina, que no cesa de inculcar, aunque de hecho una parte de la semilla, como en la parábola, haya caído en tierra pedregosa o demasiado erizada de cardos y de zarzas. No es suya la culpa ciertamente; aunque no pueda decirse otro tanto de muchos de sus hijos, que cerraron los oídos y el corazón, y cuando quisieron darse cuenta, se encontraron con la sorpresa de que el programa de la Iglesia. (se 61 Act. 5,.41 . ., Gal. 6,14.17)