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miércoles, 18 de mayo de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.


CAPITULO XXVI
BUSQUEDA Y DIALOGO,
MUERTE DEL ESPIRITU MISIONERO


La búsqueda

Hemos visto que el espíritu católico-liberal no tiene confianza suficiente en la verdad. El espíritu conciliar, por su parte, pierde la esperanza de llegar alguna vez a la verdad; sin duda, la verdad existe, pero ella es objeto de una búsqueda indefinida. Esto significa, veremos, que la sociedad no puede organizarse sobre la verdad, sobre la Verdad que es Jesucristo. En todo esto, la palabra clave es “la búsqueda”, u, orientación, tendencia hacia la verdad, llamado de la verdad, camino hacia la verdad. La jerga conciliar y post-conciliar abunda en este vocabulario de movimiento y de “dinámica”. De hecho, el Concilio Vaticano II canonizó la búsqueda en su Declaración sobre la Libertad Religiosa: “La verdad debe ser buscada según el modo propio de la persona humana, y de su naturaleza social, a saber, por medio de una libre búsqueda…” El Concilio pone la búsqueda en el primer lugar antes que la enseñanza y la educación. Sin embargo la realidad es otra: las convicciones religiosas se imponen por la educación de los niños, y, una vez que son adquiridas, que están fijadas en los espíritus y expresadas en un culto religioso, ¿para qué buscar? Por otra parte, la “libre búsqueda” muy rara vez alcanzó la verdad religiosa y filosófica. El gran Aristóteles no está exento de errores. La filosofía del libre examen acaba en Hegel... ¿Y qué decir de las verdades sobrenaturales? He aquí lo que escribe San Pablo hablando de los paganos: “¿Cómo creerán si no se les predica? ¿Cómo se les predicará si no se envían misioneros?” (Rom. 10, 15). No es la búsqueda lo que la Iglesia debe proclamar sino la necesidad de las misiones: “Id, enseñad a todas las naciones” (Mat. 28, 19), tal es la única consigna dada por Nuestro Señor. Sin la ayuda del Magisterio de la Iglesia ¿cuántas almas podrán encontrar la verdad y permanecer en la verdad? La libre búsqueda, es un irrealismo total, en el fondo, es un naturalismo radical.

En la práctica ¿qué es lo que distingue el libre buscador del libre pensador?

Los valores de las otras religiones

El Concilio se complació en exaltar los valores salvíficos, o simplemente, los valores de las otras religiones. Hablando de las religiones cristianas no católicas, el Vaticano II enseña que “aunque creemos que padecen deficiencias, de ninguna manera están desprovistas de sentido y valor en el misterio de la salvación” ¡Eso es una herejía! El único medio de salvación es la Iglesia Católica. Las comuniones protestantes, en cuanto están separadas de la unidad de la verdadera fe, no pueden ser utilizadas por el Espíritu Santo. Este no puede más que obrar directamente sobre las almas, o usar medios, que, de suyo, no llevan ningún signo de separación (por ejemplo el bautismo). Uno puede salvarse “en” el protestantismo pero no “por” el protestantismo. En el Cielo no hay protestantes, no hay más que católicos. He aquí lo que declara el Concilio respecto a las religiones no cristianas: “La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que hay de verdadero y de santo en esas religiones. Ella considera con respeto esas maneras de obrar y de vivir, esas reglas y doctrinas que, aunque difieren en muchos puntos de lo que Ella sostiene y propone, aportan sin embargo un rayo de la Verdad que ilumina a todos los hombres.” ¿Pero cómo? ¿Debería respetar la poligamia y la inmoralidad del Islam, o la idolatría hinduista? Por cierto, estas religiones pueden conservar elementos sanos, restos de la religión natural, ocasiones naturales para la salvación; incluso guardar restos de la revelación primitiva (Dios, la caída, una salvación), valores sobrenaturales ocultos que la gracia de Dios podría utilizar para encender en algunos la llama de una fe naciente. Pero ninguno de estos valores pertenece, como propio, a las falsas religiones. Lo propio de ellas es el errar lejos de la verdad, la carencia de la fe, la ausencia de la gracia, la superstición y hasta la idolatría. En sí mismos, esos falsos cultos no son sino vanidad y aflicción del espíritu, incluso culto rendido a los demonios. Los elementos sanos que pueden subsistir aún, en derecho, pertenecen a la única verdadera Religión: la de la Iglesia Católica, y sólo Ella puede valerse de ellos.

Sincretismo religioso

Por lo tanto, hablar de los valores salvíficos de las otras religiones, lo repito, ¡es una herejía! Y “respetar sus modos de obrar y sus doctrinas”, es un lenguaje que escandaliza a los verdaderos cristianos. ¡Id a hablar a nuestros católicos africanos de respetar los ritos animistas! Si un cristiano era sorprendido participando de semejantes ritos, era sospechoso de apostasía y excluido de la misión por un año. 

Cuando se piensa que Juan Pablo II ha hecho un gesto animista en Togo... De igual manera en Madras, el 5 de febrero de 1986, le llevaron una caña de azúcar trenzada en forma de báculo, que significa la ofrenda hindú al dios carnal, luego, durante la procesión del ofertorio, llevaron al altar cocos, ofrenda típica de la religión hindú a sus ídolos, y por último, una mujer impuso las cenizas sagradas a Juan Pablo II pasándole la mano sobre la frente. El escándalo de los verdaderos católicos indios llegaba al colmo. A éstos, que diariamente se encuentran, a cada paso, en las calles, con los templos idolátricos y las creencias mitológicas de los budistas y de los hindúes no es posible hablarles de “reconocer, preservar y hacer progresar los valores espirituales, morales y socioculturales, que se encuentran en esas religiones.”

Si en los primeros siglos, la Iglesia pudo bautizar los templos paganos o santificar los días de las festividades paganas, fue porque su prudencia evitaba perturbar las costumbres respetables y que su sabiduría sabía discernir los elementos de la piedad natural que no había que suprimir, del fárrago idolátrico de que había purificado la mente de los nuevos convertidos. A lo largo de toda la historia de las misiones, no faltó la Iglesia, a este espíritu de misericordia inteligente. La “nota” de catolicidad de la Iglesia, ¿no es precisamente su capacidad de reunir en una unidad sublime de fe a los pueblos de todos los tiempos, de todas las razas y de todos los lugares, sin suprimir sus diversidades legitimas? Se puede decir que el discernimiento respecto a todas las religiones está hecho hace tiempo y que ya no es preciso hacerlo. Y ahora, el Vaticano II nos pide un nuevo respeto, un nuevo discernimiento, una nueva asimilación y una nueva construcción y ¡en qué términos y aplicaciones concretas! Es lo que se llama la “inculturación”. No, no está allí la sabiduría de la Iglesia. El espíritu de la Iglesia le hizo inscribir en su liturgia palabras oportunas, destinadas a nuestro tiempo, bajo el Papa Pío XII, poco antes del Concilio. Leed la oración del oferto-rio de la Misa de los Sumos Pontífices, tomada del llamado divino al Profeta Jeremías (Jer. 1, 10): “He aquí que pongo mis palabras en tu boca, que te he establecido sobre las naciones y los reinos, para que arranques y destruyas, edifiques y plantes.” Por mi parte, jamás traté de convertir la choza de un sacerdote animista en capilla. Cuando un brujo moría (con frecuencia envenenado), quemábamos inmediatamente su choza, con gran alegría por parte de los niños. A los ojos de toda la Tradición, la consigna dada por Juan Pablo II en la Redemptor Hominis: “nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción”, no es sino una utopía de un teólogo de escritorio. De hecho, lúcida o no, es una incitación explícita al sincretismo religioso.

El diálogo
El diálogo no es un descubrimiento conciliar, Pablo VI en su Ecclesiam Suam es el autor: diálogo con el mundo, con las otras religiones; pero es preciso reconocer que el Concilio aumentó singularmente su tendencia liberal. Ejemplo: “La verdad debe ser buscada (...) por medio (...) de un intercambio y de un diálogo por los que unos expongan a los otros la verdad que han encontrado o piensan haber encontrado, a fin de ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad.” Así, tanto el creyente como el no creyente deberían estar siempre en búsqueda. San Pablo, sin embargo, condenó a los falsos doctores “que están siempre aprendiendo sin llegar nunca a la verdad” (II Tim. 3, 7). Por su lado ¡el no creyente podría ofrecer al creyente elementos de la verdad que le faltarían! El Santo Oficio, en su Instrucción del 20 de diciembre de 1949 acerca del ecumenismo rechazaba, por cierto, este error y hablando del regreso de los cristianos separados a la Iglesia católica, escribía: “Se evitará el hablar, en este punto, de una manera tal, que volviendo a la Iglesia se imaginen aportarle un elemento esencial que le habría faltado hasta hoy. ”El contacto con los no católicos nos puede aportar experiencia humana, pero nada doctrinal. Además, el Concilio ha modificado considerablemente la actitud de la Iglesia frente a las otras religiones, en particular las no cristianas. El 13 de septiembre de 1975, tuve une entrevista con el secretario de Mons. Nestor Adam, obispo de Sion en aquel entonces. Coincidió conmigo: “Sí, hay algo cambiado en la orientación misionera de la Iglesia.” Pero, añadió: “Hacía falta cambiar.” “Por ejemplo –me dijo– en los que no son cristianos o en los que están separados de la Iglesia, se busca ahora lo bueno, lo positivo, se intenta discernir gérmenes de salvación en los valores que poseen.”

Por cierto, todo error tiene sus lados verdaderos y positivos; no existe el error al estado puro, tampoco el mal absoluto. El mal es la corrupción de un bien, el error es la corrupción de lo verdadero, en un sujeto que conserva a pesar de todo, su naturaleza, algunas cualidades naturales y algunas verdades. Pero, se corre un peligro muy grande al fundarse en el resto de verdad que el error conserva. Qué pensarían de un médico que, llamado para auxiliar a un enfermo, declararía: “¡Todavía le queda algo a este enfermo, no está tan mal!” En vano insistirían con este doctor respecto a la enfermedad: “Pero, mire la enfermedad, ¿no ve que está enfermo? ¡hay que curarlo, si no va a morir!” Les contestaría: “Después de todo, no se porta tan mal. Además, mi método consiste en no hacerle caso al mal que está en mis pacientes –eso es negativo–, sino más bien en la salud que todavía les queda.” Sería como decir: que mueran los enfermos. Lo mismo cuando se repite persistentemente a los no-católicos o los no-cristianos: “después de todo tienen una conciencia recta, poseen los medios de salvación”, terminan creyendo que no están enfermos. ¿Después de eso, cómo convertirles?

Ahora bien, nunca la Iglesia tuvo este espíritu. Al contrario, el espíritu misionero fue siempre el de mostrar francamente a los enfermos sus llagas, a fin de curarlos y brindar-les los remedios que les eran necesarios. Es una crueldad inhumana el encontrarse ante los no-cristianos y no decirles que tienen necesidad de la Religión cristiana y que no pueden salvarse más que por Nuestro Señor Jesucristo. Sin duda, al comienzo de una conversión privada se hace una captatio benevolentiæ alabando lo que hay de honesto en su religión, eso es legítimo; pero, erigir esto en un principio doctrinal es un error, ¡es engañar a las almas! Los “valores salvíficos de las otras religiones” ¡eso es una herejía! Hacer de ello la base del apostolado misionero, es querer mantener a las almas en el error. Este “diálogo” es sumamente antimisionero. Nuestro Señor no envió a sus Apóstoles para dialogar, sino para predicar. Ya que es este espíritu de diálogo liberal que se inculca desde el Concilio a los sacerdotes y misioneros, se entiende por qué la Iglesia conciliar ha perdido completamente el celo misionero, el mismo espíritu de la Iglesia.


Ya hemos dicho bastante sobre la libre búsqueda y el diálogo; pasemos ahora al resultado de esos descubrimientos conciliares: la libertad religiosa. La trataremos en sus aspectos: históricos, individual y, por último, social.