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lunes, 30 de mayo de 2016

"Ite Missa Est"

30 DE MAYO



SAN FELIX I, PAPA y MÁRTIR

Misa – Si Diligis Me – Ornamentos Rojos
Epístola - I Pedro V, 1-4; 10-11
Evangelio – San  Mateo XVI, 13-19


Los papas santos de la antigüedad cristiana aparecen casi en grupo en esta última parte del ciclo pascual. Hoy es Félix I. Sus actas no nos han sido conservadas. Un rasgo, sin embargo, extraído de los usos de la Iglesia en estos tiempos azarosos nos muestra al Santo Pontífice preocupado por honrar debidamente a los mártires. Fué quien ordenó la celebración del santo sacrificio sobre sus tumbas, práctica que la Iglesia observa todavía como recuerdo de esta prescripción al exigir que todos los altares, fijos o portátiles, contengan al menos algunas reliquias de mártires, Tendremos ocasión de volver a hablar de este uso.

VIDA. — San Félix fué elegido papa a la muerte de San Dionisio, ocurrida a finales del año 268. Durante su pontificado parece que no hubo persecución y se cree que el emperador Aureliano se le mostró favorable. Murió el 30 de diciembre del 274. Un error del copista, ha hecho colocar su fiesta el 30 de mayo. Habiéndole confundido el autor del Líber Pontificalis con un mártir por nombre Félix, sepultado en la Vía Apia-, le fué atribuido el martirio a este Papa que estaba enterrado en el cementerio de Clisto.



PLEGARIA. — Has imitado en tu muerte, oh Santo Pontífice, al divino Maestro. Como él también saldrás vivo del sepulcro. Jesús es el primogénito de entre los muertos 1 y tú le seguirás en su resurrección. Tu cuerpo fué depositado en esos subterráneos a los que la piedad de la Iglesia de tu tiempo el nombre de Cementerios para significar que era un lugar preparado para el sueño. Y puesto que despertarás aquel gran día en que la Pascua recibirá su último complemento, ruega para que nosotros también tengamos parte contigo en aquella feliz resurrección. Alcánzanos que las gracias de la solemnidad pascual se conserven en nosotros y dispón nuestros corazones para la visita del Espíritu Santo que confirme en nosotros la gracia comenzada por el divino autor de la salvación.

EL MISMO DIA:

SAN FERNANDO, REY DE CASTILLA
Y DE LEON


Dios ha querido dotar a su Iglesia de ejemplares vivos que sirvan de modelos a todos sus hijos a quiénes procura educar con maternal cuidado. En todas las épocas y en todos los estados se encontrarán lumbreras que servirán de faro luminoso a los pobres mortales que se hallan encadenados a los placeres de este mundo. Tanto al rico como al pobre, al noble como al plebeyo, al vasallo como al rey, que se sienta en su trono, puede presentar esos modelos para su aprovechamiento.

SANTIDAD EN LA PROSPERIDAD. — Hoy nos presenta la Iglesia a Fernando III, rey de Castilla y de León, uno de los mayores monarcas que ha tenido España. La Providencia quiso que vivie ran a la vez dos parientes próximos y que se sentara el uno en el trono de Castilla y de León y el otro en el de Francia y que fueran modelos de caballeros y de santos. Hubo con todo eso una diferencia entre ellos: porque al uno quiso Dios llevarle a la santidad por el camino de los sufrimientos y de los fracasos y al otro por el camino de los éxitos y prosperidades, que es más raro y todavía más admirable por el peligro de caer en la vanagloria. Todo redunda en alabanza de la gracia de Cristo para la que no hay nada imposible. San Luis, rey de Francia imita a Cristo paciente y San Fernando, rey de Castilla y de León representa a Cristo triunfante. Uno y otro son dos hijos de la Santa Iglesia. "San Fernando, dice un brillante escritor, tuvo todo cuanto puede apetecer un rey: riquezas en abundancia, una corte magnífica, una espada invencible, la dirección experimentada de una madre, el consejo de un hombre genial, el arzobispo Jiménez de Rada; la ayuda de un gran almirante, la colaboración de excelentes capitanes, la adoración de un ejército aguerrido y el amor inalterable de su pueblo. Dios le bendecía y la misma naturaleza parecía ser su esclava "caen el su tiempo año malo nin fuer-te en toda España no vino, e señaladamente en la su tierra'". Si San Agustín bendecía a Dios por haberle dado tal madre, San Fernando tuvo motivos para agradecer a Dios el beneficio por la suya. A ella la debió no sólo la corona sino la educación piadosa y viril con que llevó a cabo sus admirables gestas en pro de la Iglesia y de la patria."

GUERRERO Y GOBERNANTE. — Quedó el moro muy quebrantado después de la derrota de las Navas de Tolosa. Supo Fernando aprovechar esta debilidad para irle arrojando poco a poco de la Península. Al efecto unas veces por las armas y otras por negociaciones fué tomándole sucesivamente las plazas de Baeza, Jaén, Lorca, Córdoba y Sevilla y todo el reino de Murcia, quedando de ese modo el moro tan debilitado que nunca jamás tuvo la pretensión de volver a imponer su dominio en España. El mismo reino de Granada tuvo que pagar tributo al Santo reconociendo su vasallaje. Mas no sólo fué guerrero afortunado, fué también gobernante. Porque a la vez que empuñaba la espada favorecía la paz y la justicia y con ellas, el amor a las letras y las artes, a la agricultura e industria y sembraba de iglesias y catedrales el suelo patrio, catedrales como la de Burgos, Toledo, León, Osma tan famosas en todo el mundo, a la vez que ponía los cimientos y dotaba con largueza a la Universidad de Salamanca, que había de ser un foco de luz en toda España.

VIDA — Nació Fernando en 1199 de Berenguela y Alfonso IX de León. Habiendo muerto trágicamente su tío Enrique I de Castilla, su madre, a quien correspondía el trono, renunció a él en favor de su hijo Fernando a quien "había educado en el amor a Dios y a los hombres". Gobernó su reino con mucha prudencia y a la vez firmeza sometiendo a algunos nobles rebeldes a su autoridad. Fundó la universidad de Salamanca y puso las primeras piedras de varias catedrales. Avanzó la reconquista más que ninguno de sus predecesores y como no lo habían de hacer sus sucesores. Murió en Sevilla el 30 de mayo de 1252 despojado de los emblemas reales y tendido en un lecho de cenizas y una soga al cuello "feriendo en los sus pechos muy grandes feridas, llorando muy fuerte de los oios et culpándose mucho de sus pecados."

ELOGIO. — Ninguno mayor se le puede hacer que el que nos pone la Crónica General de España: "Rey mucho mesurado et cumprido en toda cortesía, muy sabidor et de buen entendimiento, muy fuerte y muy leal, muy bravo y muy verdadero; el ensalzador del cristianísimo y abajaor del paganismo, mucho homildoso contra Dios, mucho obrador de obras, muy católico, muy eclesiástico y mucho amador de la Iglesia, ca en Dios tuvo su tiempo, sus ojos y su corazón." Hasta los moros lloraron al más benigno de los conquistadores, "ca era de ellos mucho amado, por la mucha lealtad que siempre les guardaba."

PLEGARIA. — ¡Grandes fueron tus conquistas, oh Fernando! pero mayores fueron tus virtudes. Una cosa admiramos en tu vida y es tú humildad y santidad en medio de la prosperidad. Fuiste grande según el mundo; pero lo fuiste más por el vencimiento propio, por tu amor de la justicia, por tu piedad. ¡Cuántas oraciones se han elevado a Dios desde esas magníficas catedrales e iglesias que levantaste para el servicio del culto divino! ¡Cuántas lágrimas enjugaste con tus limosnas y caridades! Ruega por España a quien tanto bien hiciste con tus ejemplos. Si ha sido tan firme en la conservación de la fe católica contra la herejía y contra el materialismo comunista se lo debe a tus virtudes y a tu intercesión. Ruega por sus gobernantes, de los cuales la casi totalidad han seguido tus huellas en 1a, defensa de la fe. Ruega por su ejército que te ha tomado por patrono, que resplandezca en él no sólo el valor sino también tus virtudes castrenses y cristianas.