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martes, 31 de mayo de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral n° 30
POR UN VERDADERO “AGGIORNAMENTO”

Mis reverendos Padres y queridos compañeros:

Me parece que ha llegado la hora de hacer un llamado a su espíritu de fe, a su espíritu sobrenatural, a la grave responsabilidad que pesa sobre sus espaldas para preparar y operar una verdadera reforma, un verdadero “aggiornamento” en el espíritu de nuestra querida Congregación, el cual tendrá consecuencia sobre la vida diaria y sobre actos de la vida personal o de la vida de las comunidades. El Concilio, en efecto, está suficientemente adelantado en sus trabajos, desde su preparación hasta esta última sesión para que se pueda contar desde ahora con las gracias particulares que Nuestro Señor suscita en épocas como ésta a la Iglesia, con reformas y realineamientos que tienen por fin santificar más perfectamente y hacer revivir de nuevo en la Iglesia el más puro espíritu evangélico que se manifestó a lo largo de toda su historia.

En el curso de esta historia, ¿cómo se manifestó esa renovación, semejante a las consecuencias del primer pentecostés? Por iniciativas santas, que a menudo provienen de las almas más humildes, pero que están llenas del Espíritu de Dios y aprobadas por los sucesores de los apóstoles, y en particular por el sucesor de Pedro: estas iniciativas plenamente conformes al espíritu evangélico han suscitado falanges de almas santas, de almas orantes, de almas obedientes, de almas misioneras que han rechazado de sí al espíritu del Príncipe de este mundo, para someterse al Espíritu de Jesucristo. La historia de la Iglesia es la historia de los santos; los que han tratado de reformar la Iglesia conforme a otro espíritu que no fue el de Nuestro Señor han sido los herejes o cismáticos, y se han perdido por su orgullo junto con sus adeptos.

La historia que precede al Concilio de Trento, y los acontecimientos de la verdadera reforma que lo han seguido, muestran la acción del Espíritu Santo operando en las numerosas fundaciones que tuvieron lugar en esa época, todas orientadas hacia la formación del clero o de los religiosos y religiosas en la mayor imitación posible de Nuestro Señor, es decir, en humildad, obediencia, pobreza, castidad, oración litúrgica, oración, recepción frecuente de los sacramentos, devoción a la Santa Eucaristía, a la Virgen María, dedicación a los pobres y a los infelices, y también y por sobre todo la instrucción cristiana por medio de una multitud de escuelas para todas las clases de la sociedad: tales fueron las fundaciones de los Teatinos, de los Somascos, de los Barnabitas, de las Angélicas, de las Ursulinas, de los Jesuitas, etc…

Cuántos santos ejemplos de humildad, de celo por la gloria de Dios y por la salvación de las almas. Y toda esta abundancia de gracias como la que se manifestó en los siglos que siguieron comenzará igualmente bajo la forma de pequeños grupos de clérigos acuciados por un gran deseo de santificarse, de imitar más a Nuestro Señor. Tales fueron las iniciativas de nuestros fundadores Claude Poulart des Places y el Venerable Libermann. Esta instrucción tiene por fin y consecuencia preguntarnos y preguntar: ¿tenemos conciencia de que debemos encontrar ese fervor y ese ardor por santificarnos mediante la imitación de Nuestros Señor o, por el contrario, estamos deseosos de seguir las atracciones de las teorías nuevas que quieren exaltar la dignidad humana hasta llegar al abandono de la autoridad de origen divino y de la obediencia, teorías nuevas que exaltan el mundo material, el cosmos y quieren que participemos de la construcción de ese mundo para ser salvos, abandonando el desapego de los bienes de este mundo y la verdadera pobreza? En fin, teorías nuevas que silenciando el pecado original y la concupiscencia exaltan el cuerpo y la carne, despreciando el celibato y la continencia, arruinando así la verdadera castidad.

Llegamos, me parece, a un cruce de caminos. ¿Qué hay que hacer? ¿Qué vamos a elegir? Es una cuestión de vida o muerte para todas las sociedades religiosas, es su fundamento mismo y su razón de ser lo que se pone en cuestión. Si abandonamos la filosofía y la teología tradicional, los principios fundamentales de la salvación, de la santificación, de la justificación, en breve caerá vencida nuestra sociedad, se disgregará, y la juventud generosa nos abandonará. Es que hay una juventud generosa, deseosa de la verdadera santificación, que irá adonde encuentre una fuerte espiritualidad cristiana, tradicional, liberadora por su obediencia sobrenatural, por su pobreza, su castidad, por la afirmación de su adhesión pública y clara a Jesucristo y a su Iglesia: la espiritualidad de los santos. Vendrán almas santas que reclutarán a esa juventud deseosa de la verdadera virtud, los que serán los sacerdotes del futuro, los misioneros del futuro, capaces y competentes por ser santos y estar llenos de una santa doctrina. ¡A nosotros nos toca elegir! ¿Queremos morir con una linda muerte en la corrupción de las ideas y la indisciplina bajo todas sus formas, o queremos renovarnos y así atraer a toda clase de almas bien nacidas y verdaderamente cristianas? Queridos sacerdotes, provinciales, directores de noviciados y escolasticados, son quienes tienen la respuesta. No dudo en decirlo: si, de aquí a 2 ó 3 años, no hay un profundo enderezamiento buscando el recto sentido de las virtudes cristianas, conduciremos a la Congregación hacia su desaparición, como lo comprobamos en los seminarios de numerosas diócesis y en los noviciados de numerosas congregaciones.

En consecuencia: ¿qué hay que hacer?

1- Encontrar nosotros mismos convicciones sanas y firmes en la fe de Nuestro Señor, en su gracia, en las virtudes que nos enseñó con su ejemplo y su palabra. Animarnos por toda la historia de la Iglesia, de los santos y en particular de la Santísima Virgen María. Fortes in fide, he aquí lo que debemos ser de nuevo.

2- A este respecto, rechazar resueltamente todo lo que puede engañarnos o alejarnos de este espíritu: la filosofía moderna, nominalista, evolucionista, materialista, que confunde lo natural y lo sobrenatural, que no deja más lugar a las intervenciones divinas personales y libres en las almas, que aminora la responsabilidad humana, que “masifica” la humanidad y arruina a la persona y al alma individual.Rechazar resueltamente todo lo que arruina la teología tradicional, minimizando la jerarquía del orden, los poderes que le pertenecen, reduciendo el magisterio a un testimonio de presencia, laicizando a los sacerdotes y dando a los laicos funciones sacerdotales, reduciendo el sacrificio de la Misa a un festín comunitario, etc… Dejarnos llevar por estas u otras teorías formalmente opuestas a la Tradición de la Iglesia, es ir hacia la pérdida de la fe en Nuestro Señor.

3-Comprometernos primeramente nosotros mismos en la renovación de nuestra vida religiosa por medio de una oración asidua, con una grande, respetuosa, ardiente devoción por nuestra Santa Misa, por la Santa Eucaristía, por el respeto por nosotros mismos en cuanto sacerdotes, como religiosos, en la modestia, en la humildad, en la exacta estima de nuestra responsabilidad y de nuestro deber de estado hacia quienes nos han sido confiados.

Oración

Esta renovación personal debe manifestarse exteriormente por nuestra conducta en la Casa de Dios, donde todo puede atraernos; asiduidad en nuestro breviario, en nuestras oraciones y ejercicios prescriptos por la regla, en nuestra Santa Misa, en las devociones queridas por la Iglesia: Santísimo Sacramento, Virgen María, Patronos de nuestras comunidades. Si somos ardientes en la práctica de ese espíritu de oración, arrastraremos a nuestra comunidad. Vigilaremos la belleza y limpieza de nuestra capilla, de nuestras sacristías, de los ornamentos; dejaremos el Santísimo en su lugar de honor, que es el medio del altar principal (nuestras capillas no son catedrales). Evitaremos dejar la consideración por la Misa leída y personal, multiplicando de manera abusiva las concelebraciones. Pensemos en la formación de nuestros Padres para el futuro. Inculquémosles el valor público y universal de la Misa privada. En nuestras Misas destinadas al clero, aún si hay algunos fieles, debemos guardar el uso del latín de manera habitual, y sobre todo para la Misa solemne del domingo. La regla adoptada para los seminarios de Roma es: dos veces por semana, Misa en lengua vernácula; el domingo y los otros días: Misa en latín. Esto vale también para los novicios asimilados a los clérigos. Guardaremos las ceremonias de vísperas dominicales en latín, las bendiciones con el Santísimo, los ejercicios del mes del Rosario, las procesiones con el Santísimo, las de Rogativas… Trataremos de tener bellas imágenes en nuestras capillas y parques para incitar a la piedad y para edificación de las almas. El espíritu litúrgico tan recomendado por el Concilio no debe tener eficacia más que en la medida de nuestra unión con Dios, que se alimenta por la oración, la unión con Dios en lo íntimo de nuestras almas. Evitemos la tendencia moderna que quisiera dar la ilusión de una salvación colectiva en lugar de ser personal o individual, de donde surge el desprecio por los actos de piedad personales. La liturgia es también una escuela de respeto, porque manifiesta la justa apreciación de los valores. A cada uno, a cada persona según su función, a cada cosa las señales de respeto que le son debidas. ¡Ante todo, respeto y adoración de Dios! Guardaremos con cuidado todas las marcas y señales de adoración prescriptos por la liturgia: así, la recepción de la Santa Eucaristía de rodillas está siempre prescripta hasta el día de hoy.

No reduzcamos sin razón las oraciones antes y después de las comidas. Tienen una feliz eficacia sobre nuestra actitud en la mesa. Observemos de nuevo los reglamentos previstos. Con este propósito y para que la oración de acción de gracias al final de las comidas no sea omitida o hecha individualmente, no debemos nunca autorizar que se fume antes de que la oración haya sido rezada. Es una costumbre a proscribir, que no conviene a los religiosos.

Estudios, lecturas, revistas, retiros

Para la restauración de la piedad hay que vigilar que se añada una estima profunda y perseverante por la verdad, verdad natural y verdad de la fe. Debemos estar apasionados por la Verdad que es luz para las inteligencias. Jamás como hoy se ha hecho sentir la absoluta necesidad de una filosofía sana. La gran mayoría de los errores actuales son errores filosóficos. Sólo una filosofía según los principios tomistas da a los espíritus una fuerza y claridad que les permite tener inteligencias fuertes, capaces de descubrir las fallas de los errores modernos. Esa filosofía no debe limitarse a la filosofía especulativa, sino que debe abrazar la ética que da las bases naturales y fundamentales de la vida moral y espiritual, las bases de la sociología familiar, política. Dar los principios fundamentales de las relaciones entre el capital y el trabajo, los cuerpos intermedios y la sociedad civil, los principios de derecho de la gente y de las relaciones de las sociedades entre ellas.

¿Es verdaderamente ese estudio y esos principios según Santo Tomás lo que estudian nuestros filósofos? Lo mismo pasa con la teología: ¿no tenemos la tendencia de hacer puramente teología positiva, sin mostrar las concordancias entre la razón y la fe?

¡La responsabilidad de los directores de los escolasticados en esta materia es grave, muy grave! Tienen la obligación de aprehender a los profesores que enseñan otra doctrina, y aún señalarlos ante los Superiores Mayores o al Prefecto general de los estudios.

La formación de los espíritus se hace no solamente en los cursos, sino también en las conferencias, en las lecturas públicas, en los libros, revistas y diarios que se dejan a disposición de los escolásticos. Los Directores son directamente responsables de estas elecciones. Cuántas imprudencias y dejadez en estos dominios… ¿No se deja que los alumnos elijan por sí mismos todas esas fuentes de formación o deformación? ¡Cuántos destrozos causados en las almas por estas negligencias! ¡Conferencistas que siembran dudas sobre las cosas más santas! En las lecturas públicas, cosas insignificantes o nocivas tomadas de revistas más o menos marxistizantes, cuando se podría hacer tanto bien en esas lecturas públicas: cuántas vidas edificantes, cuántas experiencias útiles por medio de lecturas históricas sanas. Los Directores deben ellos mismos hacer la elección del o de los diarios y revistas puestos a disposición de los escolásticos. Que se eviten las revistas y diarios que tapan los principios tradicionales de la fe, de la filosofía, de la piedad. ¡Es allí donde se debe hacer pesar el criterio, y no en un acierto equilibrio entre dos supuestos extremos! Toda negligencia en ese dominio tiene repercusiones insospechadas, en base a un espíritu contrario a las virtudes religiosas de humildad, de obediencia… Hay que decir una palabra respecto a los predicadores de retiros, y sobre la elección de los directores de sesiones. Sabemos fehacientemente que un cierto número de ellos no están ya conformes con los principios que nos han legado los santos y los apóstoles, y en consecuencia, destruyen más que edifican. Allí es un grave deber de los Provinciales y Directores el averiguar bien, ser prudentes y elegir solamente a sabiendas; todo error es fuente de desorden, de indisciplina.

Las virtudes
Restauración de la piedad, de la verdad, de la virtud.

Hagamos fructificar la gratia sanans luchando contra los vicios, las malas costumbres y alentando el ejercicio de la virtud. En este aspecto, la virtud particular de los superiores es la de fortaleza, que consiste en sustinere et eggredi, tener e ir adelante, nunca abandonar, tolerar a veces, pero con la intención de reformar lo que sea posible. Se necesitará una paciencia angélica, si no divina, pero no nos desanimemos en seguir adelante, o de lo contrario también nosotros tendremos que convertirnos. Debemos tratar de crear en nuestras casas un ambiente de santidad, de celo, de fervor, de caridad, de generosidad. Tenemos que perseguir ese ideal, animando a los buenos, los virtuosos, y persiguiendo al escándalo, que es totalmente contrario al bien común. Habrá dificultades, tolerancias más o menos largas, pero con caridad, perseverancia y firmeza hay que reprender, corregir, a fin de que nunca pueda suponerse que se acepta el escándalo y que el autor del escándalo tenga la impresión de que ha ganado y llegó a vencer al superior. Hay escándalos por debilidad; éstos son menos graves. Los hay por espíritu de orgullo, de insumisión, de falso espíritu, que no entiende la obediencia; éstos son graves, y no pueden ser tolerados mucho tiempo sin un perjuicio grave para la comunidad. Lo mismo pasa con las faltas morales graves; si parecen ser más o menos admitidas, entonces provocan caídas en cadena y envenenan una casa, una provincia, una diócesis. Hay que castigar sin demora; por lo menos, alejar el escándalo. Pero mejor que la reprimenda —sin embargo, necesaria— es darle ánimos a los buenos, a los virtuosos, a los celosos que provocan una feliz y saludable emulación.

Obediencia

Amemos el hacer entender a nuestros aspirantes el lugar esencial de la virtud de obediencia en la vida cristiana y en la vida religiosa. Es toda la vida de Nuestro Señor. No hay esperanza de renovación allí donde no hay devoción por la obediencia, como la donación total de sí mismo a Dios. Todos los santos primero han sido almas humildes y obedientes. Hay que comprobar, desgraciadamente, que en este apartado las faltas son continuas y empiezan desde el noviciado. Sobre todo allí es donde hay que inculcar ese espíritu de reforma de sí mismo que consiste en un abandono total y completo de la voluntad propia para someterse sin discusión ni duda a la voluntad de Dios manifestada por los superiores. Es esa la fuente primera e indispensable para una reforma profunda y durable. Son demasiado frecuentes las desobediencias respecto al reglamento del silencio, del traje eclesiástico, de la pobreza, del orden y del mantenimiento de las celdas, etc. Lo que es particularmente graves es la desinteligencia de la necesidad fundamental de la obediencia para la búsqueda de la imitación de Nuestro Señor. Es un tema sobre el cual los formadores deben volver sin cesar. Ahora bien, algunos superiores o directores dan la impresión de no atreverse a hablar más de obediencia y autoridad. Abundan con gusto en la autoeducación, la autoformación, tienen tendencia a suprimir los reglamentos para dejar más libertad a la responsabilidad personal. Hay en esta tendencia una dimisión de la autoridad en lo que es propio de su función, una falta total de realismo que llega al desorden, a la indisciplina, una primacía dada al desprecio de los buenos sujetos, humildes y sometidos.

Pobreza
Hacer amar la pobreza, el espíritu de economía, el cuidado de los objetos de la comunidad para evitar los gastos inútiles; llegar a la práctica real del desapego de los bienes de este mundo, tal debe ser el fin de los santos, de quienes no quieren otro bien que no sea Nuestro Señor Jesucristo. Se habla mucho de pobreza, y se la práctica cada vez menos. Los ecónomos lo saben y se encuentran estupefactos al comprobar el espíritu dispendioso de muchos —o de la mayoría— de nuestros escolásticos. Los peculios se multiplican, los objetos personales también, las radios, grabadores, cámaras, etc… En la comunidad uno se vuelve cada vez más exigente: se necesitan los implementos más modernos para las recreaciones…

Los miembros más jóvenes de la Congregación, en lugar de sentir un santo celo por la práctica de la pobreza, manifiestan, por el contrario, exigencias que los asimilan al clero secular o a los laicos. Eso es exactamente lo contrario de la renovación necesaria. ¡Pensemos en San Francisco de Asís, en San Vicente de Paúl, en Don Bosco! Cuán lejos estamos de ese espíritu… La pobreza combate el desorden, el porte vulgar, la falta de cuidado. A este respecto, debemos decir algunas palabras sobre el vestuario eclesiástico y religioso. En los países en que se lleva el clergyman desde hace algunos años, que se mantenga la tradición del color negro y el uso de la sotana en las comunidades y la capilla. En los países que poco a poco van adoptando el clergyman, hay que preguntarse sinceramente ante Nuestro Señor si ese cambio, de ninguna manera exigida por las leyes ni por los fieles, favorece verdaderamente la santificación del religioso y le ofrece una influencia pastoral más eficaz. Les dejo la respuesta, pero concluyo que en estas regiones no debemos de ninguna manera fomentar esta transformación indumentaria, sino por el contrario, animar a los que manifiestan por medio de su porte su apego a la Iglesia Católica y su deseo de practicar más perfectamente el desapego de las vanidades de este mundo. En cuanto a los que creen que deben llevar el clergyman fuera de la casa, aconséjenlos vivamente que vistan de color negro con la pechera negra y el cuello romano, como lo llevan nuestros sacerdotes que se encuentran en los países donde ese vestuario es de regla. El negro es reservado, discreto y digno; el gris es mundano, y no es digno del estado sacerdotal ni, sobre todo, del estado religioso.

En este apartado, como en el uso de todos los bienes de este mundo, ¿qué harán los santos que el Señor suscitará en los tiempos futuros? Harán lo que han hecho siempre los del pasado: la búsqueda de la imitación de Nuestro Señor Jesucristo en su pobreza, su modestia, su alejamiento del mundo y de todo que agrada al mundo, al mismo tiempo que la edificación del prójimo por la predicación con el ejemplo y la palabra. He aquí lo que debe ser el espíritu de nuestra renovación en la virtud de pobreza.

Castidad

Y se puede relacionar fácilmente la práctica de la virtud de pobreza con la de la castidad, pues se sostienen mutuamente. La ausencia de mortificación en el ejercicio del desapego de los bienes de este mundo no facilita la práctica de la castidad. La vanidad o la dejadez en el porte son a la vez contrarios a la pobreza y a la castidad. La falta de modestia, la falta de respeto de uno mismo y por el prójimo, también son contrarios al dominio de sí mismo y al orden querido por Dios. La vulgaridad en el porte, el lenguaje, en las recreaciones, las lecturas, los cantos, es una manifestación de indisciplina interior, de licencia que conduce a la incontinencia, al exceso en el alimento o la bebida y a la lujuria. La vigilancia, el dominio de si mismo, van de la mano con un renunciamiento habitual y permiten una verdadera sencillez, una gran caridad hecha de respeto del prójimo y sobre todo de los superiores. El tuteo, la negligencia en el porte, la falta de cortesía y de saber vivir no deben ser tolerados.

Tenemos que vigilar también el uso inmoderado de la televisión. ¿Qué haría un alma verdaderamente deseosa de alejar de su espíritu, de su imaginación y de su corazón las cosas que apasionan al mundo donde reinan “la concupiscencia de los ojos, de la carne y el orgullo de la vida”? Se limitaría, pienso, al conocimiento de los acontecimientos, a algunas raras y sanas representaciones. Y para eso la vigilancia debe ser estricta y las recreaciones organizadas con tareas y fraternales distracciones. La televisión en las casas de formación nunca debe estar autorizada después de la oración de la noche, con la que debe terminar el día, seguida del gran silencio y la preparación de la oración del día siguiente. Una o dos veces por mes puede ser autorizada para los padres y hermanos que han terminado su formación, y para representaciones instructivas. La virtud de la castidad se mantiene por medio de la mortificación y el renunciamiento, y no por la frecuentación del escándalo. Son estos mismos principios los que deben hacernos evitar la frecuentación del cine, las lecturas dudosas que golpean la imaginación y nos alejan de la vida de oración.

Cuánto más reconfortante es la compañía de los libros santos, de las obras redactadas por almas nutridas por el Espíritu de Dios, en particular por los Padres de la Iglesia. Sepamos hacer una elección juiciosa entre los libros y las lecturas para nuestros jóvenes ávidos de instruirse, a fin de que su ciencia no los “infle”, sino que los edifique. Queridos compañeros, quisiera tener los acentos de nuestros santos fundadores, quisiera encenderlos de los santos deseos que han animado a todos los santos, que han sido reformadores, renovadores porque han querido apasionadamente a Nuestro Señor Jesucristo, porque considerando a Nuestro Señor sobre la cruz han sacado de allí un sano ardor para el ejercicio de la obediencia, la pobreza, la castidad, y han adquirido un espíritu de sacrificio, de oblación, de oración, que los ha transformado en apóstoles. Es en ese sentido que se debe hacer nuestra reforma, nuestra renovación, nuestro “aggiornamento”, y no en el sentido de un “neoprotestantismo” destructor de las fuentes de santidad. Ojalá podamos suscitar que santas almas junten sus esfuerzos a los nuestros para hacer de todas nuestras casas de formación y nuestras casas provinciales, casas de oración, de fervor, de caridad, casas cuyo centro sea la Eucaristía, donde María sea Reina, donde la cruz esté presente en todo lugar. Qué consolación para los miembros del Consejo General, para todos los religiosos de la Casa Madre y para mí mismo, será comprobar que en el conjunto, nuestras provincias y distritos guardan preciosamente las tradiciones de piedad, de caridad, de celo que nos han legado nuestros predecesores. Sin embargo, no debemos minimizar los peligros que corremos en medio de un ambiente general deletéreo que, en la Iglesia misma, tiende a asfixiar todas las fuentes de una santidad auténtica. Los hechos nos manifiestan que nuestra querida Congregación no está exenta de los males que reinan a nuestro alrededor: disminución de las vocaciones, deserciones de numerosos jóvenes aspirantes, turbaciones y dudas en numerosos profesores.

Por eso el momento me pareció propicio para enviarles un “sursum corda”, con una renovación de generosidad a fin de que con sus colaboradores estudien de una manera precisa y eficaz los medios más aptos para dar a nuestra querida familia espiritana el retoño de vida que le permitirá pasar por sobre los escándalos del mundo y los errores de nuestro tiempo evitando una contaminación mortal.

Que el Espíritu Santo, por la intercesión del Corazón Inmaculado de María y de nuestros santos fundadores, nos dé las gracias necesarias para cumplir esta tarea necesaria para la salvación de nuestras almas y de las almas a nosotros confiadas.

Su humilde y cordialmente dedicado en Nuestro Señor
Mons. Marcel Lefebvre

(año 1965)