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lunes, 11 de abril de 2016

LA ASCENSION DEL SEÑOR - SANTO TOMÁS DE AQUINO


LA ASCENSION DEL SEÑOR


La ascensión del Señor a los cielos es un artículo de fe, que se lee en las más antiguas formas del Símbolo. Y esta cuestión tiene como fin exponerlo que costa de seis artículos muy bien explicados por Santo Tomas de Aquino donde  declara el hecho de la ascensión, su naturaleza y su causalidad. 

En el curso de su Vida pública, varias veces anuncio el Salvador a los discípulos su vuelta al Padre. Después de anunciar el misterio de la Eucaristía, respondiendo a los que de ello se escandalizaban, dijo: ¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué sería si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? Después de la promesa del Espíritu Santo, el evangelista hace esta declaración: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en EL, pues aun no había sido dado et Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (lo. 7,39), Glorificado fue Jesús por la resurrección; pero aquí, sin duda, mira el evangelista a la glorificación de la ascensión. En su último discurso dice el Salvador: Mas ahora voy al que me ha enviado, y nadie de vosotros me pregunta, ¿Adónde vas? Antes, porque os hablé estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza. Pero os digo La verdad, os conviene que yo me vaya (lo. 16,5-7), Después de la resurrección dice a la Magdalena, que pensaba haber recobrado al Maestro en el mismo ser de antes: no me toques, porque aun no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios (lo. 20,17). 

La ejecución de este anuncio nos lo refiere San Lucas. Primero, en el evangelio en forma compendiosa; os llevó hasta cerca de Betania y, Levantando las manos, Los bendijo, y mientras los bendecía se elevaba al cielo y se alejaba de ellos de ello. Ellos se postraron ante El, y se volvieron a Jerusalén, con grande gozo, y estaban  orando continuamente en el templo bendiciendo a Dios (Lc. 26,50-53). Si atendiéramos al texto, considerado a primera vista, diríamos que esto sucedió el mismo día de la resurrección. Más no podemos olvidar ni los relatos de los otros evangelistas, que nos hablan de varias apariciones en Galilea, ni el relato de los Actos de los Apóstoles, que pone este misterio cuarenta días después de la resurrección. En efecto, según nos refiere del mismo San Lucas, por espacio de cuarenta días se les apareció en muchas ocasiones, (Once en total) hablándoles del reino de Dios. Al fin los reunió en Jerusalén, comió con ellos, les ordenó no apartarse de la ciudad hasta ser bautizados en el Espíritu Santo y les trazó el programa de su ministerio, que consistiría en dar testimonio de Él en Jerusalén, en toda La Judea, en Sanaría y hasta los extremos de la tierra. Diciendo esto y viéndolo ellos, se elevo, y una nube le oculto a sus ojos. Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en Él, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante y les dijeron: Varones Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo. Entonces ellos volvieron del monte, llamado Olivete, a Jerusalén, que dista de allí el camino de un sábado (Act 1,3-13). En el final de San Marcos (16,19) se nos ofrece en compendio este relato: El Señor, después de haber hablado con ellos, fue levantado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios. Hasta aquí no tenemos más que la historia del misterio. Sólo el texto de San Marcos nos indica lo que el relato histórico nos deja entrever, y éste será el sentido del misterio. Para entenderlo conviene que volvamos la vista atrás. Según la doctrina católica, Jesús fue desde el principio comprehensor, a la vez que viador, Con la muerte terminó su camino, y su alma toda quedó glorificada. En la resurrección recibió la glorificación del cuerpo, de que gozaba mientras en la tierra conversaba con los discípulos, instruyéndolos sobre el reino de Dios. La Sagrada Escritura nos habla del cielo como de la morada de Dios. La Teología aceptó como interpretación de estos textos la existencia del cielo empíreo, sentencia que Santo Tomás dice se funda en la autoridad de Vala frido Estrabón, de San Beda y también de San Basilio, y que él mismo parece aceptar corno lugar conveniente a la manifestación de la gloria de Dios en beneficio de los santos. Pero este cielo empíreo desapareció ante la nueva ciencia astronómica, y habremos de decir con San Agustín que el cielo está en Dios, y que, si los cuerpos de los santos necesitan un lugar, éste es muy accidental para su gloria, ignorando, por lo demás, dónde se halla. Lo que nos interesa es conocer la dignidad que Jesucristo recibe en su resurrección, y esto nos lo declaran los apóstoles de diversos modos. 

En efecto, San Pedro en los Actos dice que Jesús, después de resucitado, fue exaltado a la diestra de Dios y, recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, le derramó sobre los que habían creído en El (2,33). En otro lugar declara que a Jesús, a quien los judíos dieron muerte suspendiéndolo en un madero, lo levantó Dios, a su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel penitencia y la remisión de los pecados (S,30S) . Por esto San Esteban, mirando al cielo, vio la gloria de Dios ya Jesús a su diestra en pie, dispuesto para prestarle ayuda en aquel grave momento (7,55), San Pedro nos dice en otra parte que Dios le resucitó de entre los muertos y le dio la gloria (1 Petr. 1,21). En otro lugar declara esta gloria diciendo que, una vez sometidos a Él los ángeles, las potestades y las virtudes, subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios (1 Petr. 3,22). San Pablo dice que Cristo subió sobre todos los cielos (d. 4,10); lo que parece ser el resumen de cuanto dijo anteriormente ponderando la grandeza del poder que del Padre ejerció en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, virtud y dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. Ya El sujetó todas las cosas bajo sus pies, y le puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia, que es su cuerpo, la Plenitud del que lo acaba todo en todos (Eph. 1,20-23). La misma idea expone el Apóstol escribiendo a los colosenses (1,18; 2,10). Remate de esta doctrina son las palabras de San Pablo a los filipenses al declarar que Dios premió la obediencia de su Hijo exaltándole y otorgándole un nombre (dignidad) sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble toda rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre (Phil. 2,9-n) Tal es la dignidad, la gloria que Jesucristo mereció para sí y que recibió del Padre desde el momento de su resurrección. De manera que, cuando se aparecía a los discípulos, se hallaba ya en la plena posesión de esa gloria, aunque a ellos no se la mostrase, pues no podrían soportarla. De ella gozaba también cuando se apartaba de los discípulos, sin que sepamos dónde se hallaba. La ascensión, que el Señor quiso hacer sensible, en la forma que San Lucas nos describe, consistió para nosotros en romper las relaciones sensibles con sus fieles, para no tener otras que las de la fe. Para El la ascensión no le trajo ningún aumento de gloria, espiritual o corporal, fuera de la acidentalísima que le pudiera venir del lugar que ocupase su cuerpo. Todo esto pertenecía a Jesucristo primeramente por razón de la unión hipostática de su naturaleza humana con la persona divina. La divinidad es la primera causa de la ascensión y exaltación de Jesucristo. La otra causa es el alma glorificada en el grado más elevado, cual correspondía a su gracia y a sus merecimientos.