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lunes, 14 de marzo de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.

CAPITULO XVI
LA MENTALIDAD
CATÓLICO-LIBERAL

“Hay flaquezas tiránicas, debilidades perversas y vencidos dignos de serlo.”
   Charles Maurras, Mis Ideas Políticas


Una enfermedad del espíritu

Más que una confusión, el catolicismo liberal es una “enfermedad del espíritu”. El espíritu no consigue sencillamente descansar en la verdad. Apenas se atreve a afirmar algo, se le presenta la contra-afirmación, que también se ve obligado a admitir. El Papa Pablo VI fue el prototipo de este espíritu dividido, de este ser de doble faz –incluso se podía ver esto físicamente, en su rostro– en perpetuo vaivén entre los contradictorios y animado de un movimiento pendular, que oscilaba regularmente entre la novedad y la Tradición. Dirán algunos: ¿esquizofrenia intelectual? Creo que el Padre Clerissac vio más en profundidad la naturaleza de esta enfermedad. Es una “falta de integridad del espíritu”, escribe, de un espíritu que no tiene “suficiente confianza en la verdad”: “Esta falta de integridad del espíritu en las épocas del liberalismo, se explica del lado psicológico por dos rasgos manifiestos: los liberales son receptivos y febriles. Receptivos, porque asumen con demasiada facilidad los modales de sus contemporáneos. Febriles porque por miedo de contrariar esos diversos modales, se encuentran en continua inquietud apologética; parecen sufrir ellos mismos las dudas que combaten; no tienen suficiente confianza en la verdad; quieren justificar demasiado, demostrar demasiado, adaptar o incluso disculpar demasiado.”

Ponerse en armonía con el mundo

¡Excusar demasiado! ¡Qué expresión oportuna! Quieren disculpar todo el pasado de la Iglesia: las Cruzadas, la Inquisición, etc. En cuanto a justificar y demostrar, lo hacen bien tímidamente, sobre todo si se trata de los derechos de Jesucristo; pero adaptar, por cierto que lo hacen, ese es su principio: “Parten de un principio práctico y de un hecho que juzgan innegable: que la Iglesia no podría ser escuchada en el ambiente concreto en que debe cumplir su misión divina sin armonizarse con él.” Así, más tarde, los modernistas querrán adaptar la predicación del Evangelio a la falsa ciencia crítica y a la falsa filosofía inmanentista de la época, “esforzándose por hacer accesible la verdad cristiana a los espíritus formados para negar lo sobrenatural”. Así pues, según ellos, para convertir a quienes no creen en lo sobrenatural, es preciso hacer abstracción de la revelación de Nuestro Señor, de la gracia, de los milagros... Si tenéis que tratar con ateos, ¡no les habléis de Dios, poneos a su nivel, sintonizaos con ellos, entrad en su sistema! Después de lo cual, os habréis convertido en marxistas-cristianos: ¡serán ellos quienes os habrán convertido!

Es el mismo razonamiento que sostuvo la “Misión de Francia” y que actualmente sostienen numerosos sacerdotes respecto al apostolado en el mundo obrero. Si queremos convertirlos, debemos trabajar con los obreros, no mostrarnos como sacerdotes, compartir sus preocupaciones, conocer sus reivindicaciones; así llegaremos a ser como la levadura en la masa... – y gracias a esto, ¡fueron esos sacerdotes quienes se convirtieron y terminaron siendo agitadores sindicales! –. “Bueno, se nos dirá, hay que comprender: era preciso asimilarse completamente a ese ambiente, no encararse con él, no darle la impresión de que se lo quiere evangelizar e imponerle una verdad.” ¡Qué error! ¡Pues esas gentes que no creen, tienen sed de la verdad, tienen hambre del pan de la verdad, que esos sacerdotes extraviados no quieren repartirles! Es también este razonamiento falso el que se sugirió a los misioneros: ¡No, no prediquéis enseguida a Jesucristo a esos pobres indígenas que ante todo se mueren de hambre! ¡Dadles primero de comer, luego herramientas, después enseñadles a trabajar, enseñadles el alfabeto, la higiene... y ¿por qué no?, la contracepción! ¡Pero no les habléis de Dios, tienen su estómago vacío! –Pero yo diría: precisamente porque son pobres y desprovistos de bienes terrenos, son extraordinariamente accesibles al Reino de los Cielos, al “buscad primero el Reino de los Cielos”, al Dios que los ama y ha sufrido por ellos, para que ellos participen, por sus miserias, de sus sufrimientos redentores. Si, por el contrario, pretendéis coloca-ros a su nivel, terminaréis por hacerlos gritar contra la injusticia y encender en ellos el odio. Pero, si les lleváis a Dios, los levantaréis, los elevaréis, los enriqueceréis verdaderamente.

Reconciliarse con los principios de 1789

En política, los católicos liberales ven en los principios de 1789 verdades cristianas, sin duda un poco descarriadas, pero una vez purificados, los ideales modernos: libertad, igualdad, fraternidad, democracia (ideología) y pluralismo, son finalmente asimilables por la Iglesia. Es el error que Pío IX condena en el Syllabus: “El Pontífice Romano puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna.”

“¿Qué queréis? declara el católico liberal, no se puede ir siempre contra las ideas de nuestro tiempo, remar continuamente contra la corriente, parecer retrógrado o reacciona-rio.” No más antagonismo entre la Iglesia y el espíritu liberal laico y sin Dios. Hay que conciliar lo irreconciliable: la Iglesia y la Revolución, Nuestro Señor Jesucristo y el Príncipe de este mundo. Ahora bien, no se puede imaginar empresa más impía y más disolvente del espíritu cristiano, del buen combate por la fe, del espíritu de cruzada, es decir, del celo por conquistar el mundo para Jesucristo. De la pusilanimidad a la apostasía Hay en todo este liberalismo que se dice católico, una falta de fe, o más precisamente una falta del espíritu de la fe, que es un espíritu de totalidad: someterlo todo a Jesucristo, restaurarlo todo, “recapitularlo todo en Cristo”, como dice San Pablo (Ef. 1, 20). Ya nadie se atreve a reclamar para la Iglesia la totalidad de sus derechos, uno se resigna sin luchar, se acomoda inclusive muy bien al laicismo, y al fin termina aprobándolo. Dom Delatte y el Card. Billot definen bien esta tendencia a la apostasía:

“De ahora en más, una profunda zanja dividiría a los católicos (con Falloux y Montalembert del lado liberal en Francia en el siglo XIX) en dos grupos: los que se preocupaban primero por la libertad de acción de la Iglesia y la conservación de sus derechos en una sociedad todavía cristiana; y aquellos que primero se esforzaban por determinar la medida de cristianismo que la sociedad moderna podía soportar, para invitar luego a la Iglesia a acomodarse con ella.”

Todo el catolicismo liberal, dice el Card. Billot, está encerrado en un sostenido equívoco: “la confusión entre tolerancia y aprobación”: “El problema entre los liberales y nosotros (...) no está en saber si, dada la malicia del siglo, hay que soportar con paciencia lo que escapa a nuestro poder, y al mismo tiempo trabajar para evitar males mayores y realizar todo el bien que sea aún posible; el problema es precisamente si conviene aprobar (...) (el nuevo estado de cosas), cantar los principios que son el fundamento de este orden de cosas, promoverlos por la palabra, la doctrina y las obras, como hacen los católicos llamados liberales.”De este modo, Montalembert, con su eslogan: “Una Iglesia libre en un Estado libre” será el campeón de la separación de la Iglesia y el Estado, rehusando admitir que esta mutua libertad llevaría necesariamente a una Iglesia sometida en un Estado expoliador. Del mismo modo De Broglie escribirá una historia liberal de la Iglesia, donde los excesos de los Césares cristianos sobrepasan el beneficio de las Constituciones cristianas. Así también, un Jacques Piou, se hará el heraldo de la adhesión de los católicos franceses a la república, pero no tanto al estado de hecho del régimen republicano, cuanto a la ideología democrática y liberal; he aquí el cántico de la Acción Liberal Popular de Piou en la época del 1900, citado por Jacques Ploncard D'Assac.

Nosotros somos de Acción Liberal
Queremos vivir en libertad,
En pro o en contra, a voluntad.
La libertad es nuestra gloria
Gritemos: “¡Viva la Libertad!”
Queremos creer o no creer.
Estribillo:
Aclamemos la Acción liberal,
Liberal, liberal,
Para todos que la ley sea igual,
Sea igual.
¡Viva la Acción Liberal de Piou!

Los católicos liberales de 1984 no actuaban mejor cuando cantaban su cántico de la escuela libre en las calles de París:

 “¡Libertad, libertad, tu eres la única verdad!”

¡Qué plaga, estos católicos liberales! Se guardan su fe en el bolsillo y adoptan las máximas del siglo. Qué daño incalculable han causado a la Iglesia con su falta de fe y su apostasía.

Terminaré con una página de Dom Guéranger, llena de ese espíritu de fe, del cual os he hablado: “Hoy más que nunca (...) la sociedad necesita doctrinas fuertes y consecuentes consigo mismas. En medio de la disolución general de las ideas, solamente el aserto, un aserto firme, denso, sin mezcla, podrá hacerse aceptar. Las transacciones se vuelven cada vez más estériles y cada una de ellas se lleva un jirón de la verdad (...) Mostraos pues (...) tal como sois en el fondo: católicos convencidos (...)