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viernes, 19 de febrero de 2016

MODOS DE LA PASION DEL SEÑOR - Santo Tomás de Aquino

MODOS DE LA PASION DEL SEÑOR.

Estos modos  o “modalidad de la pasión de Cristo son cuatro, a saber: el merito, la satisfacción, el sacrificio y la redención. El Angélico (Santo Tomas de Aquino) declara la diferencia de estos modos al final de la cuestión 48 de la tercia pars, por estas palabras: “La pasión de Cristo, considerada en cuanto a la voluntad de Cristo, fue causa de la salvación por vía de merecimiento; si se considera la carne de Cristo que sufre, por vía de satisfacción, que nos libra del reato de la pena; por vía de redención, en cuanto que nos libra de la servidumbre de la culpa, y por vía de sacrificio, en cuanto que nos reconcilia con Dios”. Y completa estos cuatro puntos, expuestos en otros tantos artículos, con dos más que vienen a explicar otras modalidades más generales que alcanzan a los cuatro precedentes.

Como fundamento de todo esto es preciso asentar la doctrina que San Pablo nos propone en la epístola a los Romanos, donde compara la obra de Adán y la de Jesucristo: “Pues como por un hombre entro el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte paso a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado…” Las palabras que preceden nos declaran como Adán, cabeza del género humano, todos sus hijos pecaron, es decir, fueron constituidos pecadores y, en consecuencia, fueron privados de los privilegios que Adán había recibido al ser creado. Las palabras del Apóstol quedan en suspenso, orígenes las completa de este modo: “Así también por un hombre entro la justicia en la vida, y así paso a los hombres todos la vida, por la cual todos son vivificados”. San Pablo declara ampliamente su pensamiento en lo que sigue del capítulo: “Porque hasta la ley (de Moisés) había pecados en el mundo; pero como no existía la ley (positiva), el pecado no existiendo la ley, no era imputado. Pero reino la muerte desde Adán hasta Moisés, aun sobre aquellos que no habían pecado como peco Adán (quebrantando un precepto positivo) que es el tipo del que había de venir. Más no es el don (de la gracia) como fue la trasgresión. Pues, si por la trasgresiones de uno solo mueren muchos, mucho más la gracia de Dios y el don gratuito de uno solo, Jesucristo, se difundiera copiosamente sobre muchos. Y no fue el don (de Jesucristo) lo que fue la obra de un solo pecador, pues por el pecado de uno solo vino el juicio de condenación, más el don, después de muchas trasgresiones, acabo en la justificación. Si, pues por la trasgresión de uno solo reino la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de justicia reinaran en la vida por obra de uno solo. Por consiguiente, como por la trasgresión de uno solo llego la condenación, así también por la justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida. Pues como por desobediencia de muchos fueron hechos pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán hechos justos. Se introdujo la ley para que abundase el pecado: pero donde abundo el pecado, sobreabundo la gracia, para que como, reino el pecado por la muerte, así también reine la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo nuestro Señor”. (rom. 5,12-21) Aquí San Pablo sienta los principios que luego desarrolla, cuando trata de Cristo como cabeza del cuerpo místico.

LOS MERECIMIENTOS DE CRISTO

 Santo tomas dice que Cristo fue causa de nuestra salud por vía de merecimiento pues nos las granjeó por medio de sus grandes obras en honor del Padre, pero no solo mereció para sí la exaltación suprema, sino también para nosotros, con todas las gracias que para llegar allí eran necesarias. Pero aquí se plantea esta cuestión. Es evidente que Cristo en atención a la dignidad infinita de su persona divina, mereció todo esto para sí y para todos los hombres con la sola humillación de la encarnación y luego de nuevo, con una pequeña de sus obras o sufrimientos. ¿Cómo, pues, se atribuye a la pasión sola esta obra de salud? Porque el Padre, en sus planes sobre el remedio de los hombres, había puesto esta salvación en la vida penosa y afrentosa de Cristo, consumada en la cruz. Por otra parte, las cosas en esta materia dependen de la disposición divina,  a ellas nos hemos de atener. Dice Santo Tomas: “desde el principio de su concepción nos mereció Cristo la salud eterna, pero que de nuestra parte existían ciertos impedimentos, que dificultaban la consecución del efecto  de los precedentes meritos” (ad 2) Cuales son esos impedimentos y qué ventajas tiene la pasión sobre las otras obras meritorias, nos lo declara el mismo doctor en la cuestión 46, que ya hemos expuesto en el anterior articulo al que remito al lector. Y el mismo santo sobre este tema dice: “Fue dada la gracia de Cristo, no solo como a persona singular, sino como a cabeza de la Iglesia, a fin de que aquellas redundase sobre los miembros, de la misma forma que las obres de un hombre constituido en gracia son principio de merito para el mismo. es evidente que quienquiera que, constituido en gracia, padece por la justicia, merece por eso mismo la salud para sí mismo, según lo que leemos en San Mateo: “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia”. De suerte que Jesucristo mereció la salud por su pasión, no solo para sí mismo, sino también para todos los miembros”. Terminamos con las palabras de Santo Tomas de Aquino: Por otra parte, está lo que en persona de Cristo dice el salmista: "Pagué lo que no había robado". Pero no paga el que no satisface perfectamente; luego parece que Cristo, padeciendo, satisfizo perfectamente por nuestros pecados. Propiamente hablando, satisface por la ofensa el que devuelve al ofendido algo que él ama tanto o más cuanto él aborrece la ofensa, Ahora bien, Cristo, padeciendo por caridad y obediencia, prestó a Dios un servicio mayor que el exigido para la recompensación de todas las ofensas del género humano: primero, por la grandeza de la caridad con que padecía; segundo, por la dignidad de la vida, que en Dios-hombre; tercero, por la generalidad de la pasión y la grandeza del dolor que sufrió, según queda arriba declarado. De manera que la pasión de Cristo no sólo fue suficiente, mas sobreabundante satisfacción por los pecados del género humano, según la sentencia de San Juan: "El es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, mas por los de todo el mundo". (3q.48 a. 1)

LA SATISFACCION DE CRISTO.

 Uno de los efectos del pecado es el ser ofensa de Dios como supremo legislador. Con el pecado, el hombre ultraja el honor de Dios, al condescender con sus propios gustos y pasiones en el derecho humano, al así obre se le impone una pena: de muerte, de trabajos forzados, de cárcel, de multa, etc., para satisfacer a la ley y la sociedad ultrajada por el delincuente. Ni más ni menos, la justicia divina exige también una satisfacción, impone alguna pena. Pues la pasión de Cristo fue la satisfacción plenísima de los pecados, no propios, que no tenía sino de aquellos por quienes había sido constituido fiador. Sobre esto dice Santo Tomas de Aquino: Propiamente hablando, satisface por la ofensa el que devuelve al ofendido algo que el ama tanto o más cuando el aborrece la ofensa. Ahora bien, Cristo, padeciendo por caridad y obediencia,  presto un servicio mayor que el ofrecido para la recompensación de todas las ofensas del género humano: primero, por la grandeza de la caridad con que padecía; segundo, por la dignidad de la vida, que en satisfacción entregaba, que era la vida del Dios-hombre; tercero, por la generosidad de la pasión y la grandeza del dolor que sufrió, según queda arriba declarado. De manera que la pasión de Cristo no solo fue suficiente por los pecados del género humano, según la sentencia de San Juan: “El es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, mas por los de todo el mundo”. Esta es otra acotación de Santo Tomas al tema que venimos tratando: Por otra parte, está lo que 'San Agustín dice sobre las palabras del Apóstol a los filipenses: "Por lo cual Dios 'le exaltó: "La humildad de la pasión es el mérito de la gloria; la gloria de la humildad es el premio". Pero El fue glorificado no sólo en si mismo, sino también en sus fieles; luego parece que El mereció la salud  de éstos.  Conforme queda dicho atrás, fue dada la gracia a Cristo, no sólo como a persona singular, sino como a cabeza de la Iglesia, a fin. De que aquélla redundase sobre los miembros, en la misma forma que las obras de un hombre constituido en gracia son principio de mérito para él mismo. Es evidente que quienquiera que, constituido en gracia, padece por la justicia, merece por esto mismo la salud para sí mismo, según lo que leemos en San Matea: "Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia” De suerte que Cristo mereció la ¡salud por su 'pasión, no 'sólo para sí mismo, sino también para todos sus miembros.


EL SACRIFICIO DE CRISTO.


La tercera manera de realizar nuestra salud es la del sacrificio. Es este el acto principal de la religión. Si miramos a la obra material, el sacrificio propiamente tal es la inmolación de una víctima, cuya sangre, recogida por el sacerdote, se derrama sobre el altar. En la sangre esta la vida del animal sacrificado, y esa vida se ofrece por la vida del oferente; la sangre y la vida de la víctima, la sangre y la vida de este, la expresión de la plena devoción a Dios. Por esto, Dios dice por su profeta que rechaza los sacrificios donde falta esta devoción sincera (Is. 1. 11ss) y, en cambio, acepta como verdadero sacrificio el de la alabanza cuando va acompañado de la devoción. El sacrificio, sólo intentado, de Isaac, sustituido luego por un carnero, es la mejor declaración de la naturaleza del sacrificio.