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martes, 2 de febrero de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

Introducción:

"Sin duda como la gran epopeya cristera a dejado para México una pléyade de mártires que, con gran generosidad, la ofrecieron en defensa de la Santa Iglesia Católica. El suelo mexicano se tiño de rojo, las montañas son mudos testigos que si hablaran, cuantas historias no nos contarían? Las ciudades donde se desarrollo también nos pueden dar una lección de valentía y bravura llenas de un gran espíritu católico, sus Iglesias, antiguas y hermosas, aun conservan los hoyos que las balas dejaron cuando en su interior estaban su hijos defendiéndose de los enemigos. Pero, por otro lado, ¿cuántas de ellas perdieron su consagración al verse visto ultrajadas y profanadas por los hombres sin Dios? Muchas de ellas aun lloran su desventura, más no por ello Nuestro Señor las abandono sino como a esposas amadas las volvió a reconciliar para que de nuevo quedaran habilitadas para el culto divino y para que el REY de reyes y Señor de señores volviera a tomar su lugar del cual sus enemigos una vez le obligaron a abandonar. La siguiente entrega de capítulos sobre la guerra Cristera en México, llegara a ustedes gracias un joven soldado cristero que surgió de A. C. J. M (Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos) aquella obra magna fundada por otro Mártir hoy beato Anacleto Gonzales Flores. El soldado cristero en cuestión, en vida llevo este nombre Luis Rivero del Val, nombre que se encontraba escrito en sus manos ensangrentadas cuando lo mataron a pesar de tener el famoso INDULTO que el gobierno les dio después de haber depuesto las armas en donde los vencedores terminaron vencidos por un error gravísimo de Pio XI quien en una encíclica posterior (Iniquis Aflictisque) deploro su lamentable error, pero ya era tarde 60,000,00 cristeros murieron víctimas de la más cruenta, sangrienta y diabólica persecución que jamás haya visto la historia la historia de México, quien esto escribe por la gracia de Dios fue nieto de esos valientes soldados que escaparon a la persecución. 
R. P. Arturo Vargas Meza.



PROLOGO

ESTOY CONVALECIENDO EN UN CAMPAMENTO perdido a tres mil metros de altura, entre rocas y rala vegetación, sin conciencia exacta de mí, destrozado moral y físicamente. En año y medio he sido arrastrado de la vida despreocupada de estudiante, a las más inesperadas aventuras y a indescriptibles sufrimientos. No sé si soy el mismo, O si mis recuerdos sólo son fantasía que se pierde en un pasado remoto. Con piedras de las que cubren la montaña me han formado una choza de mínimas proporciones, cubierta con ramas que me permiten ver el cielo. Las fiebres intensas han cedido y con ellas se han ido las pesadillas que por largos días me atormentaron. Me invade ahora una serenidad propia del que todo ha perdido y cualquier bien, por pequeño que sea, le representa una ganancia.

Recorro con el pensamiento los acontecimientos transcurridos corno si no fuera protagonista. Cavilo las horas lentas en el significado de los hechos y las cosas, y me obsesiona la idea del juicio de Dios sobre nuestros actos. Combatimos por Cristo, por sus derechos, ¡1M los nuestros. No me impele ninguna pasión o interés bastardo. Inicié la lucha como el resto de mi cristiana familia, como mis amigos, enarbolando la bandera justa de la resistencia pasiva al despótico dominio de una minoría tiránica, impuesta por las armas y el terror, Sufrimos los efectos de una verdadera persecución religiosa, estigmatizada y a fondo. Al culto católico y a la enseñanza religiosa los han vuelto ilegales, aun en el seno mismo de la familia. Ahora es fácil apreciar, después de lo ocurrido, que la lucha pasiva enaltece al pueblo de México, pero no es suficiente para torcer el decidido empeño de quienes desde el poder tratan de descristianizar, para introducir el bolchevismo, cuya bandera han hecho suya.  Sorteamos la dificultad de reunimos para intentar la defensa por medios legales, porque la misma ley prohíbe estrictamente, bajo graves penas, toda asociación con tal propósito; nuestras organizaciones fueron proscritas y nosotros acusados de sedición. La lucha debe ser sostenida como se pueda; respecto a su necesidad no cabe la duda. Las misas y demás actos religiosos prosiguen clandestinamente, y una bien organizada policía persigue también sin tregua esas reuniones y castiga con prisión la asistencia a ellas, y casos hay en que celebrar costó la vida al sacerdote sorprendido en el ejercicio de su ministerio.  Todo esto trastorna el ritmo de vida apacible de la familia mexicana y crea un estado de rebeldía, en una atmósfera de inquietud e incertidumbre. Los actos hostiles hacia la abusiva autoridad fueron aumentando a medida que la policía agravaba con creciente brutalidad su inmisericorde persecución.

Nuestras vidas y costumbres han cambiado en el ambiente de esta lucha, que ha entrado en un período de epopeya, no sólo fruto del misticismo, sino resultado de la tiranía implacable de un régimen arbitrario sobre una población inerme, pero honrada y patriótica; la conculcación de nuestros derechos en todos los órdenes, moral, cívico, político y religioso, lleva al pueblo a una actitud de resistencia impertérrita, que revisten caracteres de un gran heroísmo cristiano, por los sacrificios que le cuesta. La lucha le dio reciedumbre, el ideal lo sublimó. Ninguna abnegación por grande que sea parece excesiva.  Hasta en regiones de la República tenidas por poco fervientes se multiplican los actos heroicos y los gestos suicidas del pueblo inerme ante el esbirro que derriba santos, para plantar en su lugar la bandera roja de la revolución universal. Es de maravillarse que este clímax produzca hombres que ríen al morir, pecadores que odian el pecado, un pueblo que mata por Cristo Rey. Estos hombres actúan bajo una lógica muy suya, aprendida a través de los infortunios y desengaños.

Aparentemente nada ha cambiado, pero todo el país está en estado de rebeldía. No quedaba otra disyuntiva ante un enemigo que no sabe de justicia, ni entiende de razones; así la decisión fue fácil de tomar y la tomó el pueblo. Cundió el movimiento armado ante la presencia de los primeros mártires, como estalla la llama en un rescoldo al arrojar en él un inflamable. Desde un principio la lucha fue desigual, el enemigo poderoso, astuto, cruel; pero hemos aprendido a neutralizar sus procedimientos, a agazaparnos, a trabajar en secreto y asestar golpes. La bondad es nuestro ideal, pero la bondad impide a menudo la acción en luchas de este tipo. En el ardor de la pelea confrontamos el hecho conturbador de que la verdad tiene un código moral bien definido.  Los bolcheviques pueden mentir, la verdad no. Los soviets pueden robar, los hijos de Cristo no. Los tiranos pueden apelar a las pasiones rastreras del hombre, los católicos sólo pueden proclamar las virtudes. Ellos pueden matar. A nosotros se nos ha enseñado a salvar aun a nuestros enemigos. Nada de lo que pertenece al mundo favorece a la verdad ni a quien la guarda; ante esto, sublimados por su misticismo, muchos prefirieron morir con los brazos en cruz al grito de Viva Cristo Rey, que hacer frente al enemigo. Otros resistimos al tirano y contestamos sus golpes para conservar la vida y nuestro modo de vivirla. Luis Navarro Origel, general libertador de cuya rectitud soy testigo, dijo al levantarse en armas “'Voy a matar por Cristo, a los que a Cristo matan” y si nadie me sigue en esta empresa, voy a morir por Cristo, que harta falta hace, para que de la sangre venga la redención". Voces autorizadas se levantaron proclamando la licitud de defender, por el único medio que nos resta, nuestro derecho a vivir conforme a los dictados de nuestras conciencias, y desconocieron autoridad a quien nos priva de las más elementales libertades cívicas y religiosas. Nada nos obliga a los ciudadanos católicos a renunciar resignadamente a nuestros derechos, máxime que no se  trata de libertades renunciables. Poseemos un modo de vivir recto, propio, arraigado en nuestro pueblo por siglos, y tenemos derecho a defenderlo.  La Iglesia de Cristo fomenta la paz y el orden; condena toda insurrección injusta contra los poderes constituidos; pero cuando esos poderes se levantan contra la justicia y la verdad, hasta destruir la razón misma de la autoridad, no veo cómo podría entonces condenar el que los ciudadanos se unan para defender a la Nación y defenderse a sí mismos, con medios lícitos y apropiados.  CaIIes pudo rectificar su conducta ante la actitud del pueblo, firme en mantener sus libertades; pero ha IIevado a tal grado su campaña comunizante, que le sería fatal detenerse. Tiene que exigir cada vez más para afirmarse.  Anulado el grupo de revolucionarios por ideales, prevalecen los revolucionarios por resentimiento, los revolucionarios por conveniencia. Predominan los elementos radicales; sus filas están formadas con lo peor de cada pueblo: el matón de cantina, el que tiene los suficientes "pantalones" para derribar un santo, quemar una iglesia o matar un cura. Estos elementos, que constituyen una ínfima minoría, brutal y decidida, aprietan el cerco al sentir el descontento popular, y ejercen entre sus mismos afiliados una acción policíaca de "salud pública" que los llena de pánico ante el temor de pasar por moderados, yendo más allá de sus propias metas, en un impulso torrencial que se sobrepasa a sí mismo.Fue tal la rudeza del ataque bolchevizante que muchos católicos tuvieron que huir al cerro para salvar sus vidas. Es sabido que el movimiento de rebeldía armada estalló espontáneamente del pueblo mismo, en muy diversos puntos de nuestro suelo.

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