utfidelesinveniatur

viernes, 15 de enero de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"

CAPÍTULO 6
Liberalismo y catolicismo.

Ahora examinemos el segundo grupo de documentos pontificios que definen qué es el liberalismo en relación con la doctrina de la Iglesia sobre la libertad, doctrina que por ese mismo hecho, condena toda especie de liberalismo. Hay un librito que mandé reimprimir, que es muy bueno para entender qué es el liberalismo. Se trata del Liberalismo y catolicismo, una excelente recopilación de conferencias que dio el Padre Roussel entre 1920 y 1926. Son sencillas y tratan este tema de un modo muy detallado, porque el liberalismo es una palabra que engloba a todo el mundo, desde los masones y filósofos del siglo XVIII, hasta los católicos liberales que fueron condenados por Pío IX y todos los Papas. Hay toda una gama —como veremos al estudiar la encíclica Libertas, también del Papa León XIII—, que es fundamental, pues muestra bien los diferentes grados y escalas del liberalismo. El objeto de nuestras reflexiones no va a ser el liberalismo tal como lo profesan sus propagadores: masones y protestantes, porque esto ya lo hemos visto claramente al examinar las encíclicas sobre la Masonería. Los que tenemos que conocer mejor ahora son los católicos liberales, extendidos por todas partes, porque son portadores de una enfermedad más difícil de diagnosticar. Estamos infectados por las ideas liberales, por esa necesidad que sienten muchos obispos, sacerdotes y fieles; católicos que, a menudo por motivos de caridad, apostolado o acercamiento, desearían volver a tomar contacto con los verdaderos liberales y con los verdaderos enemigos de la Iglesia, en lugar de oponerles la verdad.

Claro que hay que dialogar con las personas que queremos convertir, pero ese no es el objetivo de los liberales llamados “católicos”. Esos hacen lo que se describe en algunos artículos que pueden consultarse en el Diccionario de Teología Católica, tomo IX, El liberalismo católico. Ahí hay un artículo muy bien hecho (columna 509) y que es muy interesante. Hay un párrafo que muestra cómo se define este liberalismo: «Los liberales católicos no han dejado de contestar que tienen la misma voluntad de ortodoxia que la de los más intransigentes, y que su única preocupación son los intereses de la Iglesia. La conciliación que buscan no es teórica ni abstracta, sino práctica…» Y así hacen una distinción falsa entre lo que llaman tesis de hipótesis: «No se trata de una conciliación de derecho, sino de hecho. Si sus adversarios los condenan es porque consideran la “tesis”, siendo que ellos siempre se sitúan en la “hipótesis” (es decir, en los hechos). Parten de un principio práctico y de un hecho que para ellos es innegable. Este principio es que la Iglesia no puede ser escuchada en el medio concreto en el que tiene que cumplir su misión divina sin ponerse en armonía con él». El argumento es sutil: « La Iglesia no puede ser escuchada en el medio en que está sin ponerse en armonía con él». ¿Hasta qué punto? Si se trata de adoptar los errores del medio, ¿a qué viene la Iglesia? Eso ya no es apostolado. “La teoría —dicen— es una cosa. Estamos de acuerdo en cuanto a la teoría: la verdad no puede aceptar el error, ni se puede concertar la luz con las tinieblas. Sobre esto estamos de acuerdo. Pero dejemos eso de lado; ahora hablemos de la práctica y del apostolado. ¿Qué hay que hacer? Hay que ponerse en armonía con esa gente, es decir: adoptar su modo de pensar, comprenderlos…” Y así se empieza a mezclar el error con la verdad.

El catolicismo liberal traiciona a su religión

Los liberales no tienen espíritu escolástico. Santo Tomás nos enseña que hay principios que se deben poner en práctica, de modo que toda práctica —como decía el Padre Berto— se reduce a buenos principios tomistas. Los principios, por supuesto, tienen que guiar nuestra acción por medio de la virtud de la prudencia, que nos enseña cómo hay que proceder para ponerlos en práctica. Pero no se puede decir: “Los principios son algo distinto; no hay que ocuparse de ellos estando en la realidad”. Ese exactamente es el caso del liberal, que en su casa y en su familia es católico: en su casa se reza por la mañana y por la tarde en familia, y el domingo se va a misa y respeta al párroco. Pero cuando sale de casa, en su profesión, en la política, en la vida pública y en todos los contextos sociales, lo vemos con los socialistas y quizás pronto con los comunistas, y es favorable a todo lo que difunden los enemigos de la Iglesia; y ahí ya no es católico. Da su voto a cualquier candidato y a cualquier partido, y favorece el divorcio; pero en su familia: “En casa —como dice él— todos somos católicos fervorosos”. Y fuera de casa, ¡se acabó! Desde que sale de casa, se pasa prácticamente al enemigo. Es una especie de contradicción continua, porque dice: “No, eso es otra cosa. Eso es un terreno político, que no le concierne al católico. Es otro punto de vista. Yo me sitúo en el punto de vista general. Hay que saber comprender a los demás, hay que trabajar con ellos”. Quizás lo dice también por ambición, porque quiere llegar a ser diputado o alcalde, y en ese caso se acaba todo. Tiene una actitud totalmente diferente y otro modo de ver las cosas. Es horroroso, porque realmente es una traición a la religión. En este libro, Liberalismo y catolicismo, del Padre Roussel, hay también varias páginas de bibliografía muy interesantes. Por desgracia, esos libros casi no se encuentran más que en librerías de segunda mano o cuando se vende alguna biblioteca.

Vaticano II: el triunfo del liberalismo

La Iglesia muerte del liberalismo, de que está impregnada desde que hizo estragos en el Concilio. La división entre los cardenales salió a relucir claramente cuando yo era miembro de la Comisión Central Preparatoria del Concilio. Formaban parte de ella setenta cardenales, con unos veinte arzobispos y obispos, y cuatro superiores de grandes órdenes religiosas. Esta Comisión Central estaba presidida por el Papa Juan XXIII, que la visitaba con frecuencia. Todos los documentos estaban centralizados. Pues bien: muy rápido apareció la división entre los cardenales. Estaban los liberales y los conservadores, es decir, los cardenales tradicionalistas. Era una división en el interior de la Iglesia. Nunca se había visto cosa semejante, y esta división existe desde que el liberalismo católico nació gracias a la Revolución Francesa. Hay gente que ha querido ponerse de acuerdo con la Revolución para no oponerse a ella.

Los Papas, por su parte, condenaron la Revolución y todos sus principios malos. Católicos como Lamennais o Montalembert y otros, y lo mismo en todos los países, dijeron: “No, no hay que com-batir siempre; hay que llegar a un acuerdo”. Quisieron hacer un compromiso entre los principios de la Revolución y el catolicismo. En el fondo, quisieron “casar” a la Iglesia con la Revolución, y de ahí viene la división que apareció en la Iglesia entre los que seguían oponiéndose a esos principios y los que querían que hubiese una adaptación. Hay otro libro: El Posconcilio liberal, de Prelot, que reconstituye la historia del liberalismo. Tiene un párrafo significativo: «Finalmente, el liberalismo ha triunfado en el Concilio Vaticano II, después de un siglo y medio de lucha y condenaciones [dice bien: condenaciones de parte de Roma]. Después de una lucha continua, le llegó al liberalismo el momento de triunfar: fue el Concilio Vaticano II». En cierto modo, ese es un testimonio claro y nítido. Los que hacen esa constancia son seglares, como Henry Fesquet en Le Monde. Lo han dicho o escrito todos los grandes liberales: «¡Ya está! En el Concilio Vaticano II han triunfado nuestras tesis».

¿Por qué pudo triunfar el liberalismo en el Concilio? Porque era un concilio “pastoral”. Si hubiese sido un concilio dogmático, el Espíritu Santo hubiese impedido que el liberalismo hiciese estragos; pero era un concilio pastoral, que no tenía que definir verdades. El Papa Juan XXIII y el Papa Pablo VI lo dijeron y repitieron: “No es un concilio dogmático sino pastoral”. Es el único caso en la historia de la Iglesia de un concilio “pastoral”. La Iglesia siempre se reunía para definir o profundizar algunas verdades contra los errores que se esparcían en el mundo. Lo que sí hubiera podido y tenido que condenar, por ejemplo, era el comunismo. Si en el momento del Vaticano II había un error grave que empezaba a dominar al mundo, era desde luego el comunismo. Habría sido necesario estudiarlo a fondo y la Iglesia en Concilio tendría que haberlo condenado, y quizás también el socialismo. Se tendrían que haber estudiado a fondo estos errores; hacer tesis y descripciones completas, y luego pronunciar condenaciones. Entonces el Concilio habría sido extraordinariamente útil, pero fue sólo un Concilio “pastoral” sin una finalidad concreta. Se quiso dirigir una especie de mensaje al mundo entero, y lo que ocurrió fue que las influencias liberales fueron decisivas y los liberales do-minaron el Concilio. Poco a poco hicieron callar, uno tras otro, a los cardenales conservadores. Se sentía claramente que la corriente estaba a favor de los liberales, y que el Papa Pablo VI los apoyaba contra los que querían mantener la tradición y la fe. Es muy importante conocer el liberalismo y ver la influencia que ha ejercido ahora que vemos sus consecuencias desastrosas. Por no haber pretendido dar, aparentemente, objetivos precisos a este Concilio, se llegó a querer “casar” al error con la verdad, y a engendrar una confusión total. Esa confusión hace que la gente ya no sabe qué tiene que creer o no, ni dónde está la virtud, el vicio, la verdad, el error, etc. Los nuevos catecismos ya no definen la verdad, y en lo que se refiere a la moral, ¿cuál es la que se enseña, por ejemplo, sobre el matrimonio? Ya no queda nada; es un desorden total. Hay otros libros cuya lectura es muy útil para conocer el liberalismo. Por ejemplo, el libro del diputado Emilio Keller, titulado El Syllabus, Pío IX y los principios de 1789. Otra fuente de información es el tratado sobre la Iglesia del cardenal Billot, en el segundo tomo de su obra De Ecclesia, “Relaciones de la Iglesia con la sociedad civil”. El autor ha consagrado unas cuarenta páginas al error del liberalismo, en las que, por ejemplo, se lee:

«El liberalismo como error en materia de fe y de religión es una doctrina más o menos variada que tiende a emancipar al hombre de Dios, de su ley y de su revelación, y por consiguiente, destruye toda dependencia de la sociedad civil con relación a la sociedad religiosa, es decir, a la Iglesia, que es la guardiana de la ley divinamente revelada, que interpreta y enseña». 

El cardenal Billot explica muy bien el liberalismo, al que define como una incoherencia. ¿Por qué? Porque por una parte el liberal católico afirma su fe católica, y por otra, en la práctica, se com-porta de modo distinto a su fe. Está en un continuo estado de contradicción. Es algo llamativo.

Pablo VI: un Papa liberal

Ese era el caso de Pablo VI que, con seguridad, era un Papa liberal. Cuántas veces se ha dicho de él: “Es un hombre de dos caras”. Los que se le acercaban quedaban impresionados. Pablo VI tenía unas veces cara de católico, y otras de muy modernista, muy favorable a los diálogos con las demás religiones y el falso ecumenismo, siempre esa doble cara y actitud para destruir a la Iglesia. Esa especie de dialéctica continua y de lucha interior entre el catolicismo y los principios falsos de la Masonería y de la Revolución. Los principios del racionalismo y del naturalismo, contrario a lo sobre-natural —y en definitiva, contra Nuestro Señor— han sometido a la Iglesia a una especie de martilleo continuo, la Iglesia destruyéndose a sí misma. Otro ejemplo de su doble actitud que es que Pablo VI mismo denunció la “autodemolición” de la Iglesia, que él mismo contribuyó particularmente a crear. No se puede vivir en esa situación de contradicción permanente. Por ese motivo, Pablo VI, al final de su vida, fue un hombre torturado. Estaba en una situación espantosa, pues por una parte veía la destrucción que tenía lugar en la Iglesia según los principios que él mismo había favorecido y puesto en obra, y eso le hacía sufrir; y por otra parte, se sentía siempre inclinado a seguir en la misma dirección, la de los principios que destruyen a la Iglesia: libertad de cultos, separación de la Iglesia y del Estado, y acuerdo con los comunistas, con los masones y con todos sus enemigos; cosa que no podía llevarla sino a su destrucción. Por una parte empujaba y por otra tenía miedo, porque veía claramente que él iba a ser el responsable. Era un hombre desgarrado. Algunas veces se ha dicho que gritaba durante la noche. De hecho, esta situación era fruto de su liberalismo. Los liberales, si se dan cuenta de lo que hacen, no pueden tener la conciencia en paz; es una especie de enfermedad de querer ponerse de acuerdo con los enemigos de la Iglesia: “¡Hay que ponerse de acuerdo! ¡Hay que dejar de luchar y de oponerse!”. Esto no sólo es algo utópico sino que es contrario al camino que Dios nos ha señala-do.

Una lucha espiritual

Dios mismo es quien decretó que habría una lucha cuando le dijo a Satanás: «Pondré una enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya», es decir, la Santísima Virgen y Nuestro Señor. «Tu descendencia»: eso significa, en particular, la Masonería y las sectas; y de un modo general, todos los que dependen de Satanás. Entre él, y la Virgen y su descendencia —es decir, Nuestro Señor y su Cuerpo místico— iba a haber una enemistad y lucha continua. Por eso San Agustín escribió que las dos ciudades se han opuesto desde el principio de la humanidad. Hay una lucha, y Nuestro Señor ha venido a luchar. Triunfó por su cruz, que fue su acto más espléndido. Reinó por su cruz. La lucha sigue. Por eso nosotros los católicos no podemos decir de repente: “¡La lucha ya ha ter-minado! ¡Hace falta la paz! ¡La paz a cualquier precio! ¡Paz con nuestros enemigos! ¡Pongámonos de acuerdo con ellos! ¡Ahora ya no hay lucha!”. Eso no puede ser, porque sería lo mismo que decir que el demonio ya no existe y que nadie está bajo su influencia… El liberal está completamente obsesionado por la búsqueda de la unión y ya no quiere combatir el mal. De ese modo, lo que sucede es que el liberal destruye las fuerzas de resistencia de la Iglesia. Busca un compromiso, como hizo el periódico L’Avenir de Lamennais, que decía:

«Muchos católicos de Francia aman la libertad [¡eso se podría decir de todos los países!]. Los verdaderos liberales tienen que ponerse de acuerdo con ellos para reclamar “la libertad total y absoluta de opinión, doctrina, conciencia y culto” y todas las libertades civiles (…) sin privilegios ni restricciones… Por otra parte, los católicos tienen que comprender que la religión “sólo necesita una cosa: la libertad”.

¡Qué confusión! El mismo se adelantó a lo que pedían los enemigos de la Iglesia, como ha dicho muy bien el Padre Roussel en la introducción a la recopilación de sus conferencias: el liberal es al-guien que confunde todas las nociones, y sus palabras son fácilmente ambiguas si no se definen bien, como es el caso, particularmente, de la palabra “libertad”.

El equívoco de la libertad de conciencia

«El católico —dice el Padre Roussel— afirma y sostiene dos principios: la realidad del libre albedrío del hombre contra los deterministas, y su necesaria dependencia de Dios, sus leyes y las autoridades que de El proceden. El hombre, al mismo tiempo, es libre psicológicamente, puesto que posee un alma espiritual, exenta del determinismo de la materia; y está obligado o necesitado moralmente, puesto que depende de Dios y de sus leyes (…) Pero el liberal, al contrario, empieza confundiendo estas nociones y gracias a los equívocos que pueden así ocurrir, no deja de erigir como derechos absolutos sus propios derechos, voluntades y caprichos. Con un ejemplo entenderemos mejor esta oposición radical. El liberal, como católico, preconiza la libertad de conciencia».

Démonos cuenta de la ambigüedad. ¿Qué quiere decir para un católico: “Pido la libertad de con-ciencia”? Eso se puede entender de dos modos diferentes. Si no se define ni se dice nada, el católico dirá: “Sí, estoy de acuerdo con vosotros, yo también pido la libertad de conciencia, por supuesto”. Y así va en el sentido del otro, que por su parte, no cambia el suyo. Por eso el Padre Roussel explica el significado que el verdadero católico le da a la libertad de conciencia:«El católico entiende así la plena facultad que todo individuo tiene de conocer, amar y servir a Dios sin trabas; el derecho de practicar su religión, la católica, y lograr que las leyes de su país la protejan y apoyen; y el derecho de que la Iglesia cumpla su misión en el mundo: ut destructis adversitatibus universis, Ecclesia tua secura tibi serviat libertate ». 

Es una oración litúrgica, en que pedimos que después de haber sido destruidos los errores del mundo entero y todo lo que se opone a ella, la Iglesia pueda servir a Dios en una libertad segura. Luego nuestro autor explica el sentido que le da el liberal a la libertad de conciencia:

«El liberal, por su parte, quiere afirmar con esto la plena independencia del individuo en el orden religioso, la libertad de creer lo que se quiera o incluso de no creer para nada; el derecho al error y a la apostasía, y el poder exigir además que las leyes del país tengan en cuenta su escepticismo e incredulidad».

Así es como el liberal entiende la libertad de conciencia: que el país acepte todo, incluso el ateísmo, y que se les dé a todos los errores el derecho de difundirse. El auténtico católico, en cambio, no puede entenderlo de esta manera. Para él la libertad de con-ciencia es que el hombre sea libre de seguir, según la conciencia de su deber, lo que Dios quiere en los preceptos de la religión. Dios nos ha dado una religión por medio de Nuestro Señor Jesucristo, que ha fundado la Iglesia y La Religión. No puede haber un montón de religiones, sino sólo La verdadera fundada por Dios. Por eso, el verdadero católico pide la libertad para su conciencia y poder así obedecer a las órdenes de Dios. Mientras que, por su parte, el liberal dice: “¡Nada de órdenes ni de coacción! Todo el mundo tiene que tener libertad de hacer lo que quiera…” Quiere la libertad no sólo desde el punto religioso y de la fe, sino también, por supuesto, del pensamiento y de la moral... libertad total. Así es como el liberal entiende la libertad de conciencia. Por eso hay que tener mucho cuidado cuando se emplean esas palabras. Hay que definirlas bien, porque se corre el riesgo de trabajar para nuestros enemigos y de caer en la trampa que nos ponen. No nos dejemos arrastrar por la imprudencia de decir, con un im-pulso de generosidad mal entendida: “Sí, todos estamos de acuerdo y todos queremos la libertad de conciencia, los derechos del hombre, etc.” Eso sería caer en una confusión total.

El Padre Roussel lo precisa con mucha claridad:

«Cuando la Iglesia reclama la libertad de conciencia o, por mejor decir, de las conciencias, no se puede dudar que, bajo la identidad de fórmula, se esconde un malentendido radical. Se emplean las mismas palabras pero se entienden en sentidos totalmente opuestos».

Aceptar el equívoco es algo enteramente característico del liberalismo católico.

“¡Dios: déjanos!”

José de Maistre ha descrito también a los que pretenden arrojar a Dios en nombre de la libertad. En los Ensayos sobre los principios generadores de las constituciones políticas, dice:

«Principalmente en Francia, la rabia filosófica no tiene límites y pronto, al formarse con tantas formas reunidas una sola terrible, en medio de Europa culpable se la ha oído gritarle a Dios: “¡Déjanos! Habrá que temblar eternamente ante los que dirigen, y recibir de ellos la instrucción que nos quieran dar. En toda Europa la verdad se esconde tras el humo del incensario. ¡Ya es hora de que salga de esa nube fatal! Nos desagrada todo lo que existe, porque tu Nombre está escrito en todo lo que existe. Queremos destruirlo todo y volverlo a hacer sin Ti. ¡Sal de nuestros consejos, de nuestras academias y de nuestras casas! Nos basta la razón. ¡Déjanos!”».

De Maistre ha definido muy bien al liberalismo. Realmente es eso: “¡Dios: déjanos!». Nos quedamos asombrados al ver la ignorancia de obispos, sacerdotes y muchos católicos que no quieren admitir esa lucha o combate continuo que existe, y que tiene que existir y seguir existiendo. Dios lo ha querido así. El no quiere el mal, pero lo permite para un bien mayor.

Volviendo sobre todo lo que acabo de decir, y es algo importante, voy a consagrar el siguiente capítulo a desarrollar y precisar los errores mencionados y los argumentos necesarios para que los verdaderos católicos puedan fortalecer su fe, y no ceder nunca a la seducción de las ideas falsas de los católicos liberales. 


CONTINUA...