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viernes, 18 de diciembre de 2015

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"


Carta Pastoral n° 5
LOS PROBLEMAS ECONÓMICOS Y SOCIALES



Africa, después de cuatro años, es testigo de un progreso político y económico incontestable, gracias a la constitución de las Asambleas locales y a la inversión enorme de capitales. Vemos surgir nuevas industrias, instalaciones modernas de todo tipo... 

Sin embargo, este estupendo progreso no deja de plantear problemas importantes, económicos y sociales, que tienen una repercusión sobre las familias y sobre los miembros de la sociedad. Nos parece necesario examinar estos problemas a la luz de los principios del Evangelio y de la Tradición, tal como la Iglesia nos lo enseña. ¿No es acaso la Iglesia quien formó en su origen nuestras sociedades europeas, sociedades que, a pesar de los errores de los tiempos modernos, han conservado la impronta profunda de los principios de justicia y de vida inspirados en el Evangelio?

Gozando las Asambleas locales de una competencia de más en más extendida, y no poseyendo los sujetos que dependen de la jurisdicción de su administración todo este conjunto de agrupaciones y asociaciones que existen en los países más organizados, en muchas ocasiones puede parecerles necesario cumplir la función de las asociaciones privadas, porque tanto una como otra son deficientes.

Más aún, en el espíritu de los miembros de la sociedad africana, ¿no existe una tendencia a recibir todo de los Servicios Públicos, que son como la Providencia de los súbditos? Solución fácil, pero que daña mucho el trabajo, el progreso, la iniciativa, el esfuerzo, que es la fuente de la riqueza.

Por eso creemos útil recordar a gobernantes y gobernados las palabras de Nuestro Santo Padre el Papa Pío XII: “La soberanía civil ha sido querida por el Creador a fin de regular la vida social según las prescripciones de un orden inmutable en el orden temporal, la obtención de la perfección física, intelectual y moral, y de ayudarla a alcanzar su fin sobrenatural. Por lo tanto, la noble prerrogativa y la misión del Estado es la de controlar, ayudar, regular las actividades privadas e individuales de la vida nacional para hacerlas converger armoniosamente hacia el bien común (...) Si el Estado se atribuye y ordena hacia sí las iniciativas privadas, éstas pueden ser perjudicadas en detrimento del bien público (...); pero la primera y esencial célula de la sociedad es la familia (...), el hombre y la familia son por naturaleza, anteriores al Estado”.

De este modo, los derechos del Estado, no son ilimitados. Dios ha creado el poder público para la familia y la familia para la perfección del hombre, y no a la inversa. El papel de la Administración pública es, por consiguiente, ayudar y animar las iniciativas privadas, promover su creación y su desarrollo, y por sobre todo vigilar celosamente el progreso de la familia, que es la verdadera fuente de la riqueza y de la prosperidad de las sociedades. Pero este progreso debe ser total: físico, intelectual y moral. Suplir las deficiencias de las iniciativas privadas y de la familia, pero no substituirlas, tal es la misión del Estado; y en las familias: los padres son, de derecho, los primeros educadores de sus hijos. Si la Administración substituye a la familia y a las sociedades particulares, no sólo sobrepasa sus derechos, sino que se impondría tales cargas que se vería obligada a aumentar sin cesar las tasas y los impuestos hasta desorganizar la economía del país.

Queremos recordar la grave responsabilidad de aquellos que administran los fondos fiscales. Este dinero es el dinero de los miembros de la sociedad que han contribuido a su producción; debe ser escrupulosamente usado para el bien común. Aquel que desvía hacia provecho propio los fondos del Estado, comete una grave injusticia respecto de todos los miembros de la sociedad.

¿No será esta facilidad de desviar los fondos públicos lo que atrae tanto hacia estas funciones que prometen un bienestar asegurado, cuando en realidad habría que asumirlas con temor, persuadidos de que Dios exigirá una cuenta más rigurosa a aquellos que han tenido una mayor responsabilidad? Otro peligro que preocupa a los poderes públicos y a todos los que se interesan en las poblaciones locales es el éxodo continuo de éstas hacia las ciudades.

Muchos motivos las impulsan hacia las ciudades populosas; motivos ya laudables, ya inconfesables. Pero este peligro se agrava no sólo por el hecho del exceso de población de las ciudades con todas sus consecuencias, sino también por el abandono de la tierra por la juventud, y particularmente por la juventud que egresa de las escuelas.

No dejemos de decir y de explicar a esta juventud que Dios ennobleció el trabajo de las manos, que quiso que el hombre pida a la tierra su comida y que ningún oficio es más conforme a la vida de la familia, a la vida sana y próspera, que el de la agricultura.

No sabríamos animar demasiado todo aquello que ayuda al arraigo del paisano en su propiedad: el ejemplo de los europeos cultivando la tierra, la formación de las asociaciones agrícolas para una cultura más racional, más variada; hacer esto, es ayudar a la prosperidad moral y material del país.

La constitución de la familia, tal como Dios la concibió, tal como Nuestro Señor la santificó, es aún una de nuestras principales preocupaciones y nada debe ser descuidado para realizarla. Es en la familia monogámica que sus miembros se armonizan verdaderamente, que ellos encuentran la expansión de todas las virtudes, del espíritu y del corazón, el sentido de la responsabilidad, que es lo propio del hombre.

Favorecer las condiciones del desarrollo de la familia por el ahorro, la propiedad, la vivienda, el artesanado, es hacer obra social. Favorecer las asociaciones profesionales que defienden los intereses de la familia y de la profesión, según la doctrina de la Iglesia y adherir a ella, es construir la sociedad sobre bases sólidas. Luchar contra los abusos del alcohol, contra la ociosidad, es proteger la familia. Pero es necesario, para encontrar el verdadero remedio, ir más lejos en la búsqueda de los males que invaden la sociedad.

El peligro más grave que comprobamos, peligro que amenaza corromperla completamente, es la búsqueda desenfrenada solamente del bienestar temporal, podríamos decir corporal. Y en esta materia es grande la responsabilidad de los poderes públicos que han importado a estos países el laicismo, la susodicha neutralidad. Estamos íntimamente persuadidos que no hay un sólo africano que no sufra al pensar que con esta doctrina se quita del corazón de sus hijos la más bella riqueza y el mayor capital que hay en el mundo: el temor de Dios y el respeto de su Ley.

A grandes males, grandes remedios; es necesario volver a poner en el corazón de la juventud la búsqueda del bienestar que no es sólo corporal, sino intelectual y moral. “¿De qué sirve al hombre ganar el universo entero, si pierde su alma?”. Ya desde ahora, el hombre que no tiene más en su inteligencia y en su corazón los dos grandes amores, de Dios y de su prójimo, ha perdido su dignidad humana.¿Cuál es el padre de familia que negará que le es más dulce vivir con poca fortuna pero rodeado de una esposa y de hijos que le aman, antes que tener bienes y vivir en un hogar desunido, en medio de hijos a los cuales les han arrebatado los afectos?

Más aún, un hombre no es verdaderamente digno de ese nombre sino cuando tiene en su corazón un amor que no puede desaparecer; que ni el tiempo, ni el espacio, ni la enfermedad, ni la muerte pueden arrebatárselo; un amor que crece y se desarrolla a medida que se une a su objeto; el amor puesto en Dios, su Padre, su Creador, en Jesucristo, su Salvador, en María, su Madre.

Llegan las pruebas, la separación, la guerra, el exilio; más allá del amor de los suyos, hay una familia que no le abandona jamás. el sabe, cree, que hay alguien que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo”, y está tanto más aferrado a los suyos en la medida que los encuentra en Dios, creador y salvador de su hogar. ¡Los vínculos de un amor carnal son tan frágiles, tan precarios, tan efímeros! En Dios y en Nuestro Señor Jesucristo estos vínculos son humanizados, divinizados, santificados.

El gran mal de nuestro mundo moderno es haber atizado en el corazón de los hombres la sed de placer y de haber desviado los corazones y las inteligencias de la verdadera bienaventuranza.

Con ello han suprimido aquello que regula el alma, han quebrado su equilibrio, han quitado al hombre el sol de su vida. Solamente el pensamiento de Dios, la sumisión a la ley de la caridad, sólo la sangre de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía pueden poner un freno y una medida en el corazón de los hombres.

¡Quiera Dios que los hombres responsables de sus hermanos comprendan esto! Y en seguida, ¿qué veríamos? Los poderosos y los jefes de este mundo mostrarían el ejemplo de la moderación, se esforzarían en sostener a las familias, por animar las iniciativas privadas concernientes al ahorro y la seguridad social, el acceso a la propiedad y a una vivienda digna, y por sobre todas las cosas, ayudarían a la Iglesia a procurar a todos un corazón recto y justo, no un corazón de piedra, sino un corazón palpitante bajo el aliento de la verdadera caridad.

Si este santo espíritu animase los corazones humanos, las riquezas, en lugar de estar retenidas con avaricia o con egoísmo por algunos pocos, serían largamente repartidas en las bolsas modestas de muchos que viven en la inquietud y en la miseria. Y éstos no las gastarían para saciar sus pasiones. ¡Cuánto dinero invertido inútilmente en bebidas embriagantes! Si fuese invertido en construir habitaciones, dispensarios, iglesias, el país gozaría de mayor humanismo y de verdadera civilización.

Que aquellos que tienen el deseo de hacer de los pueblos africanos sociedades felices y prósperas, busquen procurarles el bienestar completo, corporal, intelectual y moral.

Las riquezas de este mundo son tan efímeras y tan mal repartidas, que a todo precio habría que esforzarse por procurar al menos la riqueza inagotable que Dios distribuye abundantemente a todas las almas de buena voluntad; y, por añadidura, sería el único medio de hacer gustar a los hombres los bienes de este mundo, porque no se goza verdaderamente de los bienes materiales sino cuando se los usa mesuradamente.

Estamos persuadidos que las convicciones religiosas de este país serán salvaguardadas del materialismo por la Iglesia que habla, que enseña, non ad destructionem, sed ad ædificationem, “no para destruir, sino para construir”.

Monseñor Marcel Lefebvre,

Carta pastoral, Dakar, 25 de enero de 1951.

CONTINUA...