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jueves, 26 de noviembre de 2015

¡LAS BIENAVENTURANZAS! ( continuación )


Mientras que el mundo considera la felicidad en una vida de placeres, Cristo le opone su enseñanza tercera:


"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". 

Esta tercera bienaventuranza nos invita a ser hombres y no niños a quien se protege contra los espectáculos turbadores y penosos. Nos invita a mirar la vida como ella es, con sus dolores, sufrimientos, con sus lágrimas, para lo cual se requiere una gran fuerza vital: en la lucha es cuando uno más se afirma y más progresa... Pero aún podemos penetrar un poco más en la paradoja de esta bienaventuranza... No es sólo soportar, se trata de ver cómo sacar del sufrimiento alegría... Si tuviéramos que responde a una pregunta acerca de cómo debería hacer Dios para llegar a todos los hombres y establecer su reino, reino de felicidad, jamás daríamos la solución que Él mismo adoptó como la mejor en su infinita sabiduría: la de la obediencia, el sufrimiento, la pasión soportada por Él mismo...El sufrimiento, que es universal efecto del pecado, por Cristo, y en él, Dios verdadero, se transforma en causa de la eterna felicidad...

El sufrimiento es escogido para llevar a todos los hombre la palabra de Dios: todo hombre que sufre, que llora, es visitado misteriosamente por ese Dios sangrante en la Cruz, y atraído hacia sí: "cuando Yo sea elevado, atraeré todas las cosas a Mí". ¡Sí, además del dolor físico, del dolor moral, por los desacuerdos, la incomprensión, por los proyectos frustrados, etc., está el dolor por el pecado... Allí, en la ofrenda del arrepentimiento sincero a la luz de la gracia está el comienzo de la conversión y de toda vida espiritual.

"¿Quién no llora en este áspero camino de la vida, si el mismo niño la comienza llorando?", se pregunta San Agustín. Su llanto es una profecía de sus futuros dolores, sobresaltos y tentaciones que lo harán temer siempre. Los hombres unas veces ríen y otras lloran; pero alguna risas son dignas de lástima. Algunos lloran sus desgracias, otros su tortura porque están pagando algún delito, otros la muerte de un amigo...

El único que llora principalmente y de verdad es el justo que llora por todos los que lloran estérilmente, que llora por sus pecados y por los pecados ajenos, que llora por alcanzar la patria celestial que todavía no tiene. Este mundo es una cárcel en que la tristeza es verdadera y la alegría es falsa; cierto el dolor e incierto el placer; dura la fatiga y el descanso con sobresaltos; infeliz la realidad y vana la esperanza de felicidad. Es infeliz el corazón enredado en el amor de las cosas perecederas, cuya pérdida le destrozan y les hace llorar... Esos lloran por cosas vanas y no lloran por los verdaderos males...sus pecados.

Santa Catalina de Sena decía "felices los que derraman lágrimas de amor a la vista de la infinita misericordia, de la bondad del Salvador, de la ternura del Buen Pastor que se sacrifica por sus ovejas. Esos tales reciben ya aquí abajo consuelo infinitamente superior al que mundo puede dar". El verdadero consuelo sin embargo es el que no se puede perder.

Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero
¿qué vida puedo tener sino muerte padecer la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí por ser mi mal tan entero, que muero porque no muero, decía Santa Teresa.

Y estas son las bienaventuranzas que se obtienen con la huida y liberación del pecado. Siguen las que corresponden a la vida activa del cristiano: Alejado del mal, se inclina entonces al bien con todo el ímpetu del corazón. El hombre de acción que se deja llevar por el orgullo afirma falsamente "bienaventurado el que vive y obra según su parecer, no está sometido a nadie y se impone a los demás".

Jesús le replica con la cuarta bienaventuranza:

"Bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos".

San Lucas, al exponer en su evangelio esta bienaventuranza no habla de justicia, y por ello algunos autores consideran que esta bienaventu­ran­za  habla de sólo un hambre y sed real, cuyos grados serían: tolerar el hambre y sed provenientes de la pobreza, tener hambre y sed proveniente de ayunos voluntarios, padecer cárceles con hambre y sed como ha ocurrido con algunos mártires, y por último el hambre y sed de justicia y de toda virtud... No podemos separar de manera tajante en el evangelio, lo físico de lo moral; aquí  propiamente se trata también del hambre y sed espiritual, de justicia, de Dios mismo....

La justicia en sentido estricto es dar a cada uno lo suyo: a Dios lo que le debemos, al prójimo por amor de Dios, lo que le corresponde. De allí resulta el orden perfecto. Por eso San Agustín nos invita a amar la justicia y añade: "sabe que en este amor hay diversos grados. Lo primero es no anteponer a este amor ninguna cosas de las que causen placer. Hay cosas que agradan a nuestra naturaleza (el comer y beber al que tiene hambre y sed), algunas lícitas y otras no. El deleite de la justicia debe ser tal que supere a todos los permitidos, de modo que lo antepongas a todo placer que pudieras lícitamente gozar. ..Si el temor te impulsa a amar la justicia es señal que aun no te deleita". El hombre no puede evitar el tener hambre y sed de felicidad, porque es algo natural en él. Y lo que debemos descubrir es su profundidad y aprender a orientarlo...

San Gregorio decía que experimentamos el deseo de los bienes corporales antes de poseerlos, pero que era a la inversa en los espirituales (la experiencia de ellos es lo que despierta nuestro deseo de poseerlo mejor). Pero para tener hambre y sed de Cristo, para formarlo y reforzarlo, necesitamos combatir la ilusoria sensación de saciedad que nos proporcionan los bienes terrestres..., y esta es obra del desprendimiento que de manera particular, realizan en nosotros el sufrimiento, la pobreza,  etc.

San Agustín, por ello, tiene estos afectos y suplicas al hablar de esta bienaventuranza:"Oh Señor, Corro a las fuentes, deseo llegar a las fuentes de agua y es en Vos donde está la fuente de la vida, el manantial que jamás se agotará...Cuándo será que yo llegue y me presente delante de Vos Tal es la sed que me devora de llegar y de presentarme a Vos; padezco sed en el destierro, sed en la carrera, pero no me hartaré sino en la llegada. ¿Cuándo será que yo llegue? Lo que para Vos es muy pronto para mí es lentísimo...Tanto en las prosperidades como en las adversidades del mundo, derramo lágrimas de deseo; y, sin embargo, el ardor de mi deseo no disminuye. Aun cuando todo en el mundo fuera de mi gusto, tendré siempre este desasosiego hasta que llegue el momento de presentarme a Vos".Cuando Cristo le pide a la Samaritana agua, le dice: "Si conocieras el don de Dios... quien bebe el agua que Yo le daré no tendrá sed eternamente...es agua de vida eterna..."(Jn. 4,13 ys.).

Digamos para terminar de esclarecer esta bienaventuranza, que la justicia de que se habla en la Escritura se diferencia de la nuestra porque aquélla establece relaciones fundamentalmente personales entre Dios y el hombre en primer lugar, por medio de la alianza y de la Ley, que enseñan al pueblo el camino de Dios y son un puro donde misericordia; y en segundo lugar entre los hombres, enseñándoles a respetarse, y mantener relaciones justas, que establezcan la paz y la armonía. 


CONTINUA...